Saladino
Capítulo I
Cuando vine al mundo, una noche del año 532 de la hégira (1137), los adivinos, preocupados, menearon la cabeza y se lamentaron. Los augurios no eran favorables y mi destino se perdía en una nebulosa incierta. Sin embargo, nací al abrigo de los gruesos muros de una fortaleza rodeada de profundos fosos, con torres que caían a pico sobre el Tigris y a las cuales se accedía por una escalinata secreta tallada en la roca. Mi padre era el gobernador y la guarnición tenía a raya a nuestros belicosos vecinos. Todo parecía a punto para asegurarme un porvenir venturoso.
El azar, sin embargo, no lo había decidido así. Esa misma mañana llegó una terrible noticia de Bagdad. Una orden del visir, el poderoso Bihrouz, desterraba a mi padre de su ciudadela y lo obligaba a abandonarla lo antes posible. Antes del amanecer, decía la sentencia. ¡De lo contrario, las cabezas rodarían!
Desde los subterráneos hasta las almenas se iniciaron de inmediato los preparativos para partir cuando el sol se pusiera. Y en ese momento, en el harén, a mi madre le entraron los dolores del parto. El desconcierto cundió por patios y aposentos, y todos se prosternaron implorando la misericordia de Alá. Como tardaba en presentarme, el que menos piafaba y pataleaba de impaciencia, condenándome a las peores gemonías —el abandono y la muerte — si por casualidad se me ocurría ser mujer. Pero tuve el buen gusto de nacer varón y hacerlo muy a tiempo para abandonar dichos lugares antes de la hora fatal. No bien me hubieron puesto en mantillas y entre los brazos de una criada, me llevaron a ver a mi madre en una litera cargada por dos dromedarios. Un grito ronco dio la señal y nuestra caravana se adentró en el desierto. En dirección al norte. Hacia Mosul.
¿Me había maldecido Alá enviándome al mundo en un día tan aciago? Tal era la pregunta que todos se hacían, y los astrólogos que nos seguían interrogaron a las constelaciones para descubrir qué le tenían reservado a este hijo de un jefe nacido en el caos de una partida impuesta como represalia, sin tambores ni trompetas, entre la barahúnda de arcones acerrojados a toda prisa, alfombras enrolladas y un estentóreo ¡Yallah! que dio la señal de partida hacia una inmensidad oscura, horadada en un rincón del horizonte por el fino perfil de un cuarto creciente.
En otros tiempos —y hasta el día anterior— hubieran celebrado mi llegada como lo manda la tradición entre los notables. Al son de las flautas y
tamboriles habrían festejado, cantado y bailado… El [1] dizdar, mi padre, hubiera repartido limosnas y regalos. Los poetas habrían rivalizado componiendo dulces versos en loor del descendiente de tan noble tribu, y los especialistas en preparar horóscopos hubieran hecho gala de mayor esmero a la hora de trazar el rumbo de una vida iniciada bajo mejores auspicios. No obstante, la angustia había sido tan intensa que el pequeño perturbador que era yo en ese momento fue recibido y venerado como un salvador. Me
pusieron por nombre Yusuf[2]. Y luego, tal como lo prescribe la costumbre, añadieron un sobrenombre: Salah-ed-Din, el «Unificador de la Fe».
¿Conocía mi padre el poder mágico de las palabras cuando me asignó estos dos nombres? Más tarde me contó que los había lanzado al azar, según se le ocurrieron, sin sospechar ni un instante que, al elegirlos, había orientado las líneas de un destino que gobernaría mi vida hasta el final. En lo más hondo de mí mismo yo deseaba ser Yusuf, un hombre anónimo y modesto, apacible y sin historia. Pero Salah-ed-Din vino a suplantarlo. Y tras mil y un desgarrones, me vi obligado a acatar la voluntad divina. Al insuflarme vida, el Todopoderoso había decidido hacer de mí su Unificador.
