Saladino

Geneviève Chauvel · Capítulo 4 de 30

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Saladino

Capítulo III

 

En cuanto lo vi, el nuevo señor me fascinó. Sus sobrias vestimentas contrastaban con las de los emires y cortesanos enriquecidos, como nosotros. Con su espigada silueta de asceta, sus dulces ojos y una barba que sólo le cubría la barbilla, Nour-ed-Din se asemejaba más a un profeta que a un sultán. Su autoridad no requería en modo alguno ropajes recamados de oro ni sofisticados turbantes de seda bordada. Emanaba de todo su ser a través de ese mirar profundo que posaba en las personas, de la dignidad de su porte y de ese modo tan suyo de alzar la mano para responder a las aclamaciones de la muchedumbre como si quisiera bendecirla. Se decía de él que era justo y bueno, humilde y generoso. Y era cierto. Inspiraba confianza y esperanza: al pueblo que veía en él a un protector y un apoyo, pero también a todos los que, como yo, buscaban una razón para vivir en esos tiempos enturbiados por la guerra, la corrupción y la lujuria. Necesitábamos un nuevo impulso, un ideal. Yo tenía dieciséis años y había encontrado un héroe. Era un hombre sencillo, que decía a cada cual lo que le convenía. Como persona piadosa que conocía bien sus textos sagrados, había adoptado como lema esta sentencia de Mahoma: «El gobernante justo es la sombra de Dios y Su misericordia sobre la tierra».

Rodeado de cadíes, ulemas, jurisconsultos y hombres de letras, estudiaba, decidía y ordenaba. La felicidad de su pueblo era su máxima preocupación, y su primer acto de gobierno consistió en suprimir varios impuestos. Supo recompensar con largueza a los que habían defendido su causa y contribuido a consolidar esa extraordinaria victoria: Alepo y Damasco estarían unidas en lo sucesivo, y el sueño de Zengui, cuya sortija él llevaba como un talismán, quedaba así realizado. Mi tío recibió dos hermosos feudos en el norte y su mandato fue ampliado a todos los ejércitos de Siria. Mi padre fue nombrado gobernador de la ciudad y obsequiado con una inmensa posesión en la llanura de la Ghoutta. Ambos eran los únicos emires que tenían derecho a sentarse en presencia del soberano sin solicitar su permiso. Y yo tuve el privilegio de ser recibido en la corte y de poder codearme con ese hombre excepcional, que en más de una ocasión cambiaría el curso de mi vida y me serviría de ejemplo, más aún que mi propio padre.

Escucharlo era para mí un placer indecible: estaba impresionado por su sabiduría y su dominio de la «ciencia del hadith». A su lado redescubrí a los «maestros» sufíes y aquella doctrina que había moldeado mi infancia. Y de pronto me di cuenta de la falta que me hacía. Desde que partimos de Baalbeck me había dejado llevar por los vientos como una hoja muerta y no sabía ya dónde posarme. No buscaba cubrirme de gloria en los campos de batalla, y prefería la tranquilidad de nuestros palacios y el frescor de nuestros jardines. En compañía de varios jóvenes intelectuales que manejaban la rima a guisa de espada, vivíamos de poesía, de música y de todos esos placeres que nos ofrecía el Todopoderoso y de los que es bueno disfrutar cuando aún no se tiene veinte años. Para entretenernos íbamos a acosar al león en las colinas, perseguíamos gacelas con leopardos adiestrados a este efecto, o cazábamos avutardas con magníficos halcones traídos especialmente de Constantinopla. Por la noche, bajo un cielo constelado que tocaba nuestras cabezas, reanudábamos nuestras conversaciones sobre la existencia y la no existencia, el porqué y el cómo, el infinito y Dios. ¡Cuántas palabras asfixiadas por los sables y que no aportaban ninguna conclusión ni esclarecían misterio alguno! ¿Cuál era el secreto del mundo y la razón de ser del hombre? ¿Quería Dios la violencia que nos rodeaba? ¿Por qué nos imponía tantos sufrimientos y crueldades, tanta injusticia y tanta miseria? ¿Era ésta Su ley o la de los hombres? ¿Dónde encontrar la Verdad que nos indicara el camino a seguir? La duda y la incertidumbre me torturaban en un grado tal que ya no sabía en qué creer, aunque seguía rezando por temor a sumirme en el absurdo de la nada. Recitando el Corán, mantenía viva la esperanza de obtener una respuesta algún día.

