Nubes de tormenta
XVII. Nubes de tormenta
XVII
NUBES DE TORMENTA
Habían pasado casi dos semanas cuando Bolitho pudo izar la señal de levar anclas y dejar su abrigado islote. Aun así, los barcos siguieron siendo acosados por feroces rachas de viento, y pronto se hizo patente que los daños de la Buzzard eran más graves de lo que Javal había considerado. Sus hombres trabajaban sin descanso en las bombas durante todas las guardias, y con los limitados recursos que tenía a bordo, usaba toda la madera y el paño sobrantes para los daños más importantes del casco.
Tras la violencia del combate y la euforia al ver al Lysander asomar su proa a través de la humareda, aquel nuevo esfuerzo del tiempo para retrasar cada uno de sus movimientos resultaba muy descorazonador.
Mientras los barcos se dispersaban y viraban a un lado y a otro en diversas bordadas para avanzar contra un igualmente determinado viento del sudoeste, Bolitho daba gracias por no haber avistado una escuadra enemiga en su camino. Las dotaciones estaban agotadas por el trabajo constante, y con todos los barcos cortos de gente a causa de los heridos y los muertos, sabía que cualquier clase de victoria sería para el bando contrario.
La Perle, la corbeta francesa capturada, se había llevado sus despachos, y sabía que Herrick albergaba todavía ciertas dudas sobre la capacidad del teniente Fitz-Clarence para llegar al destino correcto y pasar su información para hacerla llegar al almirante de Gibraltar.
Quizá debiera haber enviado la Verle directamente a Gibraltar. Pero si sus noticias tenían que llegar a todas las fuentes disponibles de comunicación, sabía que Fitz-Clarence debía recalar primero en Siracusa.
Estaba paseando por su cámara, con la barbilla hundida en el pecho y su cuerpo inclinado por la escora del barco, cuando oyó el grito:
—¡Ah de cubierta! ¡Vela al noroeste!
Por una vez fue incapaz de contenerse, y sin esperar al mensaje de cubierta, salió rápidamente de la cámara para unirse a Herrick y a los demás oficiales junto a la barandilla del alcázar.
Herrick se llevó la mano al sombrero.
—¿Lo ha oído pues, señor?
—Sí, Thomas.
Bolitho recorrió rápidamente con la mirada la cubierta de la batería superior. Debido al mal tiempo y al necesario retraso mientras se llevaban a cabo las reparaciones, había pasado un mes desde que habían visto hundirse y quemarse los buques de aprovisionamiento franceses bajo su bombardeo.
Desde que Farquhar había muerto con tantos de sus hombres. Y desde que el Nicator había encallado.
Los hombres que estaban junto a la amurada y en los pasamanos o subidos a los obenques con la esperanza de avistar al recién llegado parecían más duros, pensó. Herrick lo había hecho bien. No era fácil para los marineros comunes comprender lo que estaba ocurriendo más allá de su propio barco. Algunos comandantes no se molestaban en contárselo, pero Herrick, como siempre, había intentado explicarles siempre que podía los motivos y las consecuencias de sus acciones.
Si Farquhar se hubiera quedado en el Lysander, se habría beneficiado del ejemplo de Herrick. Bolitho sabía que aquellos hombres habrían dado un poco más de sí mismos en caso de haber sido este barco el que se hubiera ido a la deriva hacia los bajos de arena, con su piloto muerto y el aparato de gobierno destrozado.
Levantó bruscamente la vista cuando un vigía aulló:
—¡Es la Harebell, señor!
Herrick sonrió, y su rostro se despojó de parte de la tensión mientras decía:
—¡El bueno de Inch! ¡Empezaba a preguntarme qué le habría pasado!
Observaron como las velas de la corbeta crecían sobre el horizonte, así como el pronunciado ángulo de sus mástiles, mientras daba más paño para reunirse con la escuadra.
Bolitho vio las sombras cambiantes que asomaban en las gavias de la corbeta, y se encontró rogando que el viento no eligiera aquel momento para desertar de ellas. La idea de quedarse encalmados, con Inch y sus nuevas demasiado lejos como para contactar, era casi insoportable. Y el viento había actuado de esa manera varias veces desde que salieron de las islas griegas, convertirse en temporal y luego quedarse en nada, con las cubiertas y las velas mojadas soltando vapor bajo el sol implacable, y con los barcos inmóviles, como hombres dejados sin sentido en una pelea.
—¿Qué cree usted, señor? ¿Buenas o malas noticias? —preguntó Herrick en voz baja.
Bolitho se mordió el labio. Inch había estado lejos bastante tiempo.
