Saladino

Geneviève Chauvel · Capítulo 25 de 30

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Saladino

Capítulo XXIV

 

Me sentía triste y desgraciado. Tras el maremoto de conquistas que nos había conducido hasta Jerusalén, esta derrota me escocía.

Una vez más pude constatar la relatividad de las cosas. A pesar de todas las apariencias, yo no era invencible. Dios me había abierto las puertas de nuestra ciudad sagrada, y ahora, ¿qué esperaba de mí? El Sahel no estaba completamente liberado. Los franjs iban a volver en gran número. Conservaban Tiro, y esta ciudad pesaba sobre mi conciencia. Los dedos de su istmo penetraban en mi carne para retorcer mi corazón. Todo se agarrotaba en mí y el miedo de perder nuestras tierras se instalaba en mis fibras. Por ahora no era más que un presentimiento sin ninguna base. Pero iba penetrando lentamente en mí. Poquito a poco, me iba corroyendo.

Veía la despreocupación de mis emires, que sólo pensaban en su propio provecho y habían regresado a sus hogares con un considerable botín y sus pecados borrados por la toma de nuestros santos lugares. Veía sobre todo la perfidia del califa, que me abandonaba cuando todavía no habíamos expulsado definitivamente a los invasores. Éstos conservaban aún las provincias de Trípoli y de Antioquía en el norte, más cuatro fortalezas en Palestina, y el diabólico «Al Marqués» había transformado Tiro en un bastión temible, que serviría de lugar de reunión para las flotas de Occidente. Nuestra tregua iba a ser de corta duración. En un billete confidencial, el emperador de Bizancio me previno:

 

El nuevo papa Gregorio ha enviado cartas a todos los príncipes de la Cristiandad.

 

Mis espías confirmaron estas amenazas. Unos hombres vestidos de negro se habían embarcado hacia los países de allende los mares. Y para explicar mejor la caída de Jerusalén, se llevaron en sus talegos dibujos que representaban a su Cristo flagelado por nuestro Profeta, así como a un musulmán que dejaba que su asno se aliviara sobre su Santo Sepulcro. Estos testimonios engañosos iban, sin lugar a dudas, a horrorizar a las poblaciones, a encenderlas de odio y a arrojarlas contra nosotros, con el corazón desbordante de violencia. Nadie les diría que no había habido ninguna masacre. Nadie les hablaría de mis ofrecimientos de paz y de mis bondades. Nadie les explicaría lo que representan para nosotros la «Roca» y Al Aqsa bendecida por el Todopoderoso.

—Vamos, padre, ¿para qué remover sombríos pensamientos? —me dijo un día El Afdal, feliz de haber recobrado su feudo y su harén—. Cuando llegue el buen tiempo, regresaremos, y Tiro caerá a las primeras acometidas.

—No lo creas, hijo mío. La oportunidad ha pasado y no he sabido aprovecharla. Cuando el ánade escapa, ya no vuelve.

—Nos batiremos con más energía y los muros se derrumbarán —añadió él con la fuerza de su entusiasmo.

—A veces, sabes, me arrepiento de mi generosidad —respondí con amargura—. Nunca debí permitir que tantos cristianos se reunieran bajo los pendones de ese lobo feroz. «Al Marqués» será peor que Arnat.

—Estás cansado —dijo entonces Djourdic—. Ya no ves lo que has conquistado en tan poco tiempo. Tiro no es más que una mancha que se borrará por sí sola.

¿Creían engañarme con sus ingenuas promesas? Corrían hacia sus placeres y ya no pensaban en el mañana. Yo refunfuñaba en mi rincón martilleando las siguientes palabras:

—Hubiera debido tomar el puerto antes que «Al Marqués».