La obtuve en el palacio de Nour-ed-Din. El sultán nos había invitado a una de esas veladas que tanto le agradaban. Rodeado de literatos, alfaquíes y pensadores, se ponía a hablar de religión, analizaba, disecaba y comparaba; luego recitaba la oración antes de despedirnos y retirarse. Aquella tarde, el azar me instaló cerca de un jeque sufí que, llegado el momento, emitió su parecer:

—El mundo es relativo y no ha habido creación. No hay sino el advenimiento del Ser.

Me incliné hacia él y le pedí que me explicara esa frase.

—Encierra uno de los grandes misterios —me dijo—. Algún día, Inch’Alá , tú accederás al Ser. Serás la gota de agua que deviene océano.

Sus ojos me traspasaron mientras añadía:

—Tú no eres la causa de nada y no puedes elegir. Dios es Todopoderoso. ¿Crees que tú mismo has elegido sentarte ahora a mi lado? Algo ha hecho que pudiéramos estar juntos esta tarde. ¿Qué o quién? Cuando lo sepas, estarás en el comienzo de la «Vía».

¿Cuál de los dos había ido hacia el otro? Me sonrió y puso su mano sobre la mía. Una extraña fuerza se apoderó de mí e incliné la cabeza en señal de aceptación. Alá me había enviado un «guía» para llevarme hacia el camino que conduce a Él.

—Sólo existe Dios —dijo antes de desaparecer en la noche—. Nosotros somos sus actores en el escenario que construyó para verse a sí mismo.

Desde el día siguiente empecé a ir a su casa para iniciar el aprendizaje de la espiritualidad, impaciente por penetrar en ese mundo misterioso y privilegiado que, me decía a mí mismo, da acceso al «Conocimiento». Por entonces no me daba cuenta de lo que esto suponía en cuanto a disciplina, rigor consigo mismo, humildad y mortificación. Romper la cáscara para sacar la almendra.

—El principio esencial es la Unidad de Dios —decía el jeque—. Cuando sabes esto, todo lo demás te es dado. Haz de Dios una realidad y Él te hará verdad.

Prepararse para ver al Altísimo cara a cara es todo un arte. El arte de permanecer alerta en todo momento a fin de estar listo para percibir el mundo real cuando llegue el día.

—Sólo puedes despertarte si lo quieres —continuaba el jeque—. Y entonces comienza a actuar sobre ti mismo. Poda todo lo superfluo, lo malo y lo artificial y no te quedes sino contigo mismo: quién eres y aquello que eres. Indaga sin cesar en tu auténtica naturaleza. Mas no para ti mismo. Si desarrollas tu «yo» tendrás sólo una «ilusión». Y mientras vivas en el espacio de tu «yo» no lograrás ningún cambio real. Debes trabajar sobre ti mismo con miras a algo más grande que lo que pueda asimilar el espíritu. Sólo entonces podrás decir que estás haciendo algo útil y constructivo.

¿A qué tipo de trabajo se refería? ¿A qué cambio real? Decía que era preciso romper la cáscara, es decir, romper la propia conciencia para descubrir la verdadera identidad. Yo no estaba muy seguro de comprender el significado exacto de todas esas palabras, pero deseaba ardientemente obtener un resultado, por pequeño que fuera, y me sometía a los ejercicios. El primero y más importante era la respiración. Una respiración lenta y controlada que permitía expulsar los pensamientos, hacer el vacío. No saber ya nada y saber que no se sabe nada. Olvidarse a sí mismo hasta convertirse en una mota de polvo.