Mientras su pequeña escuadra tamizaba la información y las noticias acerca del paradero y la fuerza del enemigo, podía haber pasado casi cualquier cosa.
Respondió:
—Creo que no se va a intensificar el bloqueo alrededor de los puertos franceses. Una vez De Brueys sepa que su flota de aprovisionamiento y de artillería de sitio ha sido destruida en Corfú, puede que piense de manera diferente acerca de la invasión. Nuestra gente ha trabajado duramente, Thomas. Espero que sus esfuerzos hayan proporcionado tiempo a nuestra flota.
El aire se llenó del humo grasiento de la cocina antes de que la Harebell hubiera barloventeado lo suficiente para arriar un bote. Bolitho se dio cuenta de que la mayor parte de los marineros que no estaban de guardia seguían en cubierta en vez de ir a comerse su comida de mediodía, para ver subir a bordo a Inch e intentar saber algo de lo que estaba ocurriendo.
En la gran cámara, Bolitho hizo que Inch se tomara una copa de vino, dándole así un momento para que recobrara el aliento.
Era extraño, pensó, que después de todos los combates y el dolor, a menudo recayera en hombres como Inch la tarea de llevar las noticias realmente importantes. Apenas se fijaría uno en él en una calle. Larguirucho y con su alargada cara de caballo y su actitud nerviosa, no parecía de la clase de héroes que a la gente le gustaba imaginar. Pero Bolitho lo veía de otra manera, y no lo hubiera cambiado ni por una docena de oficiales.
Inch explicó:
—Entregué los despachos, y —lanzó una rápida mirada a Herrick—, y a mi pasajera, señor. Entonces me vi rodeado de una tremenda actividad. —
Frunció el ceño para poner en orden sus ideas—. El contraalmirante Sir Horacio Nelson pasó con su buque insignia Vanguard por el estrecho de Gibraltar a principios de mayo y puso rumbo hacia Tolón.
Herrick exhaló profundamente.
—Doy gracias al Señor por ello.
Inch se le quedó mirando.
—Siento no estar de acuerdo en eso, señor. Hubo un gran temporal y los barcos de Nelson se desperdigaron, y su buque quedó completamente desarbolado y a punto de embarrancar. Tuvo que buscar abrigo para efectuar las reparaciones. Fue a San Pietro, en Cerdeña.
—¡Mal asunto! —refunfuñó Herrick.
Inch negó con la cabeza.
—Bueno, en cierta manera, señor.
—¡Vamos, hombre, suéltelo ya! —dijo Bolitho.
Inch sonrió como disculpándose.
—Las reparaciones de Nelson retrasaron sus planes, pero permitieron que sus otros refuerzos se le unieran. Ahora tiene a su mando catorce navíos de línea, pero… —Vio la cara de Herrick y añadió deprisa—: La verdad, señor, es que el mismo temporal que desarboló al Vanguard permitió a los franceses escabullirse de sus puertos. —Miró a uno y a otro—. Los franceses han salido, señor.
Herrick dijo con amargura:
—Y han escapado de la misma manera que escaparon ante nosotros.
¡Condenado tiempo!
—¿Es eso todo, comandante Inch? —Bolitho mantuvo un tono calmado, pero pudo sentir como la decepción crecía en su interior.
Inch se encogió de hombros.
—Los franceses han tomado Malta sin un solo combate, señor. Los barcos de Nelson han estado buscando la flota del almirante De Brueys sin éxito. Han seguido a través del mar de Liguria e incluso han investigado algunos puertos donde otros barcos franceses podrían haber estado buscando abrigo hasta estar listos para salir.
—Lo ha hecho usted bien, Inch. —Bolitho hizo una seña a Ozzard para que le sirviera un poco más de vino—. ¿Y ha traído despachos?
Inch asintió.
—El almirante me ordenó ir a Nápoles, señor. Allí me encontré por fin con la flota. —Sonrió con cierto embarazo—. Y con Nelson.
—¡Qué suerte tiene! —Herrick le miró fijamente—. ¡Eso me hubiera gustado verlo!
Bolitho dijo con calma:
—Entonces no se ha encontrado con la Verle.
Miró a lo lejos cuando Herrick empezó a narrarle el combate y a hablarle de las nuevas presas. La mente de Bolitho estaba en otra parte. Para cuando Fitz-Clarence llegara a Gibraltar sería ya demasiado tarde para que pudiera volver y encontrar a Nelson. Se maldijo a sí mismo por no haber pensado que iba a ser enviada una flota con tanta rapidez para actuar, basándose en su tan esquemática información y en la captura de las piezas de artillería de sitio. Inch preguntó con excitación:
—Así pues, ¿dónde están los franceses? Nelson ha estado frente a Elba, Civita Vecchia y Nápoles sin ver ni un solo barco. Y ustedes han venido hacia el oeste sin encontrárselos. No lo entiendo.
