Saladino
Capítulo XXV
No sé por qué aquella mañana, antes de abandonar Damasco para una larga temporada de combates, me detuve en casa de mi madre. El harén había cambiado mucho desde la muerte de mi sultana preferida. Chamsa había fallecido a su vez, así como también otras favoritas que me recordaban mis fogosidades egipcias. Las nuevas, jóvenes y encantadoras, sólo me interesaban para animar algunos deseos que languidecían. La única a la que podía hablar con absoluta libertad, como si fuera a mí mismo, era aquella que me había dado la vida, mi origen. Era mi último vínculo con el pasado y conocía todos mis recuerdos. Los años habían marcado su bello rostro con crueles arrugas, y yo temía no volver a verla ya a mi regreso. ¿Cuánto tiempo duraría mi ausencia?
—¡Adondequiera que vayas, hijo mío, estaré en tu corazón! ¡Y te esperaré, Inch’Alá!
—No es para mí nada agradable tener que ir a sembrar la muerte, derramar sangre y provocar miseria y desolación. ¿Por qué se obstinarán en tomar nuestras tierras y tacharnos de incrédulos?
—Los incrédulos están guiados por la mentira. Los creyentes marchan a la
luz de la Verdadera Fe[183].
—Lo sé, oumi. También está escrito: «Si os encontráis con los infieles, combatidlos hasta que hayáis matado a un gran número. Cargad a los cautivos
de cadenas[184]». Pero, mira, a veces me pregunto si lo hemos comprendido bien unos y otros. ¿No habrá un terrible malentendido? ¿Y si Alá fuera también su Dios?
—Vamos, Yusuf. Alá es uno. Él no ha engendrado ni fue engendrado[185]. La protección del cielo está asegurada a los creyentes, pero los impíos no
tendrán protector[186]. Has reconquistado Jerusalén y Palestina porque Alá así lo dispuso. Eres Su espada. Y debes cumplir con tu tarea hasta el final: liberar todo el Sahel.
—Van a llegar unas flotas inmensas, oumi, y espero que todos los príncipes del Islam permanezcan a mi lado.
—Ve, hijo mío, Dios está contigo, Él secundará tus esfuerzos.
Besé su mano perfumada de limón y de rosas, y tomé la ruta de Marj Oyoun. Mi plan estaba claro: marchar sobre Trípoli tras haber hecho un reconocimiento del lado de Tiro. El azar puso en mi camino el Shakif
Arnûn[187], una fortaleza considerada inexpugnable que, sobre su cresta cortada a pico, me provocaba y desafiaba como en otro tiempo las bailarinas del Nilo. No pude resistirme. Decidí cercarla y cometí un grave error, como en Mayafarekkin. En aquella ocasión perdí Armenia. Esta vez, a punto estuve de perder todas las tierras del Islam. El castillo estaba en poder de los franjs y dominaba el acceso a Tiro y a Sidón. Establecí mi campamento en la llanura y
bloqueé los senderos. El señor del lugar, otro Arnat[188], solicitó audiencia. Era elegante, refinado y de una cortesía igual a la nuestra. De sus labios no salieron más que cumplidos y promesas solemnes:
—Gran sultán —me dijo—, siento una profunda simpatía por los musulmanes y estoy dispuesto a ofrecerte mi «nido de águila» si me concedes un feudo en Damasco y un puesto en tu corte.
Hablaba admirablemente nuestra lengua, dominaba sus finos matices y todas sus sutilezas como uno de nuestros mejores letrados. Su conversación me fascinó y encantó. Conocía la historia de los árabes, había estudiado nuestros hadiths, y con él reencontré el placer maravilloso de esas diversiones del espíritu que habían amenizado mi adolescencia con los jeques sufíes. Un cristiano, un «impío» que recitaba tan bien el Corán era un acontecimiento excepcional. Era casi uno de los nuestros. Decía incluso que quería convertirse. ¿Podríamos ser un día todos hermanos y adorar al mismo único Dios? Yo estaba bajo su encanto y le creía, alegrándome de conseguir a tan bajo precio una ciudadela difícil, de paso que sumaba un creyente a la gran familia del Islam.
—Sidi —me dijo—, necesito tres meses para sacar a mi mujer y a mis hijos de Tiro sin despertar las sospechas del «Marqués». Si se enterara de nuestros acuerdos, no dudaría de vengarse en sus personas.
