Nubes de tormenta
XV. Desastre
XV
DESASTRE
—Rumbo nornordeste. —Farquhar permanecía cerca de la rueda, mirando hacia Bolitho—. Barloventearemos el cabo tan cerca como podamos. —Lanzó una mirada al piloto—. ¿Entendido, señor Bevan?
—Sí, señor. —El piloto se removió ante la mirada—. Es una mala entrada. Hay bajos debajo del cabo y algunos más un poco más lejos, pero la carta no los detalla con exactitud.
Farquhar fue hasta la barandilla del alcázar.
—Todavía no hay signos de vida, señor.
Bolitho alzó un catalejo y lo movió lentamente a lo largo de la irregular cima del cabo. Asomaba más o menos a una milla por la amura de babor.
Pero todavía estaba sumergido en profundas sombras, con el cielo que empalidecía como única referencia de su altura y forma. Pero podía ver el movimiento del agua bajo del punto más cercano, que señalaba el lugar donde el mar rompía contra una abrupta y pedregosa playa y afilados arrecifes. Oyó en su mente la muestra de súbita impaciencia de Farquhar con el piloto, y dedujo que había sido más para aliviar la tensión que otra cosa. Pero se había equivocado al desahogarse con él. Bevan, el piloto, antiguo ayudante de piloto de un buque de la carrera de Indias, necesitaba de todos sus sentidos en aquellos momentos, así como de la total confianza de sus tres timoneles, y no le ayudaba nada que su comandante desahogara su mal genio con todo el mundo.
—Espero que no haya ninguno.
Bolitho se puso en tensión cuando algo pasó encima del montículo de tierra más cercano. Por un momento pensó que era humo, pero era una solitaria nube alargada que se movía en diagonal hacia el agua que había detrás del cabo, que estaba todavía sumida a medias en la oscuridad. Vio que la parte delantera de la nube tenía un color dorado claro y atrapaba el sol que quedaba aún oculto para los hombres de los dos barcos.
Caminó decidido hasta la batayola y se subió encima de un nueve libras para atisbar por la aleta. La Buzzard estaba en su puesto, a dos cables por popa, con su mayor y sus juanetes cargados y su gran velacho bien braceado para recibir el ligero viento del sudoeste. Parecía muy fina y frágil bajo la tenue luz, y se imaginó a Javal con sus oficiales observando el prominente pedazo de tierra y deseando que pasara el tiempo. Para empezar de una vez.
Pero todavía pasaría un buen rato, pensó. Los franceses esperarían el momento oportuno y no se arriesgarían a que el enemigo escapara abriendo fuego demasiado pronto.
Bajó del cañón y casi se cayó. A pesar de la arena generosamente esparcida a lo largo de cada una de las cubiertas de las baterías, la tablazón estaba húmeda por el rocío de la noche y resbalaba traicioneramente. Un marinero le cogió por el codo y le sonrió.
—¡Tranquilo, señor! ¡No queremos que digan que ha sido uno de nuestros cañones el que ha derribado al comodoro!
Bolitho sonrió. Como en todo el barco, los cañones estaban cargados y con su dotación completa. Todo lo que necesitaban hacer para disparar era abrir las portas y asomar el cañón. Pero si había alguien observando en tierra, no tenía sentido mostrarle aún que la hilera superior de portas era solamente un conjunto de cuadrados negros pintados sobre paño.
—Ni tampoco que estaba demasiado bebido para tenerme en pie, ¿eh?
—dijo Bolitho.
Se rieron, como bien sabía que harían. El aire que rodeaba los cañones, incluso con el viento frío, estaba cargado de ron, y supuso que más de dos cuartillos de ron se habían abierto camino por los gaznates de aquellos hombres. O que algunos habían utilizado su ración para pagar viejas deudas o para algo mejor. Lo más probable era que algunos se hubieran guardado
su ron para cubrir apuestas. ¿Sobre qué habrían apostado? ¿Sobre quién viviría o moriría? ¿Sobre qué prima de presa recibirían? ¿Sobre qué oficial aguantaría más los nervios? No tenía duda de que las apuestas serían muchas y variadas.
Volvió de nuevo a la barandilla del alcázar y miró detenidamente la cubierta de baterías en sombras. Las figuras se movían inquietas alrededor de cada uno de los negros tubos de los cañones, como esclavos comprobando cada uno de los palanquines y del equipo para el manejo del cañón. Los cabos de cañón habían hecho su parte, se habían asegurado de que las primeras balas en ser disparadas tuvieran una forma y un peso perfectos, de que cada carga fuera la justa. Tras los primeros disparos, normalmente la situación era demasiado desesperada y demasiado ensordecedora como para entretenerse con esas sutilezas.
Levantó la mirada y vio a los tiradores de infantería de marina en las cofas, y que justo a proa, en el castillo, había más, de pie y relajados junto a sus largos mosquetes o charlando con las dotaciones de las carronadas.
Bolitho oyó decir a Allday:
—He traído el sable, señor.
Se quitó el capote que había estado llevando desde tres horas antes del amanecer y dejó que Allday le abrochara el sable.
Allday dijo en voz baja pero con evidente desaprobación:
—¡Parece usted más un bucanero que un comodoro, señor! ¡No sé qué dirían en Falmouth!
Bolitho sonrió.
—Uno de mis antepasados era un pirata, Allday. —Se apretó la hebilla del cinturón. Había perdido algo de peso a causa de la fiebre—. Cuando era una profesión respetable, claro.
Se dio la vuelta al ver pasar rápido a Farquhar.
