Saladino

Geneviève Chauvel · Capítulo 8 de 30

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Saladino

Capítulo VII

 

—¡Fostat está en llamas!

Correos y palomas mensajeras divulgaban la noticia de la catástrofe por todos lados:

—¡Fostat está ardiendo!

De Alepo a Damasco y de Damasco a Mosul sólo se oía un hondo clamor acompañado de mil lamentaciones. El rey de los franjs había violado los tratados. Los invasores estaban a las puertas de El Cairo.

—¡Que Dios los maldiga! —exclamaban en las calles y mezquitas.

La matanza de Bilbéis había convulsionado a todo el mundo árabe, y los cairotas, aterrados ante la idea de correr la misma suerte, se habían alzado en armas contra los portadores de la cruz. Chawar estaba desamparado. Conocía la debilidad de sus tropas y no encontró sino una barrera que oponer a las hordas salvajes de Jerusalén: ¡el fuego! Con veinte mil cántaros de nafta y diez mil antorchas mandó incendiar la vieja ciudad de El Cairo, previamente evacuada por sus habitantes. Y Fostat ardió durante cincuenta y cuatro días.

Nour-ed-Din regresó precipitadamente a su palacio de Alepo y me mandó llamar. Recorría el salón a grandes pasos, lo que en él era un signo de agitación extrema. En una mano tenía una carta, en la otra, unos cuantos mechones.

—El Aded me ha pedido auxilio —me dijo—. Chawar no es sino un perro sarnoso que ha vendido Egipto a los politeístas. Mi corazón se rebela al leer estas líneas. Escucha lo que me escribe el califa: «Estos cabellos son de mis mujeres. Te los envían de mi palacio suplicándote que vengas a liberarlas de los ultrajes de los franjs».

Agitando en las puntas de sus dedos los rizos negros y rubios, el sultán se plantó frente a mí y me dijo con voz sorda:

—Ve a buscar a tu tío Chircouh y dile que se presente aquí lo antes posible. Hay que actuar de inmediato.

Salí de Alepo enseguida. A una legua de la ciudad encontré a mi tío, que iba precisamente a ver a Nour-ed-Din.

—Estoy enterado de todo —me dijo—. Ya he reunido seis mil jinetes en

el campo de Ras el Ma[42].

Volvimos donde el sultán. Nuestra celeridad lo sorprendió. La interpretó como un signo de buen augurio y declaró sin mayores preámbulos:

—Chircouh, hay que partir hacia Egipto. Prepara a tus tropas sin tardanza.

—Con mucho gusto —respondió mi tío—. Pero yo solo no puedo asumir los costes de esta tercera campaña.

Según nuestras costumbres, cada emir debía pagar los gastos de manutención y equipamiento de sus propias tropas con las rentas de las posesiones que le otorgaba el sultán. La segunda expedición aún no había sido amortizada, y ésta empezaba a adquirir dimensiones poco habituales. Nour-ed-Din no puso ninguna objeción y le ofreció doscientos mil dinares a su general, así como también bestias de carga y una autorización para sacar cuanto necesitara de sus almacenes militares: prendas de vestir, máquinas de guerra y todas las armas necesarias. Quería actuar rápidamente y vencer.

—Si tardas mucho en partir —precisó—, tendré que ir yo personalmente. No podemos abandonar Egipto en manos de los franjs. No podríamos seguir manteniéndonos en Siria.

Mi tío se inclinó en señal de aprobación y, volviéndose hacia mí, me dijo:

—¡Yusuf, lía tus bártulos!

Sentí como si me hubiera clavado un puñal en el corazón y exclamé con voz airada:

—¡Por Alá! Así me dieran todo el reino de Egipto, no iría. Ya he soportado suficientes penurias y fatigas en el desierto y en Alejandría, y no podré olvidarlas nunca.

Chircouh, furioso, insistió tanto y tan bien que el sultán me miró y con voz irritada me dijo:

—¡Te ordeno ponerte en marcha con tu tío!

