Saladino

Geneviève Chauvel · Capítulo 5 de 30

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Saladino

Capítulo IV

 

Salimos de Damasco por la puerta de Sudán. Estábamos en el mes de chumada I (abril de 1164), y el alba iba enrojeciendo el cielo detrás de las colinas. A la cabeza marchaban las oriflamas y la música armando un gran alboroto. Luego venía mi tío en su uniforme de gala recamado en oro, abriendo la marcha al frente de su guardia kurda y mil jinetes con el sable desenvainado. Montando su purasangre lujosamente enjaezado, era el «León de la Fe» y no le temía a nada.

A su lado cabalgaba Chawar en su atuendo de visir, que esperaba hacer valer muy pronto. ¡Inch’Alá! ¡Si Dios lo quería! Pues el asunto distaba mucho de estar resuelto. Teníamos que atravesar una Palestina repleta de ciudadelas erizadas de cruces. Y la ruta más segura, la que Chircouh había elegido, era la del desierto, ardiente y desprovisto de pozos. Nos seguían los camellos, que además de nuestra impedimenta y pertrechos, llevaban cientos de odres llenos de agua. Según una estrategia aprobada por el consejo de los emires, teníamos que viajar divididos en pequeños grupos, porque un ejército con todo su material de guerra desplegado, como lo aconsejaban la sabiduría y la prudencia, hubiera despertado el recelo del enemigo.

Avanzamos a marchas forzadas hacia las mesetas de Moab, siguiendo la orilla oriental del Jordán, al sur del Mar Muerto. Chircouh nos hizo girar hacia el oeste para cruzar el río y atravesar el Sinaí a toda marcha. Todo transcurrió sin incidentes. Dos semanas más tarde llegamos a las puertas de Bilbéis, edificada sobre el brazo más oriental del Nilo, sin haber visto ni la sombra de un «infiel». Cierto es que para despistarlos, Nour-ed-Din había lanzado sus tropas contra algunas plazas cristianas de Siria del norte, dándoles muchos más sobresaltos que nuestra pequeña caravana que aparecía aquí y allá, acampaba en silencio y volvía a perderse discretamente entre los arenales.

Cuando iniciamos el viaje me resistía tenazmente a mezclarme con esa soldadesca que se embriagaba cada noche imaginando las fabulosas fortunas que les aportaría esta misión. Cada cual contaba sus proezas pasadas, soñando sólo con posibles incursiones, botines y mujeres a las cuales eliminar de una buena cuchillada después de ultrajarlas. Y entre los emires ocurría lo mismo. Con palabras más altisonantes no hablaban sino de poder, honores, feudos y esos trofeos de guerra que al final pasaban a adornar sus harenes. Todo aquello me aburría. Yo no tenía tierras ni ambición. Esperaba la oscuridad de la noche para aislarme bajo las estrellas ante el maestro Todopoderoso y suplicarle con mis plegarias y ensalmos que me mantuviera en el «Camino» que conduce hasta Él.

No acertaba a comprender por qué Él me había lanzado a esta aventura. Yo no sentía ninguna afinidad con esos hombres rudos que no vivían sino para el lucro y mascullaban sus oraciones como una prueba de buen augurio. ¿Qué podía yo decirles? No se me ocurría nada y me encerraba en la indiferencia. Fingía una condescendencia bonachona y no abría la boca más que para dar órdenes muy secas a mis escuderos cuando quería cambiar de montura. A fuerza de darle la espalda a la vida militar, llegué a ignorar sus rituales. Cierto es que sabía manejar las armas y sacarle el máximo provecho a mi caballo en cualquier circunstancia, pero jamás logré plegarme a esa vida en común fundada en la disciplina y el respeto a la autoridad. Y en esa expedición a El Cairo, la autoridad la detentaba Chircouh. Aquel hombrecito bajo, gordo y tuerto, era un jefe nato. Su simple nombre hacía temblar a toda Siria. Su voz resonaba como un trueno y sus hombres se quedaban petrificados a su paso. En la etapa, sin embargo, y sin perder un ápice de su facundia y dignidad, compartía con ellos su sopa y sus bromas, haciéndolos reírse como niños. Sabía comprenderlos y podía pedirles lo que quisiera. Una frase de mi jeque me vino entonces a la memoria:

«Si hablas con el corazón, podrás avivar el fuego en los corazones de los otros. Y no hay nada que una más que el amor».