—¿Ha puesto más hombres en las bombas y los baldes?
—Sí, señor. —Farquhar se aflojó un poco el pañuelo de cuello—. Si usan balas al rojo vivo contra nosotros, estoy tan preparado como lo puedo estar. —Miró hacia las redes de combate extendidas por encima de la cubierta y hacia las redes de abordaje, más sueltas por fuera de los
obenques para evitar la súbita entrada del enemigo. También hacia los centinelas de cada una de las escotillas y escalas, y hacia la partida del contramaestre que esperaba para cortar y deshacerse de los palos y aparejos caídos o apartar los cadáveres de un cañón tumbado.
Bolitho le observó, y vio como su mente examinaba hasta el último rincón del buque en busca de un defecto o un punto débil. Bajo sus pies, y debajo de la atestada cubierta de la batería superior, la batería inferior de cañones de treinta y dos libras estaría lista y a la espera. Y debajo de ésta, aguardando como demonios necrófagos en un círculo de lámparas, el cirujano y sus ayudantes estarían mirando la mesa vacía y los cuchillos y sierras relucientes. Bolitho se acordó de la cara pálida de Luce, de su súplica, de su único y desesperado chillido. Miró hacia Pascoe, que estaba en la banda de sotavento junto a los obenques de mayor hablando con un oficial de mar y un guardiamarina. Se preguntó si estaría pensando en Luce.
A popa, en la toldilla, el grueso de la tropa de infantería de marina esperaba junto a la batayola, en tres filas, puesto que si el Osiris tenía que entablar combate por su costado de babor, tendrían que disparar fila por fila, como los soldados de una formación en cuadro.
Bolitho intentó distinguir caras conocidas, pero no había casi ninguna.
Eran anónimas, aunque familiares. Típicas, pero desconocidas. Infantes de marina y marineros, tenientes y guardiamarinas. Los había visto en una docena de barcos, en otras tantas flotas.
La charretera plateada de un teniente de infantería de marina resplandeció repentinamente como si estuviera siendo calentada desde dentro. Cuando Bolitho volvió la cabeza hacia estribor, vio el halo del sol en el horizonte y los rayos que se filtraban a través del agua ondulada hacia él como metal fundido.
—Va a ser un hermoso día —comentó Allday.
El teniente Outhwaite estaba de pie junto a la escotilla principal, con los ojos brillantes como pequeñas piedras mientras miraba fijamente hacia la salida del sol. Al igual que su comandante, estaba impecablemente uniformado, con el sombrero perfectamente calado en su cabeza y su larga coleta bajando por su columna vertebral.
Farquhar no llevaba el sombrero, ya que a su lado un guardiamarina lo sostenía junto con su sable, y parecía un actor esperando empezar su papel más difícil. De hecho, Bolitho vio que la boca de Farquhar se movía; tal vez hablaba para sí o ensayaba la exhortación a sus hombres, no lo sabía.
Tenía el cabello muy rubio, y lo llevaba recogido hacia atrás en la nuca y atado con un arreglado lazo negro. Pasara lo que pasara en las próximas horas, Farquhar estaba vestido para ello.
Pareció notar el escrutinio de Bolitho y se volvió hacia él. Esbozó una lenta sonrisa.
—El uniforme es nuevo, señor. Me he acordado de su costumbre antes de un combate importante. —Dio una breve sacudida con la cabeza—. Y
como su sastre está en otra parte, he pensado que debía dar ejemplo.
—Muy amable —replicó Bolitho.
Atisbo de nuevo hacia proa, y vio la masa de tierra creciendo y alzándose imponente ante el bauprés, como si se estuvieran tocando.
—El enemigo no disparará hasta que tenga un blanco seguro. Sus artilleros tendrán el sol directamente en los ojos, pero una vez estemos más arriba por la costa ya no nos ayudará mucho. Hay una hondonada detrás de la bahía que tengo en mente. Un buen emplazamiento para cañones de largo alcance.
Aguzó la vista más allá de la proa cuando una voz gritó:
—¡Rompientes! ¡Justo por la amura de babor!
El piloto dijo con tono tenso:
—¡Eso será el maldito arrecife, señor!
—Deje que arribe una cuarta, señor Bevan. Rumbo nordeste cuarta al norte. —Farquhar miró a su primer teniente—. ¿Tiene un buen sondador en los cadenotes?
—Sí, señor. —El cara de rana le dirigió una mirada interrogante—. Le he subrayado la importancia de su tarea en esta mañana.
Bolitho notó que podía sonreír, a pesar de la persistente incertidumbre de la espera. Farquhar y Outhwaite estaban bien compenetrados. Quizá Farquhar no se equivocara con su método de selección. Después de todo, se decía de los barcos del sudoeste de Inglaterra que eran extranjeros para
todos excepto para los hombres de Cornualles y de Devon que los tripulaban. El estilo de St. James[5] y de Mayfair era igual de difícil de aprender.
La luz ya se extendía y se filtraba sobre las pequeñas playas, ahuyentando las sombras de las laderas y las calas. La superficie del mar también estaba más clara, y las diminutas cabrillas blancas se movían hacia estribor para fundirse con el colorido horizonte y el sol.
Tal vez el verdadero Lysander hubiera visto aquel mar igual que estaba ahora, pensó Bolitho, cuando las flotas de trirremes y galeazas se habían embestido mutuamente y el cielo se había oscurecido con flechas, muchas de ellas encendidas.
Por popa oyó el repentino chirrido y traqueteo de los cañones que estaban siendo asomados, y supo que Javal estaba preparándose.