—Piensa en el viento —me decía el jeque—. Transporta todo aquello cuya liviandad le permite desprenderse de la tierra: el perfume de las flores, las hojas que caen de los árboles y las semillas que, gracias a él, encuentran un terreno en el cual echar raíces. Venimos a este mundo por un soplo y por un soplo salimos de él.

Sentado en un banco, la espalda muy recta, yo centraba mi atención en el movimiento de mi pecho que subía y bajaba al ritmo lento de mis inspiraciones y espiraciones. Y una sensación de bienestar iba sustituyendo poco a poco a mi cuerpo, al tiempo que una corriente fresca empezaba a fluir por lo que eran mis extremidades hasta darme la impresión de estar flotando.

—Olvídalo todo —decía el maestro—. Deja morir lo que piensas de ti para que nazca aquello que eres realmente. Y así verás tu alma.

Cerraba los ojos y dejaba de sentir la gravedad para luego ascender por una espiral de luz. No tenía cuerpo y flotaba en un nimbo de serenidad que se expandía dentro de mí como una fuente de miel. Dios es amor, decían los sufíes de Baalbeck. ¿Era aquello el amor? Nunca había sentido antes la emoción que experimenté en ese instante. Volví en mí, deslumbrado y perplejo, y le conté todo a mi guía, que me dijo entonces:

—La vida debería ser un acto de amor. No te dejes dominar por tus pasiones, pero sí atrévete a vivir con pasión. Pues mientras no hayas amado intensamente, no podrás comprender a Dios.

Revivía las caricias intercambiadas con otros muchachos, Diab y algunos compañeros, cuando la savia subía en la primavera de nuestros cuerpos. Respondíamos a esos deseos carnales que nos abrasaban, impulsados por una naturaleza exuberante que nos embriagaba con sus suspiros, olores y perfumes. ¿Había amado yo intensamente? ¿Qué significaban esas palabras, y qué era el amor? Pensaba en mi infancia atormentada por un padre que no me quería o quizás no sabía manifestar sus sentimientos hacia mí. Los únicos recuerdos de amor provenían de mi madre, que seguía acogiéndome cálidamente pero ya no me entendía y más bien me abrumaba con sus reproches. Quería que me casara, pero yo rechazaba sistemáticamente a todas las bellezas ornadas de estupendas dotes que ella iba descubriendo y con las cuales confeccionaba listas interminables. No quería ser marido ni padre, sino un siervo de Alá. Sólo Él sabía amar y yo tenía que hacer grandes esfuerzos para olvidar mi propio «yo» y poder diluirme en la infinitud del amor divino.

Fui alejándome cada vez más del mundo y sumergiéndome en un universo de luz y de oración, en busca de ese éxtasis sublime que sería el encuentro con el Único. Tal era mi obsesión, mi único deseo, y no escuchaba los vientos de violencia que soplaban por nuestra ciudad y las comarcas aledañas. Cartas y poemas circulaban por madrasas y cuarteles, mientras que en las mezquitas los religiosos pronunciaban violentos discursos incitando a los creyentes a

empuñar las armas para seguir al «Gran [15] Muyahid» al servicio de Alá. Bajo el control absoluto de mi padre, la campaña psicológica seguía su curso. Nos había permitido conquistar la capital siria, y los oradores recorrían la ciudad de un extremo al otro exclamando:

—¡Damasco, Damasco, ya va siendo hora de reconquistar Jerusalén!

Durante este tiempo mi tío Chircouh solía reunir a sus oficiales para atizar el fuego de la venganza.

—Ha llegado el momento de aniquilar a los invasores —decía—. Nunca como ahora han estado en una posición tan vulnerable.

