Roy Grace 3 - Casi muerto
Capítulo 21
había una parte de él que guardaba en un compartimento secreto para ella.
Una parte de él que podía negar, rotundamente, que hubiera ido a su piso ayer de madrugada.
Se moría por saber qué le había ocurrido a su mujer. El pobre hombre debía de estar deshecho. Trastornado por el dolor. Negación. ¿Tan sencilla era la respuesta?
Quería abrazarlo, consolarlo, dejar que se desahogara con ella. Su mente estaba elaborando un plan. Era impreciso -estaba tan afectada que no podía pensar con claridad-, pero era mejor que quedarse allí sentada, sin saber nada, impotente.
Los dos propietarios de la compañía, Tony Watts y James Samson, estaban de vacaciones. No había mucho trabajo en la oficina, a nadie le importaría demasiado que hoy se marchara temprano. A las tres les dijo a Cristian y Adam que no se encontraba muy bien y ambos le sugirieron que se fuera a casa.
Tras darles las gracias, salió del edificio, cogió el metro hasta Victoria y se dirigió sin pausa al andén de Brighton.
Mientras se subía al tren y se acomodaba en el asiento de un sofocante vagón no se fijó en el hombre con chándal, capucha y gafas oscuras que entraba justo detrás de ella. En la mano llevaba la bolsa de plástico roja que contenía lo que había comprado en la Tienda Privada y tarareaba para sí la letra de una canción antigua de Louis Armstrong: «Tenemos todo el tiempo del mundo», canción que su iPod transmitía a sus oídos.
Capítulo 21
Tras colgar, Roy Grace regresó a la sala de autopsias aturdido. Cleo lo miró, como si hubiera advertido una vibración que decía que algo pasaba.
Él le hizo un gesto poco convincente para indicarle que todo iba bien.
Notaba el estómago como si tuviera cemento blando girando dentro.
Apenas podía enfocar la escena que se desarrollaba delante de él, mientras Nadiuska de Sancha diseccionaba el cuello de Katie Bishop con un bisturí, capa por capa, buscando señales de moratones internos.
No quería estar allí en ese momento. Quería estar solo en una habitación, sentado en un lugar tranquilo, donde pudiera pensar.
En Sandy.
Munich.
¿Era posible?
Sandy, su mujer, había desaparecido de la faz de la Tierra justo nueve años atrás, el día en que él cumplía treinta años. Lo recordaba perfectamente, como si fuera ayer.
Los cumpleaños siempre habían sido un día muy especial para los dos.
Ella le había despertado llevando una bandeja con un pastel diminuto con una sola vela, una copa de champán y una tarjeta de cumpleaños muy guarra. Él había abierto los regalos y luego habían hecho el amor.
Se había marchado de casa más tarde de lo habitual, a las nueve y cuarto, con la promesa de volver temprano, para salir a cenar con Dick y Lesley Pope para celebrarlo. Pero cuando regresó casi dos horas después de lo planeado, por culpa de unos problemas que habían surgido con un caso de asesinato que estaba investigando, no había ni rastro de Sandy.
Al principio, pensó que se había enfadado con él por llegar tan tarde y que era su forma de protestar. La casa estaba ordenada, faltaban su coche y su bolso y nada sugería que hubiera habido una pelea.
Durante años la había buscado por todas partes. Había explorado todas las vías posibles, había distribuido su fotografía, mediante la Interpol, por todo el mundo. Había consultado incluso con médiums -aún acudía a ellos, cada vez que oía hablar bien de uno nuevo-. Pero nada. Ninguno de ellos había percibido nada relacionado con ella. Era como si se hubiera teletransportado a otro planeta. Ni rastro, nadie la había visto.
Hasta esta llamada de hoy.
De Dick Pope. Para decirle que él y Lesley estaban paseando en barca por un lago de un jardín de Munich, el Seehaus, en el Englischer Garten.
Iban en una barca de remos y los dos juraban haber visto a Sandy, entre la multitud, sentada a una mesa, cantando mientras tocaba un grupo bávaro.
Dick dijo que habían remado directamente a la orilla del lago, llamándola a gritos. Su amigo había salido apresuradamente de la barca y había corrido hacia ella, pero ya no estaba. Había desaparecido entre la gente. Dijo que no podía estar seguro, por supuesto, que ni él ni Lesley podían estar absolutamente seguros. Después de todo, habían pasado nueve años desde la última vez que habían visto a Sandy. Y en Munich, en verano, como en cualquier otro lugar, se veían decenas de mujeres rubias atractivas con el pelo largo. Pero Dick le había asegurado que tanto él como Lesley
pensaban que el parecido era asombroso. Además, la mujer los había mirado, y pareció reconocerlos. Entonces, ¿por qué se había marchado?
Se había ido dejando una jarra grande de cerveza casi llena.
Y las personas sentadas cerca de ella afirmaban no haberla visto antes.
A Sandy le gustaba tomarse una cerveza cuando hacía calor. Una del millón, billón, trillón de cosas que a Roy Grace le encantaban de ella eran sus apetitos en la vida. La comida, el vino, la cerveza. Y el sexo. Al contrario de muchas otras mujeres con las que había salido antes que ella.
Sandy era distinta: le gustaba todo. Él siempre lo había atribuido al hecho de que no fuera cien por cien británica. Su abuela, un gran personaje, a quien había visto muchas veces antes de que muriera -y por quien sentía gran simpatía-, era alemana. Una refugiada judía que había emigrado en 1938. El hogar de su familia estaba en un pequeño pueblo en el campo, cerca de Munich.
Dios santo. El pensamiento le asaltó ahora por primera vez.
¿Sandy podría haber regresado a sus raíces?
Había hablado a menudo sobre ir allí de visita. Incluso había intentado convencer a su abuela para que fuera con ella y le enseñara dónde habían vivido, pero los recuerdos eran demasiado dolorosos para la anciana. Un día, le había prometido Grace a Sandy, irían juntos.
Un crujido seco, seguido por un chasquido, lo devolvió al momento presente.
Los pechos de Katie Bishop aparecían al revés. Debajo de tiras de piel, ahora quedaban expuestos las costillas, los músculos y los órganos de su abdomen. El corazón, los pulmones, los ríñones y el hígado brillaban.
Como el corazón ya no latía, sólo se deslizó un hilito de sangre perezoso en la mesa metálica cóncava sobre la que descansaba el cuerpo.
Nadiuska, sujetando lo que parecían unas tijeras de podar, comenzó a cortar las costillas de la mujer muerta. Cada chasquido espeluznante de los huesos al romperse sumía a Grace, y a todos los demás presentes en la sala, en una especie de silencio extraño de concentración. No importaba a cuántas autopsias hubiera asistido uno, nada te preparaba para aquel sonido, esa realidad espantosa. Aquella persona había sido un ser humano que había vivido, que había amado, y ahora veía cómo había quedado reducida a la categoría de un pedazo de carne colgado en una carnicería.