Acepté, le ofrecí compartir mi tienda y mi mesa, y permanecí en la llanura esperando el final del plazo que terminaba el 18 de chumada (13 de agosto de 1189). En la misma época acababa la tregua que le había concedido a Bohemundo de Antioquía. Envié a Taki-ed-Din a las inmediaciones de la ciudad para tomar posesión de ella y pedí nuevos refuerzos.
El movimiento a lo largo de la costa se aceleraba y mi inquietud no hacía sino aumentar.
—Las naves que llegan de Occidente anuncian que llegarán muchas más —decían mis agentes.
Hice una escapada a Acre para aumentar los efectivos, las defensas y los abastecimientos. Durante este tiempo, el rey Guy había plantado su tienda bajo los muros de Tiro y se mofaba de «Al Marqués». Infatigable, recorría el litoral desde Tiro a Trípoli. Con la cadencia de las olas, subía y bajaba trayendo cada vez la hornada de partidarios que él iba a reclutar entre los refugiados impacientes por recuperar lo que habían perdido, y sobre todo entre los que desembarcaban espada en mano y con ansias de pasar por las armas a los sarracenos. Incluso había ganado para su causa al «Rey del Mar», y las sesenta galeras sicilianas habían emprendido rumbo hacia el sur. Con renovada confianza, el antiguo señor de Jerusalén volvía a la carga en sus disputas por la soberanía con el señor de Tiro. En mi campamento, me puse a analizar la situación. Hasta el día en que acabaron por llegar a un compromiso: «Al Marqués» conservaría su feudo, pero ayudaría a Guy a reconquistar una de sus plazas perdidas.
El peligro se concretaba. Yo no tenía más que una idea, caer sobre Tiro y hacer abortar esta coalición. Pero estaba paralizado por ese Shakif Amûn. Si acortaba el plazo, faltaría a mi palabra, y si partía, Arnat tendría una libertad absoluta para atacarme por la retaguardia. Yo había apostado en el Litani cuerpos de tropas que hostigaban al enemigo, y mis exploradores, que atestaban las colinas, me informaban a cada momento. Los franjs intentaron algunos movimientos contra Sidón y a continuación contra Tibnin. Inmediatamente, mis hombres les tendieron una emboscada. Los enfrentamientos fueron violentos, las bajas numerosas por ambos bandos, y el enemigo regresó a Tiro, donde las galeras seguían multiplicándose. Cincuenta y dos acababan de anclar, enarbolando el pabellón de Pisa.
Impaciente, yo esperaba el final del plazo. Arnat permanecía en su fortaleza y salía poco de ella. Mis emires, desconfiados, murmuraban:
—Él repara sus brechas, afianza sus torres y completa su avituallamiento en nuestros mercados.
No podía creer en tan mala fe. Sin embargo, alarmado, lo observé más atentamente, sin modificar en nada mi comportamiento. El día señalado el señor cristiano se presentó, más amable que nunca:
—Aún no he podido recuperar a mi familia —me dijo—. Necesitaría un nuevo plazo de un año.
Esta vez la jugada era clara. Le conminé a mantener su palabra y lo hice escoltar hasta su poterna. A una orden suya, la guarnición alzó el puente levadizo y empuñó las armas. Fuera de mí, lancé el asalto. Tamaña felonía me escandalizaba y estaba furioso de haberme dejado embaucar. No tuve valor, sin embargo, para cortarle la cabeza. ¡Hablaba tan bien de nuestros hadiths! Cargado de cadenas, fue enviado a Damasco.
Entonces supe que también Bohemundo había olvidado su promesa de entregar Antioquía. Se había marchado a Trípoli donde su hijo había sucedido al conde Raimundo, muerto de vergüenza dos meses después de Hattin; y entre los dos aceptaban los refuerzos para reconquistar nuestras tierras. Mucho más inquietante era el último informe de mis espías:
Con un ejército de cuatrocientos jinetes y siete mil infantes, el rey Guy se dirige hacia Acre bordeando la costa. Las flotas de Sicilia y de Pisa navegan a su altura.
De entrada, pensé que se trataba de una trampa. Simulaban este movimiento para descolgarme de Shakif Arnûn. El vencido de Hattin, que era todo menos un hombre de guerra, no podía pretender atacar el puerto mejor fortificado de Palestina con tan escasos guerreros. Tuve que rendirme a la evidencia cuando un explorador, jadeante, vino a anunciarme:
—El enemigo avanza a toda marcha por el escarpado camino de Ras Nakoura.