Un velo se desgarró ante mis ojos: Chircouh se expresaba con el corazón. A pesar de sus brusquedades, guasonería e impetuosidad, mi tío daba amor y sabía ganarse el de sus soldados. Hablaba su lenguaje, vivía sus vidas, y todos juraban solamente en su nombre, alabando su ya legendaria valentía. Una orden estalló en mi cabeza:

«¡Libérate de tu “yo”! ¡Cercénalo de un tajo!».

¿Sería para esto que el Todopoderoso me había enviado a El Cairo? ¿Me habría sacado acaso de mi capullo de luz y echado al foso de los leones tan sólo para hacerme ver que Él también estaba ahí? A partir de aquel día empecé a escuchar, observar y pisotear esa pequeña voluntad impaciente que se permitía rebelarse contra la Voluntad suprema. La convivencia con la tropa me fue enseñando a compartir y a ser humilde, mientras que Chircouh me aleccionaba en el oficio de ser caudillo.

—O dominas o eres dominado —me decía—. No hay otra opción. No lograrás lo que te propongas refugiándote en tus nubes de ilusiones y de ensueños. Tienes que endurecer el corazón, y a veces olvidar tu alma, sobre todo cuando veas tus manos teñidas de sangre. No se penetra a una mujer con una verga fláccida. De modo que anda metiendo acero en tus venas si te interesa esta vida de guerrero.

Yo me limitaba a asentir con la cabeza, convencido de que todo no pasaría de ser pura teoría. La marcha tuvo, sin embargo, un encanto adicional, y descubrí que el corazón de mis compañeros no era reacio a la poesía.

Todo cambió cuando nos acercamos a Bilbéis. La plaza estaba a la defensiva. El hermano de Dargham, el actual visir, nos esperaba con las tropas egipcias. Inquieto, mi tío le dijo a Chawar:

—Nos aseguraste que Egipto no tenía soldados, y resulta que hemos de enfrentarnos a un ejército formidable.

—No tengas miedo —respondió el visir depuesto—. La mayoría son sólo artesanos. El tambor los concentra y el garrote los dispersa.

Tomando entonces el mando de las operaciones, Chawar nos ordenó atacar cuando el calor arreciaba al máximo. Tal y como había previsto, los hombres de Dargham se habían despojado de sus armas para sentarse a la sombra. Aquello fue un sálvese quien pueda general. Causamos una gran mortandad e hicimos innumerables prisioneros. Pocos fueron los que lograron recuperar sus cabalgaduras y huir rumbo a El Cairo. Pero nosotros los seguimos pisándoles los talones y devorando el espacio a galope tendido, enardecidos por esa fácil victoria que nos daba la ilusión de ser invencibles. Pues ¿no acababa nuestro pequeño grupo de mil jinetes de aplastar al ejército

de Misr[20]? Desbordantes de temeridad, volábamos hacia el éxito que necesariamente nos aguardaba en el corazón de la capital y nos permitiría regresar a Damasco triunfantes y aureolados de gloria. El fragor de la batalla me había hecho olvidar mis pánicos infantiles y mis fobias de adolescente. Chircouh me había contagiado su entusiasmo y su energía. Después de haberlo detestado tanto tiempo, ahora lo admiraba y me solidarizaba con su causa. Yo no había perdido el sentido del deber, y tenía cierta idea de lo que significaba el honor.

Llegamos al pie de las murallas de El Cairo los primeros días de chumada II (principios de mayo de 1164). Tomado por sorpresa, Dargham intentó resistir, pero todos lo abandonaron. Había implorado ayuda al rey de Jerusalén, pero éste no le respondió por estar atareadísimo combatiendo contra Nour-ed-Din en el norte. El califa, recluido en su palacio, hacía oídos sordos a sus llamadas, y los habitantes de la ciudad también fueron desertando al presentir cambios inminentes. Y en cuanto a su ejército, la verdad es que no quedaba gran cosa: nuestros hombres acababan de aniquilar a los últimos escuadrones.