Por entonces, mi padre y los suyos necesitaban unificar sus corazones dispersos y confusos. La brutal sentencia que acababa de golpearlos había arruinado su naciente fortuna. Y el culpable no era otro que mi tío Chircouh, que, incapaz de controlar la violencia de su temperamento, había atravesado con su espada el cuerpo de un funcionario de justicia que se atrevió a plantarle cara. Su crimen había desatado la cólera del visir, que decretó el destierro de todo el clan. Nos vimos, pues, condenados a una vida errante y llena de incertidumbres, agravada esta vez por ese insoportable sentimiento que acompaña a toda desgracia: la vergüenza. Pues nos habían expulsado de la plaza fuerte donde, unos años antes, mi abuelo Chadi ibn Marwan había encontrado refugio gracias a la protección de aquel mismo visir de Bagdad,
que era ahí el amo absoluto. Se habían conocido en Dovin[3], ciudad de la Pequeña Armenia. Bihrouz no era entonces sino un esclavo griego, y mi abuelo lo ayudó a entrar al servicio de un príncipe selyúcida de Persia como preceptor de sus hijos.
Antes de proseguir mi relato, debo precisar que soy kurdo, descendiente de los Rawwadiyé, una de las más nobles y antiguas tribus kurdas instaladas en el Azerbaiyán occidental. De mis antepasados no sé gran cosa a partir de mi bisabuelo Marwan. En cuanto a Dovin, nuestra cuna, fue en el siglo X la capital de esa Pequeña Armenia que también se ha dado en llamar Armenia Interior. Cuando, dos siglos más tarde, mi padre y mi tío nacieron en uno de sus suburbios, la ciudad había perdido gran parte de su brillo y prestigio anteriores. Las miradas se volvían ya hacia Tiflis. Y mi abuelo Chadi empezó a inquietarse por el porvenir de sus hijos, aunque en 524 (1130) lo tuvo todo muy claro: los turcos invadieron Dovin y asesinaron al príncipe reinante, Fadlun III, y a todos sus aliados, entre los que nos contábamos nosotros. La salvación estaba en la fuga para los míos, que sólo tuvieron tiempo de ensillar sus cabalgaduras y escapar hacia el sur.
Tuvieron que abandonarlo todo: tierras, bienes y criados. Y tal como ahora lo hacíamos nosotros bajo el cielo constelado de una noche de invierno, cabalgaron por montes y desiertos en busca de un mejor destino, siguiendo el camino de Bagdad. La fama de esta deslumbrante metrópoli llegaba a todos los países circundantes, eclipsando a ciudades rivales como Damasco, El Cairo e incluso Sevilla. En ella residía el califa, el Emir de los Creyentes, lo cual la convertía en una ciudad religiosa. Mas no por ello dejaba de ser propiedad de un príncipe selyúcida, el sultán Muhamad, hijo del gran Malik Shah. Su fastuosa corte reunía lo más granado que podía ofrecer Oriente en materia de refinamiento, inteligencia y cultura. También tenía aquel príncipe un poderoso ejército y sabía recompensar el valor de sus guerreros. Ahora bien, ¿qué posee ante todo un kurdo si no es fuerza física, resistencia, valentía y un sentido caballeresco del honor? Y a Chadi y sus hijos les sobraban. No estaban hechos para los juegos del serrallo, las zalemas ni los cotilleos del diván. Engalanados con sus exóticos atavíos, caracoleaban por el zoco empuñando el sable, que hace entrar en razón aún más que las palabras. Pero aquella vez se dirigieron al palacio. Mi abuelo quería ver a Bihrouz. El otrora esclavo se había convertido en el hombre fuerte de Irak. En recompensa a sus buenos servicios como educador le habían encomendado el gobierno de Bagdad. Y en nombre del sultán Muhamad, padre de su anterior amo, ejercía el poder y la autoridad.
En Oriente, las leyes de la amistad son sagradas y a menudo comparables a los lazos de sangre. Tras intercambiar varios besos y abrazos, el visir escuchó a mi abuelo con benevolencia al tiempo que observaba con ojo de conocedor a los dos hombres en ciernes que lo escoltaban. Muy pronto detectó en el mayor, mi padre, más prudencia y menos ambición que en el menor, cuya cara colorada revelaba su sangre caliente. Y, no sin ironía, hizo un comentario al respecto. No se equivocó. Siete años más tarde, los hechos acababan de darle la razón. Seguidamente explicó que a unas cuantas
parasangas[4] de allí poseía la plaza fuerte de Takrit y que necesitaba un hombre competente para comandarla. Nombró, pues, dizdar a su viejo amigo y le pidió que se hiciese cargo de la ciudadela lo antes posible.