Era cierto que el segundo envío de refuerzos había sido diezmado y los sobrevivientes habían vuelto grupas sin poder hacer nada. El prestigio militar

de la cristiandad estaba muy afectado. Ya no quedaban sino los [16] pulani

atrincherados en los bastiones que aún poseían[17] y que habían podido conquistar porque los príncipes árabes estaban a la sazón muy divididos. Gracias a Dios la actual situación no era ya la misma, clamaban por doquier. Nour-ed-Din había unificado Siria, mientras del lado cristiano andaban todos a la greña. Los cristianos se disputaban las distintas zonas de influencia, y su codicia ahogaba los impulsos místicos de los primeros tiempos. Nuestro ejército, en cambio, había sabido aprovecharse de la situación. En menos de dos años había reconquistado las plazas más grandes de la Siria septentrional. Y ya iba siendo hora, en efecto, de recuperar Jerusalén.

Sin embargo, Nour-ed-Din no acababa de decidirse, y Chircouh se lamentaba al no entender las dilaciones de su «colega en soberanía», como se complacía en llamarlo. Jefe de los ejércitos y brazo derecho del sultán, creía detentar la mitad del poder. De ahí a ejercerlo completamente no mediaba sino un paso que él estuvo dispuesto a dar cuando Nour-ed-Din, de visita en Alepo, cayó víctima de un ataque de disentería. Pasó el señor cerca de un año entre la vida y la muerte y se desesperaba de poder salvarlo. Y un buen día se presentó Chircouh en nuestra casa y entró como una tromba hasta donde mi padre y yo estábamos conversando. Borboteaba, resoplaba y escupía al tiempo que cortaba el aire con potentes sablazos.

—El sultán sólo es un moribundo —explicó vehementemente—. Es una magnífica ocasión para ocupar su puesto. El ejército está de mi parte.

El miedo me dejó petrificado. ¿Acaso tenía derecho a trastrocar el orden establecido y apoderarse de algo que pertenecía a otros?

—¿Quieres ser nuestra perdición? —rugió mi padre.

Fue sin duda la primera vez que lo vi perder su compostura. La cólera lo había hecho palidecer, aguzando aún más sus rasgos. Saltó sobre su hermano, al que le llevaba una cabeza, y lo agarró por el cuello rugiendo:

—Vete más bien a Alepo. Si Nour-ed-Din se recupera de su enfermedad, llegarás a tiempo para hacerle la corte a tu manera.

Cuando lo hubo soltado y recuperó su sangre fría, añadió en un tono más tranquilo:

—Si muere, ¡aquí estoy yo para entregarte Siria!

De no mediar la sensatez de mi padre, hubiéramos conocido una vez más la desgracia y el exilio, aunque ahora sin un Zengui que nos acogiera. Chircouh entró en razón. Y para afianzar su reconciliación, los dos hermanos se volvieron contra mí, abrumándome con toda suerte de advertencias y reproches. Mis túnicas de algodón rugoso y mis sandalias de mendigo los deshonraban. Sin esos disfraces ridículos yo también podía, como ellos, ser un buen creyente, un devoto. ¿Para qué llevar las convicciones a ese extremo? Dios no exigía tanto. Tampoco aprobaban mis nuevas orientaciones ni mi pertenencia a aquella cofradía, que consideraban sospechosa e incluso peligrosa porque me aislaba de la influencia familiar y me inducía a la práctica de meditaciones que destruían mi salud. Por último, me conminaron a poner punto final a esos escarceos y ocupar un puesto acorde con mi dignidad en los ejércitos de Siria. Imperturbable, yo los escuchaba y los veía agitarse como los bufones de la corte, y sus palabras se deslizaban a mi lado sin tocarme. Se interesaban por mí porque había descuidado los deberes propios de mi rango, pero tampoco me ofrecían nada para compensar la felicidad interior que me embargaba cada día al socavar una parcela de mi «yo». Además, ¿quiénes eran ellos, el glorioso general y el digno gobernador, a los ojos del Todopoderoso? Sin duda dos personas no más importantes que el pequeño Yusuf, y sin ningún derecho a juzgarlo ni a ponerle trabas. Alá me guiaba hacia Su amor y yo obedecía. Sólo en Él tenía puesta mi confianza. En 558 (1163), un acontecimiento inesperado vino a turbar mi quietud y a alterar el transparente curso de mi vida. Chawar, el visir de Egipto, hizo su entrada en Damasco. Destituido y expulsado de su país, había atravesado los desiertos a galope tendido para buscar refugio junto a Nour-ed-Din. Hubo una gran conmoción en la corte. El ministro de un califa chiita venía a suplicar a nuestro soberano, suní, que le prestase un grupo de gente armada para que lo acompañase de vuelta a El Cairo y lo ayudase a recuperar su cargo.