El mismo que yo había seguido tras mi asedio fallido de Tiro. Decidí ir a su encuentro y convoqué a los emires para explicarles la maniobra.
—La ruta es difícil y angosta —respondieron ellos—. Es mejor tomar un camino más ancho y sorprenderlos cerca de Acre, donde podremos desbaratarlos y masacrarlos.
Furioso por esta reticencia, repliqué vivamente:
—Si los franjs llegan a Acre, se instalarán firmemente sobre el terreno y no será fácil desalojarlos. Yo prefiero debilitarlos antes de su llegada.
Se obstinaron en su oposición y tuve que transigir puesto que tal era nuestro sistema. Yo tenía la unidad del mando, pero las decisiones se tomaban por mayoría. Esos emires perezosos e indolentes posponían para más tarde una guerra cuyas consecuencias no preveían. No obstante, envié algunos cuerpos de tropas para frenar al intrépido monarca, que ya había llegado a Al Zib, a nueve leguas de Acre. Su avance era serio. Tendría que recorrer treinta y dos leguas para detenerle. Levanté el campamento en el acto y crucé el territorio, en tanto unos correos pregonaban por todas partes mi llamamiento a las armas con orden de alcanzarme en Saffouriyah, que iba a convertirse en nuestra base de retaguardia. Cuatro días más tarde, el 15 de redjeb de 585 (29 de agosto de 1189), llegué a la colina de El Kharrouba, que dominaba la llanura y la ciudad. Consternado, pude ver lo que me temía: ¡el enemigo estaba al pie de los muros de nuestra Akka!
Dispuse al ejército en orden de batalla y avancé por las alturas de Tell Keisan. El ala izquierda se apoyaba en el río Belus y la derecha en la colina de Ayyadiyah. Rodeé a los cristianos que sitiaban mi ciudad. El campamento de los franjs se extendía alrededor de las murallas y llegaba hasta la orilla. Un bosque de mástiles bailaba en medio del oleaje y obstruía la entrada de nuestro puerto. Guy había izado su pabellón en Tell el Meslabah, la «colina
de los ahorcados[189]», frente a la puerta norte. Eran ya dos mil jinetes y treinta mil infantes. Y su número iba a ir en aumento a juzgar por las naves que surcaban el horizonte. Recibían sus refuerzos por mar mientras que los nuestros llegaban por tierra. Sola, Acre se encontraba en una situación que, de prolongarse, se volvería insostenible. Estaba cercada y mi primera preocupación fue abrir un pasaje y hacerle llegar todo lo necesario para aguantar el asedio. Esperé algunos días con el fin de completar mis tropas. Llegaban de Mosul, de Sindjar, de Diar Bekir y de otras provincias de Mesopotamia. Koukbouri estaba allí con sus hombres, así como también Taki-ed-Din. Mis hijos y mis sobrinos estaban conmigo. Mi hermano Tughtikin, en el interior de su Yemen, hacía oídos sordos, pero, en El Cairo, El Adel se preparaba y no tardaría en llegar.
El primer viernes de saban (14 de septiembre de 1189), a la hora de la oración, lancé mi grito de guerra y di el asalto. A pesar de la furia de nuestros golpes, los franjs permanecieron inmóviles, formando un bloque compacto que no podíamos hendir. La noche nos dejó frente a frente, en orden de batalla, y la lucha se reanudó al amanecer, con gran furia por ambas partes. De repente, Taki-ed-Din mandó cargar a su ala derecha con tal violencia que hizo retroceder al enemigo hacia el mar y avanzó hasta las murallas.
—¡Alá Akbar! —grité.
Habíamos restablecido las comunicaciones. Acre ya no estaba cercada. Dominábamos una parte de las murallas y la puerta norte. Animado por este triunfo, quise aumentar nuestra ventaja y ganar un poco más de terreno antes de la noche, pero la mayoría de los emires solicitaron una hora de descanso para abrevar sus caballos. Y como ya era media tarde no volvieron, prefiriendo posponerlo hasta el día siguiente.
—Daremos buena cuenta de ellos —decían—, pues su fuego se ha apagado. Los capturaremos cuando queramos.