En vano oímos que ordenaba redoblar tambores y tocar trompetas para

escandir los [21] Ma-sha-llah de sus pregoneros. Nadie respondió. Desamparado, aunque muy consciente de su dignidad, intentó escapar a la cabeza de algunos súbditos fieles y fue asesinado. Chawar recuperó

fácilmente el poder. El califa El Aded lo obsequió con un [22] khilat que confirmó su título de visir y le otorgó una autoridad absoluta.

Permanecimos todo aquel tiempo al pie de las murallas de El Cairo. Habíamos cumplido con nuestros compromisos y esperábamos que el ministro cumpliera con los suyos. Pero las semanas transcurrían y no llegaba nada. Mi tío se irritaba con suma facilidad, maldiciendo el calor, el polvo y la incomodidad de nuestras tiendas. Chawar se mostraba evasivo y nos eludía, hasta que acabó intimándonos a volver a Siria. ¡Cómo liquidación de toda la deuda!

La rabia de Chircouh repercutió de un extremo a otro de la ciudad e hizo temblar el interior de los palacios. Se empezó a correr la voz de que el propio Nour-ed-Din iba a venir a la cabeza de su poderoso ejército para castigar al visir renegado. Yo, por mi parte, hubiera deseado que tal cosa ocurriese. Esa alma traidora merecía la muerte y, por primera vez, maldije a alguien. Aunque, pensándolo bien, ¿qué se podía esperar de un hereje? Para calmar la tormenta nos envió 30.000 dinares. Chircouh los rechazó. A Nour-ed-Din le tocaba recibir una tercera parte de las rentas de Egipto como compensación por nuestra ayuda militar, y no pensábamos retirarnos sin haber cobrado, aunque tuviéramos que devastar El Cairo.

Esta vez, el visir fue presa del pánico. Envió un mensajero al rey Morri suplicándole, como Dargham, que acudiese con sus fuerzas y expulsara a esos

«perros [23] de ghuzz», es decir, a nosotros. Nuestra red de espionaje funcionaba de maravilla y fuimos inmediatamente informados. Debo decir que, por lo que atañe a este asunto, mi tío había tenido un buen maestro en el atabeg Zengui. Él también tenía sus agentes y palomas mensajeras, y se enteraba de todo. Supimos entonces que, para atraer a los cristianos, el visir insistió en el peligro que los amenazaba si dejaban que Nour-ed-Din ocupase Egipto además de Siria, rodeándolos así por todas partes. Y para acabar de convencerlos les ofreció correr con todos los gastos del viaje, incluida la avena de sus caballos.

El asunto empezó a ponerse serio. Los emires rumiaban una y otra vez su indignación, y algunos hasta se permitieron sugerir que levantásemos el campo antes de la catástrofe. Chircouh los fulminó con su único ojo, al tiempo que distribuía los puestos de combate. Yo lo escuchaba con suma atención.

—Corremos el riesgo de vernos cercados —dijo.

Olvidando el peligro que suponía un ataque conjunto de los franjs y de los egipcios, yo sólo pensaba en el mejor método de resistir y de vencer. Las lecciones aprendidas en los campos de maniobras a la sombra de las murallas de Damasco me vinieron de pronto a la memoria, y sugerí que nos asegurásemos una posición de repliegue.

—Muy bien —dijo mi tío—. Ha hablado la sensatez.

Y me envió de inmediato a Bilbéis para establecer ahí nuestra base de retaguardia y un centro de avituallamiento. Era mi primera misión y me sentía bastante orgulloso cuando asumí el mando de mi destacamento. Chircouh confiaba en mí y no podía decepcionarlo. Sin embargo, la angustia me hacía un nudo en las entrañas. No tenía ninguna experiencia y el menor fallo podía costarnos la vida, si no el honor. Ya no tenía tiempo para meditar y pedí al Todopoderoso que me asistiera. En lo más hondo de mi corazón resonaba la voz del jeque: «¡Qué maravillosas son las sendas de Dios! En todo momento le da a cada cual lo que necesita».