Le expliqué con todo detalle la incómoda situación que estaba atravesando. No tenía suficientes monturas ni recursos para emprender el viaje. Pero ni me escuchó; ordenó que me dieran dinero y tuve que obedecer. Desesperado en lo más hondo de mi alma, fui a visitar al viejo jeque y lo ataqué con furia:

—Ya no quiero creer más. Tu Dios bien amado, Amante y Amor no me hace el menor caso. Volví a Él y le pedí perdón, rezándole y adorándolo, sacrificándole mi sueño y mi salud. ¿Y qué hace Él para recompensar estas muestras de piedad? Me lanza al fuego del infierno como al peor de los herejes.

Impasible, el anciano me escuchó hasta que terminé de hablar y luego me explicó con su voz suave y calmada:

—Si caminas por un jardín y te pinchas con una espina, no olvides de dar las gracias. La espina podrá dolerte, pero te ha sido ofrecida exactamente igual que los macizos de rosas.

Irritado, repliqué:

—He seguido todos tus consejos, ¡oh venerable! Me he sometido a la regla y he hecho mía la ley de Dios. Le he rezado con reverencia y amor…

Me interrumpió enojado:

—Mientras dejes vivir tu «yo», correrás el peligro de ser olvidado. ¿Cuántas veces te he repetido que para pasar por el ojo de la aguja tienes que olvidar tus propias opiniones?

—Sí, morir antes de morir… Esta vez voy a morir de veras. ¿Y crees tú, venerable, que lo deseo?

Tomó mis manos entre las suyas, las besó y se las llevó a la frente.

—¡Fi aman illah! ¡Que Dios te proteja! —murmuró.

Luego clavó su mirada en la mía y me traspasó hasta las entrañas, al tiempo que decía:

—¡Has de partir, Yusuf! ¡Una orden de Alá no se discute!

Me retiré refunfuñando:

—¿Existe Él verdaderamente? Yo no he escuchado sino una orden de Nour-ed-Din.

Día tras día se multiplicaban los despachos y los preparativos se aceleraban. En El Cairo aumentaba el peligro. Las fuerzas de Jerusalén atacaban las murallas por el este, del lado de Mukkatam. El califa había enviado una segunda carta a nuestro sultán pidiendo que le enviase lo antes posible un regimiento comandado por Chircouh, cuyos gastos de viaje y mantenimiento correrían de su cuenta. A cambio le ofrecía una tercera parte de Egipto, así como también un tercio de las rentas del país. Entretanto, Chawar explicaba al soberano «trinitario» que temía la llegada de Nour-ed-Din, llamado por la población; que él mismo prefería la presencia cristiana y proponía un nuevo tratado para luchar contra el enemigo común, mediante el pago de… ¡un millón de piezas de oro! También le pedía que aligerara el cerco en torno a la capital para calmar la animosidad de las multitudes y que él pudiera recaudar así la suma prometida.

El último día del mes de safar de 564 (2 de diciembre de 1168), rodeados de charangas y oriflamas, salimos de Alepo en gran cortejo. Nour-ed-Din nos acompañaba. Dos mil jinetes nos seguían. El espectáculo era hermoso, pero no era nada comparado con el de nuestra salida de Ras el Ma. Allí nos aguardaban los seis mil turcomanos de Chircouh y los quinientos kurdos de su

guardia personal. Estaban también el imponente grupo de los Hathbani[43], el

de los Yarouki[44], y los temibles hombres del poderoso emir Seif-ed-Din al Hakari, al que todos llamaban el rey de los kurdos. Para nosotros era «Al Mashtoub», el de la cicatriz, pues llevaba en su cara la marca de su valor. Además, un gran número de emires venidos de todos los rincones de Siria y de Mesopotamia habían unido sus banderas a las de nuestro sultán para emprender una yihad sagrada contra los invasores infieles. Cuando Nour-ed-Din hizo su aparición ante esa multitud que se extendía hasta perderse de vista en la llanura, un clamor inmenso estremeció el aire como un enorme rugido que surgiera de las entrañas de la tierra.

—¡Yah Yah Nour-ed-Din! ¡Yah Yah Chircouh! —rugían en una letanía inacabable—. ¡Yihad! ¡Yihad!

