Saladino
Capítulo XXII
Aquélla fue la noche de la alegría. En el campamento iluminado con antorchas, los soldados bailaron en torno a las fogatas, y los cantos de júbilo, interminables, ascendieron hacia el firmamento. Arrodillado sobre mi alfombra de oración, saboreé mi recompensa leyendo una sura apropiada a las circunstancias:
Te hemos concedido una victoria inmensa.
Dios ha perdonado tus faltas; sus gracias se han cumplido sobre ti y sobre los que marchan por el sendero de la justicia. Su
protección para ti es un escudo poderoso[156].
Resonaban todavía los versículos en mi memoria cuando los emires, ricamente ataviados, se apiñaron en mi tienda. Los había reunido en torno a un festín espléndido y las copas pasaban de mano en mano para celebrar nuestro triunfo. Habíamos aplastado a nuestros enemigos, y los comentarios no cesaban. Pese al calor y a la falta de agua, los franjs habían combatido con un valor que les honraba. ¿Hubiéramos conseguido la victoria de haber tenido el rey Guy más cabeza y autoridad? El combate hubiera sido ciertamente más difícil y el resultado menos fulminante.
—De todas formas, teníamos que ganar —dijo un alfaquí—. Estaba escrito en las tablas de Dios.
—Después de Beder, se mencionará Hattin —dijo otro alfaquí.
—Y así como nuestro Profeta conquistó La Meca —exclamé yo—, también nosotros reconquistaremos Jerusalén.
—¡Inch’Alá! —respondieron a coro.
Esa jornada del 25 rabí II 583 (4 de julio de 1187) quedaría para siempre grabado en nuestra memoria. Demostraba que yo había previsto acertadamente. Había que reunir a todas las fuerzas musulmanas para destruir a las de los franjs. Si, durante años, había utilizado el garrote para obligar a todos esos magnates de Siria del norte, de Sindjar, de Djezireh, del Kurdistán, de Irak y de Mesopotamia a plegarse a mi ley, esa noche podían comprobar la veracidad de mis aseveraciones. No los sometía por tiranía, sed de poder o vanidad personal, sino para aplastar al invasor. La potencia de los ejércitos del Islam unidos bajo un mismo mando había aniquilado al gran ejército de Satán, y nuestra Historia no había conocido hechos semejantes desde hacía generaciones. Habíamos alejado de nuestros pueblos la sombra de la muerte y de la servidumbre. Habíamos recuperado nuestra dignidad.
—Nuestra tarea no ha concluido —seguí—. Hemos de darnos prisa.
Las tierras ocupadas no tenían ya defensores, pero no tardarían en llegar más franjs de Occidente. Las embajadas de las que me había hablado doña Sibila no quedarían sin efecto, sobre todo cuando se supiera nuestro triunfo. Sin pérdida de tiempo teníamos que reconquistar los puertos y las ciudades fortificadas a lo largo de las trescientas cincuenta leguas de costa que el enemigo aún tenía en su poder. Jerusalén, aislada, caería entonces por sí sola.
Mediante una paloma mensajera le pedí a El Adel que viniera desde Egipto con nuevas tropas y se apoderara del sur de Palestina mientras yo conquistaba su parte central. Empecé por Tiberíades, que abrió sus puertas, y permití a la castellana regresar a Trípoli, el feudo de su esposo, con sus bienes y su gente. Luego me dirigí hacia Acre, el más importante de los puertos franjs. Tenía la rada más espaciosa para que su flota de guerra y sus barcos mercantes pudieran estar al abrigo. Era por allí por donde llegaban sus refuerzos. Y también era allí donde realizaban la mayor parte de sus intercambios comerciales. La ciudad, grande y rica, prometía un botín considerable, y yo lo necesitaba para alimentar el ardor de mis guerreros.
Sus habitantes trataron de resistir. Hacinados detrás de las murallas, enarbolaban sus banderas y sus arcos al tiempo que proferían terribles gritos, como si estuvieran preparados para resistir un asedio. ¿Creían intimidarnos? ¡Sus jinetes y sus infantes, picoteados por los buitres, se pudrían bajo el sol de Hattin!
Me instalé en un altozano y mis hombres se esparcieron por el llano. Pasé la noche fijando la maniobra de asalto y los puestos de combate. La mañana me sorprendió como a un león delante de su guarida, preparado para el asalto, cuando una larga cohorte de hombres y mujeres salió de detrás de las murallas, serpenteando bajo una bandera blanca. La ciudad se rendía y me suplicaba que tratara con indulgencia a sus habitantes.
—Os concedo la paz —les dije—. También os ofrezco que os quedéis en vuestras casas con vuestros bienes. Seguiréis con vuestras actividades igual que antes, pero bajo nuestro dominio.