—Cambie el rumbo tres cuartas. Rumbo norte —dijo con brusquedad Farquhar.
Se asomó por encima de la batayola para mirar un montículo de arena o piedra que pasaba por la aleta. Algunas gaviotas se elevaron quejumbrosas de su pequeño islote, muy blanco en contraste con el telón de fondo de la costa. Volaron en círculo por encima de los topes de los mástiles esperando conseguir comida con ruidosa glotonería.
Bolitho levantó la vista hacia su gallardetón cuando una gaviota pasó volando velozmente junto al mismo chillando enojada. Ondeaba con menor insistencia, puesto que la tierra desfilaba ya ante ellos quitándoles el viento.
Pensó en Probyn. Era de esperar que hubiese colocado pronto su barco en posición, contando con el viento que soplaba en contra para entrar por el traicionero y estrecho canal.
Se sacó de los calzones el reloj y lo examinó. Ahora podía verlo bien, incluso los elegantes caracteres de su esfera, Mudge and Dutton of London.
Cerró la tapa de golpe y vio al guardiamarina Breen sobresaltarse por el ruido.
—Muy bien. Hemos pasado el cabo —dijo.
Outhwaite giró en redondo llevándose la bocina a la boca.
—¡Señor Guthrie! ¡Pase la voz! ¡«Asomar»!
Cuando las portas de los cañones chirriaron al abrirse hubo una breve pausa. Abajo, en la cubierta de la batería inferior, los marineros, con el torso desnudo y preparados, verían la costa por primera vez. Sonó una pitada y, con un temblor creciente, el Osiris asomó su artillería.
—¡Cargad el trinquete!
Farquhar observó como la gran vela era sometida y cargada en su verga, y chasqueó sus dedos. El guardiamarina le dio su sable y luego su sombrero. Se ajustó con cuidado el sombrero y, tras unos momentos, caminó hacia delante en dirección al pasamano de barlovento.
El trinquete había acabado con aquella visión ilusoria. El escenario estaba listo. Los actores estaban preparados.
Bolitho desenvainó su sable y lo dejó plano sobre la barandilla del alcázar, notando el acero frío bajo las palmas de sus manos.
—Ice la bandera.
Oyó el chirrido de un motón y vio la gran sombra de la bandera moviéndose por el pasamano y sobre la suave ola que levantaba la proa.
—Ahora, preparaos, muchachos, y haced que cada bala cuente.
Lanzó una mirada rápida hacia las dotaciones de los cañones más cercanos. Podían haber estado en cualquier episodio de la historia. Un marinero, de pie junto al dieciocho libras que había inmediatamente debajo del alcázar, estaba apoyado en su atacador, con su pañuelo de cuello atado alrededor de las orejas para soportar el primer rugido ensordecedor.
Hombres como aquél habían navegado con Drake a bordo de su Revenge y habían vitoreado cuando la Armada Invencible quedó diezmada en el canal de la Mancha. Pero esta vez no había aclamaciones, ni tan sólo una aislada.
Los hombres mostraban semblantes adustos mientras miraban las portas abiertas o permanecían cerca unos de otros como buscando apoyo. Vio como la mano de Farquhar se abría y se cerraba repetidamente alrededor de la vaina de su sable y mantenía la cabeza muy erguida mientras miraba fijamente hacia la costa desde la que el enemigo abriría fuego.
Se vio una luz en la cima de la montaña más cercana pero no volvió a aparecer; una botella rota reflejando el primer rayo del sol, la ventana de alguna vivienda oculta. Bolitho se estremeció. ¿O sería un rayo de luz que
se reflejaba en la lente de un catalejo? Se imaginó la señal siendo transmitida por la montaña hasta llegar a la artillería que esperaba. Los ingleses han entrado. Tal como habían previsto y esperado. Frunció el ceño.
No importaba lo que ocurriera, tenían que mantener la atención del enemigo hasta que Probyn cayera sobre los barcos fondeados desde el canal norte.
Unas pocas y potentes andanadas entre el abarrotado fondeadero y las cosas podían cambiar considerablemente.
De repente recordó lo que su padre le había dicho una vez. No hay nada como un ataque por sorpresa. La sorpresa sólo se presenta cuando un comandante u otro han estimado erróneamente lo que han visto desde el principio.
Lanzó una mirada a Pascoe y sonrió brevemente. Ahora sabía exactamente lo que su padre había querido decir.
* * *
Bolitho volvió a cruzar el alcázar y apuntó un catalejo hacia un saliente de tierra. Se veían unas pocas casas diminutas al pie de una escarpada ladera, enclavadas entre algunos arbustos y la playa más cercana. Casas de pescadores. Pero sus barcas estaban varadas y abandonadas en la playa de gruesos guijarros, y sólo había un perro junto a la orilla del mar, ladrando frenéticamente a los barcos que pasaban lentamente.Oyó que Farquhar decía con brusquedad:
—Estarán en la próxima bahía.
Outhwaite se volvió y dijo:
—¡Preparados! ¡No disparéis hasta que se dé la orden y luego disparad en el balance superior!
Allday musitó desdeñosamente:
—¡En el balance superior! ¡Hasta que no nos apartemos de ese cabo y encontremos alguna clase de viento otra vez, no habrá balance superior!
—¡Ah de cubierta! —La voz del vigía del tope parecía inusitadamente alta—. ¡Buques fondeados alrededor de la punta!
Bolitho exhaló lentamente.
—Haga una señal a la Buzzard para informarles.
