Nubes de tormenta
Epílogo
El comandante Thomas Herrick entró en la cámara y esperó a que Bolitho levantara la vista de su escritorio.
—El vigía del tope acaba de avistar el Peñón al noroeste, señor. Con suerte, deberíamos estar fondeados bajo la batería de Gibraltar antes de la puesta de sol.
—Gracias, Thomas. He oído el grito. —Sonaba distante—. Haría mejor en prepararse para saludar al cañón al almirante.
Herrick le miró con tristeza.
—Y luego dejará usted el Lysander, señor.
Bolitho se levantó y caminó lentamente hacia los ventanales. Allí estaba el Nicator, a una media milla por popa, con sus gavias y foque muy blancos bajo la luz del sol. Detrás de él podía ver la desordenada formación de buques de aprovisionamiento capturados y una fragata francesa que habían remolcado hasta que pudieran ser reparados parte de sus daños.
Dejar el Lysander. Eso era el quid de todo aquello. Todas aquellas semanas y meses, las decepciones y los momentos de júbilo u orgullo. El trabajo descorazonador, los horrores del combate. Ahora todo quedaba atrás. Hasta la próxima vez.
Oyó los golpes de los martillos y el ruido seco de una azuela, y se imaginó los trabajos que seguían en todo el barco. Tal como había sido desde el momento en que Grubb informó de que el timón respondía una vez más y se separaron del dos cubiertas francés. Aún le parecía que era alguna clase de milagro que la flota principal francesa hubiera continuado hacia el sudeste en dirección a Egipto. Quizá De Brueys había creído que la pequeña fuerza de Bolitho había atacado su bien defendido convoy de provisiones
como táctica dilatoria, y que alguna otra flota estaría ya congregándose en su camino hacia Alejandría.
Maltrecho y agujereado, con su casco llenándose de agua a cada dolorosa milla que recorrían, el Lysander había navegado a favor del viento haciendo reparaciones provisionales, enterrando a sus muertos y atendiendo a sus muchos heridos.
Entonces, en compañía del Nicator, habían vuelto a poner rumbo al oeste, temiendo a los temporales casi tanto como a un ataque enemigo. Pero los franceses tenían otras cosas en mente, y días después, cuando los vigías del Lysander avistaron una pequeña pirámide de velas, Bolitho y las dotaciones de los dos barcos contemplaron con una mezcla de sobrecogimiento y emoción como la Harebell se acercaba hacia ellos. A su estela, de color ocre claro y negro bajo la resplandeciente luz del sol, le seguía no una escuadra, sino una flota.
Había sido una coincidencia, pero resultaba difícil aceptar que un milagro no hubiera tenido nada que ver.
El teniente Gilchrist, con su malparada fragata Buzzard, no había navegado directamente hacia Gibraltar tal como se le había ordenado. En vez de eso, y por razones que aún no se conocían, había interrumpido su pasaje en Siracusa. Y allí, descansando desilusionada tras su infructuoso rastreo hasta Alejandría, estaba la flota, con el buque insignia de Nelson, el Vanguard, en el centro.
Aparentemente, Nelson no había necesitado más que un vago informe para ponerse en marcha una vez más hacia Alejandría, donde había descubierto los restantes transportes franceses guarecidos en el puerto. Pero al nordeste, ante la bahía de Aboukir, y fondeada con una rígida e imponente precisión, tal como había aventurado Herrick, estaba la flota francesa.
Con la mitad de su dotación muerta o herida, el Lysander había permanecido al margen de la lucha. De la Batalla del Nilo, tal como todo el mundo la llamaba. Empezó por la tarde y se prolongó toda la noche, y cuando llegó el amanecer había tantos restos y muertos flotando que Bolitho no pudo hacer otra cosa que asombrarse ante la ferocidad humana.
Sin amilanarse ante la línea francesa ni por el hecho de que muchos de los barcos estuvieran amarrados entre ellos con cables para impedir que aquélla fuera cortada, Nelson pasó de la manera más impensada entre el extremo de dicha línea y el cabo y les atacó desde el interior de la bahía. Y
esto fue posible porque no había grandes cañones de artillería de sitio para impedírselo, y pudo concentrar su habilidad y su energía en el igualmente empeñado enemigo.
Aunque la flota francesa era algo más grande, al amanecer, todos menos dos de los barcos del almirante De Brueys se habían rendido o habían sido destruidos. Aquellos dos restantes escaparon durante la noche tras ser testigos de la más espantosa visión de toda la batalla; el L’Orient, el gran buque insignia de ciento veinte cañones del almirante De Brueys, había hecho explosión, dañando a varios de los que tenía cerca y causando tal efecto a ambos bandos que los disparos cesaron momentáneamente.
De Brueys voló con él, pero el recuerdo de su coraje y su resistencia era recordado con tanto orgullo en los barcos británicos como en cualquier otra parte. Tras haberles sido arrancadas ambas piernas y con torniquetes en los muñones, De Brueys había ordenado que le pusieran en una silla frente a su viejo enemigo para seguir al mando de su defensa hasta el final.
El sueño de Bonaparte se había acabado. Había perdido su flota entera y más de cinco mil hombres, seis veces más que los británicos. Y su ejército estaba en la desembocadura del Nilo, desguarnecido y abandonado.
Había sido una gran victoria, y mientras observaba las últimas fases del combate, los rojos destellos cargados de furia a través del mar y el cielo, Bolitho se había sentido justamente orgulloso de la parte que el Lysander había tenido en aquello.