A la mañana siguiente estábamos por fin preparados para hostigar al enemigo hasta sus tiendas. Los emires, una vez más, solicitaron retrasar el ataque y organizarlo de forma distinta. Unos sugerían una acción combinada saliendo desde la ciudad y sobre el terreno. Otros querían esperar la llegada de la flota egipcia. No faltaban quienes preferían abandonar el proyecto, pues el invierno estaba próximo. Yo me volvía loco y me mesaba la barba. Harto, exclamé:
—Sabed que estos hombres son enemigos de Alá y nuestros. Hollan con sus pies el suelo del Islam, pero los signos de la victoria que, según espero, obtendremos, van a manifestarse pronto. Aún quedan restos de su ejército y nuestra constante preocupación debe ser exterminarlos. ¡Alá así lo exige!
Se optó por el doble ataque: la guarnición de Acre por un lado y, por el otro, mis tropas. El combate duró varios días, sin resultado. El enemigo se replegaba en sus líneas. Me vi reducido a asaltos diarios, a emboscadas, a pequeños choques que no hacían mella en las posiciones de los franjs, y estos últimos recobraban la confianza. Yo presentía el desastre y mis emires no me creían. La angustia me corroía. Dejé de comer. Dejé de dormir. Daba vueltas como una leona que hubiera perdido a sus cachorros y, mientras tanto, los enemigos del Islam cavaban trincheras, se parapetaban y levantaban empalizadas sobre las que fijaban sus ballestas y escudos. Día tras día se multiplicaban y su campamento parecía un gigantesco hormiguero. El mar cubríase de naves cuyas proas empinaban sus cabezas de escorpión y de serpiente. Arrojaban cohortes de gigantes, y sus tiendas brotaban hasta el infinito.
¡Cuántas veces me paseé por nuestras murallas para observar sus posiciones y supervisar sus progresos! Nuestros ataques, nuestros hostigamientos y nuestras escaramuzas les dejaban indiferentes. Contaban con suficientes vivos para reemplazar a los muertos. Occidente les enviaba verdaderos guerreros con unos caudillos que sabían combatir, mientras que en mis líneas se desenvainaba la espada entre una partida de ajedrez o de
chechbech[190] y un negocio. La mayor parte de mis tropas llegaban de Mesopotamia y de Irak. Desplegué a mi ejército de Siria frente a Antioquía, Trípoli y Tiro para proteger nuestra retaguardia, mientras esperaba con impaciencia los refuerzos de Egipto, más disciplinados. Para tranquilizarme y tener un fuerte apoyo no contaba más que con mi Salahiyah y la vieja guardia de Chircouh, los veteranos irreductibles del emir Yazgoch. Todos eran kurdos y se batían por mí sin discutir jamás.
El 11 de saban (24 de septiembre de 1189) ordené un movimiento envolvente hacia el este para ensanchar el cerco en torno a los franjs, y trasladé mis reales a Tell Ayyadiyah, justo enfrente de la tienda del rey Guy en su «colina de los ahorcados». Yo dominaba toda la llanura, la ciudad y el campamento enemigo, que tenía cercado desde la puerta norte de las murallas hasta la orilla. A la sazón eran unos cien mil, de todas las naciones de ultramar. Sus estandartes y pabellones cubrían el cielo: había daneses y frisones, pisanos, genoveses, venecianos, germanos de Turinga, flamencos y anglonormandos… Los príncipes de Occidente y sus obispos enarbolaban sus cruces. Sus lanzas se entrechocaban y sus armaduras resplandecían bajo el sol. Nunca había visto una multitud semejante y temía un ataque. Me pasaba las noches rogándole al Todopoderoso que nos ayudara, pues no contaba con tantos hombres para hacerles frente. Diez días más tarde, al rayar el alba, fui alertado por mis exploradores:
—Hemos notado movimientos extraños en el campamento de los franjs — dijeron.
Me precipité fuera de mi tienda y se me hizo un nudo en el estómago. Ya la tierra temblaba. Un mar de acero se había puesto en marcha, conducido por los obispos que enarbolaban cruces y portaban el libro de los Evangelios sobre una tela de seda púrpura mientras cantaban letanías. Los arqueros marchaban a la cabeza y cuatro mil jinetes formaban dos columnas en medio de ochenta mil infantes. Guy comandaba el ala derecha cerca del río, y «Al Marqués» la izquierda, hacia el mar. Mandé tocar el tambor y todos se pusieron en posición de combate: los djalichyehs, los taoushiin y los caragholam. Los heraldos gritaron conmigo:
—¡Viva el Islam y el ejército de los unitarios!