Mi abuelo murió al poco tiempo de llegar. Y allí reposa para siempre en su mausoleo. Mi padre, Nedjm-ed-Din Ayub, «Estrella de la Fe», le sucedió en el cargo. Era el hijo mayor, y Bihrouz aprobó ese último deseo de su difunto amigo. Tanto más cuanto que el joven dizdar, hombre juicioso, prefería el diálogo y la concertación a los implacables sablazos que preconizaba su hermano, «León de la Fe», cuyo iracundo carácter justificaba con suma frecuencia un sobrenombre que pronto se haría célebre.
La familia conoció entonces días felices, y se constituyó el clan de los
ayubíes. Mi padre se casó con una iraquí «de gran tienda[5]», una Al Harimi, que le dio dos hijos antes de traerme al mundo, urgida por un temor que la cólera de su irritable marido acrecentaba todavía más. El dizdar Ayub aborrecía los contratiempos, y mi nacimiento no le hizo gracia. En el colmo de la impaciencia me vio llegar como un mal presagio. ¿Sería acaso para conjurar el destino que me impuso el sobrenombre de «Unificador de la Fe»? Cuando me llevaron a su presencia en mi triunfante desnudez y con las enhorabuenas del caso por su nuevo heredero, apenas si me miró y se unió a sus hombres exclamando:
—¡ [6] Ramdulillah!
Para él sólo contaba una cosa en aquel momento: salir de Takrit antes del amanecer. ¡Ramdulillah!, en efecto, ya se podía empacar el último obstáculo.
Más tarde me revelaron que, en aquel preciso instante, él me daba sólo unas cuantas horas de vida. Yo era, en su opinión, una cosa pequeña, endeble y demasiado frágil para resistir las penurias e incomodidades de un largo viaje a través del desierto helado. No puedo decir que recuerde todo aquello, pero es indudable que algo me ha quedado. Era un bebé enclenque y delicado. De niño rehuía la brutalidad y el menor grito me sobresaltaba. Prefería la tranquilizante ternura de los aposentos de mi madre. E instintivamente rechazaba a aquel tío demasiado gordo y rubicundo que intentaba aguerrirme por todos los medios. Creo incluso que inconscientemente lo odiaba por habernos obligado a huir como culpables.
¡Cuántas veces me contarían, más tarde, aquella larga marcha a lo desconocido! Lentamente, la caravana se iba desgranando a la sombra de las colinas. Ovillado contra el seno de mi madre, bajo el forro de su pelliza bordada, yo no sentía el frío que asaeteaba a los jinetes y blanqueaba la arena. Varios vigías galopaban sin cesar de un extremo a otro de la columna, dando la alarma a la menor señal sospechosa. Y es que nos hallábamos a merced de los salteadores y los lobos.
Nos dirigíamos a Mosul. Así lo había decidido mi padre. En medio de nuestro infortunio, era el único lugar donde podríamos hallar una acogida honrosa. El amo de esa ciudad, Imad-ed-Din Zengui, fundador de la dinastía de los atabegs de Eraco, nos adeudaba un servicio que le había permitido salvar su dignidad, y tal vez su vida. Los hechos ocurrieron mucho antes de mi nacimiento, el año 526 (1132) para ser exactos. Zengui, cuyo sobrenombre significaba «Pilar de la Fe», ejercía el poder sobre gran parte de Mesopotamia y de Siria, donde acababa de conquistar la provincia de Alepo. Por desgracia para él, se había involucrado en una guerra que dividía a los selyúcidas, sus soberanos, tomando partido por uno de ellos contra el ejército del califa, que apoyaba al clan rival. Hubo una batalla en un lugar no lejos de Takrit y Zengui fue derrotado. A la cabeza de sus tropas vencidas, se replegó hacia nuestra fortaleza, donde mi padre lo acogió y le facilitó después la retirada, proporcionándole víveres y barcas para atravesar el Tigris. Al actuar de ese modo, el dizdar Ayub jamás se imaginó que pronto podría reclamar una recompensa a cambio de su gesto.