Majestuoso, montando un purasangre de crines doradas, el «Gran Muyahid» hizo distribuir una remuneración de veinte piezas de oro a cada uno de los combatientes y dio la señal de partida. Muy a su pesar, él mismo se quedó en Siria para vigilar las tropas de Antioquía. Al son de los tambores, trompetas y cornamusas, el «León de la Fe» avanzaba exultante y orgulloso.

—Esta vez Egipto será nuestro —repetía una y otra vez.

Se irguió y blandió su espada hacia el horizonte portador de gloria. Por fin tenía ese ejército con el que soñaba hacía tres años: un ejército impresionante, engalanado de mil colores, protegido por lanzas y sables que centelleaban bajo el sol. Se fue internando en el desierto como un río gigantesco erizado de llamas, y yo me dejaba llevar por su corriente tumultuosa, encaminándome a la muerte al ritmo de cánticos guerreros. Lejos de temerla, la deseaba. Este mundo no me traía sino decepciones y pesares, y había decidido correr todos los riesgos y exponerme a los peores peligros en cuanto apareciera el enemigo. Cosa de todo punto indudable.

Cuando ya nos disponíamos a abandonar el campamento, Nour-ed-Din recibió un mensaje de Chawar donde éste le explicaba que para ganar tiempo había entregado un anticipo de cien mil dinares al rey de Jerusalén, quien, satisfecho, retrocedía hacia Bilbéis. Siguiendo su doble juego, el visir nos anunciaba que aprovecharía ese respiro para reparar las fortificaciones de su capital, reunir provisiones y reclutar tropas. Preparaba nuestra llegada y el posterior terrible asalto contra los franjs.

Para mi gran decepción, nada de esto ocurrió. Morri trató por todos los medios de interceptar nuestra marcha, pero al ver nuestro poderío, renunció y

volvió a su país «calzado con las botas de Honeïn[45]». Egipto era nuestro sin que hubiéramos derramado nuestra sangre.

—¡Al Kahira! ¡Al Kahira! —rugía Chircouh, radiante.

El Cairo nos salía al encuentro, tembloroso y envuelto en sus sombríos velos de humo con franjas de luz, como una viuda engalanada con todas sus joyas para seducirnos. Entramos en la ciudad el 7 de rabi II de 564 (4 de enero de 1169). El sol brillaba en el cielo invernal de un azul intenso y tuvimos un recibimiento realmente triunfal. La muchedumbre nos aclamó como a sus liberadores. Mi tío, que lucía sus vestiduras de gala recamadas de oro, avanzaba olímpico sobre su caballo a la sombra de un baldaquín cargado por cuatro atletas negros, con el torso desnudo y turbantes. Varios pajes llevaban sus armas, sus oriflamas y su khetaf enorme y temible. Hacía su entrada como vencedor. Todo Egipto estaba a sus pies. El ojo le brillaba de orgullo y de satisfacción.

—Chawar ya no existe —mascullaba—. Ahora me haré cargo de todo.

Yo avanzaba caracoleando detrás de él, entre el emir Djourdic, mameluco de Nour-ed-Din, y Al Mashtoub, el rey de los kurdos, con quienes había trabado amistad durante el viaje. Iba admirando los edificios, baños y caravasares que desfilaban ante nuestros ojos en tan gran número que era imposible contarlos. La mayoría de las casas tenían cinco o seis pisos. Sus fachadas estaban revestidas de pórfido, ágata, lapislázuli y otras piedras duras, y las ventanas eran de cristal de roca. Todo era tan hermoso que pensé que hubiera sido un grave error dejar semejantes tesoros en manos de esas bestias salvajes llamadas franjs.

El palacio del califa nos reservaba otras sorpresas. El Aded nos esperaba y sus puertas se abrieron ante nuestra escolta, revelando a nuestros deslumbrados ojos sus riquezas y su magnificencia. Atravesamos patios

admirables, adornados con piscinas de esmeralda[46] o de alabastro donde el agua no cesaba de cantar, así como también innumerables galerías con artesonados de oro sostenidos por columnas de mármol, y jardines dignos de los paraísos de Alá, en los que se mezclaban las fragancias más exóticas mientras miles de pájaros de sorprendentes colores gorjeaban en sus jaulas de oro.