El choque fue tal que el suelo tembló y el aire se oscureció. Taki-ed-Din, a la derecha, retrocedió. Desde mi centro le creí en dificultades y me desguarnecí para prestarle apoyo. Fue entonces cuando me vi asaltado a mi vez. La carga fue tan violenta que mis hombres se dispersaron corriendo hacia Tiberíades, y algunos incluso hacia Damasco. Los franjs presionaban desde lo alto de la colina hacia mis reales que, gracias a Dios, fueron salvados. Viendo nuestro desconcierto, creyeron haber vencido y se pusieron a saquear nuestras tiendas. Deprisa eché a galopar entonces entre el enemigo con cinco mamelucos y reuní a mis fugitivos, repitiendo sin cesar:
—¡Islam! ¡Islam!
Mi voz se quebraba, pero las filas se formaron de nuevo. El ala izquierda, intacta, contraatacó. La derecha se rehízo y, con mi centro reconstituido, ataqué al enemigo por la espalda. Alá dio un mentís a Satán e hizo triunfar la Verdadera Fe. La guarnición de Acre salió de detrás de sus muros para prestarnos ayuda, y los trinitarios fueron pasados por las armas sin piedad y perseguidos hasta sus trincheras. Entonces vi a mis hombres correr de un lado para otro. Habían oído decir que los servidores se llevaban los bagajes y no pensaban más que en sus pertenencias. ¿Qué importancia podían tener cuando estábamos en el camino de la victoria? Tuve que dar marcha atrás, volví al campamento y mandé perseguir a los ladrones. Los bagajes encontrados se hacinaron delante de mi tienda y todos, bajo juramento, recuperaron sus bienes.
Los prisioneros fueron numerosos. Señores de alto rango que yo guardé como moneda de cambio y tres mujeres que, ocultas bajo sus armaduras, habían combatido con notable energía. Ordené que se las tratara con respeto. Sólo fueron decapitados el Maestre Gerardo y los templarios. Sobre el terreno el balance era sobrecogedor. Diez mil cadáveres mordían el polvo y volvían el aire irrespirable. Los hice arrojar al mar y al río que suministraba agua al enemigo. La tierra apestaba a causa del hedor y la epidemia se propagó en uno y otro bando. Yo mismo caí enfermo. El fuego se volvió a encender en mis entrañas, pero ya no pensaba en ello; el enemigo era mi única obsesión y no podría vivir hasta que no lo hubiera expulsado definitivamente. Reuní al consejo de guerra y declaré:
—Hemos derrotado a las fuerzas de los infieles y apagado su ardor. Si los dejamos tranquilos hasta que llegue el buen tiempo, recibirán apoyos considerables, mientras que los únicos refuerzos que nosotros podemos esperar son los de Malik El Adel. Es preciso atacarlos sin descanso. Completemos mañana mismo su derrota.
Se discutió porfiadamente y me respondieron:
—Los hemos acosado hasta tal punto que, aunque hubieran querido, no habrían podido retirarse. Alejémonos y dejémosles el camino libre. Si se van, habremos alcanzado nuestro objetivo. Si se quedan, volveremos y caeremos sobre ellos como el gavilán sobre la tímida paloma. En cuanto a ti, estás enfermo. Si corren malas noticias acerca de tu salud, nos arruinaremos todos. El mejor partido que podemos tomar es alejarnos.
La opinión de los médicos hizo inclinar la balanza. Cuando Alá quiere castigarnos, lo mejor es conformarse. Mi tienda fue llevada a El Kharrouba, adonde había hecho transportar la impedimenta pesada. Una parte de mis tropas regresó a Mesopotamia. Había conservado algunos «telabs» para mantener mis posiciones. Pese a mi extrema fatiga, iba a inspeccionarlos cada mañana y hacía reconocimientos que me deprimían cada día más. Veía hacerse realidad lo que yo había anunciado. Los franjs iban arañando terreno, cavaban fosos en torno a su campamento y construían murallas con adobe y tierra, tras las cuales se apostaban sus arqueros. Poco a poco nuestra resistencia fue cediendo. Recuperaron lo que habíamos ganado y sus líneas inexpugnables cercaron la ciudad de una a otra orilla.
Entre tanto, El Adel me había alcanzado con el ejército de Egipto y un sólido contingente de negros que tenían aspecto de verdaderos diablos con sus turbantes color bermellón. Aterrorizaron a los «secuaces del infierno», que penetraron un poco más en nuestro territorio. Mi moral estaba por los suelos y dudaba de todo. La noticia más catastrófica me llegó finalmente de Alepo. Mi hijo Al Zaher me escribió:
El rey de los almans ha llegado a Constantinopla con doscientos mil coraceros y una infantería hormigueante que se extiende innumerable como las arenas del desierto. El emperador Isaac lo ha intentado todo para frenar su marcha, pero no ha podido cerrarles el camino.
