Nubes de tormenta

Alexander Kent · Capítulo 3 de 20

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Nubes de tormenta

III. Solos

III

SOLOS

Con las gavias y el foque, la fragata de treinta y dos cañones Buzzard navegaba ciñendo a fil de roda amurada a babor, con sus vergas tan braceadas a ceñir que desde la cubierta parecían estar casi paralelas a la crujía.

Bolitho se agarró a las redes de la batayola y forzó la vista a través de la oscuridad. La luz se había ido de repente, como era normal en esas aguas, y era consciente de los comentarios que se mascullaban el piloto y el primer teniente de la Buzzard mientras miraban atentamente la aguja o inspeccionaban la orientación de cada vela que flameaba.

Javal parecía tener bastante confianza en ellos, a la vez que parecía contento por dejar la navegación a cargo de sus subordinados. Al igual que él, estaban muy acostumbrados, formaban un equipo con gran confianza en sí mismo. No había un ápice de falsedad en Javal, y no había adornos en sus aposentos, que para ser los de un capitán de fragata con éxito eran espartanos. Los muebles de la cámara eran en su mayor parte pesados cofres desperdigados, fácilmente al alcance cuando se necesitaban.

Javal se le acercó, entrecerrando con fuerza los ojos ante los rociones que saltaban por encima de la batayola con cada pronunciado balance.

—La costa está más o menos a una milla por la amura de babor, señor

—dijo—. Si tengo que barloventear el cabo, tendré que arribar muy pronto o virar por avante para hacer otra aproximación. Yo quería viento, pero éste sopla demasiado para mi gusto. —Sacó una botella de gres de su casaca—.

¿Quiere beber, señor? Un trago reconfortante de ginebra de Holanda le sentará bien.

No le ofreció tazón ni copa, por lo que Bolitho se llevó la gruesa botella a los labios, sintiendo cómo la ginebra descendía por su garganta como fuego.

Javal comentó de manera brusca:

—Cogí unas cuantas botellas de un buque forzador de bloqueo el pasado agosto en el canal de la Mancha. Mejor que nada. —Giró en redondo y dijo con tono áspero—: ¡Vigile el timón, malditos sean sus ojos!

¡O nos dejará en bolas antes de una hora! —Se calmó de nuevo—. Le sugiero que actuemos cuanto antes, señor.

Bolitho sonrió. Aquel súbito brote de furia llena de ansiedad demostraba que Javal era más humano de lo que quería aparentar. No era nada fácil acercarse a una costa poco conocida en la oscuridad. Y más difícil aún con un oficial superior supervisando.

—Estoy de acuerdo —respondió.

Javal dijo:

—Pondré a mi primer teniente al mando. La lancha y el cúter deberían bastar, pero por si acaso el revuelo llega hasta alguna guarnición española de la costa, propongo desembarcar una pequeña partida bajo el cabo. —

Vaciló—. ¿Con su teniente al mando, quizá?

—Muy bien. —Bolitho miró a través de la borrosa procesión de cabrillas en el mar—. El señor Pascoe es joven, pero ha visto bastante acción.

Javal le escudriñó con curiosidad.

—Me ocuparé de ello.

Se alejó deprisa vociferando órdenes a los marineros ya reunidos. Los motones chirriaron ruidosamente y los botes empezaron a moverse por encima de sus calzos, guiados sin esfuerzo por los marineros, como si todo ocurriera a plena luz del día.

Bolitho trató de no oír el tintineo de las armas ni las ocasionales vacilaciones cuando algún hombre no respondía a su nombre al pasar lista.

Allday surgió de la oscuridad y dijo:

—Será un duro bogar con este viento, señor. —Pareció percibir algo—.

¿Puedo ayudarle?

Javal pasó a su lado caminando a grandes zancadas y dijo:

—¡Fachee, si es tan amable! —En tono más alto, dijo—: ¡Señor Mears, listo para arriar los botes!

Bolitho dijo con rapidez:

—Vaya con el señor Pascoe. El irá en el chinchorro.

Allday comprendió, pero replicó incómodo:

—Pero mi sitio está con… —Sonrió—. Pero tiene razón, señor.

Bolitho vio el resplandor de unos calzones blancos dibujándose contra la amurada opuesta y oyó decir a Pascoe:

—Me voy ya, señor.

Bolitho se acercó hasta él.

—Asegúrate de ir con cuidado, Adam. —Intentó quitarle importancia

—. Tu tía nunca me lo perdonaría si ocurriera algo.

Pascoe volvió la cabeza cuando pasaron volando algunos marineros con sus camisas a cuadros muy blancas y llamativas.

—Debo irme, señor.

Bolitho se apartó a un lado.