La contestación a la señal se desplegó en las vergas de la fragata a los pocos segundos. Javal estaba como el resto de ellos, con la tensión al límite.
Echó una mirada a su reloj. El Nicator ya debería haber cruzado el estrecho canal y tendría que estar largando más vela para empezar su importante papel. Incluso aunque los piquetes franceses lo hubieran avistado, sería demasiado tarde para mover la artillería hasta el otro extremo de sus defensas.
El estallido, cuando llegó, fue como un trueno reducido. Bolitho no vio ni humo ni destello alguno, pero contempló el avance de la bala a través de la serpenteante corriente. Debía de haber sido disparada desde baja altura, puesto que pudo ver su trayectoria gracias a la línea de diminutas olillas que levantaba, como un viento artificial o un tiburón lanzándose al ataque.
El impacto de la bala en la parte de proa del casco levantó un gran coro de gritos y chillidos, y Bolitho vio al segundo teniente corriendo de cañón en cañón, como si quisiera tranquilizar a las dotaciones.
—¡Mire allí, señor! —Allday señaló con su alfanje—. ¡Soldados!
Bolitho miró las pequeñas figuras con casacas azules que brotaban de entre los árboles y correteaban hacia la punta. Quizá creían que la segunda oleada de barcos atacantes intentaría un desembarco y estaban preparándose para rechazarlos. Bolitho se humedeció los labios. Si hubiera una segunda oleada…
—Orce una cuarta, comandante. Fije un objetivo para nuestra batería superior —dijo.
Farquhar protestó:
—¿Cañones de dieciocho libras contra infantería, señor?
Bolitho dijo con calma:
—Les dará algo en que tener sus mentes ocupadas. Además, puede que haga flaquear la confianza del enemigo. ¡Están esperando una escuadra, recuerde!
Hizo una mueca de dolor cuando otro estallido retumbó sobre el agua, y oyó como la bala silbaba ferozmente por encima de sus cabezas.
—¡Preparados a babor! —Outhwaite señaló hacia los soldados que corrían—. ¡En el balance superior! —Alzó su bocina—. ¡Fuego!
La larga hilera de cañones retrocedió hacia cubierta en sus bragueros, y el humo se elevó y se arremolinó por encima de las batayolas repletas de coys. Bolitho miró con su catalejo a tierra, viendo como las balas caían entre los árboles y la maleza, levantando piedras y terrones en caprichosa confusión. Obviamente, los soldados habían pensado igual que Farquhar, puesto que muchos fueron cogidos en campo abierto, y Bolitho vio cuerpos y mosquetes saltar por los aires junto con los otros fragmentos.
Era poca cosa, pero había dado a las dotaciones de los cañones cierto ánimo. Oyó unas pocas aclamaciones y los gritos de decepción de la batería inferior, a la que no se le había permitido disparar.
Outhwaite se había contagiado de parte de la excitación.
—¡Muévanse rápido, muchachos! ¡Recargad! ¡Señor Guthrie, una guinea para el primero que asome el cañón!
Bolitho vio de reojo como el cabo se iba quedando atrás y vislumbró el primer grupo de barcos fondeados brillando bajo la frágil luz del sol, con sus velas aferradas y su inmóvil rigidez indicando que cada uno de ellos estaba amarrado de costado al siguiente, y así todos, colocados en una barrera sin interrupción. Se esperaba que los franceses hubieran fondeado de esta manera. Había sido una de sus defensas preferidas desde mucho antes de que ni siquiera hubieran soñado con una revolución.
Entonces vio el destello de un disparo. Provenía de un collado profundo y verde que había entre dos montañas, y supo que los artilleros habían disparado antes para hacer un disparo de alcance.
Alcanzó al Osiris en medio del barco, bastante abajo y cerca de la línea de flotación. La tablazón de debajo de los pies de Bolitho saltó, como si la bala hubiese golpeado a unos pocos pasos en vez de tres cubiertas más abajo. Vio la preocupación de Farquhar cuando éste miró a su contramaestre bajar disparado por una escotilla con sus hombres y las volutas de humo negro que se arremolinaban por encima de la batayola como prueba de la puntería del cañón.
Por popa oyó un estallido controlado de disparos de cañón y supo que Javal estaba siguiendo su ejemplo, cañoneando la ladera más cercana con la esperanza de encontrar un objetivo.
—¡Ah de cubierta! ¡Un navío de línea francés fondeado detrás de los transportes!
Bolitho movió el catalejo por encima de la barandilla del alcázar, y vio aparecer las caras del castillo del Osiris como visiones en la lente antes de que encontrara y apuntara bien al setenta y cuatro cañones francés. Al igual que la apretada masa de transportes, estaba fondeado, pero sus velas sólo estaban cargadas y su cable corto, preparado para levar el ancla. Y detrás de él, deslizándose muy lentamente a favor del viento, una fragata largó su trinquete y brilló momentáneamente cuando el sol le dio en el casco. Las dos escoltas más pequeñas, las corbetas que había mencionado Plowman, estaban escondidas en alguna parte. No era sorprendente, puesto que el resto de buques de aprovisionamiento de la flota reunida se solapaban unos con otros en lo que parecía ser un desesperante embrollo de mástiles y vergas. Los observó por el catalejo con desaliento. Estaban muy cargados: cañones, pólvora y balas, tiendas, armas y provisiones para un ejército.
Notó que la cubierta se tambaleaba cuando otra bala cayó cerca del costado.