Hacía ya dos siglos que Egipto estaba en manos de una dinastía de califas heréticos fundada en 296 (908), cerca de Kairouan, por un impostor llamado Abou Mohamed Obeïdallah, que pretendía descender de Mahoma a través de Fátima. Supo imponerse al pueblo, fundó un reino y se arrogó los títulos de califa e imán. Sus sucesores, que se jactaban de haber nacido del matrimonio de Fátima con Alí, fueron llamados «fatimíes» o «alidas». Adeptos de la Chiah, esperaban al Mahdí, que, según creían, era la reencarnación de Alá. Los califas abasíes de Bagdad, defensores de la Suna, se contentaron por entonces con lanzar maldiciones contra esos usurpadores que defendían sus derechos con las armas en la mano.

En poco tiempo los fatimíes conquistaron Cerdeña y Sicilia, instalándose en El Cairo. Egipto era rico, y sus califas se entregaron a los placeres y al desenfreno, dejando poco a poco sus responsabilidades en manos de sus visires, que acabaron por hacerse con el poder. El aspirante al cargo de visir sublevaba a las provincias, entraba en la capital, asesinaba a su predecesor y obligaba al califa a otorgarle la investidura.

Y es lo que, en su momento, había hecho Chawar. Siete meses antes, este

ex esclavo que había llegado a ser gobernador de Qous[18], llegó a El Cairo a la cabeza de un ejército, degolló al visir Razik y se apoderó de sus bienes y de su cargo.

—Me había humillado —decía para justificarse—. Y quise vengarme.

Pero un tal Dargham, Guardián de la Puerta y de la Milicia, antiguo protegido de Razik, quiso a su vez vengar a su antiguo señor y derrocó al usurpador Chawar, ocupando su puesto. En el término de un año, el antiguo imperio de los Faraones había cambiado tres veces de gobernante.

En medio de una silenciosa muchedumbre, Nour-ed-Din escuchó pacientemente las declaraciones del visir depuesto, que se lamentaba de su suerte y la de Egipto, cuyas fabulosas riquezas no podían dejarse en manos de un simple «comandante de batallón».

—Concédeme apoyo militar, por favor —le imploró—. Correré con todos los gastos y te daré como tributo la tercera parte de las rentas de mi país.

La ambición se apoderó una vez más de Chircouh. Sus sueños de gloria y de conquistas adquirieron una nueva dimensión.

—Egipto es un tesoro inestimable —explicaba en reuniones secretas que empezaron a multiplicarse—. Su gobierno se tambalea y debemos apoderarnos de él sin tardanza. Siria, entonces, será invencible y ya nada podrá impedirnos expulsar a esos «perros cristianos».

Mi padre se mostraba de acuerdo y añadía que los franjs también lo codiciaban. Habían tomado Ascalón para aproximarse y aguardaban el momento oportuno para invadir el país. Ellos también sabían que poseyendo el Nilo se dominaba el Oriente. Y si se nos adelantaban, Siria estaría perdida. Yo escuchaba distraídamente y hacía mal. Las pasiones se exacerbaban. La excitación crecía. Chircouh rumiaba múltiples estrategias y empezó a organizar una expedición que, no dudaba, el sultán acabaría aceptando.