Han entrado en Asia Menor.
¿Qué iba a hacer Kilij Arslan ante esa marejada de teutones rabiosos? Sería sin ninguna duda aplastado, y luego nos tocaría el turno a nosotros. Yo me lamentaba y estaba desolado. Íbamos a perder Siria y también Egipto si no hacíamos algo. Escribí un llamamiento general al califa y a todos los emires de Mesopotamia, Siria y Asia:
¿Qué se ha hecho del honor musulmán? ¿Dónde está el orgullo del Creyente, el valor del seguidor de la verdadera religión? No dejamos de sorprendernos de la inercia de los hijos del Islam ante el triunfo de los infieles. Nadie responde a la llamada de las armas. Nadie castiga la injuria. ¡Ved, por el contrario, a los franjs, cómo saben dirigirse hacia su objetivo, cómo se agrupan y cubren sus bajas! ¡Cuánto valor despliegan, con qué prodigalidad entregan sus bienes! El único móvil de sus actos y de los sacrificios que se imponen es la defensa de aquél al que adoran y el honor de sus creencias.
Los musulmanes, por el contrario, son blandos, indolentes, despreocupados y apáticos. Se abandonan al temor y carecen de coraje. Ya es hora de que esta torpeza cese y se convoque a los defensores de la fe, tanto en las regiones remotas como en las vecinas. En cuanto a nosotros, a Dios gracias, depositamos siempre toda nuestra esperanza en la asistencia divina. ¡Alá
permitirá que los infieles perezcan y que los verdaderos creyentes sean liberados y salvados!
Mi consejero Baha-ed-Din, experto en diplomacia mesopotámica, partió enseguida para Bagdad, Mosul, Irbil y otras provincias. Iba a informar, convencer y acelerar el envío de ayuda. Mientras tanto, los franjs se mantenían tranquilos y se dedicaban a cavar sus trincheras y a levantar muros. Sus naves se habían refugiado en Tiro y Trípoli para pasar los meses de invierno. Nuestra flota aprovechó esta circunstancia para reunirse con nosotros. Cincuenta navíos llenaron el puerto, desembarcando refuerzos y provisiones. La ciudad había cerrado sus puertas y la guarnición hacía salidas mortíferas. Por mi parte, examiné todas las posibles fuentes de reclutamiento. Otros miles de franjs estaban en camino junto con reyes y obispos. La guerra sería larga. Yo necesitaba soldados de forma permanente y, para ello, tenía que garantizar su relevo. Se enviaron mensajes. En sus montañas y desiertos, todas las tribus de beduinos y de turcomanos fueron alertadas. En todos los rincones de Oriente y Occidente la fiebre se fue apoderando de los hombres, mientras el frío del invierno adormecía la tierra.
El campamento de los franjs se convirtió en una ciudad con iglesias y caballerizas. Frente a nuestras líneas habían levantado enormes muros rodeados de fosos que hacían más difíciles nuestros asaltos e imposibilitaban cualquier tentativa de abrirse paso hacia Acre. En sus fortificaciones, la guarnición permanecía en guardia. Sobre las murallas, Karakouch había alineado los almajaneques y los arcos más temibles de las últimas fabricaciones egipcias. Desafiando las tempestades y arriesgando sus vidas, las tripulaciones del almirante Loulou no habían cesado de traer de Alejandría todo el material de guerra más perfeccionado que contenían los arsenales de El Cairo. Una flotilla de pequeños barcos aseguraba un puente de acceso a la playa que teníamos en la bahía de Haïfa, y pude trasladarme en varias ocasiones a la ciudadela para poner a punto las tácticas de defensa.
Cuando llegó el buen tiempo, las hordas de «escorpiones» y de «serpientes», enarbolando una bandera blanca estampada con una cruz roja, se desplegaron a lo largo de la costa norte, vaciaron en la orilla sus cargamentos de hombres, de material y de víveres, y marcharon luego a poblar el mar. Nuestra flota tuvo que hacerse mar adentro, y las comunicaciones con los sitiados se mantuvieron por medio de nadadores y palomas mensajeras. El enemigo fondeó delante del puerto. Mantenido a distancia por las dos torres repletas de arqueros que protegían su entrada, no por ello dejaba de bloquear todos nuestros movimientos.