—Buena suerte.

Momentos después de que la fragata se pusiera proa al viento balanceándose y cabeceando violentamente con sus velas restantes atronando en confusión, los tres botes, ya en el agua a su costado, salieron bogando enseguida hacia tierra.

Javal se frotó las manos.

—Arribe y ponga rumbo sudeste cuarta al este, señor Ellis. ¡Y ponga a dos buenos marineros en la sonda para estar seguros de que no le arrancamos la quilla!

Cruzó hasta donde se hallaba Bolitho y esperó en silencio hasta que su barco estuvo una vez más bajo el gobierno del viento y el timón. Entonces dijo con tono jovial:

—Esta es siempre la peor parte. La espera.

Bolitho asintió, mientras sus oídos trataban de escuchar el susurro y el crujido de los remos. Pero se habían alejado, engullidos por los otros sonidos del mar.

—Sí. Preferiría ir con ellos —dijo.

Javal se rió.

—¡Dios bendito, señor! Quiero seguir haciendo carrera en la Marina muchos años todavía. ¿Qué posibilidades tendría de ello si permitiera que hicieran prisionero a mi comodoro? —Aquello pareció divertirle enormemente.

Bolitho permaneció serio.

Javal carraspeó y dijo en un tono más serio:

—Pasarán por lo menos cuatro horas antes de que sepamos nada, señor.

Mi primer teniente tiene mucha experiencia. Ha estado conmigo unos dieciocho meses y ha tomado varios barcos como ése sin muchas bajas de los nuestros.

Bolitho asintió.

—Usaré su cámara de nuevo, si puede ser. Un breve sueño me dejará como nuevo para mañana.

Casi pudo sentir cómo la mentira se revolvía en su boca para no salir.

¿Dormir? Sería más fácil caminar sobre el agua.

Javal observó cómo se marchaba a tientas hacia la escala de la cámara y se encogió de hombros. Bolitho estaba probablemente preocupado por la primera acción bajo su mando general. Seguramente no estaría atribulado por la idea de que pudieran morir uno o dos hombres. Cogió la botella de gres y la agitó junto a la oreja. Aquello le ayudaría a pasar las horas más rápidamente, pensó.

* * *

Bolitho anduvo a tientas el trecho hasta la lantía de bitácora encendida y examinó la aguja ostensiblemente inclinada. La proa de la Buzzard señalaba casi al nordeste. El piloto dijo amablemente:

—Disculpe, señor, pero el viento ha rolado unas dos cuartas. Y ha estado lloviendo un poco.

Bolitho asintió y caminó hacia delante, con el cuerpo en ángulo con la cubierta y sintiendo la fuerza del viento húmedo por la aleta. Pronto llegaría el amanecer, y ya podía ver los nueve libras en la batería destacando como franjas negras debajo del pasamano de barlovento.

Javal estaba junto a la barandilla del alcázar, sin sombrero, y con el pelo ondeando al viento. Dijo sucintamente:

—Nada todavía. —Le dirigió una breve mirada—. ¿Ha dormido bien, señor?

Bolitho apoyó las manos sobre la barandilla, sintiendo su estremecimiento y su tensión como si se tratara de algo vivo. Había sido incapaz de seguir en la cámara ni un solo momento más. Las horas se habían hecho eternas, y los aposentos de Javal se habían convertido en una prisión inquieta y húmeda.

—Un poco, gracias.

—¡Ah de cubierta! ¡Tierra por la amura de barlovento!

Javal espetó:

—¡Sondadores a los cadenotes otra vez, señor Ellis! ¡Rápido! —En tono más calmado, añadió—: Esto será el cabo. Hemos navegado en círculo durante la noche. Con el maldito viento empujándonos por detrás, temía que nos arrastrara a tierra.

—Entiendo —dijo Bolitho.

Miró a lo lejos, ocultando sus sentimientos al otro hombre. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba la señal? ¿Había algún rastro de la conclusión del asalto?

—Mears debería haber disparado un cañón o un cohete —comentó Javal. Incluso él sonaba intranquilo—. Maldita sea, estaremos demasiado cerca de tierra dentro de una hora.

Bolitho le ignoró y trató de imaginar cómo sería todo más allá de la borrosa sombra que el vigía había identificado como tierra. Si el teniente Mears y sus botes no habían logrado tomar la goleta o por cualquier razón no habían sido capaces ni siquiera de llegar a luchar con ella, tendrían que

bogar de vuelta a la Buzzard como pudieran. Con un viento fuerte y tras una noche a los remos, necesitarían ayuda, y rápido.

Desde proa llegó el grito:

—¡Siete brazas justas!

