Roy Grace 3 - Casi muerto

Peter James · Capítulo 34 de 119

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Roy Grace 3 - Casi muerto

Capítulo 36

Branson giró a la derecha en una calle ancha y elegante, flanqueada a ambos lados de casas adosadas de la Regencia que en su día fueron espléndidas. Redujo, luego paró delante de los tres portales del Lansdowne Place Hotel, apagó el motor y, gracias a Dios, pensó Grace, quitó la música.

Luego desconectó las luces.

Poco tiempo atrás, este lugar había sido un viejo vertedero de dos estrellas, habitado por un puñado de huéspedes ancianos y algunos turistas pobres que optaban por viajes organizados de bajo presupuesto. Ahora lo habían transformado en uno de los hoteles más modernos de la ciudad.

Bajaron del coche y entraron deslumbrados por un derroche kitsch de velvetón púrpura, cromo y dorado; se dirigieron al mostrador de recepción.

La recepcionista, alta y escultural, que llevaba una blusa negra y un flequillo negro a lo Bettie Page, los saludó con una sonrisa. La chapa dorada de la solapa decía: «GRETA».

Grace le mostró su placa.

–Soy el comisario Grace del Departamento de Investigación Criminal de Sussex. A mi compañero y a mí nos gustaría hablar con un huésped que se registró hace un rato. El señor Brian Bishop.

Su sonrisa adquirió los movimientos de un globo deshinchándose mientras miraba la pantalla del ordenador y pulsaba el teclado.

–¿El señor Brian Bishop?

–Sí.

–Un momento, caballeros. – Levantó el teléfono y pulsó un par de números. Al cabo de un minuto más o menos, colgó el auricular-. Lo siento, parece que no contesta.

–Estamos preocupados por esta persona. ¿Podríamos subir a su habitación?

La chica se sintió totalmente desconcertada.

–Tengo que hablar con el director -respondió.

–De acuerdo -contestó Grace.

Cinco minutos después, por segunda vez en una hora, se encontró entrando en otra habitación de hotel vacía.

Capítulo 36

Skunk siempre estaba en su despacho los viernes por la noche, cuando estaban disponibles las ganancias más sustanciales de la semana. La gente que salía a pasarlo bien era despreocupada -y descuidada-. A las ocho, los aparcamientos del centro de la ciudad estaban casi al límite de su capacidad.

Ciudadanos locales y visitantes se empujaban por las calles viejas y estrechas de Brighton, abarrotaban los pubs, bares y restaurantes, y más tarde, los más jóvenes, colocados y borrachos, comenzarían a hacer cola en las discotecas.

Una bolsa grande del Tesco se balanceaba en su brazo mientras avanzaba lentamente a través de la ingente muchedumbre, abriéndose paso a veces por entre las mesas de las terrazas abarrotadas. Mil aromas teñían el aire cálido del centro. Colonias, perfumes, humo de tabaco, gases de tubos de escape, aceite de oliva y especias que se doraban en las sartenes y el fuerte olor a salitre. Con la mente en otra parte, apagó el parloteo, las risas, el clac-clac-clac de los tacones altos caminando por el adoquinado, el rugido de la música procedente de las puertas y ventanas abiertas. Aquella noche sólo se fijó vagamente en los Rolex que lucían muñecas bronceadas, los broches, collares y anillos de diamantes, los bultos de las chaquetas de los hombres, que delataban dónde había una cartera llena de billetes que esperaba a que alguien la cogiera.

Aquella noche tenía cosas más importantes que hacer.

Mientras bajaba por East Street, se sentía como si le empujara la marea.

Giró a la derecha, pasó por delante del restaurante Latin in the Lane, detrás del Thistle Hotel, luego dobló a la derecha al llegar al paseo marítimo, eludiendo a una adolescente que se peleaba con gritos y lágrimas con un chico con el pelo de punta; dejó atrás el Old Ship, el Brighton Centre y los elegantes hoteles Grand y Metropole -en ninguno de los cuales había estado-. Por fin, pegajoso por el sudor, llegó a Regency Square.

Evitando la salida-entrada del aparcamiento, donde estaba sentado un empleado, se dirigió a la parte de arriba de la plaza, luego bajó los escalones de hormigón que apestaban a orina y accedió al centro del segundo nivel del aparcamiento. Con el dinero que iba a sacar con este trabajo, se compraría otra bolsita de caballo y luego cualquier otra cosa que le ofrecieran, más tarde, aquella misma noche, en alguna discoteca. Lo único que tenía que hacer era encontrar un coche que encajara con el de la lista de la compra que llevaba doblada en el bolsillo de los pantalones.

Dentro de la bolsa de plástico había varias matrículas, copiadas del modelo que había visto antes. Cuando encontrara el coche correcto, un Audi A4 nuevo, descapotable, automático, con pocos kilómetros, azul metalizado, plateado o negro, simplemente colocaría las matrículas. De ese modo, si el propietario denunciaba su robo, la policía buscaría un coche con una matrícula distinta.

Era prácticamente seguro que aquí habría algo adecuado. Si no, lo intentaría en otro aparcamiento. Y si se confirmaba lo peor, encontraría uno en la calle, el de alguna zorra rica; en esta ciudad las zorras ricas, oxigenadas y rellenas de silicona abundaban. A él no le importaría nada tener un Audi descapotable. Podía verse a sí mismo, en un universo paralelo, llevando a Bethany por la costa, una noche cálida de viernes, la música a todo volumen, calefacción en los pies y el olor a piel nueva a su alrededor.

Algún día.

Algún día, las cosas serían distintas.

Encontró el coche al cabo de unos minutos, al fondo del tercer nivel. De un tono oscuro azul o verde opalino -resultaba difícil saberlo con esa tenue luz de escaso voltaje que alumbraba el aparcamiento-, el techo negro y asientos de cuero color crema. La matrícula indicaba que tenía menos de seis meses de antigüedad, pero cuando llegó al vehículo y percibió el olor a gasolina recién quemada, se dio cuenta, para su alegría, de que era novísimo. ¡No tenía ni una rayadita!

Y el propietario lo había aparcado en un lugar muy práctico, con el morro hacia dentro, cerca de una columna.

Después de comprobar cuidadosamente que no hubiera nadie alrededor, se aproximó al lateral del coche y puso la mano sobre el capó. Estaba caliente. Bien. Eso significaba que debían de haberlo dejado hacía poco; así pues, con suerte, el propietario tardaría unas horas en volver. Sin embargo, por precaución, sacó las dos matrículas de la bolsa y las fijó, con cinta adhesiva de doble cara, encima de las originales.

Luego, sacó de la bolsa lo que a cualquier policía que lo parara le parecería un mando a distancia de Sky TV. Apuntó con él al salpicadero, a través de la ventanilla del conductor, introdujo el código que le habían proporcionado y, acto seguido, pulsó el botón verde.

No pasó nada.