Dominábamos ciertamente el resto de la costa, pero ante las poderosas flotas que anunciaba el enemigo, mi gran armada de Egipto se vería rápidamente desbordada. Los pensamientos más negros hervían en mi cabeza, mientras dábamos bandazos por una pista estrecha a orillas del mar. Los camellos, cargados con nuestros bagajes, pasaban por ella de uno en uno, aminorando nuestra marcha. Cuando vi las murallas de Acre arreboladas por el crepúsculo, me invadió de repente un sentimiento de pánico. ¿No intentarían los franjs un desembarco como ya lo hicieran en Alejandría y en Damieta? Entonces los rechacé. Pero aquí, ¿podría hacerlo? El terreno era distinto. La inmensa llanura festoneada de costas favorecía mucho al enemigo. Si tomaban Acre, estábamos perdidos y todos mis esfuerzos de los últimos treinta años serían vanos. Para impedírselo, sólo veía una solución: ¡arrasar la plaza!

Los ejércitos de Damasco y de Egipto aún estaban conmigo. No bien plantaron mi tienda frente a las murallas, celebré consejo y expuse mi idea:

—Vamos a suprimir la ciudad y el puerto, y a construir un bastión en Tell Qaimum.

Este punto, situado a trece leguas de Haïfa, cubría el eje norte-sur en las estribaciones del Monte Carmelo, así como la ruta este-oeste a lo largo del valle del Kishon. Varios emires estuvieron de acuerdo, pero la mayoría pusieron el grito en el cielo:

—¡Esto es una locura! Acre es la llave de los mares y el cerrojo de las tierras de la costa.

Eran mayoría y me dejé convencer. Por medio de una paloma mensajera llamé a Karakouch, cuyo trabajo en las murallas de El Cairo había sido notable y le di carta blanca para reforzar lo más rápidamente posible las defensas del mayor puerto de Palestina. Haciendo ascos a las espléndidas fiestas que mi hijo había organizado para distraerme, me pasaba los días haciendo caracolear mi caballo por las playas y las colinas de los alrededores. Un ejército de monstruos levantaba en el mar olas enormes que rompían rugiendo y batían la arena con rabia. En medio del ruido infernal, veía las olas innumerables y las multitudes cubriendo la tierra; oía los alaridos y el entrechocar de las espadas. Con el corazón en un puño, espoleaba a mi yegua y recorría el terreno para estudiar su configuración y las posibilidades tácticas. Me temía lo peor esperando no tener que vivirlo nunca, pero me perseguía un olor a sangre y a muerte que me helaba de espanto.

Una tempestad de nieve, acompañada de violentas borrascas, me obligó a abandonar mi tienda para refugiarme en la ciudadela que dominaba el puerto. Las semanas, entonces, se fueron sucediendo, laboriosas, en planear los asaltos y los apoyos, las astucias y las maniobras. También fijé la estrategia de mis próximas campañas.

—¿Por dónde empezar? —dije—. ¿Por el resto de la costa o por el interior?

—La costa me parece más urgente —respondió Djourdic—. Tendremos hombres y material. Basta con un plan preciso.

Mesándome la barba, sacudí la cabeza. La idea no me gustaba nada.

—Serán combates difíciles —repliqué— y habrá importantes bajas y escaso botín. Más vale atacar las fortalezas mal custodiadas del interior.

La actitud del califa para conmigo influyó en mi elección. Si él se desinteresaba de la guerra santa y sospechaba que yo quería liberar las tierras para repartirlas entre mi familia y extender mi poder, ¿cómo reaccionarían mis vasallos de más allende el Éufrates cuando los volviera a llamar?

—Continuaré la yihad —añadí—. No pueden negarse. Los seduciré con batallas fáciles y un beneficio seguro.

Cuando llegó la primavera, volví a Damasco donde no se me había visto desde la toma de Jerusalén. Una multitud delirante enarbolaba ramos floridos y banderolas hasta donde alcanzaba la vista, bailando y cantando a mi paso. Hice distribuir limosnas. Miles de cartas me esperaban en mi diván, felicitaciones llegadas de todas partes, y un mensaje alarmante: ¡una flota venida de Sicilia navegaba rumbo a Djobaïl!