—¡Jesús! —dijo en voz baja Javal.

El piloto dijo, alzando la voz con inquietud:

—¡Baja muy rápido por esta zona, señor!

—¡Me doy cuenta de ese hecho, gracias! —Javal le fulminó con la mirada—. ¡Vigile su timón!

—¡Cinco brazas justas! —La cantinela del sondador sonaba como un canto fúnebre.

Javal susurró:

—Tendré que cambiar el rumbo a estribor, señor. —Parecía que las palabras le fueran arrancadas de la garganta.

Bolitho le miró, y percibió cómo las personas y objetos de alrededor del alcázar habían tomado forma y realidad con la primera y apagada luz.

—Cumpla con su deber, capitán Javal —dijo con tono enérgico.

Se dio la vuelta, compartiendo la desesperación del otro hombre.

—¡Profundidad cuatro!

Bolitho se puso las manos a la espalda y caminó hacia popa. La fragata estaba navegando en una profundidad de unos veinticuatro pies de agua.

Era sólo cuestión de minutos que encallara. Por encima de su hombro vio la costa a la altura del bauprés, burlándose de él.

—¡Hombres a las brazas de sotavento! —Se oyó el correteo de los pies por la cubierta—. ¡Timón de arribada!

Con el chirrido de los motones, las vergas crujieron pesadamente por encima de cubierta, y cuando la rueda giró más y más, la Buzzard empezó a balancearse una vez más hacia el mar abierto.

—Rumbo derecho al este. Pase tan cerca como se atreva del cabo —dijo Javal con brusquedad.

—¡Diez brazas justas!

Bolitho observó cómo la costa empezaba a desfilar ante el castillo de proa, y al pie de la misma, apenas visibles, las manchas blancas causadas

por el viento que empujaba las olas a sus playas y sus pequeñas calas.

—¡Ah de cubierta! ¡Vela por la amura de barlovento! ¡Rebasando la punta del cabo!

Javal cogió aire.

—Asome la batería de babor, señor Ellis. —Añadió bruscamente—:

¡Alto esa orden! —Su rostro se iluminó débilmente bajo la luz roja y brillante de una bengala que acababa de ser disparada desde el mar—.

¡Preparados para acortar vela! —Exclamó hacia Bolitho—: ¡Por Dios, la goleta! ¡Mears la ha tomado!

Incluso sin un catalejo, Bolitho podía ver el barco con su casco bajo apartándose de tierra, con las grandes velas elevándose como alas por encima de las picadas crestas de las olas. Tras su bovedilla pudo ver las siluetas más oscuras de los botes de la Buzzard, que estaban siendo remolcadas por popa, y un farol subiendo y bajando en su palo trinquete para confirmar la captura. Quizá Mears temiera que, a causa del retraso y por no haber hecho antes la señal, pudiera ser recibido con una andanada en lugar de con aclamaciones.

Javal espetó:

—Viraremos. Póngalo amurado a estribor con rumbo sur cuarta al sudoeste hasta que tengamos más espacio para maniobrar. —Lanzó una mirada a Bolitho, que estaba junto a la batayola—. ¿Volvemos a la escuadra, señor?

—Sí.

Dio unos pasos para apartarse de los afanosos marineros e infantes de marina que corrían para obedecer la pitada. Se había acabado, y por lo que parecía, sin dispararse un solo tiro. Se dio cuenta de que estaba temblando incontroladamente, como si hubiera estado allí con ellos.

Cuando la Buzzard escoró fuertemente en su nuevo bordo, Bolitho vio que la goleta seguía su ejemplo, con su amurada de sotavento casi totalmente en remojo. Realmente, llevaba mucha carga.

Dijo abruptamente:

—Fachee cuando crea conveniente, capitán. Haga una señal a su teniente para que se acerque al alcance de la voz.

Javal le miró con recelo.

—Sí, señor. Si usted lo dice. —Vio la expresión de Bolitho y no dijo nada más.

Bolitho caminó lentamente hasta la batayola, haciendo oídos sordos a los sonidos de los inesperados preparativos para fachear una vez más. Ni siquiera oyó el chirrido de las drizas cuando las banderas de señales salieron disparadas hacia las vergas y se desplegaron al viento. Estaba observando con atención los botes que se levantaban con las olas a popa de la goleta. El chinchorro no era ninguno de ellos.

* * *

El teniente Mears no tenía ninguna intención de gritar sus noticias desde la cubierta de la goleta capturada. Mientras la Buzzard se balanceaba pesadamente entre las cortas y abruptas olas, cruzó el estrecho espacio que había entre los dos barcos en su cúter elevándose y bajando con su elegante casco como un delfín hasta amarrarse a los cadenotes de la fragata.