Bolitho les miró de nuevo.
—¿Le recibió bien Nelson?
—Desde luego que sí, señor. —Inch frunció el ceño—. No es exactamente como yo me lo imaginaba, pero le encontré de lo más
cautivador a pesar de sus ansiedades.
Bolitho trató de imaginarse qué podía haber tras aquellas simples palabras. ¿Estaría Nelson culpándole por haber perdido también a los franceses? ¿Por conducir a una flota británica tan necesitada en otras partes hacia una trampa vacía?
Inch añadió:
—Cuando le encontrara a usted, señor, si es que lo hacía, tenía que decirle que se uniera a toda prisa a la flota frente a Alejandría. —Vio la sorpresa de Bolitho y dijo—: Ah sí, señor, Nelson confía totalmente en las conclusiones que usted envió. El sigue creyendo que los franceses se dirigen hacia Egipto si es que no están ya allí. —Pareció esperar alguna muestra de excitación.
Bolitho dijo:
—El comandante Herrick visitó por su cuenta Alejandría. Excepto por unos pocos decrépitos buques de guerra turcos y las embarcaciones habituales de la costa, estaba vacía. Como lo estará cuando Nelson llegue allí. —Miró a Herrick—. ¿Está de acuerdo, Thomas?
Herrick asintió.
—Eso me temo. Por lo que descubrimos y oímos en Corfú, parecía como si aquellos buques de aprovisionamiento estuvieran esperando para salir hacia otro destino antes de reunirse con la flota principal. —Miró la carta marina que había sobre la mesa de Bolitho con expresión adusta—. Y
cuando Nelson navegue hacia el este pasará de largo ante De Brueys por un centenar de millas o más. Los franceses se reunirán aquí arriba. —Golpeteó con un dedo la carta—. Lo más probable es que sea frente a Creta. —Miró a Bolitho—. Mientras nosotros estábamos refugiados del temporal entre aquellas islas, la fuerza más grande desde la Armada Invencible probablemente pasaba sólo a unas pocas millas al sur de donde estábamos,
¡y no nos enteramos!
Inch preguntó dubitativo:
—¿Qué hará De Brueys, señor?
Bolitho miró detenidamente la carta.
—Si yo estuviera en su lugar, reuniría todos los transportes que quedaran y esperaría a otros que pudieran haber quedado desperdigados entre las islas más pequeñas y las bahías. Luego, navegaría hacia el sudeste, hacia Egipto.
—Alejandría, señor —dijo Herrick, escrutándole el rostro.
—Sí. Pero creo que se quedará fuera del puerto. En alguna parte donde puedan oponer resistencia con la máxima ventaja.
Herrick asintió, comprendiendo.
—La bahía de Aboukir. No podría haber una mejor. —Hizo una mueca
—. Para ellos.
Bolitho caminó hacia los ventanales de popa, apuntalando las piernas ante los vertiginosos balances del barco al cruzar algunas enormes olas.
—Y Nelson volverá al oeste. —Estaba hablando casi para sí mismo—.
Se pensará que De Brueys le ha engañado y que ha atacado algún otro lugar después de todo.
Había oído hablar a menudo de las repentinas depresiones de Nelson, de sus autocríticas cuando sus audaces ideas no lograban resultados inmediatos.
Algo brillante cruzó por los ventanales, y vio que era una gaviota lanzándose como una flecha para atrapar un pez desprevenido bajo la bovedilla.
Unos pocos cientos de millas, y aun así representaban la diferencia entre el éxito y la nada. Sabía dónde reunirían los franceses su fuerza combinada que, con o sin cañones de sitio, pronto podría ocupar las murallas y las baterías de Alejandría. Lo sabía, pero no se lo podía decir a tiempo al contraalmirante. Ojalá fuera como aquella gaviota y sus noticias pudieran ser llevadas con la rapidez del vuelo de un pájaro. La gaviota dormiría aquella noche en alguna costa griega o italiana, y sus barcos mientras tanto habrían avanzado muy poco en cualquier dirección.
Dijo lentamente:
—Quiero a todos los comandantes a bordo enseguida, Thomas. Si hemos de ser de alguna utilidad, debemos usar nuestra independencia.
Inch inclinó la cabeza.
—¿No vamos a reunimos con Nelson, señor?
Bolitho sonrió ante su semblante preocupado.
—Al final.
Herrick hizo una seña con la cabeza a Inch.