Correos y palomas mensajeras partieron al instante. Toqué llamada a mis tropas con orden de reunirse conmigo cerca de Homs. Apenas si había tenido tiempo de entretenerme en mi harén y sentar en mis rodillas a mis hijos más pequeños. Al Fadil tomó la ruta de El Cairo con mis instrucciones, y un rápido matrimonio me permitió concluir una alianza útil para el futuro. Una hija de mi hermano El Adel se casó con el nieto de Kilij Arslan, el soberano de Konya, y este último se comprometió a cortarles el camino a los franjs si, por casualidad, alguno de sus ejércitos seguía los pasos de los primeros invasores. Mis peones estaban situados y yo galopé entonces hacia el frente norte.

El primero en llegar de todos mis vasallos fue el príncipe de Sindjar. No lo había vuelto a ver desde que me entregara Alepo, y quise celebrar el acontecimiento fastuosamente. Salí a su encuentro y me apeé de mi caballo para estar a su altura y poder abrazarlo. Lo recibí en mi tienda con gran ceremonial, entre pirámides de albaricoques de Damasco dorados por el sol, cuyos colores hacían juego con los de mis estandartes. Tras el festín se sirvieron sorbetes de nieve rociados con miel. A pie o a caballo, dimos vueltas en torno al lago, charlando sin fin de la situación política y de las maniobras militares. Mientras tanto iban llegando las tropas, unas tras otras, de todos los rincones de Mesopotamia y de Siria, y los agentes desfilaban secretamente por mi tienda, asegurándome que varias plazas en los principados de Antioquía y de Trípoli estaban dispuestas a rendirse. El asunto se presentaba bien. Iba a ofrecer a mis vasallos una nueva marcha triunfal como la que siguiera a Hattin. Íbamos a asolar esa costa para recibir a las anunciadas flotas como se lo merecían. Estábamos a comienzos de verano cuando un mensajero vino a decirme:

—Los sicilianos han echado el ancla en Trípoli.

La guerra santa recomenzaba. A una señal mía, un inmenso ejército en forma de media luna, cuyo centro ocupaba yo, se puso en movimiento hacia Occidente. De camino probé la resistencia de los jinetes, que era para nosotros como una espina en el gaznate y siguió siéndolo. Me pareció inútil malgastar mis fuerzas en un largo asedio. Otras plazas nos esperaban:

Tartus[176] se dejó tomar el viernes 4 de chumada (1 de julio de 1188). Una vez plantadas nuestras tiendas, nos pusimos a tomar la cena aún caliente de nuestros enemigos. Dejé Marqab, una fortaleza de los hospitalarios, inexpugnable en esa parte escarpada de la costa. Pero el viernes 18 de

chumada (15 de julio) Jabala[177] me abrió sus brazos. Luego le llegó el turno a Lattaquieh, que no pudo resistir más de una semana. El viernes 25 de chumada (22 de julio), sus pórticos de mármol y sus jardines nos pertenecían. Y cuando las sesenta galeras sicilianas que me acosaban desde Marqab vinieron a fondear a la entrada del puerto, yo era ya su dueño y señor. El almirante Margarit desembarcó vociferando contra los habitantes que no habían sabido detenerme. En su cólera, amenazaba con masacrar a todos los que cayeran en sus manos. Estos últimos, aterrados, se pusieron bajo mi protección pagándome un tributo, y el ruidoso siciliano solicitó una audiencia. Se la concedí. Se inclinó y besó el suelo antes de declarar pomposamente:

—Eres un sultán lleno de bondad y generosidad. Los males que has causado a los cristianos los han reducido a la humillación. Déjalos en paz y serán tus esclavos y combatirán bajo tus órdenes. Con su apoyo someterás ciudades y reinos. Pero, ante todo, hay que devolverles las ciudades que han perdido. De lo contrario, vendrán siete reyes de Occidente con fuerzas a las que no podrás resistir.

En términos corteses le respondí:

—Que vengan y sufrirán la misma suerte que sus hermanos: la muerte y el cautiverio. Alá nos ha ordenado que hagamos reinar la justicia sobre la tierra. ¡Y nosotros obedeceremos sus órdenes!