Las puertas de Mosul se abrieron de par en par para recibirnos. El amo de la ciudad no se había olvidado. Instaló a mi padre y a mi tío en los más altos cargos, y les dio trabajo en sus ejércitos, donde ambos no tardaron en distinguirse. El atabeg Zengui no paraba de combatir. Los enemigos abundaban en torno a sus estados: los selyúcidas de Persia, como ya he dicho, los ortóquidas, los burides de Damasco, los kurdos del Diarbékir y de Irbil y,
sobre todo, los franjs[7], esos invasores venidos de Occidente que, bajo el pretexto de liberar la tumba de su Cristo, el profeta Jesús, se apoderaban de nuestros territorios, riquezas y esclavos. Él empezó a hablar de «guerra santa», gritando por doquier que haría retroceder a esos «perros cristianos» hasta el mar. Pero para dirigir su yihad con todo el éxito deseado le hacía falta Damasco, el corazón de Siria, donde podría unir todas sus tropas y lanzarlas en un ataque de gran envergadura contra un frente inmenso e irresistible.
Mi padre lo siguió a Siria, dejándonos en Mosul a mi madre y a mí, así como a mis dos hermanos. No sabía cuánto tiempo estaría ausente, pero tampoco se preocupaba en absoluto por nosotros. Zengui había organizado un sistema de protección para las mujeres de sus soldados, poniéndolas a salvo de cualquier vejación en ausencia de sus maridos. Y su autoridad jamás fue transgredida. Habitábamos una casa de piedra y barro en el campo militar, al pie de las murallas. En el jardín, que dominaba el Tigris, crecían un naranjo y un limonero. Y mi madre hizo plantar también rosales de tiernos colores que cuidaba con gran amor, mirando en la otra orilla del río el bosque de eucaliptos que se perdía en lontananza. Fue allí donde aprendí a caminar, a decir unas cuantas palabras y a pronunciar ese nombre de Alá que, cinco veces al día, se elevaba de los minaretes como una ola melodiosa e inundaba la ciudad.
Esto duró dos años. Dos largos años de ternura entre el olor tibio y perfumado de sedosas vestiduras, arrullado por una voz clara que nunca me abandonaba. Fui creciendo en una atmósfera de dulzura y serenidad, al ritmo de las risas y los cantos que jalonaban nuestras jornadas. Descubrí mis primeros horizontes en torno al rostro de aquella que me había dado la vida, que sería para siempre mi origen, mi faro y mi universo. Mi padre parecía no existir. Yo aún no había oído el timbre de su voz ni el ruido de sus pasos. Hasta el día en que todo cambió bruscamente. Unos jinetes armados vinieron a buscarnos para conducirnos muy lejos, a las montañas, al otro extremo de Siria. El atabeg Zengui había conquistado en torno a Damasco algunas plazas fuertes que luego le servirían de puntos de apoyo para lanzar el asedio final contra la capital siria. Una de ellas, Baalbeck, se la había confiado a mi padre, que debería asumir el mando. Nada más instalarse en sus nuevas funciones, el dizdar Ayub nos mandó llamar a su lado.
Cuando por fin pude verlo, aquel padre desconocido me causó pavor. Llevaba unos voluminosos gorros de seda y unas vestiduras galoneadas de oro que obstaculizaban cualquier contacto físico. Sólo se desplazaba rodeado de guardias, al son de trompetas, címbalos y cornamusas. Un elemental respeto hacia su dignidad impedía actuar de otro modo. Todos se inclinaban a su paso y temían disgustarle. Me pellizcó la mejilla, asombrado de encontrarme con vida. Yo rompí a chillar, aterrado, y me escondí en el regazo de mi madre. Con ella volví luego al lugar destinado a las mujeres en la ciudadela, separado del de los hombres por un patio plantado de naranjos. Fue ahí donde la vi llorar por primera vez. Cuando tuve edad para comprenderlo, supe la causa. Tal y como se lo permitían nuestras leyes, mi padre tenía una segunda esposa. Y por si esto fuera poco, hacía venir jóvenes esclavas para amenizar sus noches.