—Venga conmigo mientras hago hacer la señal. —Lanzó una mirada hacia la cara seria de Bolitho. Sabía por experiencia cuándo necesitaba estar solo con sus pensamientos.
Dos horas más tarde, estaban todos reunidos en la cámara: Javal, con sus ojos hundidos por las noches en vela, luchando contra el mar y el viento con los hombres exhaustos; Probyn, que en sus toscos rasgos mostraba recelo, evitando la mirada de Bolitho al encontrar una silla en una zona en sombras; el teniente Gilchrist, incómodo entre sus superiores pero más seguro de sí mismo de lo que nunca le había visto Bolitho. Estar al mando de un setenta y cuatro cañones podía afectar a un hombre de diversas maneras. Parecía que a él le había sentado bien. Herrick e Inch completaban la reunión, mientras Moffitt, el secretario, estaba sentado ante una pequeña mesa con sus papeles y su pluma, y Ozzard permanecía de pie con expresión de curiosidad al lado del lustrado aparador del vino.
Bolitho les miró.
—Caballeros, tengo que decirles que debemos salir a buscar de nuevo a los franceses. De Brueys ha salido, y hasta el momento ha evitado a la flota que fue enviada para contenerle. —Vio como desaparecía el cansancio de la cara de Javal y el intercambio de miradas entre ellos—. Nosotros, con nuestra pequeña fuerza, tenemos que hacer todo lo que podamos para retrasar los planes del enemigo. Han hecho ustedes mucho más de lo que decían las órdenes —sonrió—, ¡o de lo que no decían explícitamente!
Herrick sonrió con pesar e Inch asintió en silencio.
Prosiguió:
—Seré franco con ustedes. Si tenemos que luchar sin ayuda, tendremos pocas posibilidades. Quizá demasiado pocas. —Miró a los ojos a Javal—. Y
usted, comandante, debe ser totalmente franco conmigo, también.
Las facciones de Javal mostraron cautela.
—¿Señor?
—Su barco. Sin las reparaciones adecuadas y en tan corto espacio de tiempo, ¿qué posibilidades tiene?
Los demás miraron a la cubierta o a la carta marina de la mesa. A cualquier sitio menos a la cara de Javal.
Javal se incorporó a medias y luego se sentó pesadamente.
—Puedo defenderme en un temporal si no es peor que los que hemos pasado antes, señor. —Miró a Bolitho a los ojos—. Pero esto no es lo que estaba usted preguntando realmente, ¿no? —Negó con la cabeza—. No puedo entrar en combate con ella, señor. Recibió una enorme paliza; unas pocas balas más en su casco y me temo que se iría a pique. —Miró hacia algún punto por encima de la charretera de la casaca de Bolitho—. Es un buen barco, señor, y no quisiera… —Sus palabras se fueron apagando.
Bolitho observó su disgusto, el dolor que le había supuesto pronunciar aquellas palabras.
Dijo con calma:
—Yo también fui capitán de fragata. Sé lo que siente. Pero le agradezco su franqueza, y más sabiendo lo que la Buzzard significa para usted. —Y
continuó con el mismo tono tranquilo—: Hay que echar por la borda enseguida el armamento principal de la Buzzard. Si eso no basta tendrá que ser abandonada. —Mantuvo su mirada en el cabizbajo Javal—. Le voy a dar la presa francesa, el Immortalité. El grueso de su gente puede repartirse por la escuadra a su discreción. Necesitaremos hasta el último hombre dentro de poco. Tengo entendido que su primer teniente resultó herido en el combate, ¿no, comandante?
Le vio asentir, y entonces se volvió hacia Gilchrist.
—Usted se hará cargo de la Buzzard y la llevará a Gibraltar con una dotación mínima. No se meta en problemas y podrá hacer un pasaje seguro.
Le daré sus órdenes y también mi recomendación para que sea usted ascendido a capitán de corbeta a la primera ocasión.
Gilchrist, que había estado escuchando sus decisiones con evidente consternación, se puso en pie de un salto y exclamó:
—¡Gracias, señor! Lo único que lamento es que… —Se sentó de nuevo sin acabar lo que había empezado.
Bolitho dijo:
—Tenemos tres navíos de línea. Deben estar al mando de hombres con experiencia. —Lanzó una breve mirada a Probyn, pero el hombre le miraba sin ver—. Y coraje.
Herrick preguntó:
—¿Ordeno que los hombres malheridos de la escuadra sean llevados a la Buzzard, señor?