Aquél al que llamaban el «Rey del Mar» hizo la señal de la cruz y se retiró. Reinicié mi carrera tras el botín, el señuelo que mantenía la unidad de mi disparatado ejército. El viernes siguiente me encontraba ante Sahyoun, una fortaleza que pertenecía a los hospitalarios, situada en la prolongación de una montaña, al borde de un profundo valle. El único punto accesible estaba rodeado de un hondo foso de sesenta codos, horadado en la roca, que bordeaba un triple cerco de murallas. Mandé instalar todas las máquinas. Una hora después los soldados franquearon la primera muralla. A la puesta del sol, la plaza entera capituló y concedí a sus habitantes las mismas condiciones que en Jerusalén. Los tres viernes del mes siguiente tomé dos fortalezas a orillas del Orontes y la ciudad de Sarminiyah. Cada viernes estaba marcado por una brillante victoria y exclamé:

—¡Alá nos da la razón y nos envía a sus ángeles!

Y todos se alegraron citando nuestro proverbio:

—Una buena acción hecha en viernes redobla la recompensa en el paraíso.

Continué así, ocupando una tras otra todas las plazas fuertes del principado de Antioquía. La conquista más espectacular fue la de

Barzouyeh[178]. Se alzaba en lo alto de una enorme roca rodeada de elevadas y estrechas colinas que formaban a su alrededor un foso natural de quinientos sesenta codos. Parecía una operación imposible y todos mis emires retrocedían. A mí me gustaba el desafío y me empeciné. Hice colocar las máquinas y construir pasarelas de madera y unas escalas, y lancé el asalto. El príncipe de Sindjar hizo un primer intento, atravesó el puente levadizo y retrocedió. Entonces me lancé yo, con el sable desenvainado y vociferando:

—¡Alá Akbar!

Y me arrojé sobre los muros. El ejército me siguió repitiendo mi grito de guerra. Fui el primero en saltar dentro de la plaza, bajo la mirada aterrada de los habitantes que creían estar viendo al mismo diablo en persona. Se echaron de rodillas y pidieron el amán. Luego le tocó el turno a Derbessac, defendida por pescadores que no pudieron resistir más de quince minutos, y al castillo de Baghras, donde los templarios sólo contaban con sus personas para hacernos frente. Así llegamos a las lindes de Antioquía. Mis mamelucos sembraron la muerte hasta debajo mismo de sus muros, y Bohemundo, enloquecido, se aprestó a solicitar una tregua. Yo hubiera preferido una rendición por capitulación. La posesión de esta ciudad bien fortificada me permitía bloquear la llegada de refuerzos por tierra. Para ello hacía falta un asedio y los emires vasallos no querían. Tenían prisa por regresar a sus hogares y poder aprovecharse del enorme botín que habían acumulado a lo largo de estos tres meses de campaña triunfal. Ya habían combatido bastante y soñaban con celebrar su gloria en la dulzura perfumada de sus harenes. Además, el príncipe de Sindjar, Koukbouri y otros potentados de Mesopotamia no veían ninguna razón para tener que mostrar mayor celo en añadir a mi poderío una ciudad que no amenazaba su seguridad en sus lejanas provincias. La indisciplina reinaba entre sus filas. Ésta se había manifestado ya en diversas ocasiones en el transcurso de los últimos asaltos y yo no podía iniciar una operación tan seria sobre arenas movedizas. Me entrevisté, pues,

con Bohemundo a comienzos del mes de saban[179] y le concedí una tregua de ocho meses. Me devolvió todos los prisioneros musulmanes que tenía en su poder y se comprometió a entregarme Antioquía al finalizar el plazo si, en el ínterin, no recibía refuerzos.

«Está completamente aislado y difícilmente podrá rehacerse», me dije a mí mismo. «La conquista de esta plaza sólo queda aplazada».