Yo estaba aún en El Kharrouba cuando los franjs iniciaron las hostilidades. Un mediodía del mes de safar de 586 (marzo de 1190), atacaron nuestros puestos avanzados en las playas que bordeaban la bahía. Yo me había dedicado a cazar con halcón y solía perderme por las pendientes abundantes en caza de las colinas circundantes. Horas benditas aquéllas, durante las cuales ya no era el sultán y me divertía como en los tiempos de mi juventud. A mi regreso me enteré del triste balance. El regimiento de El Adel había resistido, pero las bajas eran desesperantes. Mi fiel amigo Issa había encontrado el martirio y le corté la cola a mi caballo en señal de duelo. La guerra se reanudaba. Trasladé de nuevo mi campamento a Tell Keisan.
Uno a uno, los contingentes sirios fueron regresando a sus acantonamientos. Beduinos y turcomanos se unieron también a nosotros. Fiel a nuestras costumbres, el ejército acampaba en orden de batalla, Taki-ed-Din comandaba el ala derecha y El Adel se había hecho cargo de la izquierda, mientras que yo me mantenía en el centro junto con mis hijos y los oficiales kurdos más feroces. Baha-ed-Din volvió de su misión, coronada por el éxito. Los honorables emires se habían puesto en camino y el califa me enviaba su contribución: dos cargamentos de nafta y cinco hombres hábiles en su manejo, así como una letra de cambio de veinte mil dinares. Esta ridícula suma era una afrenta. Para salvar Alejandría, el califa fatimí me ofreció un millón de dinares. No obstante, di las gracias al embajador de Bagdad, pero le devolví el dinero diciendo:
—Todo cuanto poseo, lo tengo por la bondad del Emir de los Creyentes. A mí me correspondería obsequiar al califa con las rentas de mis propios Estados, si no me viera obligado a emplearlas en la guerra santa.
Le hice los honores del campamento para que pudiera dar testimonio en las altas esferas de nuestros esfuerzos por rechazar a los enemigos de la Verdadera Fe. Quedó admirado de nuestra organización médica: los heridos, que eran recogidos en el campo de batalla por los camilleros, recibían los primeros auxilios bajo unas tiendas ligeras, marcadas con una media luna verde y diseminadas entre nuestras líneas, y eran luego trasladados a un gran hospital de campaña instalado en la retaguardia. Médicos y cirujanos se afanaban día y noche en vendar sus heridas y componer los huesos rotos. Habían encontrado el medio de luchar contra la infección y la gangrena mediante la aplicación de moho de hongo. Pero lo que más le divirtió fue nuestro mercado, inmenso y tan bien abastecido como los zocos de Damasco. En una sola de las numerosas cocinas podían contarse hasta veinticinco marmitas, cada una de las cuales contenía un cordero entero. También teníamos ciento cuarenta herradores, una cantidad insólita de vendedores de ropa y más de mil baños mantenidos por hombres de África. Las albercas de arcilla estaban rodeadas de esteras y empalizadas. Costaba una pieza de plata bañarse y hacerse un masaje. En nuestra religión, las abluciones precedían a la oración, y yo tenía en mi tienda un cuarto de madera donde tomaba baños de agua y de vapor. Estas medidas higiénicas nos permitieron evitar muchas de las enfermedades que diezmaban a las líneas enemigas. En vez de lavarse, los franjs preferían fabricar máquinas para masacrarnos.
Habían construido tres torres de cinco pisos, más altas que las murallas, cuyos armazones de madera habían sido recubiertos de cuero empapado en vinagre y arcilla, a prueba de fuego. En algunas partes habían colmado el foso para hacerlas rodar contra las murallas. Un nadador me informó de ello y yo ataqué su retaguardia para distraerles, pero ellos llenaban sus artefactos con cientos de guerreros dispuestos a saltar dentro de la ciudad. Nuestras piedras y nuestras flechas incendiarias no eran efectivas. Milagrosamente, un joven de Damasco que conocía la alquimia consiguió preparar una mezcla de nafta y otros líquidos. Los almajaneques arrojaron cántaros llenos de ella que impregnaron los revestimientos. Oíamos las risotadas burlonas del enemigo. Pero cuando lanzamos las bolas de fuego, las torres prendieron una tras otra como antorchas gigantes y se desplomaron en el foso, consumiendo a sus ocupantes junto con todo el material que habían preparado.