En la cámara de popa, los sonidos del mar eran más apagados, como el ruido del rompiente retumbando en una cueva alargada.

Bolitho tenía las manos enlazadas en la espalda y la cabeza algo inclinada entre los baos mientras Mears, aún jadeando, relataba su historia:

—Bogamos hasta el cabo tal como estaba planeado, señor. Entonces nos separamos. Yo fui directamente con mi bote hacia el costado de mar de la goleta, y el señor Booth llevó el suyo bajo el bauprés. No había duda de que el patrón de la goleta esperaba que el tiempo empeorara y había fondeado para pasar la noche. Nuestra sospecha de que había avistado la Buscará era infundada.

—¿Y el chinchorro? —preguntó con calma Bolitho.

Mears se frotó los ojos.

—Su teniente tenía órdenes de llevarlo a la parte oeste del cabo y varar en la playa. Si los Dons hubieran intentado enviar ayuda desde tierra, la partida del señor Pascoe habría podido interceptarles.

—Se ha tomado su tiempo, Toby —espetó Javal.

El teniente se encogió de hombros sin fuerzas.

—La primera parte fue bien. Sólo había una guardia de ancla, y ni siquiera dieron un grito hasta que los nuestros estuvieron entre ellos. Nada de redes de abordaje ni de cañones giratorios; estaban casi muertos de miedo. —Vaciló, captando por primera vez la tensión que se respiraba a su alrededor—. Esperamos a que el chinchorro rodeara la punta del cabo para reunirse de nuevo con nosotros. Cuando vimos que no aparecía, envié al señor Booth con el cúter. —Extendió las manos con impotencia—. Con el amanecer muy cerca, y a cada minuto que pasaba con mayor riesgo de ser descubiertos, no me atreví a disparar la señal hasta recibir noticias de la partida de desembarco.

Javal asintió con gravedad.

—Eso estuvo bien, señor Mears. Otros hubieran dejado a aquellos pocos para salvar al resto.

—¿Qué descubrieron sus hombres? —preguntó Bolitho.

—Había estado lloviendo, señor. —Mears miró hacia los ventanales de popa, manchados de sal y de pequeñas gotas de espuma—. Igual que ahora.

Booth encontró el chinchorro varado en la arena con el casco roto y dos marineros muertos cerca. Había otro entre las dunas. A todos los habían matado con sable, señor. —Hurgó dentro de su casaca manchada—. El señor Booth encontró esto en la arena. No entendía qué hacía allí.

Seguramente es el sable de un almirante…

Calló cuando Bolitho le arrebató la reluciente empuñadura y la puso ante los ventanales. La hoja estaba partida por la mitad como una zanahoria.

Era como si hubiera sido ayer mismo. El vicealmirante Sir Lucius Broughton en el astillado alcázar de su buque insignia, entregándole su maravilloso sable a un sorprendido Adam Pascoe y diciendo con brusquedad: «¡Cualquier condenado guardiamarina que se enfrente al enemigo con un puñal lo merece! Aparte de eso, un teniente debe tener aspecto de tal, ¿eh?».

Se oyó decir a sí mismo:

—Había sido de un almirante. Pertenece al señor Pascoe. —Tocó la mancha de la empuñadura. Sangre y arena húmeda. Añadió con calma—: No se desharía de él por voluntad propia.

Los demás le miraron.

Entonces, Mears dijo:

—El señor Booth les buscó tanto como pudo, señor. Había muchas huellas de caballos en la playa provenientes del interior. Temió que su propia partida pudiera ser capturada en cualquier momento, y yo le había dado la orden clara de volver si…

—¿No encontró al teniente en ninguna parte?

Mears negó con la cabeza.

—Ni tampoco a su patrón.

—No. —Bolitho miró fijamente a través de los ventanales manchados

—. Allday no le abandonaría.

—¿Señor?

Bolitho se volvió hacia ellos.

—¿Qué hay de la goleta?

Mears puso sus ideas en orden.

—Tenía usted razón, señor; está llena hasta los baos de pólvora y balas.

—Miró el rostro ceñudo de Javal—. Y con dos de los cañones más magníficos en los que he puesto mis ojos nunca. Artillería de sitio, si quiere mi opinión, y sólo recién estrenada.

—Entiendo.

Bolitho trató de concentrar su mente en lo que podría suponer su captura. Adam había desaparecido. Allday también. Probablemente estarían agonizando allá en tierra, esperando un rescate que nunca llegaría. Mears dijo:

—Me temo que el patrón de la goleta murió al tratar de saltar por la borda. Pero encontré papeles y cartas en su cámara, lo suficiente para probar que tenía órdenes de ir a Tolón.