Cada uno regresó a sus tierras hasta la siguiente estación. Mi hijo Al Zaher me retuvo en su feudo de Alepo, donde las fiestas se sucedían. Como perfecto anfitrión que era, se mostró tan generoso con mis soldados que acorté mi visita para que no se arruinara. Luego fue Hamah, en donde Taki-ed-Din quiso rivalizar en gracia y fasto mediante espléndidos festines, iluminados con mil velas. Proliferaban los músicos y las bailarinas. Perfumadas de almizcle y benjuí, las noches discurrían al ritmo de flautas y tamboriles, y yo me abandonaba en los cojines de seda, sintiendo que la paz era dulce bajo las estrellas de Oriente.

Pero el enemigo estaba aún a nuestras puertas. Era cierto que había perdido un considerable terreno. Pero poseía tres ciudades junto al mar: si Antioquía estaba aislada, Trípoli y Tiro estaban preparadas para recibir a todas las flotas del mundo. Yo había vuelto a ver a doña Sibila, que me lo había confirmado. Ese día, ella estaba más que nunca en deuda conmigo. En Barzouyeh, yo había tratado con indulgencia a su hermana que era la castellana del lugar, y en muestra de agradecimiento me desveló todos los secretos:

—Desde que lo liberaste, el rey Guy se pasea entre Trípoli y Tiro. El Gran Maestre, Gérard de Ridefort, lo acompaña. Contrariamente a las promesas que te hicieron bajo juramento, siguen en Palestina y toman las armas contra ti. Guy ha podido reunir a doscientos jinetes y se ha presentado como soberano ante «Al Marqués», quien lo ha echado con insultos. Tenaz como una mala hierba, nuestro antiguo monarca renueva sus tentativas y amotina de nuevo a sus partidarios para hacer reconocer su legitimidad real.

—¿Tiene alguna posibilidad? —le pregunté en tono sarcástico.

—En Tiro ya no quieren al vencido de Hattin —respondió ella—. Pesa sobre él toda la responsabilidad del hundimiento de los cristianos de Siria.

Sonreí al escuchar estas palabras que venían a confirmar mis previsiones. Yo había liberado a mi real prisionero para sembrar la división entre nuestros enemigos, y lo había conseguido. La guerra entre las facciones iba a reanudarse y nos daría tiempo para reforzarnos. Entré en Damasco antes del ramadán, y cuando mis consejeros me incitaron a licenciar a mi guardia durante este mes de ayuno y de oración, les repuse:

—La vida es demasiado corta y su término es incierto. Los franjs tienen aún en su poder Safed, Kaoukab, Kérak y Chaubac. No debemos abandonar las armas antes de que estas cuatro plazas hayan sido sometidas. Están situadas en medio de nuestras nuevas provincias. Si nos desentendemos de ellas, nos arrepentiremos.

Algunos días más tarde, mi hermano Al Adel entró en tromba en mi diván voceando:

—Han caído Kérak y Chaubac. ¡Todas las tierras de allende el Jordán son nuestras!

Desde que habíamos tomado Jerusalén, varios cuerpos de tropas egipcias habían rodeado estas dos plazas que por fin se habían rendido, presionadas por el hambre. La ruta de nuestras caravanas estaba al fin despejada.

Di un salto de alegría y exclamé:

—¡A caballo! ¡Adelante hacia Galilea!

Rodeado de mi Salahiyah y del ejército de Egipto, partí al galope. Olvidé el ramadán, la lluvia, el fango y el frío. Quería Safed y Kaoukab antes del final del invierno. Estas fortalezas eran nuestros últimos puntos negros en Palestina. En la primera, los templarios, al andar escasos de víveres, capitularon el 14 de chawal (6 de diciembre de 1188), tras un mes de asedio, bajo los incesantes disparos de nuestros almajaneques que golpeaban de día y de noche. La guarnición se rindió con honores de guerra y pudo alcanzar Tiro.

Subí entonces a asaltar Kaoukab, que estaba tan alta sobre su montaña que la llamábamos el «Castillo de la Rosa de los Vientos». Los hospitalarios que la ocupaban habían decidido resistir hasta el final. No conocían mi tenacidad.