Éste analizó la situación. La verdad es que sentía por Chawar una estima limitada. Pues si bien este antiguo esclavo había sabido elevarse por sus propios méritos al rango de gobernador de provincia, también era cierto que no había vacilado en asesinar a un hombre respetable y a toda su familia para satisfacer sus ambiciones. Le repugnaba la idea de ayudarlo. Sin embargo, sabía que poseyendo Egipto podría tomar Jerusalén, que era el punto clave de cualquier estrategia. El asunto parecía tanto más atractivo cuanto que no le costaría nada y más bien le aportaría nuevos recursos. No obstante, también veía los peligros. Una vez restablecido en su cargo, el visir podía olvidar sus promesas. Además, el trayecto que seguiría la escolta estaba lleno de emboscadas. Los franjs se hallaban en Ascalón y tenían en su poder la ruta de El Cairo, que habrían ocupado tiempo atrás si el gobierno del califa no hubiera decidido pagarles un tributo anual de 60.000 dinares para que no siguieran avanzando. Y fue entonces cuando la noticia estalló como un

trueno. Aprovechando la caída de Chawar, Morri[19], rey de Jerusalén, había avanzado hacia Bilbéis, en el delta del Nilo, con el pretexto de reclamar lo que era suyo.

Esta vez el juego era muy claro. Nour-ed-Din palideció de rabia mientras mi tío, con el rostro congestionado, rugió que ni hablar de abandonar Egipto a los cristianos. Felizmente, la suerte no los favoreció. Bilbéis se alzaba sobre un brazo del Nilo y el río estaba en plena crecida. Los habitantes sitiados sólo tuvieron que romper unos cuantos embalses y los «portadores de la cruz», rodeados por el agua, volvieron a su reducto. La alerta había sido rápida, pero el peligro seguía siendo inminente. Nour-ed-Din se apresuró a ceder a los ruidosos reclamos de su general, que recibió el encargo de reinstalar a Chawar en su trono de visir y la misión secreta de examinar la situación general en el país de los herejes del Islam. Mi tío me mandó llamar y me dijo:

—¡Yusuf, vendrás conmigo!

El viaje tenía sus incentivos, y las mezquitas de El Cairo albergaban a varios reputados pensadores con los que podría entrar en contacto. Los riesgos eran, no obstante, grandes. Acechantes en sus fortalezas de Kérak y Chaubak, que dominaban nuestra ruta, los franjs no dejarían pasar la oportunidad de abalanzarse sobre nosotros y entablar una lucha sin cuartel. La guerra me asustaba y rehusaba obedecer. Tanto más cuanto que esa expedición alteraba mis planes. Por entonces Damasco atraía a numerosos letrados y jeques de distintos lugares del mundo. Venían de Mosul, de Samarcanda, de El Cairo y hasta de Córdoba y Sevilla. Y nosotros acudíamos presurosos a la gran mezquita de los Omeyas para escuchar sus discursos. Precisamente se anunciaban los del venerado Aby Asroun de Bagdad, y no me los quería perder por todo el oro del mundo. En mi cofradía esperábamos también a un grupo de sufíes llegados de Turquía. Con el mayor secreto debían enseñarnos otro modo de conocer el éxtasis y elevarse hacia Alá: girando sobre un pie. Egipto y todos sus herejes podían irse al diablo. No veía qué utilidad podía tener acompañar a un criminal a los lugares de su crimen.

Mi tío no lo entendía así. Yo tenía veintiséis años y ya era tiempo, decía, de hacer de mí un hombre, es decir, un guerrero, un muyahid, y no un místico perdido en sus contemplaciones. Loco de dolor y de rabia fui a ver a mi jeque, que me tomó la mano y me dijo con voz dulce:

—Siempre llega un momento en que, absorbidos por la presencia de Dios, el amor nos colma de tal manera que aceptamos todo cuanto nos es dado, pues sabemos que nos llega de la Fuente única de Todo.

Sin pensarlo más, me subí de un salto a mi caballo y seguí mi destino rumbo a El Cairo.