Roy Grace 3 - Casi muerto

Peter James · Capítulo 53 de 119

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Roy Grace 3 - Casi muerto

Capítulo 57

mayoría con camisetas, camisas anchas o con el torso desnudo, con pantalones cortos o vaqueros, y casi todo el mundo con gafas de sol, gorras de béisbol y sombreros flexibles y de paja. Bebían jarras de cerveza Mass o media-Mass, comían platos de salchichas y patatas fritas, o costillas o trozos de queso del tamaño de pelotas de tenis, o algo que parecían albóndigas con sauerkraut.

¿Era éste el lugar donde Sandy había estado hacía unos días aquella misma semana? ¿El lugar adonde venía regularmente, pasando por delante del pedestal con la estatua de bronce desnuda y el busto con barba en la fuente que anunciaba Paulaner, para sentarse a beber cerveza y mirar el lago?

¿Y con quién?

¿Un hombre nuevo? ¿Amigos nuevos?

Y, si estaba viva, ¿qué ocurría en su mente? ¿Qué pensaba del pasado, de él, de su vida en común, de todos los sueños y promesas y momentos que habían compartido?

Sacó el mapa de Dick Pope y volvió a mirar el círculo borroso, para orientarse.

-¡ Pa’ dentro!

Kullen, que ahora llevaba puestas unas gafas de aviador, había levantado su jarra. Grace alzó la suya.

– Skol!

Negando con la cabeza amablemente, el alemán dijo:

–No, nosotros decimos: «Prost!».

-Prost! -replicó Grace, y chocaron las jarras.

–Por que tengamos éxito -dijo Kullen-. ¿O quizá no sea lo que quieres, creo?

Grace soltó una carcajada breve y amarga, preguntándose si el alemán tenía idea de lo cierto que era eso. Y casi como si esperara el momento justo, su móvil pitó dos veces.

Era un mensaje de Cleo.

Capítulo 57

El agente en período de prueba David Curtis y el sargento Bill Norris se bajaron del coche patrulla un poco más arriba de la dirección que les habían

indicado. Newman Villas era una calle residencial arquetípica de Hove con casas adosadas de estilo Victoriano. En su día, fueron viviendas señoriales, con cuartos arriba para los criados, pero ahora estaban divididas en unidades más pequeñas. Una serie de tablones de agencias inmobiliarias ocupaban la calle, la mayoría anunciando pisos y habitaciones para alquilar.

La puerta del número 17 parecía no haber visto una capa de pintura en un par de décadas, y la mayoría de los nombres en el portero electrónico estaban escritos a mano y borrosos. «S. Harrington» parecía razonablemente nuevo.

Bill Norris pulsó el botón.

–¿Sabes? – dijo-. Solíamos ser sólo cuatro en las operaciones de vigilancia. Hoy puede haber hasta veinte agentes. Una vez me metí en un lío. Había una prostituta que era clienta de una tienda de ultramarinos que vigilábamos. Anoté en el registro: «Buen culo y buenas tetas». No sentó bien. Me echaron una buena bronca, sí, ¡el inspector de la comisaría!

Volvió a tocar el timbre.

Esperaron en silencio unos momentos. Cuando tampoco obtuvieron respuesta, Norris pulsó todos los demás botones, uno tras otro.

–Momento de fastidiarle a alguien el descanso dominical. – Miró el reloj-. ¿Tal vez esté en misa? – Se rió entre dientes.

–¿Sí? – chisporroteó de repente una voz cansada.

–Piso 4. He perdido la llave. ¿Me abre, por favor? – suplicó Norris.

Al cabo de un momento se oyó un ruido áspero, luego el clic de la cerradura.

El sargento abrió la puerta empujándola, se volvió hacia su joven compañero y dijo en voz baja:

–Nunca digas que eres policía. O no te abrirán. – Se tocó la nariz con complicidad-. Ya lo irás viendo.

Curtis lo miró, preguntándose durante cuántas patrullas más tendría que soportar este suplicio. Y por encima de todo esperaba que si alguna vez él comenzaba a parecerse a este triste imbécil alguien le cortara el rollo.

Recorrieron un pasillo corto que olía a moho y pasaron por delante de dos bicicletas y una estantería llena de correo, principalmente folletos de pizzas y comida china para llevar. En el rellano del primer piso, escucharon el sonido de disparos, seguidos de una voz estentórea que gritaba: «¡Alto!».

Provenía de detrás de una puerta con el número 2.