El invierno hacía sentir todo su rigor. Las nieves cubrían los montes, los valles resonaban por el ruido de las aguas, los torrentes desbordados lo arrastraban todo a su paso y transformaban el campo en un mar de lodo. El viento arrancaba las tiendas; los mulos se caían, los caballos se atascaban. Pero nuestras máquinas golpeaban sus muros sin descanso, abriendo anchas brechas en ellos, y los zapadores avanzaron. El 15 de doul’kadeh (5 de enero de 1189), la plaza capituló. Yo era el dueño y señor de toda Palestina.

Licencié a mis hombres y me volví hacia el Adel:

—Ahora poseemos todo el antiguo reino de Jerusalén. Nuestras santas mezquitas son el único lugar donde puedo dar gracias al Todopoderoso por todos Sus favores.

—Te acompaño —me dijo.

Llegamos allí para la fiesta del Sacrificio y las oraciones fueron dichas en el Domo de la Roca. Di gracias a Alá y Le ofrecí mis victorias sobre los enemigos del Islam. La voz del katib resonó:

—Si perecéis o caéis en defensa de la fe, pensad que la misericordia

divina vale más que las riquezas que hubierais amasado[180].

Y terminó su sermón con este versículo: «Tal vez un día Dios haga reinar la concordia entre vosotros y vuestros enemigos. Es poderoso, indulgente y

misericordioso[181]».

De regreso a la ciudadela me pregunté si tendría la suerte de vivir ese bendito día. Por ahora las noticias eran alarmantes, y escribí a mi hermano Tughtikin que se encontraba en el Yemen:

 

Los franjs no se consolarán de nuestras victorias. No son más que perros que ladran. Si no los rechazamos por todas partes a la vez, se volverán perros rabiosos. ¡Sabed que nuestros hermanos de Alejandría, el emperador de Constantinopla y los musulmanes de África nos anuncian que los franjs de Occidente se aprestan a reavivar el fuego de los combates y ya desenvainan la espada! Las cohortes impías se dan cita, ¡que Alá las desbarate! En cuanto a nosotros, lucharemos por Alá con todas nuestras fuerzas.

Hoy pedimos ayuda a nuestro hermano. ¡Que venga sin demora con su ejército y su dinero! ¡Démonos prisa, démonos prisa! Pues si el Islam no está presente ya en Siria, pronto dejará de estarlo también en el Yemen. ¡Ánimo! Sólo los grandes hombres están llamados a hacer grandes cosas. Sólo los hombres de honor descienden a la arena. Con sólo quererlo, Alá nos convertirá en vencedores sobre una multitud mayor, aunque no fuésemos más que un pequeño número. En efecto, ¿cómo podría Dios abrirnos tantas fortalezas para luego arrebatárnoslas, cómo podría poner bajo nuestras órdenes a un ejército tan grande para luego desbaratarlo?

 

El Adel regresó a El Cairo e hice un trecho del camino con él. Pusimos a punto los últimos detalles de nuestra estrategia para la próxima campaña.

—Estoy inquieto —le dije—. Ha corrido el rumor de que los franjs quieren atacar a la vez Egipto y Siria.

—No temas, voy a reforzar Damieta y Alejandría.

—Por mi parte —añadí—, espero el final de la tregua para tomar Antioquía, pero voy a enviar a Taki-ed-Din contra Trípoli e iré a prestarle ayuda cuando Tughtikin esté aquí para vigilar nuestras ciudades conquistadas.

Nos separamos en Ascalón, donde pasé algunos días para inspeccionar las defensas, poner un poco de orden y dejar instrucciones precisas con objeto de redoblar las fortificaciones, reunir armamento y provisiones.