—Si el comandante Javal cree que está en condiciones de navegar después de deshacerse de los cañones, creo que debería hacerse. —Levantó la cabeza para escuchar—. El viento ha bajado, creo. Así que pongámonos a ello inmediatamente. —Le dio una palmada en el brazo a Inch—. Y usted, comandante Inch, puede llevar las nuevas de nuestro descubrimiento a su nuevo amigo, ¡Sir Horacio Nelson!
Mientras se disponían a salir de la cámara, Herrick dijo:
—Farquhar hubiera deseado estar con nosotros.
—Sí, Thomas. —Vio que Gilchrist esperaba para decirle algo—.
Acompañe a los demás a sus botes y luego dígale a Pascoe que haga una señal general a la escuadra sobre el asunto de los heridos.
Se volvió hacia Gilchrist.
—¿Qué ocurre? Pensaba que estaría contento con su nombramiento, aunque sea temporal.
—Lo estoy, señor. —Gilchrist miró desconsolado a la cubierta—. No soy un hombre rico, pero me había hecho grandes ilusiones al entrar al servicio del Rey. Ahora usted me ha dado la primera oportunidad de verdad… —Sonaba como si estuviera a punto de romper a llorar—. Y no puedo aceptarla.
Bolitho le miró impasible.
—¿Por qué? ¿Por el comandante Probyn? ¿Por haber dejado que influyera en usted para desestabilizar los asuntos del buque insignia? —Vio la sorpresa de su rostro y prosiguió—: Sabía que algo iba mal. Ningún hombre que quisiera mejorar su situación en la Marina y casarse con la hermana de su comandante habría actuado tan tontamente, a menos que estuviera atemorizado por algo.
—Así es, señor. Es por algo que ocurrió hace mucho tiempo. Mi padre fue enviado a prisión por deudas. Era un hombre enfermo, y yo sabía que no podría resistirlo. Era débil en muchos sentidos y no tenía a nadie que le ayudara. —Hablaba con acaloramiento, reviviendo su desesperación—.
Cogí dinero de los fondos que habíamos acumulado en la cámara de oficiales para la compra de vino y comida. Tenía intención de devolverlo cuando pudiera. El primer teniente lo descubrió y me hizo escribir una confesión, amenazándome con hacerla pública si alguna vez volvía a faltar a mis obligaciones.
—El primer teniente no hizo bien, señor Gilchrist. Ni usted.
Gilchrist no pareció oírle.
—Cuando llegué al Lysander y finalmente me convertí en primer teniente, pensé que iba a estar a salvo. Yo admiraba al comandante Herrick, y encontraba a su hermana, aunque fuera inválida, una persona de lo más encantadora. Entonces nos unimos a la escuadra bajo su insignia, señor. Y
con ella vino el Nicator y el comandante Probyn.
—Su antiguo primer teniente.
—Sí, señor.
Así que era eso. Todos aquellos años desde que fue capturado por el enemigo, Probyn había abrigado odio hacia los que él culpaba injustamente de su desgracia, y era Bolitho el único rostro de su memoria al que podía llegar y hacer daño. Y al volverse a encontrar con Gilchrist, había utilizado la vieja confesión como amenaza para obligarle a abrir una brecha entre él y Herrick.
El efecto sobre Herrick había sido positivo. Pero a otros les había costado caro, e indirectamente había llevado a Farquhar a una muerte temprana.
Gilchrist dijo desesperadamente:
—Tras su muestra de generosidad, señor, no me podría permitir aprovecharme más a sus expensas. —Esbozó una breve y amarga sonrisa—.
Y, de todas maneras, mi padre murió. No sirvió de nada.
Bolitho miró los otros barcos a través de los ventanales llenos de sal endurecida. La Buzzard estaría ahora a salvo, pensó. Más ligera sin sus
cañones y más fuerte a sabiendas de que podía evitar cualquier clase de confrontación o maniobra que no fuera necesaria para su supervivencia.
Sobreviviría.
Dijo con tono calmado:
—Le voy a dar al cirujano del Osiris. Dicen que es un médico competente. Cuide bien de nuestros heridos; ya han sufrido bastante. No permita que sean abandonados a su suerte en Gibraltar. —Se dio la vuelta, viendo la sorpresa y la gratitud de la cara de Gilchrist—. Cuento con usted para que les defienda.
Gilchrist asintió aturdido.
—Tiene usted mi palabra, señor.
—Entonces, póngase en marcha. —Bolitho no podía soportar ver su emoción, Como la de un hombre liberado de su destino bajo la mismísima sombra de la horca—. Tiene mucho que hacer.
Gilchrist caminó hacia la puerta del mamparo, sin que sus largas y desgarbadas piernas dieran aquellos pequeños botes que acostumbraba a hacer. Se dio la vuelta, y su cara quedó entre las sombras.