Sin embargo, mi madre enjugó pronto sus lágrimas. Siendo ella la que había concebido a los tres hijos mayores, ejercía la soberanía absoluta sobre una legión de concubinas, matronas y criados que obedecían sin chistar las órdenes que iba desgranando como las notas de una melodía. Con un arte sin igual, sabía mandar empleando el tono de voz justo y creando una atmósfera de paz y armonía. Yo me pasaba horas enteras contemplándola y escuchándola, atento al menor gesto, a la menor palabra, a cada una de las sonrisas que iluminaba su hermoso rostro de tez lechosa y llegaba hasta mí como desde un panal de miel. Su ternura era inagotable y para mí no había mayor placer que sentir el calor de su regazo, la suavidad de sus manos sobre mi mejilla o la frescura de sus labios junto a mi oreja. Murmuraba palabras tranquilizadoras, ahuyentaba mis temores y serenaba mi corazón. Y así me fue formando poco a poco, introduciendo en mi alma esas pequeñas semillas que harían de mí un hombre y un buen creyente. Yo era su juguete preferido, pero entre todas esas caricias y dulzuras aprendí también la humildad ante el Todopoderoso, invisible y omnipresente, cuya misericordia es infinita para quien sabe inclinarse y ofrecerse con las manos abiertas.
Crecí en la ciudad de Júpiter Heliópolis, a la sombra de los templos y de la Acrópolis, al abrigo de las gigantescas murallas que circundaban la aglomeración. Alrededor sólo se veían fértiles campos, vergeles y huertos. Numerosos viñedos orillaban las colinas, entre los molinos y las norias, y las casas sonreían desde sus jardines de mil colores que embalsamaban el aire del atardecer.
Mi padre, como buen gobernador, hizo construir una mezquita y un convento para un grupo de sufíes cuya mística lo había seducido. Era un hombre religioso y se tomaba a pecho el seguir la tradición de sus maestros selyúcidas, para los que el desarrollo de la cultura y la religión corría parejo con la conquista de nuevos territorios. Yo admiraba su prestancia y elegancia. Pero aún me intimidaban sus impresionantes atuendos, sus gestos solemnes y su caminar afectado. ¿No era acaso el hombre más importante de la provincia? Yo lo observaba con un temeroso respeto, convencido de que, cuando muriera, su rígido cuerpo iría a reunirse con las estatuas de los emperadores que adornaban los pórticos y las columnatas. Había que esperar la tarde, cuando ya había descansado un poco, para verlo por fin libre de sus galas y vestido con sus sencillos pantalones kurdos. Después de la oración, que hacíamos juntos, nos llevaba, a mis hermanos y a mí, a las caballerizas, a fin de familiarizarnos con los caballos antes de hacer de nosotros jinetes dignos de nuestros antepasados.
Tenía siete años cuando todo sufrió un cambio radical. Dejé el emplazamiento de las mujeres para reunirme con mis hermanos Chahan-Chah y Touran-Chah en la zona de los hombres. A partir de entonces, el tiempo de las caricias quedó limitado a las visitas cotidianas que le hacía a mi madre. Como lo exigían nuestras costumbres, ya no volví a ver sus cabellos de azabache que ella cubría con un velo en mi presencia, mientras las otras mujeres del gineceo se volvían para ocultar el rostro. Por entonces empecé a odiar esa pequeña excrecencia de una parte de mi cuerpo que había provocado este cambio al adquirir volumen. La sentía como un desgarramiento que me corroía y sublevaba. Era el ser más infeliz de la tierra y deseaba morirme. A mi alrededor no sentía sino brutalidad y aspereza. No se hablaba más que de luchas y proezas. Cada cual cultivaba sus músculos para ser el más fuerte, el más veloz y el más intrépido, y exhibía como título de gloria el número de cabezas cortadas al enemigo. Hablaban ruidosamente, gritaban y se desternillaban de risa. Mi enclenque cuerpo sólo provocaba comentarios hirientes. Me palpaban y evaluaban entre mofas y pullas brutales. ¿Qué cabía esperar de un frágil esqueleto capaz de quebrarse al primer golpe? Mis hermanos eran grandes y fuertes para su edad. Ya sabían combatir y prometían hazañas. Mi padre los mimaba y alentaba. Para mí, en cambio, no había sino miradas llenas de fastidio.