Luego subí a lo largo de la costa, pasando revista a todas nuestras posiciones y ordenando a cada una de ellas que se preparara para el combate. Baha-ed-Din ibn Cheddad me acompañaba. Había observado sus dotes de diplomático en la solución de nuestros conflictos con Mosul, y aceptó ponerse a mi servicio como consejero. Cabalgábamos por la playa. Llovía a cántaros. Bajo el cielo surcado por los rayos de la tormenta, el mar embravecido levantaba en la orilla barreras de espuma que iban a romper en los cascos de nuestras monturas. Aspiré el viento de alta mar y le confié:

—Mira, si Alá nos facilita la conquista del litoral, repartiré mis Estados entre mis hijos y mis lugartenientes. Luego partiré a través de este océano de isla en isla, para perseguir a los infieles hasta que no quede sobre la faz de la tierra ni un solo descreído. ¡Haré esto o moriré!

Me miró estupefacto y repuso:

—¡Oh sultán! Tú eres el sostén y la protección del Islam. No debes arriesgar tu vida.

—¿Cuál es la forma más bella de morir? —pregunté entonces.

—Morir por la causa de Dios.

—Pues bien, el único fin de mis deseos es morir de la forma más bella.

Acre se perfilaba a lo lejos. Ya no dudaba entonces de que iba a batirme allí durante más de dos años, más allá de todo sufrimiento, en nombre de nuestro Dios Todopoderoso. La ciudad, construida en una especie de istmo, estaba rodeada en sus dos terceras partes por el mar, por el oeste y por el sur, donde se encontraba el puerto protegido por dos poderosas torres, la Torre de las Moscas y la Torre Maldita. Al norte y al este, unos muros la aislaban de la llanura. Se estaba trabajando. Karakouch estaba allí con sus máquinas. Puse a su disposición un gran número de cautivos para reparar las brechas, reconstruir las torres y redoblar las murallas con una hilera de temibles fortificaciones, rodeadas por un foso. Comprobé el estado de los arsenales y almacenes, aumenté los efectivos y conversé con los oficiales de la guarnición y de la flota. Allí, más que en otras partes, había que ponerse en pie de guerra.

El primero de safar de 584 (15 de marzo de 1189), ya estaba de regreso en Damasco y retomé mis actividades de sultán: los divanes diarios, los tribunales de justicia dos veces por semana y las audiencias. Un dignatario de la corte de Bagdad vino a presentarme finalmente los respetos del califa. Para corresponderle, hice que le llevaran algunas pruebas de mi obediencia: la cruz de oro arrancada de la cúpula del Domo de la Roca, la corona del rey Guy, perfumes y un grupo de prisioneros cristianos con las armaduras y cabalgaduras que tenían en el momento de su captura. En un comunicado confidencial, le informé de los redobles de tambor y de los gritos de venganza que llegaban hasta nosotros de allende los mares. Una multitud de pueblos se ponían en marcha con sus príncipes, obispos y patriarcas. Venían a combatir el islamismo para obtener la remisión de sus pecados. Y, para financiar esta expedición, se recaudaba por doquier un diezmo al cual habían dado mi nombre: el «Saladillo». El conde Enrique, un embajador del rey de los

almans[182], vino a Damasco trayendo una carta que no se andaba con rodeos:

 

FEDERICO, EMPERADOR DE LOS ROMANOS SIEMPRE AUGUSTO, MAGNÍFICO, VENCEDOR SOBRE LOS ENEMIGOS DEL IMPERIO, A SALAH-ED-DIN, CAUDILLO DE LOS SARRACENOS

 

Puesto que habéis profanado la Tierra santa que nos pertenece, es nuestro afán imperial y nuestro deber castigar una tan criminal audacia, y advertiros que, si no devolvéis las tierras que son cristianas, iremos a correr con vos la suerte de las armas por la honra de la cruz. La Historia antigua y moderna debe haberos enseñado que todas las provincias de Oriente están sometidas a nuestro dominio. No lo ignoran esos reyes que tiñeron de sangre las espadas de los romanos, y pronto sabréis vos mismo por experiencia de lo que son capaces nuestras águilas victoriosas, nuestras cohortes compuestas por diferentes naciones. Sufriréis la furia de esos teutones que toman las armas incluso en tiempos de paz: los borgoñones, los bávaros, los loreneses, los austríacos, los lombardos, los sajones que juegan con la espada, los frisones hábiles lanzando el venablo, los bohemios que saben morir riendo, los polacos más feroces que las bestias de sus bosques. Y, finalmente, el día señalado por el triunfo de Cristo os enseñará que aún podemos desenvainar y manejar la espada, aunque, según vos, la vejez ya nos haya abatido.