—Se lo contaré a todos cuando llegue a Inglaterra, señor, lo que hemos hecho…
—Sólo cuénteles lo que intentábamos hacer, señor Gilchrist.
Oyó como andaba muy despacio hacia el alcázar.
Allday salió del camarote, con la cara seria.
—Deje que le sirva una copa de vino. —Lanzó una significativa mirada hacia la puerta cerrada—. Ha sido demasiado blando con ese, señor, si me perdona el atrevimiento.
—Ha aprendido una dura lección, Allday. Creo que otros se beneficiarán de ello algún día.
Allday le observó mientras sorbía el vino.
—¿Qué hay del comandante Probyn, señor?
Bolitho sonrió con tristeza.
—Buena pregunta. Pero luchará cuando tenga que hacerlo. —Miró a Allday—. Tres capitanes; es todo lo que tenemos. Las diferencias personales deben aguardar su turno.
Allday sonrió.
—Tenemos un comodoro, señor. Y con todo el respeto, no es nada malo en eso.
—Váyase al infierno, Allday —dijo Bolitho sonriéndole.
—Sí, señor. No dudo de que lo haré. —Se dirigió hacia la puerta—. ¡Si es que queda algún sitio con tantos oficiales generales instalados allí!
Bolitho se fue hasta los ventanales de popa y se apoyó en la madera caliente. Todas aquellas semanas y retrasos, las esperanzas que se habían forjado y que luego se habían visto truncadas, y ahora le veía un sentido a todo ello.
Pensó en Gilchrist. Cuénteles lo que intentábamos hacer. Sonaba como un epitafio.
Se sacudió aquellas elucubraciones y dejó la copa.
Anochecería en cinco o seis horas. Para entonces era necesario estar ya en camino, con el viento ayudándoles en vez de dificultándoles en su avance, y esta vez el objetivo sería demasiado grande como para no encontrarlo.
* * *
En los días siguientes, mientras los tres barcos navegaban hacia el sudeste, cada una de las guardias fue como la precedente. Bolitho había desplegado su pequeña fuerza haciéndola avanzar un barco al lado de otro, con el Lysander al norte y el Immortalité al sur.El viento había bajado y era incierto, pero seguía soplando del sudoeste, por lo que, tras perder los puestos durante las noches, Bolitho tenía que emplear muchas horas de luz para recuperar la formación. En el centro, el Nicator de Probyn era un constante recordatorio de lo que Gilchrist había reconocido. Era el eslabón débil, pero continuaba siendo todavía el único hombre con experiencia suficiente para manejar el dos cubiertas en combate. Cerca de tres millas separaban un barco de otro y, con los vigías
cuidadosamente escogidos, esperaba que el área abarcada revelara algún rastro o alguna patrulla de la fuerza enemiga.
Había enviado a Inch a la cabeza de la escuadra, para utilizar su agilidad y velocidad para llegar a Alejandría muy distanciado de sus compañeros más pesados. Solamente tras recibir el informe de Inch podría dejarle ir para que llevar la última información a la flota.
Día tras día, con el sol cada vez más fuerte, la primera ola de excitación iba dando paso a una actitud más realista de resignación. Se llevaban a cabo ejercicios de artillería siempre que era posible, tanto para tener ocupados a los hombres como para acoplar a los recién llegados al equipo. Herrick le había dicho que el contador estaba ya abriendo algunos de los toneles de cerdo y buey salado de la última fila, y no había fruta ni apenas la suficiente agua para beber, y mucho menos para utilizarla en el aseo personal.
En el Lysander, Herrick hacía todo lo posible para tener a sus hombres ocupados durante la guardia y entretenidos una vez el sol se ponía al final de cada largo día. Bailes marineros, lucha y un premio de doble ración de ron para la pieza más original hecha a base de cabos y nudos. En muchos sentidos era más difícil pensar en nuevas ideas que en mantener a los hombres trabajando y haciendo ejercicios.
Bolitho confiaba en que Javal y Probyn estuvieran actuando con la misma energía para mantener la moral de sus dotaciones, puesto que si esta vez no conseguían encontrar al enemigo, seguirían con su tediosa navegación, en un largo y cansado retorno a Siracusa o hacia alguna otra marca de la carta que su comodoro creyera de provecho.
Bolitho había recibido varias veces señales de Javal, quien le comunicaba que había avistado la costa norte de África, pero de todas maneras parecía como si tuvieran todo el mar para ellos.
Empezaban a estallar peleas, y una con navajas había acabado con un hombre lleno de tajos y el otro azotado hasta quedar sin sentido como sombrío recordatorio de la disciplina.