Después de atravesar una serie de salones, llegamos por fin a las dependencias del califa, que tenía una guardia numerosa y magníficamente ataviada. Él mismo estaba lujosamente vestido y sentado en un trono de oro, ante un cortinaje tejido con hilos dorados y salpicado de perlas y piedras preciosas. Yo no sabía ya dónde posar la mirada de lo impresionado que estaba.

Chircouh se prosternó tres veces, como lo exigían nuestros usos. Recibió obsequios y una pelliza de gala, y obtuvo también para él y su ejército emolumentos importantes y abundantes raciones. El Aded mantenía sus promesas, cosa que no hacía Chawar, quien difería de día en día el pago de los tributos y los beneficios militares. En cuanto al famoso tercio del territorio concedido a Nour-ed-Din, el visir fingió no recordarlo y, una vez más, «León de la Fe» tuvo uno de sus legendarios ataques de ira.

—¿Me toma acaso por un idiota? —rugió—. Pero esta vez no podrá conmigo.

A partir de ese día, Chircouh empezó a mover cielo y tierra para desembarazarse del traidor que no gobernaba y se mantenía en el poder gracias a su astucia. Comenzó buscando partidarios, cosa nada difícil. La población acudió masivamente a nuestro campamento al pie de las murallas y le ofreció sus servicios. Él la recibió con benevolencia y repartió obsequios. Con el dinero del califa fue corrompiendo a los oficiales principales y a las milicias. Chawar, furioso, seguía sin pagar. Creía que así podría detener la campaña de corrupción, aunque adoptaba la actitud de un hombre amable y diligente. Para adormecer la desconfianza de Chircouh, todos los días le enviaba presentes y lo visitaba, seguido de su escolta, no ahorrando promesas ni palabras lisonjeras.

Mientras tanto, yo, en compañía de varios jóvenes emires, me fui sumiendo en los placeres. La vida me llamaba, ya que la muerte no se había dignado cruzar mi camino. Al igual que Alá, tampoco ella quería nada conmigo. Por eso me embriagaba, gozando hasta la saciedad de todo lo que llegaba a nuestras manos tan fácilmente. Éramos los héroes, los salvadores. Los mercaderes se agolpaban en torno a nuestras tiendas, desplegando ante nosotros todo cuanto podíamos desear: sederías tornasoladas, terciopelos acariciantes, perfumes penetrantes y sensuales, joyas de locura, espadas rutilantes… En cuanto el sol se ponía, a la luz de las antorchas, nuestras mesas se cubrían de manjares condimentados que animaban nuestros sentidos. El vino nos embriagaba y los saltimbanquis nos divertían con sus malabaristas y sus narradores, sus músicos y sus bailarinas del Nilo que nos hechizaban como lo hacían sus abuelas en tiempos de los faraones. Con un simple guiño o un temblor de sus aletas nasales encendían nuestros deseos. Al son de la flauta, sus cuerpos ondulaban como la flor mecida por la brisa, antes de vibrar, frenéticos, al imperioso redoble de los tambores, y hacernos acceder al éxtasis supremo en un mundo de voluptuosidad desconocido bajo el cielo de Damasco.

Empezaba a descubrir a las mujeres y sus sutilezas: las esclavas nubias, piezas de ébano de una belleza exquisita, y aquellas damas egipcias de sangre ardiente que recurrían a mil subterfugios para atraerme hasta algún lugar secreto de la ciudad. Una palabrita garrapateada en un papel y trasmitida por algún criado mudo me hacía ver que las celosías no eran ciegas. Me habían visto caracoleando en mi corcel por las calles, vestido de gala. Habían advertido la fogosidad de mi mirada, la elegancia de mis largos dedos, y mi barba impertinente. Desde entonces suspiraban lánguidamente y me suplicaban seguir al mensajero. Djourdic y Al Mashtoub recibían también las seductoras misivas, y nos prestábamos escoltas unos a otros para hacerles los honores a nuestras Semíramis, más generosas que las huríes. Una frase del jeque me venía a veces a la memoria: «Mientras no hayas amado completamente, no podrás acceder al Amor único». Y también decía: «Es preciso morir en el amor para renacer en el Amor».

Por entonces no había yo captado el sentido de esas palabras. Mi experiencia en esas cosas era muy superficial. Sin preocuparme ya de lo divino, iba hasta el fondo de todas las sensaciones, hasta el fondo mismo de la lujuria. Amaba con todo mi cuerpo y me dejaba amar hasta el infinito. Por mis venas corría fuego y vivía con toda mi carne. Las pasiones se sucedían y yo pasaba de una a otra como un conquistador. Siempre insatisfecho, me sumergía en todas las embriagueces sin preocuparme por ese leve amargor que me despertaba cada mañana, ni por la voz del jeque que aún resonaba en mi oído: «El amor carnal no es más que una ilusión. El verdadero amor es el del Todopoderoso».

Una tarde, el hijo de Chawar interrumpió uno de estos festines. Venía a menudo a quedarse con nosotros. Pero aquella tarde irrumpió en mi tienda con el rostro demudado, se precipitó hacia mí y me llevó a un rincón apartado al tiempo que susurraba:

—El banquete de mi padre es una trampa. No vayáis, que os detendrán a todos.

Extremando sus halagos, el visir había, en efecto, organizado un festín en honor de las tropas sirias, y nosotros aceptamos muy contentos esa invitación que había suscitado múltiples comentarios. Y ahora me enteraba de que en realidad el traidor maquinaba nuestra pérdida. Quería atraerse a una parte de nuestras tropas y alejar a la otra, y defenderse luego tanto contra Nour-ed-Din como contra los cristianos.

—Para disuadirlo —continuó Kamil—, lo amenacé con revelarle todo a Chircouh. «Si lo haces», me dijo, «estamos perdidos». Y yo le respondí que si había que morir, más valía morir como musulmán y dejar el país en manos de musulmanes.

—¡Vaya perro! —grité escupiendo al suelo.

Notando mi agitación, Djourdic y Al Mashtoub se me acercaron. Les conté todo.

—¡Nos vengaremos! —exclamaron.

Corrí a ver a mi tío, quien al momento reunió a sus emires para comunicarles:

—Sabéis muy bien cuánto deseo ser el dueño y señor de este país. Estoy seguro de que si nos retirásemos, los franjs volverían enseguida. Ahora bien, Egipto es la más bella de las provincias del Islam, y para conservarla en nuestras manos tenemos ante todo que deshacernos de Chawar, pues se burla de nosotros, despilfarra el dinero del país y lo utiliza para armar a los franjs contra nosotros.

—Hay que matar a Chawar —fue la unánime respuesta.

Yo era el partidario más acérrimo de esta solución. Pero Chircouh se opuso, explicando que quería establecer un poder militar absoluto y encomendarle al visir los asuntos civiles. No tenía muy claro todo aquello y repliqué:

—Mientras ese hombre viva, no podemos estar seguros de nada.

Chircouh no se dejó convencer.

—Dejémosle en manos del destino —sugirió.

Al día siguiente lo vi de muy buen ánimo.

—He tenido un sueño —me dijo—. Vi que Chawar entraba en mi tienda y me entregaba su sable y su turbante. Eso significa que ocuparé su lugar sin desenvainar la espada.

Estaba realmente convencido y se frotaba las manos, satisfecho. Y para activar la ayuda divina, se apresuró a decir unas cuantas oraciones sobre la tumba del imán Shafeï, un santo al que veneraba particularmente. Yo me quedé en el campamento y reuní a varios emires para discutir los acontecimientos del día. El problema de Chawar no estaba resuelto para nosotros. Chircouh había decidido que debíamos asistir al festín para no despertar sospechas y así coger a Chawar en su propia trampa. Teníamos opiniones divididas y preparamos una estratagema para neutralizar a los egipcios antes de que actuaran contra nosotros.

Y en ese momento resonó una música muy familiar. Los cimbales y clarines del visir nos anunciaban su visita, y para nosotros, conjurados, aquello fue la señal de ataque. La ocasión era demasiado propicia y no la queríamos desperdiciar. Una espesa niebla oscurecía el aire, y cada cual se puso al acecho. Me subí de un salto a mi caballo. Djourdic hizo otro tanto y se puso a mi lado para salir al encuentro de Chawar.

—Lo mataré en cuanto pueda —le dije.

La escolta era tan numerosa que por un instante quedamos desconcertados y mi seguridad vaciló. Saludé al visir y le anuncié en un tono frío que mi tío estaba ausente.

—Vayamos a su encuentro —repuso jovialmente.

Djourdic se colocó a su derecha, mientras que yo me puse a su izquierda y empecé a cabalgar tan cerca de él que nuestras piernas se rozaban. Avanzamos unos cuantos pasos y yo no le quitaba los ojos de encima. De pronto lo agarré por el cuello y lo desarzoné, al tiempo que lo cubría de improperios. La escolta no tuvo tiempo de reaccionar; la tropa siria se lanzó sobre ella y la paralizó. Arrastré al visir encadenado hasta una pequeña tienda y desenvainé mi espada para matarlo en el acto. Él se aovilló, temblando y sudando de terror. Los emires nos rodearon en silencio. Yo no sentía ninguna piedad ni emoción. Me invadió una cólera fría. Lo tenía bajo la hoja de mi espada, que ya le rozaba el pecho. Estaba en mi poder, jadeante, y me hubiera bastado con dar un golpe seco para traspasarlo y eliminar definitivamente al visir de Egipto. Y esta idea me detuvo. ¿Tenía yo, el pequeño Yusuf, derecho a cometer semejante crimen? Me había dejado llevar por el furor sin tener en cuenta las consecuencias de mi arrebato. Envainé mi espada y mandé llamar a Chircouh. Era el único que podía tomar una decisión de ese tipo.

Volvió precipitadamente. Y al mismo tiempo llegó un eunuco del califa que le entregó una carta con la sentencia de muerte. Traía asimismo las vestiduras de gala y, envueltas en un tejido de seda blanca, las patentes que otorgaban a mi tío la dignidad de visir. Esta vez no había ya obstáculo alguno. Chawar había sido condenado por su propio señor, y yo no dejé que nadie ejecutara la sentencia. De un sablazo le corté el cuello al traidor sin el menor remordimiento. Y en cierto modo le hice pagar así aquellas tres expediciones que habían trastornado mi vida, convirtiéndome en un palurdo sibarita y depredador.

Plantada en una pica, su cabeza fue llevada al palacio de El Aded. A cambio recibimos las de sus hijos y sobrinos en una fuente de plata. Me causó un hondo pesar reconocer la de Kamil entre ellas. Más tarde me pregunté cómo pudo enterarse el califa de que habíamos apresado a Chawar. Es cierto que también quería desembarazarse de él, y en este país, donde cada cual espiaba al vecino, las noticias corrían a la velocidad del viento.

Chircouh se vistió, convocó a su guardia y, engalanado con las insignias de su dignidad, se dirigió al palacio para recibir su investidura. La gente se agolpaba en las calles ansiosa por saber qué estaba ocurriendo. Habían visto la sanguinolenta cabeza de Chawar, que ya no volvería a oprimirlos, y ahora lo compadecían y se lamentaban. Y cuando apareció nuestro cortejo, empezaron a murmurar consignas hostiles: que la autoridad estaba en manos de un extranjero, de un hereje, decían. Cada vez más numerosos, los habitantes se iban apiñando a nuestro alrededor y nos cerraban el paso, agitándose amenazadoramente. La atmósfera empezaba a caldearse, y aquí y allá se elevaban clamores sordos. Ya teníamos encima la tormenta. Erguido sobre su caballo, sin perder un ápice de su estatura, Chircouh observaba la escena sin inmutarse. De pronto tuvo una iluminación, y exclamó con su voz de trueno:

—El Emir de los Creyentes os ordena saquear la casa de Chawar.

El camino se despejó en un instante y pudimos llegar sin mayores problemas al palacio del califa, quien dio la bienvenida a mi tío y lo nombró Malek el Mansour, rey victorioso. Y de inmediato se empezaron a oír por toda la ciudad cantos de alabanza al valiente general, el «León temible», que había venido a este país como un «Sol», mientras se condenaba a las gemonías al horrible Chawar, a quien calificaban de «bestia feroz», «perro rabioso a punto de morder», «diablo» o incluso «Satán». Y cuando más tarde entramos en su casa para instalarnos, la encontramos totalmente vacía. No había quedado nada, ni siquiera un cojín para sentarse.

—¡Vaya si me han obedecido! —dijo mi tío riendo.

Le importaba poco haber perdido todo lo que había en esa casa. Aquel día 17 del mes de rabi II del año 564 (18 de enero de 1169) se había hecho con el imperio de los faraones, y su dicha no tenía igual. Mil veces, en el curso de los días siguientes, se hizo leer y releer, en presencia de sus emires, el lisonjero texto de las patentes y la lista interminable de todos los títulos elogiosos que le habían sido asignados.

Un mensajero partió hacia Damasco. Esta vez, la expedición había tenido éxito: Egipto había sido conquistado y Nour-ed-Din sería muy pronto el amo. Por el momento había que ser prudente y conservar las apariencias de una independencia egipcia, sin atacar la posición del califa ni la libertad del culto chiita.

—Yo soy el visir —decía Chircouh—, pero un visir fatimí al servicio del califa de El Cairo.

Y prolongando su pensamiento, yo añadí:

—Antes de cambiar el régimen, tendremos que ganarnos la confianza de su élite.

Era sin duda la única maniobra que, eliminando cualquier resistencia, nos permitiría instalar nuevas instituciones de forma duradera y sin contratiempos. Mi tío tomó las riendas del imperio y me confió la dirección general de los asuntos estatales.

—Eres un hombre juicioso y tienes experiencia —me dijo—, y sabrás defenderte mejor que yo en los laberintos de la administración.

He de reconocer que la de este país era un verdadero caos, y tuve que hacer un esfuerzo enorme para orientarme entre sus meandros. Me puse a trabajar con ahínco. Metódico y puntilloso, inventarié los expedientes y verifiqué las cuentas desde las aduanas hasta la policía y desde los transportes hasta la justicia, sin pasar por alto los problemas de abastecimiento, salud y respeto a las religiones. Mi diván se llenaba cada mañana de una multitud de solicitantes. Yo los escuchaba con atención y ponía en marcha a un ejército de secretarios haraganes y quejumbrosos, tal como lo hacía mi padre en Damasco. Curiosamente, su imagen me venía a menudo a la memoria y volvía a contemplar sus solemnes atavíos, su afable sonrisa, sus gestos pausados y sus respuestas breves. Tenía el don de encontrar la palabra adecuada para resolver casos de toda índole, y me preguntaba qué habría hecho él en mi lugar. ¿Podría hacerlo yo tan bien como él?

Pasé a tener una casa con criados, escuderos y pajes. El lujo fue invadiendo poco a poco mi vida y empecé a acostumbrarme a él. Desde los zocos de El Cairo y de Alejandría, las riquezas del mundo se encaminaban con toda naturalidad hacia mi puerta y se insinuaban bajo mi techo. Y en esa atmósfera muelle y perfumada me volví antojadizo y caprichoso, a menudo imprevisible, sintiéndome a mis anchas en ese Egipto que propiciaba todas las locuras.

Pero una tarde de chumada II de 564 (23 de marzo de 1169), tras una de esas copiosas cenas que tanto le gustaban, mi tío quiso tomar un baño caliente y murió asfixiado. Su reino no había durado más que dos meses y medio. Alelado, me prosterné ante su cuerpo inerte sin saber muy bien qué pensar. Un versículo del Corán me vino entonces a la memoria:

 

Mientras disfrutaban de nuestras buenas obras los hemos llamado a nosotros, en el momento en que menos se lo esperaban.