Roy Grace 3 - Casi muerto

Peter James · Capítulo 85 de 119

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Roy Grace 3 - Casi muerto

Capítulo 88

del interrogatorio.»

Miró a los dos policías un momento, luego continuó leyendo en voz alta, ahora su tono era de burla:

–«Tenemos razones para creer que el señor Bishop no ha estado contando toda la verdad. Por lo tanto, deseamos formularle algunas preguntas, tras advertirle de sus derechos.»

El abogado dejó caer la hoja sobre la mesa.

–¿Pueden dar un poco de cuerpo a este documento? – le preguntó a Branson.

–¿Qué información tiene? – preguntó Branson.

–Muy poca. Obviamente, he seguido la crónica del asesinato de la señora Bishop en los periódicos y en las noticias. Pero todavía no he hablado con mi cliente.

Durante los veinte minutos siguientes, Lloyd interrogó a los policías.

Comenzó preguntando por la señora de la limpieza y los detalles de la escena del crimen. Glenn Branson le proporcionó la información mínima que le pareció que necesitaba. Le explicó resumidamente las circunstancias que rodearon el descubrimiento del cadáver de Katie Bishop y la hora aproximada de la muerte que había calculado el patólogo, pero ocultó el detalle de la máscara antigás. Y rechazó firmemente revelar cualquier información sobre las pruebas de ADN.

El abogado acabó intentando confundir a Branson para que le dijera por qué creían que Brian Bishop no decía la verdad. Pero Branson no picó.

–¿Mi cliente ha proporcionado alguna coartada? – preguntó.

–Sí -contestó Branson.

–Y supongo que no les satisface.

El sargento dudó, luego dijo:

–Eso es algo que trataremos durante el interrogatorio.

Lloyd anotó algo más en la libreta con su bolígrafo de punta fina. Luego sonrió a Branson.

–¿Pueden decirme algo más llegados a este punto?

Branson miró a Nicholl y negó con la cabeza.

–Bien. Pues me gustaría ver a mi cliente.

Capítulo 88

Fuera, ya era casi de noche. Como un loco, Roy Grace repasó con la mirada las páginas y páginas del registro de incidencias de hoy en el ordenador, buscando algo que pudiera ser relevante para los dos casos. No encontró nada. Echó un vistazo a la bandeja de entrada de su correo electrónico, borró varios mensajes que le habían mandado con copia y escribió algunas contestaciones rápidas. Luego miró su reloj. Hacía quince minutos que Cleo le había dicho que volvería a telefonearle.

De repente, notó un nudo de angustia en el estómago y pensó en lo mucho que la quería, en lo insoportable que le resultaba la idea de que le ocurriera algo malo. Igual que le había pasado con Sandy durante muchos años, comenzaba a sentir que Cleo era la roca a la que estaba amarrada su vida. Una roca buena, sólida, preciosa, divertida, encantadora, cariñosa e inteligente. Pero que a veces estaba a la sombra, no al sol.

Roy, ésta no es la mujer que Lesley y yo vimos la semana pasada. La verdad es que estamos convencidos de que vimos a Sandy. Saludos, Dick.

Dios santo, pensó, todo sería mucho más sencillo si Dick hubiera contestado que sí, que ésa era la mujer que habían visto. No habría puesto un punto final al caso, pero al menos Munich quedaría atrás. Ahora sentía la llamada otra vez, pero en estos momentos era incapaz de pensar en ello.

Recordaba demasiado bien que ayer algún capullo había rajado la capota del MG de Cleo, a plena luz del día, delante del depósito de cadáveres.

El lugar atraía a todo tipo imaginable de bichos raros y enfermos, que en Brighton abundaban. Aún le costaba comprender que Cleo pudiera disfrutar trabajando allí tanto como decía. Uno podía acostumbrarse a casi todo, claro. Pero eso no significaba que te gustara.

Quienes rajaban las capotas de los coches lo hacían en calles urbanas, y bien era gente que quería robar algo, bien gamberros arrogantes que pasaban por ahí en plena noche, colocados o borrachos. La gente no entraba en el aparcamiento de un depósito de cadáveres, en especial una tarde calurosa de domingo. No habían robado nada del coche. Sólo era un acto desagradable e intencionado de vandalismo. Seguramente algún delincuente envidioso.

Pero ¿estaba esa persona fuera del depósito ahora?

«Llámame. Por favor, llámame.»

Abrió un documento adjunto e intentó leer la agenda para este año del simposio anual de la Asociación Internacional de Investigadores de