Entonces, cuando Bolitho estaba empezando a preocuparse por la seguridad de la Harebell, el vigía del tope avistó la corbeta barloventeando
desde el sudeste. A Inch le llevó otro día entero llegar hasta ellos, y cuando finalmente subió a bordo, sus noticias fueron como una bofetada en la cara.
Había avistado el Faro y se había acercado tanto como había podido a Alejandría. Como la vez anterior, estaba vacía excepto por los viejos buques de guerra tarcos. Desconcertado, Inch había virado, y casi por accidente había topado con un pequeño mercante genovés. Su capitán le había confirmado lo que Bolitho pensaba desde el principio. Tras salir de Nápoles, Nelson había navegado directamente hasta Alejandría, pero al encontrarla vacía, había conducido de nuevo su flota hacia el oeste. Bolitho sólo podía hacer conjeturas sobre hasta dónde habría ido y con qué objeto, pero se imaginaba al pequeño almirante intentando conseguir información en Siracusa y en Nápoles y tratando de decidir qué acciones emprender.
El capitán genovés también había dicho a los hombres de Inch que había oído hablar de grandes buques de guerra franceses frente a la costa de Creta. Aquello había ocurrido muchos días antes. A pesar de todas las preguntas, el estudio de las cartas e incluso las amenazas, el mercader no podía ser más categórico.
La noche caía cuando Inch terminó su informe, y Herrick y Grubb anotaron sus escasos datos en la carta para futuras referencias.
Al día siguiente, Bolitho enviaría a la Harebell a la descubierta de la flota otra vez. De estar en su lugar, Bolitho se habría alegrado de ir, para huir de las lentas y pesadas maniobras de los dos cubiertas. Pero Inch había protestado: «Un día más no puede hacer daño, señor. Los franceses están en alguna parte al norte. Sería mejor que me quedara aquí con usted e intentara recoger información más concreta para Nelson, en vez de buscar una vez más a la flota con poco más que rumores para ofrecerle».
Bolitho estuvo de acuerdo con él en parte. Si no hubiera sido por el tiempo y el largo retraso posterior al combate, podrían haber tenido mejor suerte.
Al confiarle su preocupación a Herrick, éste había protestado tanto como Inch: «No puede hacer nada más, señor. Incluso el contraalmirante Nelson quedó desarbolado en un temporal y permitió que los gabachos se
escaparan de Tolón. Es como buscar una liebre en su madriguera. Con un solo hurón, tiene muy pocas posibilidades de éxito».
Bolitho les miró y sonrió.
—Si les ordenara que navegaran hacia los acantilados de Dover[6], creo que me obedecerían.
Inch sonrió.
—Lo necesitaría por escrito, señor.
Salieron juntos a cubierta, y mientras Inch esperaba que su bote bogara hasta ponerse al costado, Bolitho contempló como la luz del disco al rojo vivo del sol que se ponía se extendía como si pasara por un vitral de iglesia.
—Mañana entonces.
Caminó hacia popa, atisbo la aguja y saludó con un breve movimiento de cabeza a Plowman, el ayudante de piloto de guardia.
—¿Cómo está el viento?
—Bastante constante, señor. —Entrecerró los ojos hacia el gallardetón que se enroscaba perezosamente en el crepúsculo—. Mañana será otro día igual que éste.
Bolitho esperó a que Herrick volviera del portalón de entrada y dijo:
—Haga una señal a los barcos para que permanezcan en contacto directo esta noche, Thomas. —Se estremeció y se llevó las manos al estómago.
Herrick le escudriñó sobresaltado.
—¿Está enfermo, señor? ¿Le está volviendo esa maldita fiebre?
Bolitho le miró y sonrió.
—Esté tranquilo. Es sólo un presentimiento. —Se dio la vuelta hacia la popa—. Tengo que escribir una carta. Puede ir con Inch y sus despachos.
Más tarde, en la grande y crujiente cámara, con las sombras creciendo y decreciendo alrededor de su mesa, Bolitho apoyó la cabeza en la mano y miró la carta que estaba escribiéndole a su hermana que estaba en Falmouth.
Podía ver a Nancy en su imaginación sin dificultades. De ojos oscuros y con una alegría fuera de lo común, estaba más unido a ella que a su otra hermana, Felicity, a la que no había visto desde hacía seis o siete años.
Estaba en la India, con su esposo militar, mientras que Nancy seguía en Falmouth, casada con Lewis Roxby, terrateniente, magistrado y, por lo que respectaba a Bolitho, un pedante y un pelmazo.