En cuanto llegué a Bilbéis empecé a reunir las cosechas, el forraje, la leña y todo cuanto pudiera ser útil en caso de asedio. Me alié asimismo con los

habitantes de la ciudad, árabes de Kinana[24] que no entendían por qué algunos musulmanes pactaban con los cristianos en contra de otros musulmanes. Nos enteramos entonces de que Morri había iniciado el repliegue frente a Nour-ed-Din y se aproximaba a Fostat, cerca de El Cairo, para unirse a las fuerzas de Chawar. Para el rey de Jerusalén, el peligro mayor estaba en el sur. No podía permitir que los sirios ocuparan Egipto, país cuya posesión vendría a compensar ampliamente algunas ciudadelas perdidas en el norte. Se hallaba al frente de un poderoso ejército, engrosado por todos esos franjs recientemente llegados de ultramar que venían a peregrinar a sus lugares santos y no perdían la ocasión de batirse contra los «infieles», en este caso nosotros.

Mi tío y todas sus tropas vinieron a encerrarse en Bilbéis, donde yo los esperaba. Nuestra posición no era precisamente envidiable. Las defensas eran de tierra, no muy altas, y no había fosos ni antemuros. Sin embargo, pudimos resistir el asedio, que duró tres meses. Los ejércitos coaligados nos atacaban día y noche, sin tregua, pero no conseguían ninguna ventaja. Nuestras fuerzas menguaban, los víveres escaseaban y ya empezábamos a desesperar, decididos no obstante a combatir ferozmente hasta el final.

Pero hete aquí que un hombre logró deslizarse una noche hasta la ciudad y pidió que lo condujeran en presencia de Chircouh. Lo enviaba Nour-ed-Din y por todo mensaje traía una saca repleta de cabelleras y banderas de cruzados.

—Alá ha concedido la victoria a los musulmanes —anunció muy ufano.

Luego relató cómo el sultán, para salvarnos, había proclamado la yihad. Numerosos emires, así como también el poderoso ejército de Mosul, se

habían alistado bajo sus banderas. Había atacado Harem[25] y aplastado a Bohemundo de Antioquía, al cual se habían unido Raimundo de Trípoli y el rey de Armenia Thoros, así como un destacamento enviado por el emperador Manuel de Bizancio. En aquel momento se dirigía hacia Banyas.

—Hemos aniquilado a diez mil franjs —concluyó el mensajero—. El príncipe Bohemundo y el conde Raimundo son prisioneros nuestros.

Y extrayendo los trofeos apresuradamente, añadió las recomendaciones de su señor:

—Hay que exponerlos sobre las murallas. Eso bastará para aterrorizar a los franjs y sembrar el desaliento en sus corazones.

Se dieron órdenes precisas. Desde muy temprano pudimos constatar el efecto producido. La noticia del desastre había llegado al campamento de los «infieles». Nuestra macabra exhibición sembró el pánico. Empezaron a gemir y a lamentarse. Y vimos a Morri liar los bártulos, impaciente por retirarse. Sin duda quería llegar a Banyas antes que Nour-ed-Din. ¿Se quedaría Chawar solo ante nosotros? Prefirió negociar lo antes posible. Y tratando de hacer un buen papel, escribió a Chircouh:

 

Has de saber que si aún estás vivo es gracias a mí. Actúo así por dos motivos: primero, porque no quiero empañar el prestigio de los musulmanes y dar ventaja a los cristianos, y segundo, porque temo que en cuanto estén en posesión de Bilbéis, los franjs, envalentonados por el éxito, pensarán que la plaza es suya por haberla conquistado con sus armas. Por eso no dejo pasar un solo día sin enviar dinero a varios de sus jefes para que disuadan al rey y no se lleve a cabo el asalto.

 

Aunque no fuimos víctimas de su embuste, Chircouh aceptó la negociación. No podíamos aguantar más tiempo el asedio. Las conversaciones se efectuaron rápidamente y se llegó al siguiente acuerdo: a mi tío le ofrecieron 30.000 dinares y la total garantía de seguridad para él y sus soldados si regresaba a Siria en un plazo muy breve. Por su parte, los franjs se comprometían a volver a Palestina.