Javal exclamó:

—Por Dios, también tenía usted razón acerca de eso, señor. ¡Los Dons están trabajando como endemoniados para ayudar a su poderoso aliado en

Tolón! —Sacó una botella de uno de sus cofres—. Lo ha hecho usted bien, Toby. Beba algo mientras nosotros decidimos qué hacer. —Miró a Bolitho

—. El viento está aumentando, señor. Haríamos mejor en volvernos a poner en marcha.

—Sí. —Bolitho notó cómo la cubierta se tambaleaba de forma inestable mientras el viento silbaba contra el casco—. Marine la presa para llevarla directamente a Gibraltar. Traiga a su secretario y díctele un despacho para el almirante de allí. Él sabrá mejor qué hacer con los cañones.

Mears sonrió cansinamente.

—Es una presa muy pequeña, señor. Vale bien poco.

Javal le fulminó con la mirada y dijo rápidamente:

—Lo siento por su teniente, señor. ¿Le conocía desde hacía tiempo?

—Es mi sobrino.

Los dos oficiales se miraron uno a otro consternados.

—Por Dios, si lo hubiera sabido, señor, habría enviado a uno de mis oficiales —dijo Javal.

Bolitho le miró seriamente.

—Hizo usted lo correcto. Estaba usted escaso de gente. Pero en cualquier caso, el honor y el peligro debe ser compartido lo más equitativamente posible.

Mears sugirió:

—¿Y si fuera yo con uno de los botes a vela, señor?

—No. —Bolitho miró a lo lejos—. A la luz del día no tendría ni la más remota posibilidad. —Se dio la vuelta—. Prosiga con sus obligaciones, capitán Javal. No hay nada que podamos hacer aquí.

La puerta del mamparo se cerró de un portazo y Bolitho se dejó caer en el banco de debajo de los ventanales de popa. Movió el sable en sus manos varias veces, rememorando el placer del chico al recibirlo, y también su lastimoso orgullo cuando se encontraron por primera vez.

Levantó la mirada, sobresaltado, como si esperara ver a Allday cerca, como siempre estaba cuando notaba que se le necesitaba. Ahora no estaba ni siquiera él. No había nadie.

En alguna parte de más allá del mamparo oyó a un marinero cantando alguna extraña canción que no reconocía. Probablemente soñando con su diminuta parte de la prima de presa, o con alguna chica de Inglaterra.

Unos pies hicieron ruido por encima de su cabeza y oyó a alguien vociferar:

—¡Traigan los botes al costado! ¡Hombres al aparejo!

Los botes recuperados daban golpes contra el casco y creyó oír a alguien vitorear cuando la goleta se preparó para partir.

Javal abrió la puerta, con el rostro mojado por la lluvia.

—La goleta está a punto de salir, señor. ¿Está seguro de que no desea enviar un despacho aparte para el almirante?

—No, gracias. Usted estaba a cargo de la operación. Es lo correcto que sea su nombre el que figure en el despacho.

Javal se humedeció los labios.

—Bueno, muchísimas gracias, señor. Desearía poder hacer algo por…

—Calló cuando se oyeron unos gritos en la cubierta superior y el casco escoró aún más ante la fuerza del viento.

—Será mejor que me vaya y nos pongamos en marcha antes de que perdamos una o dos perchas, señor.

Salió aprisa y, momentos más tarde, Bolitho oyó su voz a través de la lumbrera parcialmente abierta.

—Largue el trinquete, señor Mears, aunque me temo que tendremos que tomar algún que otro rizo dentro de no mucho. Nos reuniremos con la escuadra.

—Por Dios, yo no tendría su entereza en un caso así, señor.

La respuesta de Javal fue rápida y triste:

—La entereza no tiene que ver con esto, Toby. La responsabilidad es la que lo pone todo a un lado.

* * *

Allday se sentó apoyando los hombros contra una losa de roca quebrada y observó los caballos que se agrupaban al pie de una cuesta. Con la cabeza sobre su regazo, Pascoe estaba echado muy quieto, con los ojos cerrados y el ceño fruncido como si estuviera muerto. Cerca, agachados o tumbados con desánimo, otros seis marineros esperaban como Allday a ver qué ocurría.

Entrecerró los ojos hacia el cielo, deseando que volviera la lluvia para calmar su tremenda sed. Por la posición del sol debía de ser cerca de mediodía, pensó. A su alrededor, el camino agreste y serpenteante parecía llevar hacia el interior. Suspiró. Lejos del mar.

Notó que Pascoe se agitaba sobre sus piernas cruzadas y le puso una mano sobre la boca.

—¡Tranquilo, señor Pascoe!