La única manera de evitar ser destruidos lentamente por los cañones ocultos era dar más vela para acercarse y atacar a los buques fondeados y así impedir que desde tierra pudieran dispararles sin correr el riesgo de alcanzar a los suyos.
Oyó a Farquhar decir con ardor:
—¿Dónde está el Nicator? ¡Por todos los santos, debería estar ya a la vista!
—El setenta y cuatro cañones francés ha levado el ancla, señor.
Bolitho miró a Farquhar, pero éste no había oído la información. Dijo:
—Gracias. Diga a las dotaciones de sus cañones de estribor que se preparen, señor Outhwaite.
Bolitho vio al contramaestre que salía de debajo del alcázar y esperó que se acercara a popa.
—Está agujereado por dos puntos, señor. Pero no hay daños bajo la línea de flotación todavía. Está bastante sano, si la cosa no se pone peor.
Farquhar asintió bruscamente.
—Bien.
Bolitho dijo:
—Dé el trinquete, comandante. Haga una señal a la Buzzard: «Estamos a punto de pasar a través de la línea enemiga».
Farquhar le miró.
—Podríamos quedar enredados en sus muertos, señor. Le aconsejaría…
Se agacharon cuando otra bala pasó muy baja por encima de sus cabezas, y Bolitho notó en sus hombros el aire que movía al pasar, como el de la hoja de un alfanje.
Bolitho dijo:
—El Nicator debería estar a la vista. Al menos desde el tope del mástil.
Probyn debe de haber encontrado alguna oposición. Si ninguno de nosotros puede llegar a entablar combate, ¡seremos destruidos para nada!
Caminó con grandes zancadas hasta la banda de sotavento y observó la delgada columna de agua que se elevaba lejos por el través. Los franceses eran muy buenos disparando, como lo eran sus nuevos cañones. A esa distancia difícilmente podían fallar. Y aun así estaban esperando el momento oportuno, reservando su puntería para el resto de la escuadra, o para decidir según la táctica de los ingleses.
No. No era cierto. Ningún oficial de artillería podía estar tan seguro de sí mismo.
Oyó como la rueda se movía y la súbita sacudida y estallido del paño cuando el trinquete fue largado de nuevo y su verga orientada por los hombres que estaban en las brazas. Se notaba cierta diferencia. Pudo ver la manera en que uno de los nueve libras del alcázar tiraba de su palanquín cuando la cubierta escoró a sotavento. El súbito aumento de velamen podría hacer que los artilleros franceses mostraran las cartas.
Caminó lo más despacio que pudo hacia la otra banda, atisbando a través de la abarrotada cubierta de baterías hacia el dos cubiertas francés.
Con el mínimo paño, se mantenía a distancia a unas dos millas. Aquello
también estaba mal. Su comandante estaba al mando del barco más poderoso de los presentes. Su primera obligación era defender los buques de aprovisionamiento y los mercantes, sin importar lo que ocurriera.
Quedaba media milla hasta la línea de buques, y a través de su catalejo pudo ver las diminutas figuras de los marineros corriendo por las cubiertas del transporte más cercano. Probablemente todavía creían que el Osiris era un tres cubiertas y que se llevarían la primera y mortífera andanada.
—Orce una cuarta, comandante.
—Sí, señor. Norte cuarta al noroeste.
Bolitho miró a Pascoe.
—¿Algún rastro del Nicator?
—Nada, señor. —Pascoe señaló hacia la masa de buques—. ¡Se está perdiendo un blanco prometedor!
Pero Bolitho le conocía lo bastante bien para ver más allá de su tranquilo comentario. Vio que el guardiamarina Breen, que estaba ayudando a Pascoe, le miraba, como buscando la confirmación de que todo iba bien.
Los transportes más cercanos, fondeados en un extremo de una de las dos líneas separadas, abrieron fuego con sus cazadores de proa, y una de las balas que pasaron silbando por encima de sus cabezas se estrelló e hizo un nítido agujero en la gavia de mayor.
De repente, el piloto gritó:
—¡Por la amura de sotavento, señor! ¡Parecen bajos!
—¡Están lejos, hombre! ¿Qué quiere que haga? ¿Que vuele? —replicó lacónicamente Farquhar.
Bolitho no oyó nada durante los siguientes segundos. Como parte de sus sueños febriles, vio como la amurada de babor saltaba en pedazos, y la tablazón de cubierta se desgarraba en un tajo de astillas voladoras, mientras los pedazos y el tubo entero de un nueve libras aterrizaban con un gran crujido en la banda opuesta. El cañón cargado explotó y su bala dio en otro cañón, lanzándolo encima de parte de su dotación, cuyos gritos y sollozos se perdieron en la explosión.
Cuando Bolitho miró a popa vio que la gran bala, probablemente con doble carga, había hecho añicos la rueda. Dos timoneles yacían muertos o
sin sentido, y un tercero había sido completamente destrozado, reducido a una masa sangrienta. Había hombres y pedazos de hombres diseminados por el alcázar y otros trataban de arrastrarse como podían. Bolitho vio que Bevan, el piloto, casi había sido partido por la mitad por el nueve libras que había explotado, y su sangre corría por la cubierta astillada, mientras una de sus manos seguía agarrada a sus entrañas al descubierto, como si se aferrara aún a la vida.
Plowman salió corriendo de entre la humareda.
—¡Yo me haré cargo, señor! —Sacó a rastras a un marinero aterrorizado de detrás de algunos coys desperdigados—. ¡Arriba! ¡Ven a popa y aparejaremos algo en la mecha del timón!
Hubo otro impacto atronador, esta vez en el costado de la toldilla.