No resulta nada fácil abandonar una plaza sin haber conseguido la victoria. La satisfacción de salvar la propia vida y la de sus hombres no logra borrar el sentimiento de amargura que oprime el corazón del estratega. Su amor propio queda lastimado, cualesquiera que sean los honores que puedan rodear la ceremonia. Me acordé de nuestra rendición en Baalbeck y de mi padre conduciendo sus tropas con una dignidad admirable bajo la atenta mirada de Moïneddin-Ounour. Mi tío no le iba a la zaga. Para desfilar entre los dos ejércitos enemigos alineados en doble fila, hizo pasar a todos sus guerreros kurdos y turcomanos por delante: un cortejo perfecto cuya marcha cerraba él mismo. Muy erguido sobre su cabalgadura, con el bigote tembloroso y un intenso fulgor en los ojos, el general tuerto llevaba en la

mano un temible [26] khetaf. Él mismo protegía la retirada y era el centro de atención de todas las miradas. Escoltado por su intérprete, un franj de ultramar se le acercó y le dijo:

—¿No temes que egipcios y cruzados puedan olvidar sus promesas y lanzarse contra ti y los tuyos? No se salvaría uno sólo de vosotros.

—¡Pluguiera a Dios que lo hiciesen! —rugió Chircouh con su voz de trueno—. No veas cómo los recibiría. Por cada uno de los míos que mataran, mi espada y esta hacha que ves aquí provocarían una mortandad enorme. Y ninguno de los nuestros caería muerto sin antes haber matado a varios de los vuestros.

El cristiano hizo la señal de la cruz y desapareció. Al cabo de unas horas cabalgábamos ya rumbo al desierto, mientras que el ejército de Jerusalén se dirigía hacia el litoral. Una vez en camino, las lenguas se soltaron y cada cual trataba de olvidar el mal rato producido por esa partida bochornosa. Cierto es que no habíamos ganado, pero tampoco habíamos perdido, y nos alegrábamos de volver a nuestro país. Por su parte, Chircouh no paraba de lanzar maldiciones:

—¡Buena nos la ha hecho Chawar! Primero nos utiliza para recuperar su trono y luego manipula a los franjs para echarnos, y sin pagarnos un solo céntimo. ¡Pero ya tendrá su merecido!

La venganza es un manjar que se come frío, dice el proverbio, y el «León de la Fe» se tomaría su tiempo para lavar la afrenta sufrida y aniquilar al repugnante visir. Bajo su silla de montar llevaba un informe preciso y detallado sobre la situación de Egipto, sus fabulosas riquezas, su debilidad política, su aparato militar desproporcionado y sus oficiales corruptos. Él mismo había sobornado a varios y sabía que llegado el momento podría llegar a un acuerdo con ellos. Ya sólo faltaba convencer a Nour-ed-Din de que montase una vasta operación cuyo éxito estaba fuera de toda duda.

—Chawar es un vil esclavo —concluyó—, y su ejército no vale nada. Ya lo ves, Yusuf, Egipto es un país sin hombres. Y lo conquistaremos. Es inevitable… si Dios lo quiere.

Un explorador vino a interrumpir sus sueños de grandeza. En un desfiladero muy cercano, el señor de Kérak y de Chaubak nos aguardaba. Olvidando la promesa hecha en Bilbéis bajo juramento, se nos había adelantado pasando por Ascalón y quería tendernos una emboscada. Chircouh

desbarató su estratagema siguiendo otra ruta a través del Ghor[27], y al final llegamos sanos y salvos a Damasco, donde los poetas celebraron nuestro retorno con grandes cánticos.

Estábamos en el mes de Doul’midja 559 (fines de octubre de 1164). Un oblicuo sol otoñal besaba cúpulas y minaretes, y la perfumada brisa del atardecer acariciaba mis mejillas laceradas por la arena. Ya no era el mismo hombre después de aquel largo viaje, pero empecé a reconocer los olores y ruidos familiares y me dije que era muy grato volver a casa. Me habían enseñado a obedecer y a mandar. Había aprendido a combatir y había visto sangre. Sabía lo que eran el dolor y la pobreza, y también la violencia y la traición. Había encontrado herejes e infieles, y me preguntaba quién era Dios, quién era Alá y dónde se hallaba la verdad. Y una sura me vino entonces a la memoria: «Hay en la tierra y en vosotros mismos señales para los que creen

firmemente. ¿O es que no las veis[28]?».