Vio sus ojos oscuros que le miraban fijamente, su dolor y el recuerdo de los hechos que se agolpaban en su memoria.

—Estamos descansando un poco. —Asintió cuidadosamente hacia los soldados a caballo—. O ellos, en todo caso.

Cuando Pascoe hizo ademán de moverse, le apretó la mano sobre el pecho. Estaba frío a pesar del sol que brillaba en lo alto. Espantó una mosca de la amoratada cicatriz de las costillas de Pascoe, la marca que le había dejado el duelo de Gibraltar.

—¿Qué… qué ha pasado?

Pascoe se tocó el cuerpo para comprobar sus miembros uno por uno. Al igual que el resto, no tenía zapatos ni cinturón, y llevaba solamente los calzones y los restos de la camisa.

Allday murmuró:

—Los bastardos se han llevado todo lo que han podido. Creo que han matado a dos de nuestros hombres en el camino porque estaban heridos y no podían seguir el paso de los caballos.

Pensó en los gritos lastimeros y en el posterior silencio, y se alegró de que Pascoe hubiera estado inconsciente.

—Entonces, ¿cómo he…? —Los ojos de Pascoe se nublaron—. ¿Me ha traído hasta aquí?

Allday trató de sonreír.

—Los soldados no son Dons, sino tropas nativas. Moros, lo más seguro.

Pero incluso esos bastardos reconocen a un oficial.

Observó a los soldados con recelo, preguntándose a dónde les estaban llevando. Y todo había ocurrido tan de repente: el ruido de los cascos de los caballos crujiendo en la arena húmeda, a sólo unos metros de la playa donde habían varado el bote. Una patrulla, algunos soldados volviendo al campamento; aún no lo sabía ni le importaba.

En unos minutos, los soldados habrían pasado junto a ellos, demasiado ocupados con sus charlas para fijarse en las figuras inertes que había a lo largo de la playa. Pero Pascoe había dicho: «Verán al teniente Mears y los dos botes, Allday». No había habido la más mínima vacilación. «Si avisan a la goleta, nuestros hombres morirán hagan lo que hagan».

Y así, mientras Mears y sus hombres habían tomado la goleta sin un arañazo, al otro lado del cabo Pascoe había plantado cara.

Con su sable desenvainado, había subido corriendo por la playa gritando: «¡A por ellos, muchachos!».

Todo había terminado con la misma rapidez. El entrechocar del acero, los hombres maldiciendo y luchando en la oscuridad mientras los caballos aparecían por todas partes como grandes sombras.

Pascoe había caído inconsciente por el golpe de un sable y los marineros habían tirado sus armas. Los soldados les habían despojado de sus posesiones y les habían golpeado sistemáticamente sin señal alguna de emoción ni de placer. Luego, dando patadas y puñetazos a los aturdidos hombres, les habían conducido delante de los caballos hasta el camino que pasaba alejado del mar.

Pascoe se humedeció los labios resecos y se tocó la magulladura de la cabeza.

—Es como si me estuvieran dando con un martillo.

—Sí.

Allday se puso tenso cuando el jinete de más edad gritó algo a sus compañeros. Estaban bien armados, y eran una docena en total. Lanzó una mirada a los marineros supervivientes; parecían abatidos, asustados.

El jinete caminó lentamente hacia el pequeño grupo y se quedó mirando a Pascoe. Era alto y muy moreno, y llevaba un fez de color claro con un trozo de tela por detrás para protegerse la nuca del sol. Señaló con su látigo a Pascoe a la vez que asentía con la cabeza.

—¡Teniente! ¡Teniente![3]

Esbozó una ligera sonrisa, mostrando algunos dientes muy amarillos y escupió ostensiblemente sobre la pierna de Pascoe.

Allday dejó a un lado el cuerpo de Pascoe y se puso en pie tambaleante.

—¡Vigila tus modales, perro maldito, cuando le hables a un oficial del Rey!

El hombre dio un paso atrás, y su sonrisa se desvaneció mientras gritaba a sus hombres.

Allday notó cómo le inmovilizaban los brazos al menos tres soldados antes de tirarle al suelo boca abajo sobre la arena húmeda, pisándole las muñecas con las botas para que no se moviera. Clavó la mirada en la cara pálida de Pascoe, rogando al cielo que se quedara quieto.

El penetrante golpe de un látigo en su espalda fue como un hierro candente. Apretó las mandíbulas, aguantando la respiración mientras la sombra del hombre se elevaba y bajaba otra vez. Y otra.

Concentró la mirada en dos pequeños insectos que se movían junto a su cara, y apagó en su mente las voces encima de él, el silbido del látigo y el agudo dolor de su piel desnuda.