Varios infantes de marina cayeron por la escala, y Bolitho oyó las pesadas balas atravesar la cámara y adentrarse en la atestada cubierta de baterías.
—¡Acorte vela, comandante! —gritó. Alzó su sable para señalar hacia arriba—. La artillería francesa ha calculado muy bien.
No sentía miedo ni amargura, únicamente rabia. El Osiris, sin su aparato de gobierno, estaba cayendo pesadamente hacia sotavento. Bevan, el piloto muerto, había visto el peligro sin comprender lo que significaba. Ahora era demasiado tarde. La fuerza del viento en sus velas y en su casco era suficiente para conducir al Osiris hacia aquel pequeño bajo de arena dura.
El enemigo había utilizado sus disparos iniciales como perros pastores con una cabeza de ganado rebelde. Un ladrido aquí, un leve mordisco allá, y el impotente animal había sido enviado a una trampa cuidadosamente medida y planeada.
Los dos cañones ocultos renovaron sus disparos con repentino vigor, y las balas impactaron en el casco o cayeron peligrosamente cerca de la Buzzard que, en solitario, aún se dirigía hacia los buques fondeados. Pascoe gritó:
—¡La fragata enemiga está dando más vela, señor! ¡Y veo a una de las corbetas saliendo del fondeadero!
Bolitho apuntó su catalejo a través de la humareda flotante. Primero, la fragata, alargada y esbelta. Treinta y ocho cañones contra los treinta y dos
de Javal; siempre y cuando éste pudiera conseguir evitar la artillería pesada, tendría una buena oportunidad. Si pudiera derrotar a la corbeta. Si, si, si.
Era como oír un insulto dentro de su cerebro.
Algo oscuro apareció a un lado de la lente, y apuntó el catalejo más lejos para ver aparecer al setenta y cuatro cañones francés. Todavía iba con el mínimo de paño, y se movía muy lentamente hacia el Osiris en un rumbo convergente, con sus cañones asomados pero en sombras. Reflexionó sobre el hecho. En sombras. Así que su comandante no tenía intención de tratar de mantener el barlovento. En aquellos momentos estaba ya pasando por la amura de estribor del Osiris, con sus gavias arrizadas bien braceadas y su castillo e incluso su beque vivos con marineros que agitaban los brazos en el aire y mostraban sus armas resplandecientes. Podía ver su nombre con bastante claridad, Immortalité.
Farquhar gritó con voz ronca:
—¿Cómo está el timón, señor Outhwaite? ¿Han aparejado un gobierno de fortuna?
Bolitho observó el agua que se ondulaba por encima de la barra de arena oculta. Cincuenta yardas. Menos. Incluso aunque fondearan serían ya incapaces de luchar, y menos aún de causar algún daño a los transportes.
Observó el dos cubiertas, con su bandera tricolor de colores muy vivos bajo la luz del sol. Se puso rígido cuando vio otra bandera en su palo mayor.
Un gallardetón con forma de rabo de gallo.
Pascoe le miró.
—Un comodoro, señor. —Trató de sonreír—. ¡Tendría que haber sido un almirante el que nos hiciera los honores!
Una bala tronó a través de una de las portas inferiores, y Bolitho oyó el correspondiente coro de chillidos y gritos llamando a los ayudantes del cirujano.
Se volvió otra vez hacia el buque francés. Pascoe debía de equivocarse.
Tenía que haber sido Probyn, descargando sus andanadas sobre los transportes fondeados, ahora completamente indefensos, pues el dos cubiertas y sus compañeros más pequeños bajaban por la costa para
combatir con ellos. El Nicator no habría tenido ninguna oposición. Notó que le invadía la furia, como una riada ardiente.
La cubierta dio una ligera sacudida, y con un ruido parecido al de un disparo de pistola, el mastelerillo del juanete de proa cayó abajo y luego por la borda, arrastrando aparejo roto en su estela, como si fueran serpientes negras.
Farquhar le miró con rabia.
—¡Encallados! —Dio unos pasos hacia el costado, y sus zapatos patinaron con la sangre—. ¡Por todos los infiernos! —Se cubrió la cara con un brazo cuando una bala cayó otra vez en la amurada, volcando otro cañón y matando a dos hombres que estaban arrastrando a un camarada herido para apartarle de su porta.
Farquhar preguntó con tono cansino:
—¿Cuáles son sus órdenes, señor?
Bolitho mantuvo los ojos clavados en los transportes, que parecían estar moviéndose en aquellos momentos, desplazándose ante la proa en una enorme masa. Pero era el Osiris el que se movía muy lentamente ante el empuje del viento, con la proa y la parte delantera de su casco firmemente incrustados en la arena dura.
Dijo lentamente:
—Creo que pronto podremos utilizar los cañones de estribor.
Vio que Farquhar asentía, con la cara lívida mientras otras explosiones levantaban espuma muy por encima de la batayola. La franja de paño pintado que había sido su único engaño había desaparecido hacía rato, arrancada por el intenso viento de aquellos cañones. Le agarró el brazo con fuerza, arrancando de su mente la amenaza y los daños que había a su alrededor.
—¿Ve el buque de guerra francés, comandante? Ahora está dando más vela.
Los ojos de Farquhar se agrandaron.
—¡Por todos los diablos!
Lenta e inexorablemente, con su proa pivotando en la barra de arena, el Osiris estaba alejando su popa de la costa. No le extrañaba que el comodoro
francés se hubiera contenido. Media hora después, cuando pasara a sotavento de la barra de arena con el barco entrampado, tendría expuesta ante sí la popa del Osiris. Ningún comandante podía ambicionar un blanco mejor o más quieto, y una andanada barrería el barco de popa a proa.