Durante un tiempo habían vivido todos juntos bajo las murallas del castillo de Pendennis, con Hugh, y luego, años más tarde, con los dos hijos de Nancy, Helen y James. Ahora Hugh estaba muerto, y Felicity tan lejos, sin saber nada de la aproximación del ejército francés en una riada azul hacia Egipto, y hacia ella.
Los hijos de Nancy habían crecido y tenían casi la misma edad que Adam. Era otro mundo. En Falmouth, el aire estaría cargado con la fragancia de las flores y los ruidos del ganado, de los caballos y las ovejas.
Las tabernas estarían llenas de risas, de alivio porque las granjas y las zonas de pesca les habían sido favorables una vez más.
Escribió:
… y el joven Adam está bien y cumple con sus obligaciones con un celo que a nuestro padre le hubiera gustado.
Todavía no es seguro, pero creo que Thomas puede haber encontrado a su mujer al fin. Espero que así sea, porque no podría haber mejor esposo que él.
Alzó la vista cuando unos pies y unas voces cruzaron por encima de la lumbrera. Pero se alejaron, y trató de pensar en algo más que contarle a su hermana. No podía escribir acerca de la otra cara de las cosas, de los rostros de la dotación del Lysander cuando les cogía estando desprevenidos, pensando en sus propias familias, puesto que a cada hora que pasaba se sentían más lejos de ellos. Ni tampoco podía explicarle lo que estaban haciendo o las pocas posibilidades de éxito que tenían. De todas maneras, ella adivinaría algo de eso. Era hija de un capitán de navío y nieta de un almirante. Lo sabría.
Prosiguió:
¿Te acuerdas de Francis Inch? Se ha triplicado en tamaño y en confianza en sí mismo desde que se entrevistó con Sir Horacio Nelson. Se quedó muy impresionado, aunque sospecho que pensaría que «Nuestro Nel» sería un gigante, en vez de un hombre menudo y manco, ¡y con un genio como el del capitán de un buque carbonero!
Recuerdos a los chicos, y también te envío recuerdos de parte de Adam, que todavía cree que eres una especie de ángel. Él no te conoce tan bien como yo.
Sonrió, pensando en que le gustaría leer aquella parte y que recordaría.
Cuando él estaba embarcado y Adam había salido de la nada y sin ayuda de ninguna clase, había sido a Nancy a quien había acudido. Hasta aquel momento, nadie de la familia, ni siquiera Hugh, se había enterado de que Adam existía. Nacido ilegítimo, había vivido hasta los catorce años con su madre en Penzance, y al morir ella, se había puesto en camino hacia Falmouth, hacia la familia a la que realmente pertenecía.
Sí, ella se acordaría de aquellos días al leer su carta.
Y acabó:
Piensa de vez en cuando en nosotros. De tu hermano que te quiere, Dick.
Allday entró en la cámara y le miró con curiosidad.
—Moffitt ha terminado de copiar sus órdenes para la Harebell, señor. —
Observó a Bolitho mientras lacraba la carta y le ponía la dirección—. ¿A Falmouth, señor?
—Sí. —Se recostó en su silla y miró la lámpara que se movía en espiral encima de él—. Le he dicho a mi hermana que es usted tan difícil como siempre.
Allday se dio la vuelta cuando Ozzard entró por la puerta.
—¿Qué quiere?
Ozzard se estremeció.
—¿Querrá el comodoro algo más para comer o beber?
Bolitho se puso en pie, caminó de manera incierta hacia el mamparo y tocó el sable.
—Prepáreme mi mejor casaca y sombrero de uniforme para mañana, Ozzard.
Allday se volvió hacia él muy despacio.
—Entonces cree usted…
—Sí. —Bolitho miró hacia lo lejos—. Lo presiento. Será mañana o nunca.
—Necesitaré un trago para poder dormir después de oír esto, señor. —
Pero sonrió—. Varios, lo más seguro.
Bolitho deambuló por la cámara durante una hora entera tras la medianoche, pensando en las diferentes caras y en las cosas que había compartido con ellas. Entonces se fue a su catre, dejando órdenes a la guardia de cubierta de que le despertaran al amanecer. Sorprendentemente, se sentía más tranquilo de lo que se había sentido desde que se había recobrado de su fiebre, y al cabo de unos minutos de cerrar los ojos se durmió.
Fue despertado por una mano que le tocaba el hombro, y vio que Herrick le miraba bajo la tenue luz de una lámpara. A su espalda, la lumbrera mostraba un leve resplandor rosado.
—¿Qué ocurre, Thomas?
Entonces lo oyó. Muy débil, flotando a través del mar como el eco en una playa. Vítores.
—La Harebell ha izado una señal con las primeras luces, señor. —
Herrick le miró con semblante adusto—. «Enemigo a la vista».
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