Entonces se acabó, y rodó a un lado cuando uno de ellos le dio una patada salvaje en las costillas. Medio cegado por el sudor y la arena, se levantó tambaleante mientras veía la cara de Pascoe, consciente de que los soldados sólo querían una excusa para matarles a todos.

Pero estaban montando en sus caballos, llamándose unos a otros como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Pascoe le agarró el brazo.

—Déjeme ayudarle. —Se rasgó la camisa y secó la espalda marcada de Allday—. ¡Todo ha sido culpa mía!

—No piense de esa manera, señor Pascoe. Usted hizo lo correcto y adecuado, y bien que lo sabe. Podía haberse quedado echado allá abajo y hubiéramos vuelto a la Buzzard sin problemas. —Apretó los dientes cuando

la ensangrentada camisa se movió sobre su piel—. Pero un buen número de nuestros muchachos hubiera pagado por ello.

Los jinetes se agruparon a su alrededor, y un marinero gritó cuando uno de ellos le golpeó con el látigo. Se pusieron en marcha por el camino de nuevo, con los pies descalzos sangrando por las piedras y la cortante gravilla y con la lengua casi colgándoles hasta los labios por la sed.

Allday levantó brevemente la mirada cuando el jinete de más edad avanzó a medio galope para ponerse a la cabeza de la harapienta procesión, y se sintió ligeramente mejor. Tenía alguien a quien odiar. Alguien que sería el primero en saberlo si alguna vez tenía la oportunidad. Movió dolorosamente la cabeza para mirar a Pascoe. Caminaba un poco más adelantado, a la cabeza del pequeño grupo, con la mandíbula apretada por el dolor y los ojos oscuros fijos en algún punto de la lejanía.

«Dios», pensó, «nuestro Dick estaría orgulloso de él; ojalá estuviera aquí para verlo».

* * *

La atmósfera de la cámara del Lysander estaba cargada y era sofocante.

Bolitho extendió la carta náutica bajo sus manos y la estudió detenidamente durante varios minutos. Había vuelto a bordo hacía menos de una hora y todavía llevaba la misma ropa; su barbilla rascaba por la falta de afeitado.

Por encima de su hombro, con su casco y su reducido velamen inclinándose y tambaleándose a través de los ventanales de vidrio grueso, el Osiris seguía obediente la estela del Lysander, con el otro dos cubiertas a su popa.

Farquhar y Probyn estaban sentados en lados opuestos de la mesa, y Herrick se había situado al lado de Bolitho, con expresión inquieta, mientras miraba el compás de puntas de latón y la regla moviéndose a través de la carta.

Bolitho dijo:

—La goleta que el capitán Javal tomó hace dos días llevaba algunas otras cosas de interés. Se encaminaba a Tolón, pero había una carta dirigida al comandante de otro barco, sospecho que de mayor tamaño, que está en estos momentos aquí —colocó las puntas del compás en la línea de la costa

—, a unas cuarenta millas al sudoeste de Cartagena. Una pequeña bahía utilizada por los pescadores, creo, pero ahora probablemente ocupada como fondeadero seguro por los transportes españoles. —El compás subió a lo largo de la costa en dirección al golfo de León—. En todo el camino debe de haber barcos como ése esperando transportar material de guerra para el ejército de Bonaparte. Debe de estar preparándose para una invasión.

—¿Qué pretende usted, señor? —preguntó Herrick con calma.

—Si hubiera conocido el contenido de la carta, habría retenido la goleta y la habría utilizado contra sus antiguos dueños. —El compás marcó un ritmo lento sobre la carta náutica—. Pero no importa. Los Dons no sabrán aún que la hemos capturado. Todavía hay tiempo.

Probyn dijo sin rodeos:

—A menos que parte de los que formaban la partida de desembarco fueran capturados, señor. Y les obligaran a contar lo que sabían acerca de nuestras intenciones.

—¡Eso es algo condenadamente estúpido! —espetó Herrick.

—No, Thomas. —Bolitho le miró impasible—. Es una posibilidad.

Debemos afrontarla.

Por mucho que lo intentara, Herrick no podía arrancar su mirada del sable roto que en esos momentos estaba sobre el escritorio de Bolitho.

—Me resulta difícil, señor —dijo.

—Lo sé. —Le miró a los ojos durante unos segundos—. También él se siente muy unido a usted.

Se dio la vuelta, obligándose a sí mismo a mantener el control de sus emociones. Se siente… No debía permitirse a sí mismo pensar en Adam como si perteneciera al pasado.

Miró a los otros comandantes.