Más tarde, tras enviar su propio informe al buque insignia, Bolitho había esperado ver la reacción del contraalmirante.
Con su vigor habitual, Nelson estaba preparándose para salir otra vez con la flota, pero había enviado a un oficial en bote al Lysander con una respuesta breve pero cálida. «Es usted un hombre con el que me identifico, Bolitho. El riesgo justifica la acción».
Había dado instrucciones a Bolitho de que escoltara el puñado de presas hasta Gibraltar y que allí tomara pasaje hacia Inglaterra e informara una vez más al Almirantazgo. En ningún momento Nelson había mencionado la muerte del comandante Probyn, algo de lo que era mejor no hablar, tal como Herrick había apuntado.
Se volvió y miró a Herrick.
—Es extraño, Thomas, pero Francis Inch es el único de nosotros que ha conocido a «Nuestro Nel».
Herrick asintió.
—Pero su influencia, sin embargo, está aquí, señor. Esa carta suya, y el hecho de que todavía ondee un gallardetón en lo alto de este barco, es mucho mejor que cualquier apretón de manos.
—Después de todo lo que hemos pasado, echaré de menos al Lysander, Thomas —dijo Bolitho.
—Sí. —Su cara redondeada se entristeció—. Una vez fondeados, haré reparar los daños más importantes. Aunque me temo que nunca volverá a estar en línea de combate.
—Cuando llegue usted a Inglaterra, Thomas —sonrió—, aunque es algo que no tengo que recordarle, creo, siempre necesitaré un amigo leal.
—No tema. —Herrick se dio la vuelta para mirar una yola que pasaba ante los ventanales de la aleta, con su dotación saludando y vitoreando al castigado setenta y cuatro cañones, mientras sus voces se perdían tras los gruesos cristales—. Si puedo ir, iré.
Bolitho vio que Ozzard cerraba sus dos grandes cofres, preparándolos para que fueran llevados a un bote.
—He cometido muchos errores graves, Thomas. Demasiados —dijo.
—Pero ha encontrado la solución a ellos, señor. Eso es lo único importante.
—¿Sí? —Sonrió—. Me pregunto si es así. Realmente, he aprendido que no es más fácil decidir quién vive o quién muere sólo porque tu insignia ondea sobre el resultado final.
Lanzó una mirada al lustrado aparador de vino cuando dos marineros empezaron a envolverlo en paño de vela. ¿La vería en Londres? ¿Habría
algo más entre ellos?
Algunas horas después, tras la interminable salva de saludo, el fondeo y el inevitable asunto de la firma de documentos, Bolitho salió a cubierta por última vez.
En la puesta de sol, Gibraltar parecía un inmenso bloque de coral, y las vergas y velas aferradas de los buques mostraban un tono similar.
Caminó despacio a lo largo de la fila de rostros en formación, intentando permanecer impasible al estrechar aquí una mano y pronunciar allí un nombre. Ante él desfilaron el mayor Leroux, con el brazo en cabestrillo; el viejo Ben Grubb, tan fervoroso como siempre, que farfulló:
«Que tenga buena suerte, señor»; Mewse, el contador; el teniente Steere; los guardiamarinas, ya no tan nerviosos pero más tostados por el sol, y de alguna manera más maduros tras aquellos meses embarcados.
Se detuvo a la altura del portalón y miró hacia abajo. Allday estaba ya en la lancha, muy erguido con su casaca azul y calzones de algodón chino y mirando hacia los remeros. Ellos también parecían diferentes. Con camisas a cuadros limpias y sombreros encerados, estaban haciendo un esfuerzo especial por él.
En el bote también estaba Ozzard, con un pequeño paquete de pertenencias en sus delgados brazos y la mirada levantada hacia el barco.
Cuando Bolitho le había preguntado si le gustaría ser su criado permanente, no había podido contestar. Sencillamente había asentido, incapaz de asumir que en su vida se había acabado el esconderse en un barco tras otro.
Se dio la vuelta y miró a Pascoe.
—Adiós, Adam. Espero volverte a ver pronto. —Le dio un rápido apretón de manos al joven y añadió hacia Herrick—: Cuidaos el uno al otro,
¿eh?
Entonces, se levantó el sombrero hacia la guardia del costado y descendió a la lancha. Mientras los remeros empezaban a bogar con fuerza bajo la gran sombra del Lysander, se volvió para mirarlo otra vez.
Allday le observó, y vio su expresión al escuchar la ovación que brotaba de la cubierta y los obenques del Lysander.
—Faltaban un montón de caras ahí —dijo Bolitho.
—No se atormente más por ello, señor. Les hemos dado una buena lección a los franceses, ¡de eso no hay duda!
Cuando la lancha desapareció detrás de otro buque de guerra, Herrick, que la había estado siguiendo hasta que quedó fuera de su vista, se fue lentamente hacia popa, y sus pies se engancharon en los muchos agujeros llenos de astillas aún por reparar. Se dio la vuelta cuando Pascoe vino tras él, con el gallardetón manchado y hecho jirones plegado en el hombro.
Pascoe sonrió, pero la tristeza persistió en sus ojos oscuros.
—He pensado que lo querría, señor.
Herrick miró a lo largo de su barco. Recordando.
—Yo tengo todo esto, Adam. —Cogió el gallardetón—. Se lo enviaré a la madre del comandante Farquhar. Ahora no le queda nada.
Pascoe le dejó junto a la batayola destrozada y cruzó a la otra banda.
Pero no había rastro alguno de la lancha y el Peñón estaba ya envuelto en profundas sombras.
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