—Entonces estamos acabados —dijo Farquhar.
Bolitho pasó por su lado.
—Pase la voz: «Disparar con todos los cañones que tengan enfilado el blanco». Hundiremos una buena media docena de ellos, con un poco de suerte.
Oyó como era pasada la orden y el chirrido de las cureñas cuando los cabos de cañón hicieron ronzar y apuntar los cañones hacia los buques de aprovisionamiento.
Sólo verían al enemigo, y aunque hubieran deducido que estaban en apuros, era poco probable que comprendieran el verdadero alcance de la situación. Farquhar lo sabía de sobras.
—¡Fuego!
La larga batería de cañones de treinta y dos libras tronó con una irregular andanada en su máxima elevación, y Bolitho supo que muchas de las balas encontrarían blanco.
—¡Fuego!
Los dieciocho libras se lanzaron hacia dentro del barco, y sus dotaciones trabajaban como locas para refrescarlos e introducir nuevas cargas con los atacadores.
Bolitho lanzó una rápida mirada al comandante. El salvaje estrépito de cada una de las andanadas se reflejaba en su rostro. El retroceso de tantos cañones hacía que el Osiris estuviera encallado cada vez con mayor firmeza. Su semblante revelaba que había asumido que el buque estaba ya acabado, y que era consciente de que Bolitho estaba prosiguiendo con el ataque a sabiendas de ello.
—¡La ladera parece estar en llamas, señor! —dijo Allday con voz ronca.
Bolitho se enjugó los ojos con la manga y miró por la amura de babor.
El Osiris había ya pivotado totalmente, y podía ver la densa humareda con
llamaradas que descendía hacia el mar sumándose a la escena de caos y desesperación.
Allday dijo, casi para sí mismo:
—Debe de ser el señor Veitch. Ha prendido fuego a la ladera.
Probablemente está tan seca como la yesca. —Suspiró—. Un hombre valiente. Uno de aquellos cañones quedará cegado por el humo. Y no se lo van a agradecer precisamente al señor Veitch.
Una violenta explosión retumbó en el agua, y a través de la humareda que se espesaba, Bolitho vio algo de color rojo vivo.
Pascoe tosió entre el humo.
—¡Hemos alcanzado a uno de los transportes, señor! ¡Debía de estar cargado de pólvora!
Los fragmentos caían perezosamente, flotando alrededor del barco alcanzado. Bolitho pudo oír las notas más agudas de unos disparos por detrás del humo, y supo que Javal estaba allí, luchando probablemente contra dos enemigos a la vez.
El vigía del tope aulló por encima del estruendo:
—¡Algunos de los franceses están dando las velas!
—Están cortando sus cables —dijo Bolitho.
Lo entendía perfectamente. Con uno o más de los barcos en llamas o inutilizados por las andanadas del Osiris, no tenían nada que ganar quedándose donde estaban. Notó la cubierta bajo sus pies. Estaba sin vida, excepto por la salvaje vibración de los disparos de los cañones. Y nadie podía pararles.
Algo pasó a su lado e impactó contra un nueve libras, levantando astillas volantes con un agudo pitido. Unos hombres cayeron pataleando y dando boqueadas, y Bolitho notó cómo la sangre salpicaba sus calzones como si fuera pintura.
Se dio la vuelta y vio a Farquhar apoyado de espaldas contra la barandilla del alcázar, con la mirada clavada en las vergas más bajas mientras se agarraba el pecho con las dos manos.
Bolitho corrió a su lado.
—¡Aquí! ¡Déjeme ayudarle!
Los ojos de Farquhar se movieron hacia él. Mostraba los dientes apretados al hablar, espaciando cada palabra para contener el dolor:
—No. Déjeme. Debo quedarme. Debo hacerlo. Había hecho una bola apretada con la casaca de su nuevo uniforme, una bola que era ya de color rojo brillante.
—Le llevaré abajo —dijo Allday.
El barco se estremeció de nuevo cuando la batería inferior arrojó su furia sobre el fondeadero. Varios mástiles habían caído, y los dos primeros barcos estaban escorados el uno hacia el otro, uno medio hundido y el otro convertido en un amasijo de restos ennegrecidos por aquella terrible explosión.
Farquhar intentó negar con la cabeza.
—¡Sáqueme sus malditas manos de encima! —Se tambaleó hacia Bolitho—. ¡Señor Outhwaite!
Pero el primer teniente estaba sentado apoyado en uno de los cañones abandonados, con la cabeza colgando hacia un lado y la cubierta de su alrededor llena de sangre.
Bolitho miró a Allday.
—¡Traiga al señor Guthrie! ¡Dígale que quiero que lleven a todos los heridos a la cubierta de baterías inferior, a la banda de babor, y hágalo rápido!
Vio como el humo de la ladera se mezclaba con el de los cañones. Al menos, el coraje de Veitch había dado una oportunidad a los heridos. Sin la pantalla del humo, cualquier intento de poner los botes al costado habría sido abortado por los dos cañones franceses. Aun así, los franceses estaban aún disparando a ciegas hacia ellos, y las grandes balas añadían sus extrañas notas a los gritos de los heridos y los moribundos.
Un hombre pequeño salió disparado de entre el humo, y Bolitho vio que era el cirujano.