—Tenemos que conseguir un nuevo elemento sorpresa. Atacar e investigar, obtener toda la información que podamos de la fuerza del

enemigo, y hacerle daño cuando menos se lo espere.

Farquhar asintió lentamente.

—Si atacamos ese transporte, señor, y luego salimos a mar abierto en otra dirección, el enemigo no sabrá qué estamos haciendo o cuál podría ser nuestra verdadera misión.

—Exactamente —respondió Bolitho—. Es algo que he aprendido, y bien, de los franceses. Un barco decidido puede comprometer a una escuadra. Una escuadra decidida puede obstaculizar a toda una flota.

Se quedaron en silencio hasta que Probyn dijo:

—Los Dons podrían enviar una fuerza desde Cartagena. Hay poco espacio de mar para lo que planea.

—Situaré al capitán Javal vigilando nuestras espaldas. —Le miró con tranquilidad, esperando alguna discusión—. Los Dons puede que estén preparados para un ataque local, otra expedición de captura o algo similar.

Un navío de línea es algo que nadie se esperaría.

—¡Ningún hombre en su sano juicio, desde luego! —dijo Probyn con un grito de ahogo.

Bolitho asintió con gravedad.

—El Lysander llevará a cabo el ataque. —Miró a Farquhar—. Usted se quedará más hacia mar abierto y actuará según dicte la situación.

Las cejas de Farquhar se arquearon muy levemente.

—¿Será decisión mía entonces, señor?

Herrick interrumpió bruscamente:

—¡Todavía no se merece usted un gallardetón, maldita sea!

Farquhar mostró una fría sonrisa.

—La idea nunca se me ha pasado por la cabeza…

Bolitho tiró de su pañuelo de cuello. Parecía estar ahogándole.

Dijo:

—Les enviaré órdenes escritas inmediatamente. Así pues, caballeros…

Herrick les acompañó a la puerta y la cerró tras él.

Bolitho se sentó en una silla y apoyó la cabeza entre las manos mientras desde el portalón sonaban las pitadas que indicaban la partida de los comandantes. Fuera de la cámara, el mar era azul oscuro, como seda

ondulada, mientras el viento empujaba suavemente los barcos hacia el este.

Si hubiera estado así cuando los botes de la Buzzard tomaron la goleta durmiente, habrían tardado la mitad de tiempo. Habría ahorrado vidas.

Herrick volvió y dijo:

—He dado órdenes a la escuadra de que vuelvan a colocarse en sus puestos, señor. Su repostero le está esperando para atenderle.

—Gracias, Thomas.

Herrick miró el sable partido.

—Si todavía está vivo, habrá ocasión de arreglar un intercambio…

Bolitho se levantó violentamente.

—¿Qué se cree? ¿Qué no le he dado vueltas y más vueltas a lo que se podría o no se podría hacer? —Se dio la vuelta, con los ojos empañados—.

Mándeme a Allday con… —Se calló, y durante unos cuantos segundos se miraron fijamente uno a otro como extraños.

Entonces, Herrick dijo en tono apagado:

—Me ocuparé de los detalles, señor.

Bolitho abrió la boca para evitar que se fuera, pero se quedó sin palabras. Cuando volvió a mirar, Herrick se había ido.

Ozzard, el repostero, entró discretamente y se movió en diagonal hacia el camarote de noche apartando la vista de Bolitho.

Bolitho se sentó en el banco y le miró. Sabía poco de Ozzard, excepto que era competente y había servido bien al anterior comodoro. Se decía que había sido empleado de un abogado y que se había alistado voluntario en la Marina a causa de algún delito que había cometido contra su patrón. Era un hombre muy tranquilo, y en aquellos momentos se movía como un cazador furtivo de andar sigiloso mientras preparaba una camisa limpia para su comodoro.

Bolitho observó la manera en que se movían sus manos, haciendo que la camisa temblara al aflojarle el cuello. «Está aterrorizado por mí. Temeroso de que le castigue simplemente para aliviar mi dolor».

El comprender aquello le ayudó a tranquilizarse y, de repente, se sintió avergonzado.

—Gracias, Ozzard, puedo hacerlo yo —dijo con tono calmado.

El hombre le miró nervioso.

—¿Seguro, señor? —Retrocedió como esperando que Bolitho le dijera algo más. Cuando estaba junto a la puerta, titubeó y dijo—: Tengo alguna educación, señor. Si lo desea, puedo leerle algo. Podría ayudarle a pasar el tiempo, y usted no tendría que decir nada.

Bolitho le dio la espalda, escondiendo la cara.

—No, ahora no, Ozzard. Pero le agradezco la idea. —Vio el reflejo del hombre en los ventanales inclinados mientras salía silenciosamente de la cámara—. Más de lo que cree.

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