Mis maestros me enseñaban la obediencia y la disciplina, y tuve por compañero de juegos al hijo de un esclavo. Se llamaba Diab, el lobo, y, como este animal, tenía unos curiosos ojos de un gris deslavado y un rostro triangular. Era de mi edad, me servía y me seguía a todos lados. Era mi paño de lágrimas, mi confidente. Con él podía hablar antes de dormirme. Teníamos los mismos pesares, los mismos temores ante la vida, las mismas incertidumbres, y no comprendíamos muy bien los extraños cambios que se iban produciendo en nuestras anatomías. Los ejercicios de la guarnición formaban parte de las distracciones cotidianas, pero vivíamos en paz en nuestro nido de águila. La guerra se quedaba en las llanuras. Mi tío Chircouh, que seguía al atabeg, nos traía los ecos. Mis hermanos se extasiaban y aplaudían, impacientes por seguirlo. Acurrucado en el fondo de un sofá, yo escuchaba en silencio.
Mi gran felicidad fue la escuela coránica. La veía como un refugio de paz dentro del mundo brutal que me rodeaba. Antes de leer y escribir, teníamos que saber de memoria los versículos de nuestro Corán y nos pasábamos horas enteras entonando las sagradas frases:
«¡La illaha illa’llah, Mohamadur Rasulu’llah! No hay más divinidad que Dios. Y Mahoma es su profeta».
También nos enseñaban gramática, las galanuras del estilo y la sintaxis, y algo de retórica y de poesía. Mas pronto me atrajo la teología y mi padre me envió con sus amigos sufíes, muy contento de colocarme en algún sitio. ¡Como yo no estaba hecho para la guerra, me entregaba a Alá! Para mí fue una revelación. Los nuevos maestros hablaban de amor:
—Dios es amor —decían—, y sin amor no hay nada. Vosotros decís que creéis en Dios, pero ¿dónde está vuestro amor por Él? Orad de todo corazón y dad gracias sin cesar por todo lo que os ha sido dado.
Insistían en la importancia de las abluciones que nos purifican de cualquier mal pensamiento antes de la oración. Nos enseñaban a despreciar lo terrenal para dirigir nuestra alma hacia lo único que permanece: el Ser Divino. Olvidar nuestra mezquina voluntad por otra más grande, la de ese Dios único cuyo nombre, «¡Alá!», repetíamos como un ensalmo al infinito.
—Si estáis atentos y os despojáis de vosotros mismos —decían los maestros— podréis escuchar Su respuesta. Os llegará de más allá del más allá, como el sonido de la Esencia Divina: Hou. Yo soy el que es. ¡Allah Hou Akbar! Dios es grande.
No era fácil asimilar todo aquello. Y, sin embargo, tenía cerca de nueve años cuando empecé a meditar sobre algunas frases de célebres poetas. Una de ellas me ha quedado aún en la memoria:
«Purifícate de cualquier atributo del yo a fin de percibir tu esencia brillante».
Lo que más me había impresionado era el poema que el gran sufí Ghazali había escrito y ocultado bajo su cabeza antes de morir:
Soy un pájaro, y este cuerpo era mi jaula.
Pero he alzado el vuelo, dejándolo como un signo.
Mi cuerpo debilucho me parecía una jaula muy liviana, y desde la cumbre de nuestra montaña el cielo estaba tan próximo que mi vuelo podría alcanzarlo fácilmente. Pero ¿qué signo dejaría yo en esta tierra? Si hubiéramos permanecido en Baalbeck, pienso que me habría convertido en un jeque sufí y hubiera seguido la senda de esos grandes místicos que fueron Ghazali o Abu Yazid al Bistami. Pero Alá no lo veía así.
El 5 de rabi II del año 541 (14 de septiembre de 1146), Zengui, nuestro benefactor, fue asesinado. Unos días más tarde, el ejército de Damasco llegó al pie de nuestras murallas para apoderarse de nuestra ciudadela.