Roy Grace 3 - Casi muerto

Peter James · Capítulo 51 de 119

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Roy Grace 3 - Casi muerto

Capítulo 55

en la tarea que le aguardaba hoy. Durante algunos momentos, siguió con la mirada un S-Bahn rojo y plateado que circulaba en paralelo con ellos.

De repente, la voz de Kullen se volvió más animada. Grace escuchó la palabra «fútbol». A su derecha vio el nuevo estadio blanco y enorme, con la forma de un neumático, y las palabras «ALLIANZ ARENA» con grandes letras azules. Luego, detrás, en lo alto de lo que parecía un montículo artificial, había un solitario poste eólico blanco con una hélice.

–Te enseñaré un poco la ciudad, para que te hagas una idea de cómo es Munich, luego iremos a la oficina y luego ¿al Englischer Garten? – dijo Kullen.

–Buen plan.

–¿Has hecho una lista?

–Sí.

El teniente había sugerido a Grace que antes de su viaje anotara todos los intereses de Sandy y luego irían a lugares que pudiera haber visitado para disfrutar de ellos. Grace miró su libreta. La lista era larga. Libros. Jazz.

Simply Red. Rod Stewart. Bailar. Comer. Antigüedades. Jardinería. Cine, en concreto películas de Brad Pitt, Bruce Willis, Jack Nicholson, Woody Allen y Pierce…

De repente, su móvil sonó. Lo sacó del bolsillo y miró la pantalla, con la esperanza de ver uno de los números de Cleo.

Pero el número estaba oculto.

Capítulo 55

A las diez y cuarto de la mañana del domingo, David Curtis, un joven agente de policía en período de prueba, y que llevaba dos días en Brighton, hacía un rato que había comenzado el turno. Era un chico alto de diecinueve arios, serio y con el pelo castaño oscuro, corto y cuidado, pero con un toque moderno. Iba sentado en el asiento del copiloto de un coche patrulla Vauxhall, que olía a patatas fritas de la noche anterior, y que conducía el más aburrido de todos los policías de la comisaría de John Street.

El sargento Bill Norris, un hombre de unos cincuenta y pocos años, con la cara chata y el pelo rizado, había estado en todas partes, lo había visto y hecho todo, pero nunca lo suficientemente bien como para que lo ascendieran a un rango superior. Ahora, a pocos meses de jubilarse, le

gustaba enseñarle a este joven cómo funcionaba todo. O más exactamente, le gustaba tener una audiencia atenta para todas las batallitas que nadie más quería volver a escuchar.

Patrullaban por la calle esparcida de basura de West Street, las discotecas todas cerradas ahora, las aceras llenas de cristales rotos, envoltorios de hamburguesas y kebabs, todos los residuos habituales de un sábado por la noche. Dos vehículos de limpieza trabajaban a destajo, avanzando pegados a los bordillos.

–Claro que antes era distinto -estaba diciendo Bill Norris-. En esos días, podíamos tener nuestros propios informadores, ¿sabes? Una vez, cuando estaba en la brigada de estupefacientes, vigilamos una tienda de ultramarinos en Waterloo Street durante dos meses gracias a una información que tenía yo. Sabía que mi hombre tenía razón. – Se dio un golpecito en la nariz-. Olfato de poli. O lo tienes o no lo tienes. Ya lo averiguarás, hijo.

El sol los deslumbraba, entrando oblicuamente desde el canal al final de la calle. David Curtis levantó la mano para protegerse los ojos, examinando las aceras, los coches que pasaban. Olfato de poli. Sí, estaba seguro de que él lo tenía.

–Y estómago. Debes tenerlo -prosiguió Norris.

–De hierro, lo tengo.

–Así que estábamos sentados en la casa abandonada de enfrente.

Entrábamos y salíamos por un callejón que había detrás. Hacía un frío de mil demonios. ¡Durante dos meses! ¡Se nos congelaban los huevos!

Encontré un abrigo viejo de los vigilantes del British Rail que algún vagabundo había dejado allí tirado y me lo puse. Dos meses allí sentados, día y noche, observando con binoculares de día y prismáticos nocturnos en la oscuridad. Nada que hacer, sólo «moviendo la linterna», así lo llamábamos, ¿sabes? Contar historias, mover la linterna. Bueno, a lo que iba, una noche se detuvo un turismo, un Jaguar grand…

El agente en pruebas fue indultado, temporalmente, de esta historia, que ya había escuchado dos veces, gracias a una llamada del control central de Brighton.

–Sierra Oscar a Charlie Charlie 109.

Utilizando su radio personal, trabada en su horquilla de plástico en la pinza del chaleco antinavajazos, David Curtis contestó: