Saladino

Geneviève Chauvel · Capítulo 3 de 30

Páginas del PDF

Saladino

Capítulo II

 

Todo empezó a tambalearse en nuestro nido de águila. La muerte llegaba del horizonte tras un océano de estandartes y de lanzas que centelleaban bajo el sol. La población vino a refugiarse en torno a la ciudadela, suplicando a su gobernador que la salvara de la masacre. Nadie había olvidado los suplicios ordenados por el terrible Zengui cuando se enseñoreó de esos lugares. Los últimos combatientes de la guarnición habían sido crucificados y su comandante desollado vivo. La venganza de las tropas damascenas iba a ser implacable. Desde el fondo del valle, sus gritos nos helaban la sangre. Mi padre se debatía en la indecisión.

—Ya no tenemos amo —repetía—, y el Islam ha perdido a su héroe.

Dos años antes, en efecto, Zengui había recuperado Edesa derrotando a esos infames franjs que conquistaran Jerusalén tras degollar a cien mil de los nuestros. Su victoria se celebró con grandiosos festejos y el mundo árabe aclamó al «Príncipe de los Creyentes», «Sol de los Méritos» y «Grandeza de la Nación», que le había devuelto su honor. Por fin podíamos levantar la cabeza y recuperar nuestro orgullo. Un rayo de esperanza brillaba en nuestros corazones: los «infieles» no eran invencibles y podíamos intentar recuperar

nuestro Al Qouds[8].

De pronto se produjo el cataclismo. El «Guía» había desaparecido y los discípulos se dispersaron. Los emires, hasta ayer estrechamente unidos, reemprendieron la lucha cada cual por su cuenta, aprovechando los vaivenes de la sucesión para conquistar fácilmente nuevos feudos en detrimento de los herederos mal consolidados. Sin perder un instante, los ejércitos de Damasco, conducidos por su visir, Moïneddin-Ounour, vinieron a recuperar lo que era suyo.

—Es un hombre hábil —mascullaba mi padre con voz sorda—. Un zorro

de la política. Se ha aliado con el rey de Jerusalén[9] para proteger sus retaguardias. «Besa la mano que no puedas cortar», dice el proverbio. Sin una Siria unificada, no podrá vencer al invasor. Y para eso necesita Alepo, la puerta de acceso a la Siria del norte. Ahora bien, la ruta de Alepo pasa por Baalbeck: el cerrojo, el guarda barrera.

—Somos inexpugnables —afirmó Chircouh—. Por la memoria de nuestro benefactor, resistiremos.

—Alepo le toca al más joven de sus hijos —replicó mi padre—. ¿Nos brindará su apoyo Nour-ed-Din?

Rodeado de caballeros kurdos, mi tío fue a reunirse con el clan del difunto atabeg para pedir ayuda, mientras en lo alto de nuestras murallas los tambores llamaban a los hombres a sus puestos de combate. Mujeres cargadas de bártulos y niños corrían de todas partes hacia la ciudadela donde mi madre las acogía y tranquilizaba, devolviéndoles su sangre fría. Acurrucado en un rincón, yo temblaba de pies a cabeza, creyendo que el miedo me mataría. Presa de un súbito arrebato místico, imploré la clemencia de Alá. Con los ojos cerrados y la frente tocando el suelo, recité todas las suras que mi memoria había almacenado. No sé cuánto tiempo duró aquello. Dejé de oír los gritos y los galopes. Dejé de sentir mi cuerpo, y mi espíritu empezó a flotar en un universo de luz fosforescente que yo escrutaba al infinito, esperando encontrar en él el rostro del Todopoderoso. Repetía una y otra vez su Nombre y prestaba oído para aprehender el sonido de Su voz. ¿Llegó realmente a escucharme? ¿Tuvieron algún efecto mis plegarias? Mi crédula alma infantil se convenció cuando Diab, mi compañero-esclavo, me sacó del trance sacudiéndome para darme la noticia de que estábamos salvados y no había habido guerra.

No daba crédito a mis oídos y eché a correr hacia el patio de la fortaleza donde mi padre anunciaba nuestra rendición. Hombre prudente y nada temerario, sabía que no podría resistir el asedio. Nos faltaban víveres y soldados, y los mensajeros de mi tío no dejaban vislumbrar la menor esperanza de recibir refuerzos: los sucesores de Zengui estaban muy atareados en asegurarse las posesiones que acababan de heredar. No quedaba más que una solución: negociar.

Y devolvió Baalbeck a sus anteriores dueños, exigiendo a cambio la libertad de los habitantes y de la guarnición, así como una serie de ventajas sustanciales para él mismo: una posesión cerca de Damasco, una fuerte suma de dinero y una casa en la capital. Moïneddin-Ounour aceptó. El trueque merecía la pena. No hubo derramamiento de sangre y el material de guerra permaneció intacto. Partimos con todos los honores y el visir nos proporcionó además una escolta para acompañarnos hasta nuestra nueva residencia.

Nuestro arribo a la ciudad de los omeyas fue una experiencia deslumbrante. Engastada en un anillo de murallas almenadas, la ciudad parecía flotar en su propia luz: secreta, poderosa, mágica, con todos sus minaretes irguiéndose en un solo impulso pétreo, en medio de innumerables jardines. El ligero canto de los almuédanos repercutía de colina en colina. Bajo el velo de una bruma dorada, aureolada de rosa, me parecía estar contemplando el paraíso de Alá. Y la fascinación que experimenté en aquel instante no me ha abandonado nunca.

Me enamoré de Damasco desde el primer momento, de sus olores y colores, de la hormigueante multitud con sus gritos y sus risas, de los imponentes palacios y las admirables mezquitas, verdaderas joyas elevadas a la gloria del Todopoderoso. Me enamoré de nuestra casa, de la piedra de sus muros color carne, del misterio de sus celosías finamente labradas, de la frescura cristalina del agua en las fuentes de alabastro, de los numerosos patios donde rosas y jazmines añadían sus perfumes al de los naranjos.

Mi padre fue recibido en la corte. El sultán Abak, hijo del gran Tughtikin, le confió un puesto de general en su ejército, y mis hermanos mayores lo siguieron, encantados de manejar el sable todo el día. Tenían la voz gruesa y una barba incipiente. Ya eran hombres, mientras que yo no era sino un chiquillo. Me dejaban solo y empecé a sentir celos. Les envidiaba sus bellos uniformes recamados, sus turbantes sabiamente abullonados, sus corceles ricamente enjaezados y todo el boato que los circundaba. Los veía reír y bromear con mi padre, mientras que a mí me ignoraban. Deambulaba tristemente por los patios, dolido ante esa indiferencia, y me consolaba aprendiendo el Corán. Quería recitarlo de memoria íntegramente, para así llamar la atención. Mi madre me tranquilizaba como mejor podía y luego se enfrascaba en sus tareas. El desorden reinaba en la casa. La excitación aumentaba de día en día. Mis hermanos se casaron uno después del otro y yo me sentí aún más pequeño. Por la noche me los imaginaba acostados junto a sus esposas muy poco mayores que yo, y me dormía estrechando la mano de Diab, que empezó a revelarme algunos misterios del amor y de la vida.

 

Durante este tiempo, mi tío Chircouh había reunido a los herederos de Zengui y comandaba los ejércitos de Nour-ed-Din, el nuevo señor de Alepo, que había reanudado la lucha contra los franjs y hacía temblar a Damasco. Se había instalado la discordia en nuestra familia. Empecé a oír palabras malintencionadas y hasta insultantes en boca de mi tío. Protegido por un disfraz, reprochaba a mi padre el haber traicionado a los descendientes de su benefactor para aliarse a la causa de un sultán títere, un príncipe sin honor que había pactado con los «politeístas», los «infieles», los «enemigos del Islam».

Se cruzaban palabras altisonantes y todo el mundo se acaloraba. Yo, por mi parte, escuchaba distraídamente. No tenía sino diez años y veía al Islam como algo abstracto, una entidad impalpable, invisible, una gigantesca capa de luz que emanaba del Dios Todopoderoso. Y en cuanto a sus enemigos, se hablaba mucho de ellos, pero yo nunca los había visto. Por lo menos hasta entonces. Confieso que no me inquietaban en absoluto, pues toda mi atención la absorbían mi escuela y mis nuevas actividades. Ya no tenía a mis maestros sufíes, pero descubrí la aritmética, la historia, la geografía, y me nutría del Hamasa de Abu Tamman, que revelaba en toda su amplitud nuestra cultura y la fuente de nuestras tradiciones.

Pero una mañana del mes de rabi I del año 543 (24 de julio de 1148), se dio la alerta general en toda la ciudad. Los «enemigos del Islam»,

comandados por el rey de los almans[10] [11] , el rey de los franjs y otros príncipes, marchaban sobre Damasco. Una nueva ola de invasores, animados por la caída de Edesa, afluía a nuestros territorios. Los primeros habían tomado Jerusalén. Y los otros, para no ser menos gloriosos, habían decidido apoderarse de Damasco. Los franjs de Siria los apoyaban, olvidando el tratado de alianza que habían firmado con nuestro visir.

—¡Que Dios los maldiga! —bramaba el populacho pataleando de cólera e indignación.

Mi padre, en uniforme de gala, reunió sus tropas, su música y sus oriflamas detrás de las murallas. Apostó hombres en los caminos de ronda y en las troneras, e hizo cortar el avituallamiento de las bases enemigas, clausurando y destruyendo las aguadas. Los franjs marchaban sobre nosotros: cincuenta mil soldados de infantería y jinetes revestidos de armaduras y seguidos por un rebaño de bueyes y camellos con unos arreos impresionantes. Una gran batalla tuvo lugar en la llanura. Los cristianos obtuvieron ventaja, avanzaron aún más y se dispersaron por las huertas de los alrededores. Estaban tan cerca de la ciudad que podíamos ver sus tiendas desde lo alto de nuestros baluartes.

Nadie durmió aquella noche. Nuestros soldados mantenían sus posiciones frente a los agresores. Centenares de habitantes de la ciudad se agolpaban, acechantes, en lo alto de las murallas, mientras que en las mezquitas, cubierta la cabeza de cenizas, muchos leían el Corán, lloraban y rezaban. Por fin pude ver a esos «enemigos del Islam» con sus escudos marcados por una cruz, sus estandartes y sus custodias, agitándose y vociferando.

—¡Dies ex volt! —aullaban.

—¡Alá Akbar! —respondían los nuestros.

Pero ¿quién era ese Dios que los impulsaba contra el Todopoderoso Alá? Aterrado por el sacrílego espectáculo, yo pensaba que aquello era el fin del mundo y que todos seríamos exterminados por la cólera divina. Como en Baalbeck, recitaba mis suras implorando con todas mis fuerzas el auxilio de Alá, y me hundía en la inconsciencia del sueño.

Un intenso clamor me despertó. El sol inundaba la ciudad con sus dardos de fuego. La gente corría y gritaba de alegría por todos lados. Nos habían llegado refuerzos de las provincias: turcomanos, soldados y arqueros de infantería. Se unieron a nuestros ejércitos y atacaron al enemigo como los gavilanes se abalanzan sobre las perdices. Cercaron a los franjs, acribillándolos a flechazos y lapidándolos. Éstos titubearon y al final se negaron a combatir y celebraron consejo. Se habían enterado de que varios ejércitos árabes llegaban a socorremos. Y se batieron en retirada. Los musulmanes se lanzaron tras ellos, masacrando a su retaguardia y cercenando cabezas para cobrar recompensas. ¡Y vaya si cercenaron! El número de cadáveres era tal que la pestilencia hacía caer a los pájaros del cielo.

La ciudad entera salió a recibir a sus gloriosos guerreros en medio de aclamaciones y ovaciones. El visir, mi padre y otros oficiales fueron llevados en triunfo, y se dieron gracias al Altísimo por habernos trazado la Vía de la Verdad. Como miles de damascenos, yo también creí que había sido un milagro. Y me decepcionó muchísimo escuchar de boca de mi propio padre que lo ocurrido no había sido obra de Dios, sino de Moïneddin-Ounour.

Ante la traición de los franjs, el visir se había acordado de sus hermanos árabes y les había pedido auxilio, lo que explicaba el arribo inesperado de los refuerzos. Además, los hijos de Zengui habían reunido sus ejércitos en Homs, y el mayor, príncipe de Mosul, había tranquilizado al gobierno de Damasco diciéndole:

—Si soy derrotado, me refugiaré en la ciudad con mis tropas y allí nos defenderemos. Si triunfamos, la ciudad seguirá siendo vuestra y no os la disputaré.

Al mismo tiempo despachó una carta llena de amenazas a los jefes cristianos. Estos últimos habían sufrido considerables pérdidas. Aún estaban indecisos. Pero una estupenda estratagema ideada por Moïneddin-Ounour decidió su retirada. A los franjs llegados del exterior les había escrito:

 

Ha llegado el rey del Oriente. Si levantáis el campamento, haréis bien. De lo contrario, le entregaré la ciudad a él y os arrepentiréis.

En otro mensaje atizaba la desconfianza de los franjs de Siria contra sus hermanos del norte diciendo:

 

Es una gran necedad de vuestra parte ayudar a esas gentes contra nosotros. Sabéis perfectamente que si se apoderan de Damasco, se quedarán también con vuestras tierras del litoral.

 

El ardid llegó a su punto culminante cuando aquel gran maestro de la negociación prometió secretamente a los segundos la plaza fuerte de Banyas para que se separasen de los primeros. Lo cual explica por qué el formidable ejército de los invasores rehusó combatir y se batió en retirada.

—Moïneddin ha dado un golpe maestro —concluyó mi padre—. Ha salvado Damasco y dividido las fuerzas enemigas haciendo que vuelvan enemistadas, a más de recuperar una posición honorable a los ojos de todos nuestros príncipes que no le perdonaban el haber pactado con Jerusalén.

—Esta victoria lo cambia todo, en efecto —puso de manifiesto Chircouh, que aprovechaba los lazos de sangre para venir a informarse—. Él mismo ha recuperado su rango musulmán. Las fuerzas árabes respondieron a su llamada y se unieron para detener el poderío de los herejes.

—Ellas respondieron —replicó mi padre—, pero él no tuvo necesidad de lanzarlas a la batalla. Moïneddin ha vuelto a su ciudad con la cabeza bien alta, justificado en cierto modo. Como Zengui, hemos vencido a los «infieles».

Mi tío declaró entonces con vehemencia:

—Algún día Nour-ed-Din proclamará la yihad y los haremos retroceder hasta el mar. ¡Inch’Alá!

 

Habíamos ganado esa batalla, pero en el reverso de la victoria estaban los muertos. A nuestra familia, como a muchas otras casas, llegó el luto y la tristeza. Chahan-Chah había hallado el martirio y fue preciso consolar a su joven esposa, que le había dado ya dos hijos y esperaba un tercero. Mi madre los tomó a su cargo y mi padre se pasó varias semanas sin decir palabra. Hasta que un día, con gran asombro de mi parte, me tomó la mano y me dijo:

—Ahora eres tú mi segundo hijo y quisiera sentirme orgulloso de ti.

Los latidos de mi corazón resonaron en mi pecho. Por fin existía para el general Ayub. ¿Sabría comprenderme, o tendría yo que entregar mi vida como Chahan-Chah para merecer su ternura?

Unos meses después el visir murió de indigestión y el poder volvió a manos del sultán, que se encontró en un aprieto. Los asuntos de Estado venían a perturbar sus placeres. Para quedarse tranquilo renovó el pacto de alianza con Jerusalén, alejando así cualquier nuevo riesgo de asedio. Y para hacer frente a los eventuales ataques de nuestros vecinos árabes, buscó a mi padre y le encomendó esta tarea, nombrándolo comandante en jefe de su ejército.

Fue esto un gran honor para nuestra familia, que había aumentado considerablemente. Tras el nombramiento obtuvimos más comodidades. Nuestra educación fue confiada a preceptores seleccionados con el máximo esmero, que debían hacer de nosotros hombres cabales, pero sobre todo buenos musulmanes. Nuestros días, divididos por las cinco oraciones cotidianas, se enriquecían con distintas actividades que iban forjando nuestro espíritu y desarrollando nuestras capacidades físicas. El cadí se esfumaba

entonces ante el hombre de ciencia y el hombre de letras. El [12] Almagesto nos

enseñaba las grandes leyes de la astronomía y de la geometría. Aprendíamos también literatura, aunque yo prefería la poesía. ¡Nuestro idioma es tan hermoso! Las palabras cantan al oído mientras las letras ondulan bajo la pluma y las frases van hilvanándose y encuentran al punto las rimas que armonizan. Componer un poema se volvía un juego que aguzaba nuestra imaginación y afinaba nuestra sensibilidad.

La historia de los árabes me fascinó durante mucho tiempo. Podía recitar la genealogía de cada uno de nuestros grandes hombres y la de sus caballos. Llegué a ser algo así como un especialista en la materia. Mas lo que realmente hacía vibrar mi corazón y se convirtió en una auténtica pasión desde la edad de trece años era lo que nosotros llamamos «la ciencia del hadith». No se trataba ya de recitar los versículos del Corán uno tras otro, sino de interpretar las palabras del Profeta y, sobre todo, de estudiar las distintas interpretaciones hechas por nuestros religiosos y grandes místicos. Las discusiones se prolongaban indefinidamente, manteniéndome despierto noches enteras hasta que, tras la plegaria del alba, volvía con desgana al campo de maniobras para efectuar los ejercicios militares cotidianos que formaban parte de la educación de los príncipes y de la aristocracia. La guerra rondaba sin cesar en torno a nuestros estados y teníamos que estar listos para defendernos en cualquier momento. Además, no podía olvidar que era kurdo, hijo y sobrino de oficiales.

Sin caballo no hay hombre, decían mis antepasados. Por eso me pasaba horas enteras realizando ejercicios sumamente peligrosos. Espoleaba sin descanso a mi cabalgadura, buscando cada vez más rapidez y agilidad. Durante el combate todo se hace a caballo. Nuestra táctica era la de los partos. Tanto en la carga como en la retirada, el caballo no era un arma de choque sino un vehículo para el arquero, que debía lanzarse al galope contra el enemigo, disparar para romper sus filas y volver sobre sus pasos con la rapidez del relámpago. Como buen kurdo, nací dotado para todas estas habilidades y le rendía culto al caballo. Por desgracia no era muy alto, pero tenía un cuerpo grácil y musculoso que me daba ventajas y me permitía hacer bellas piruetas a galope tendido. Más tarde, cuando tuve que practicar el arte de la guerra, siempre le he dado preferencia a la caballería, que nos aseguraba una superioridad irrebatible sobre los franjs. No había nadie como nosotros para caer sobre ellos como si emergiéramos de las arenas, acribillarlos a flechazos y desaparecer antes de que hubieran lanzado un solo dardo.

Todo esto exigía un dominio perfecto del cuerpo que nosotros manteníamos con la práctica de los deportes ecuestres. El preferido era el

juego del «mallo[13]», al que jugábamos muy a menudo en familia. Tenía varios hermanos menores con los que formábamos un equipo temible. ¡Cómo no iban a ser los hijos de Ayub los mejores! Mi padre se unía a nuestros entrenamientos para corregirnos y estimularnos. Y debo decir que lo hacía a conciencia. Muchas veces ni se tomaba la molestia de escucharnos, pero nos enseñaba a ser rigurosos y a mantener nuestro rango. Yo obedecía por respeto y para no disgustarlo. El aislamiento de mi infancia permanecía vivo en mi memoria y aún no me había ganado esa especie de complicidad que conociera mi hermano mayor ni el afecto que rodeaba a los menores.

Un día en que disputábamos uno de esos interminables partidos, avisaron a mi padre que el emir Chircouh lo esperaba al beit, en la casa. Yo estaba cerca de Touran-Chah, y él nos indicó por señas que lo siguiéramos. No habíamos vuelto a ver a mi tío desde el ataque a Damasco y sabíamos que había pasado todos esos años combatiendo al lado de su señor, el amo de Alepo. Con voz atronadora enumeró sus numerosas campañas contra los «infieles». Había perdido un ojo, pero también le había cortado la cabeza al príncipe de Antioquía, la había guardado en una arquilla de plata y se la había llevado al califa de Bagdad para mostrarle cómo debía tratar un buen musulmán a esos «perros cristianos». Con aires de conspirador bajó el tono de voz para anunciar:

—Esta vez Nour-ed-Din ha decidido tomar Damasco. El sultán Abak ha pactado con los demonios de Jerusalén y, dentro de poco, les entregará la ciudad. Y claro está que no podemos dejar a todos esos buenos musulmanes en las manos de «Satán».

Mi padre le respondió con aire desdeñoso:

—¡Gracias por prevenirme!

Y el «León de la Fe» aventuró entonces una aclaración brillante: para efectuar esta operación de gran envergadura, el joven atabeg prefería las sutilezas de la diplomacia a la brutalidad de las armas. Deseaba proteger a los damascenos y no aterrorizarlos como lo había hecho Zengui, su padre. Y eso suponía poner en marcha una campaña propagandística muy bien orquestada: ganarse en el interior la confianza de los civiles y, sobre todo, de los militares, generar hábilmente un sentimiento de rebeldía contra esa «colaboración con los enemigos del Islam» y engrandecer la imagen de Nour-ed-Din, Príncipe de los Creyentes, «guardián y heraldo de los países musulmanes, combatiente de la fe, vencedor de los herejes y exterminador de infieles y politeístas».

Permaneció un momento en silencio y añadió luego, mirando a su hermano de hito en hito:

—Vengo como embajador de la corte de Alepo para pedirte que nos ayudes. Basta con socavar un poco desde dentro y el fruto caerá por su propio peso en el campo de Alá.

Mi padre aceptó sin vacilar. Su fidelidad al clan Zengui era más fuerte que sus obligaciones para con un amo renegado. Más valía traicionar que ser ingrato. Tanto más cuanto que sólo traicionaría a un traidor a la causa de Alá. E hizo tanto y tan bien que cuando Nour-ed-Din apareció ante nuestras murallas rodeado de sus innumerables fuerzas, las puertas de Damasco se abrieron de par en par y el amo de Alepo entró en la ciudad bajo una lluvia de

rosas, mientras miles de alfombras se iban desenrollando bajo sus pies[14].