A pesar de las protestas de Farquhar, abrió de golpe la casaca de galones dorados, mientras su cabello volaba al viento a causa de otra bala que pasó justo por encima de la cubierta, y colocó una gran gasa encima de la mancha brillante.
Farquhar dijo entrecortadamente:
—¡Vaya abajo, Andrews! ¡Ocúpese de nuestros hombres!
El cirujano miró con desesperación a Bolitho. Atisbo aturdido hacia las amuradas destrozadas y los cadáveres extendidos. Aun a pesar del truculento trabajo que tenía que realizar abajo en el sollado, aquello debió de parecerle todavía peor.
—¿Se va a rendir, señor?
Farquhar le oyó y dijo entrecortadamente:
—¿Rendirse? ¡Váyase abajo, maldito estúpido! ¡Le veré en el infierno antes que arriar mi bandera!
Bolitho hizo una seña a Pascoe.
—Cuide del comandante. Usted quédese aquí también, Allday.
Hizo caso omiso de la preocupación de ambos y corrió hasta la barandilla del alcázar, forzando la vista a través del humo hasta que encontró al contramaestre. No podía recordar su nombre, pero gritó de forma desaforada hasta que el hombre levantó la vista hacia él, con la cara tan oscura como la de un negro por el humo de la pólvora y los restos carbonizados.
—¡Lleve los botes de la aleta al costado de babor! ¡Y una balsa también, si puede arreglárselas para hacerla!
Se dio la vuelta cuando Pascoe le llamó, y vio un cuadrado claro de vela que se elevaba a través de la humareda, aunque quedaba aún oculto el barco que había bajo la misma.
La hoja de su sable golpeó la cubierta cuando sus brazos cayeron a sus costados. El tiempo se había acabado. El dos cubiertas francés estaba allí, cruzando por su popa con la precisión de un cazador acechando a una bestia herida.
También vio el gallardetón del enemigo ondeando y enrollándose con el viento de tierra, y se preguntó vagamente si su propietario habría visto el suyo por encima del caos y la carnicería.
El humo pareció aventarse hacia arriba ante una insólita racha, pero el reflejo de las lenguas rojas y naranjas que brotó entre el mismo le reveló a Bolitho que aquel aire era obra humana.
Disparando con un cañón de cada cubierta a medida que iban pasando, el armamento del dos cubiertas escupía su andanada sobre la popa del Osiris.
Parecía que no fuera a acabarse nunca. Los hombres que se arrastraban y se tambaleaban a su alrededor perdían forma y significación, con sus caras como simples máscaras de dolor y terror, y sus bocas abiertas como agujeros mudos mientras corrían a ciegas intentando huir de la matanza.
Bolitho se encontró que estaba de rodillas, y cuando empezó a recobrar el sentido del oído buscó a tientas su sable, utilizándolo como un bastón para levantarse de cubierta.
Apenas sin atreverse a respirar, fue tambaleándose hasta la barandilla del alcázar, o lo que quedaba de ella, y vio que Pascoe y Allday estaban en el mismo lugar, con el comandante apoyado entre los dos. Allday tenía un corte de mal aspecto en un brazo y Pascoe la marca oscura de un golpe en la frente, donde había sido alcanzado por un pedazo de madera volante.
Bolitho no tenía aliento para hablar, pero les agarró, asintiendo primero a uno y luego al otro.
Más allá del alcázar no quedaba en pie ningún mástil, y toda la cubierta de la batería superior, el castillo y los pasamanos estaban enterrados bajo una montaña de palos y jarcias rotas. Salía humo por todas partes, mientras bajo los restos amontonados oía voces que pedían ayuda, llamándose unos a otros o maldiciendo como enloquecidos.
Allday dijo con voz entrecortada:
—¡El palo mesana se caerá en cualquier momento, señor! —Su voz era apenas perceptible—. ¡Yo diría que sólo está aguantado por los obenques!
A través del estruendo de gritos y de madera astillada, Bolitho oyó una aclamación remota. Los franceses estaban vitoreando.
Farquhar apartó a Pascoe a un lado y caminó tambaleándose hacia la batayola rota. Su uniforme estaba destrozado y tenía incrustadas en los hombros varias astillas de madera, como dardos. La sangre le manaba a raudales por el pecho dejando un rastro en su camino hacia el costado, y cuando Bolitho le cogió había cerrado los ojos, apretándolos con fuerza.
—¿Nos hemos rendido, señor? —preguntó con dificultad.
Bolitho le aguantó con firmeza mientras Pascoe corría a ayudarle. El mástil con su gallardetón, las drizas que habían sostenido la bandera, todo había volado por los aires con la andanada enemiga.
—No, no nos hemos rendido.
Farquhar abrió bien los ojos y le miró.
—Eso está bien, señor. L-lo siento por… —Cerró los ojos ante otro agudo ataque de dolor, pero exclamó con ferocidad—: ¡Espero que Probyn se pudra en el infierno! Hoy ha acabado con nosotros.
Bolitho le sostuvo, consciente de que Pascoe le estaba mirando la cara como buscando una respuesta a algo.
Farquhar dijo en voz baja:
—Déjeme de pie, señor. Estaré bien enseguida. Dígale a ese estúpido de Outhwaite que… —Una expresión de comprensión final brilló en sus ojos, y entonces se quedaron paralizados.
El segundo teniente apareció tambaleándose a través de la humareda, pero se quedó inmóvil cuando Bolitho le dijo:
—Coja a su comandante, señor Guthrie. —Miró a unos pocos hombres que salían de debajo de la toldilla—. Sir Charles Farquhar ha muerto.
OceanofPDF.com