 

Tras haber leído este ultimátum, dirigí una sonrisa al diplomático cristiano y lo traté de acuerdo con nuestras leyes de la hospitalidad. Al día siguiente le hice llegar mi respuesta, acompañada de diversos presentes:

 

AL MUY ILUSTRE FEDERICO, NUESTRO SINCERO AMIGO, REY DE LOS GERMANOS

En nombre de Dios misericordioso…

Mencionáis a reyes, príncipes, condes, arzobispos, marqueses, caballeros, y a varias naciones que deben atacarnos junto con vos. Sabed que esta carta no podría contener el nombre de todos los diferentes pueblos que integran nuestro Imperio. Ningún mar, ningún obstáculo pueden retrasar su marcha. Están listos para enrolarse bajo nuestras banderas. Tenemos incluso actualmente con nosotros a esos soldados con los que hemos conquistado tantos países. Si osáis venir con esa multitud que nos anuncian vuestra carta y vuestro embajador, lejos de temeros, iremos a vuestro encuentro y Alá, por su supremo poder, nos concederá la victoria.

Entonces cruzaremos nosotros mismos el mar e iremos a destruir vuestro reino. Pues sabemos que para formar este gran ejército, despoblaréis vuestros Estados y no dejaréis en ellos a ningún defensor. Nada impedirá que nos adueñemos de ellos, tras haberos vencido en Palestina, por la gracia del solo y único Dios.

Si queréis la guerra, y si Dios ha decidido vuestra ruina en sus decretos eternos, venid, que nosotros iremos a vuestro encuentro. Si queréis la paz, ordenad a los gobernadores de Tiro, Trípoli y Antioquía que nos abran sus puertas. Con esta condición os devolveremos vuestra cruz, liberaremos a vuestros cautivos, permitiremos que uno de vuestros sacerdotes permanezca en el templo de la Resurrección, os restituiremos vuestros monasterios, trataremos bondadosamente a vuestros frailes, permitiremos a vuestros peregrinos visitar la ciudad santa y mantendremos con vosotros una paz inviolable. Dado en el año 584 de la hégira (1189) por la gracia de Dios; que Él conceda la salvación al muy ilustre sultán, victorioso, defensor de la palabra verdadera, reformador del mundo y de la ley, rey de los musulmanes, servidor de dos ciudades santas y de la santa casa de Jerusalén, padre de los vencedores, Yusuf, hijo de Ayub.

 

La guerra santa iba a reemprenderse con renovada fuerza. Las hordas teutónicas, armadas hasta los dientes, harían temblar pronto el suelo de los Cárpatos. Sin demora, mis correos salieron volando hacia Asia Menor y Bizancio para estrechar nuestros pactos de alianza. Al igual que el sultán de Konya, el emperador Isaac prometió una amistad eterna, en virtud de la cual haría todo cuanto estuviera en sus manos para entorpecer el avance de Federico, pero de una forma hábil y prudente, por medio de múltiples conciliábulos que le permitieran guardar ciertas apariencias. En prueba de sus aseveraciones me ofreció la catedral prometida, y yo di carácter oficial a la cesión del Santo Sepulcro, así como a la libre entrada en los Santos Lugares cristianos a los bizantinos.

Una delegación imponente de emires, imanes, cadíes y devotos se puso en camino hacia Constantinopla, llevando mil obsequios suntuosos para el soberano, un púlpito y un ejemplar del Corán, magníficamente iluminado dentro de su estuche labrado en oro y plata. Iban a tomar posesión de la futura mezquita y a consagrarla con fasto y solemnidad. Así glorificado hasta las riberas del Bósforo, Alá no permitiría a sus enemigos invadir las tierras de la Verdadera Fe.

No me quedaba más que blandir mi sable para acabar de conquistar lo que aún no lo había sido.