Los clamores de alegría de nuestro campamento ahogaron los gritos de dolor de los franjs. Con mi ejército en línea, los estuve provocando hasta el atardecer, pero ellos se negaban a combatir y se parapetaban detrás de sus trincheras. Amplié el cerco y me instalé en Tell Ayyadiyah. Todos los días reanudaba mis hostigamientos para atraerlos fuera de sus líneas y provocar una acción general. Pero fue en vano. A los choques y a las escaramuzas seguían las treguas. Acabábamos por reconocernos y saludarnos. Entablábamos conversación y nos estrechábamos la mano después de haber desenvainado la espada. El sitio podía durar una eternidad. También había enfrentamientos en el mar. Tras una terrible batalla naval que dirigimos desde la playa, ahogando con nuestros Alá Akbar los Dies ex volt de los impíos, los cincuenta «shinis» de Loulou lograron entrar en el puerto con todo cuanto nos traían de Alejandría.
Entretanto iban llegando los príncipes de Oriente. El primero en hacerlo fue el de Sindjar. Fui a recibirle en gran cortejo y lo conduje a la vista del enemigo para pasar revista a sus tropas, que hice desfilar con las banderas desplegadas y al son de címbalos, trompetas y tambores. Otro tanto hice con todos los restantes, los de Irbil, de Diar Bakir, de Djezireh y de Harran. El atabeg de Mosul me envió a su hijo y a su ejército con una reserva de armamento de calidad y una enorme cantidad de nafta blanca de sus yacimientos de Kirkouk. Al Zaher llegó de Alepo y lo que contó nos llenó de espanto:
—Federico ha atravesado los Estados de Kilij Arslan, quien primero fingió oponérsele y luego le ha proporcionado guías para conducirle a Armenia.
En esto llegó un mensaje del gobernador de Samosata. Me informaba de la muerte del rey Federico, ahogado en el Tarsus, y añadía:
Sus tropas hambrientas, mandadas por el duque de Suabia, están pasando a Siria. Son cuarenta mil jinetes y una infantería tan considerable que sería imposible fijar su número. Diferentes clases de hombres contenidos por una disciplina tan rígida que bien podría hablarse de crueldad. Por la más mínima falta se les da muerte, y se abstienen de toda voluptuosidad.
El peligro estaba ante nuestras puertas. Mandé regresar a mi hijo a sus tierras y a Taki-ed-Din a Hamah, con órdenes de cerrar el paso a las oleadas teutónicas y no perdonar a nadie. Los franjs se aprovecharon de ello. El 20 de chumada (25 de julio de 1190), cuando el sol estaba en su cenit, atacaron nuestra ala derecha, que creían desprotegida y privada de su mejor capitán. Por orden mía, El Adel se había apostado allí con sus egipcios de turbante rojo y adoptó nuestra táctica favorita, la que Chircouh me enseñara en Babéin: ceder terreno para atraer al enemigo lejos de su base y luego volverse y aplastarlo. Una hora más tarde su derrota estaba consumada. Cerca de diez mil cadáveres alfombraban la arena, «postrados cual si fueran troncos de
palmeras abatidas[191]».
Acudí al lugar y felicité a mis guerreros que sólo habían perdido a mil de los suyos. Recorrí la playa y saboreé mi triunfo citando nuestro Corán: «Que los que no creen en Alá ni en Su enviado sepan que las llamas del infierno
están aguardando a los infieles[192]».
En el campamento enemigo fue tal la desolación que una delegación vino a implorar la paz. Yo me negué. Sólo les permití ir a reconocer a sus muertos que se pudrían bajo el sol, despedazados por los buitres y las hienas. Mi ala izquierda, intacta, estaba impaciente por distinguirse a su vez.
—¿Por qué no perseguirles? —decía Koukbouri—. Están debilitados y desalentados. Los destruiremos hasta el último hombre.
—Acabo de recibir un correo de Alepo —repliqué—. Nuestros contingentes han diezmado a los coraceros del infierno. El enemigo ya no puede esperar que le lleguen refuerzos de forma inmediata. Al Zaher y Taki-ed-Din nos vuelven a traer a sus combatientes. Con ellos seremos más fuertes para aniquilar definitivamente a todos estos perros.
Tres días después me arrepentí de mi decisión. Un poderoso ejército empezó a desembarcar entre los franjs.