Tuvieron miedo y optaron por el exilio, al que partieron llevándose lo que podían. El primer día de chumada I (10 de julio de 1187), crucé las puertas en gran cortejo y me dirigí hacia la iglesia principal, que volvió a ser la mezquita que antaño fuera. Al Fadil hizo instalar en ella un púlpito y un mirhab. Estábamos a viernes y quise que se celebrara una plegaria pública solemnemente. No se había hecho en este litoral de Siria desde la llegada de los franjs, ochenta y ocho años antes.
Entregué la ciudad a mi hijo El Afdal, las posesiones y las alquerías de los alrededores al alfaquí Issa, y nombré un imán. Cuatro mil de los nuestros, encerrados en la ciudadela, fueron liberados y, para recompensar a la tropa, les permitimos entregarse al pillaje. El puerto era el punto de encuentro de mercaderes griegos y de traficantes de todas las nacionalidades. Los almacenes portuarios rebosaban de armas y de productos diversos traídos de Asia y de Occidente. Las casas eran bonitas, decoradas lujosamente. En ellas habían abandonado oro, perlas, sederías de China, telas de Venecia y muebles de gran precio. Fiel a mi costumbre, entregué todo esto a los emires y a los soldados. El dinero tenía tan poca importancia para mí como los granos de arena del desierto, y mis consejeros refunfuñaban al ver vacío el Tesoro.
—¡Inch’Alá! —dije sonriendo, y regresé a mi tienda en las alturas que dominaban el mar, que se unía con el cielo en el infinito.
Mientras ponía un poco de orden en los asuntos de la ciudad, dispersé a mis tropas por las comarcas vecinas. Y fue el comienzo de una larga reconquista triunfal. La embriaguez del éxito volvió descomedidos a mis hombres. Hubo abusos y tuve que imponer consignas estrictas para que las poblaciones fueran respetadas. Yo quería tierras y plazas fuertes, no sangre. Y así fueron cayendo Nazaret, Cesárea, Haifa y toda Galilea. Uno de mis sobrinos sometió Nabulus, Jericó y El Foula. Al mismo tiempo, El Adel enviaba contra Acre la flota de Alejandría, limpiaba de enemigos todo el sur de Daroum hasta las mismas lindes de Jerusalén y descendía hasta Jaffa. No quedaba por conquistar sino el norte. Escribí al califa:
Gloria a Alá que nos ha concedido una brillante victoria, nuevas armas, una superioridad más amplia y una unión más estrecha… Los estandartes del Islam ondean en varias ciudades de Palestina.
Los templos se han convertido en mezquitas, los altares se transforman en mirhabs. No tardaremos en atacar Jerusalén. Ha llegado la hora de lanzarse a esta conquista. Hace ya demasiado tiempo que la noche del error envuelve a esa ciudad; ¡la Aurora de la Salvación por fin brillará sobre ella!
Algunos días más tarde, me encontré con Taki-ed-Din en la provincia de Tiro. Estaba empecinado en conquistar una fortaleza de la montaña que se defendía encarnizadamente. Mis kurdos la tomaron como si fuera un puñado de albaricoques, y aquello fue de nuevo el camino de la gloria. La victoria desplegaba sus alas y nos llevaba de plaza en plaza. Sus señores desertaban, las ciudades se vaciaban y, sobre sus murallas, nuestros estandartes se
multiplicaban como las flores bajo el sol de primavera. Sidón[157], Beirut,
Djobaïl[158], se rindieron una tras otra. Las cruces quedaban hechas pedazos bajo el empuje de nuestras medias lunas, y un viento de libertad purificaba nuestras tierras islámicas recuperadas. Poblaciones aterrorizadas se atropellaban por los caminos a los que el pánico las había arrojado. Pobres gentes maltratadas, embaucadas, zarandeadas de un lado para otro, abandonadas por sus ávidos caudillos que no se preocupaban ya de ellas. Fieles a su Dios, habían escogido la errancia. ¿Y qué podía hacer yo por ellas como no fuera concederles la posibilidad de salvarse? Los caminos de su destierro fueron respetados, y cientos de ellos pudieron ganar, sanos y salvos, las fronteras de Trípoli. Pero fueron numerosos los que prefirieron el refugio más próximo de Tiro.
Yo, a mi vez, me dirigí hacia ese puerto. Su posición geográfica en la punta de un istmo lo convertía en una protección natural y, para conquistarlo, iba a necesitar tiempo y muchos hombres. Avancé para tantear su resistencia y evaluar la potencia necesaria con miras a un posterior asedio. Sus habitantes resistieron a nuestros ataques y se extenuaron. No tenían a nadie que los dirigiera. Agotados y desesperados, estaban a punto de rendirse, y yo me regocijaba ya de ganar tan fácilmente ese difícil enclave costero.
De pronto se produjo un gran revuelo. Había atracado una flotilla que traía refuerzos y a un hábil demonio en la persona de Conrado de Montferrat, que se volvió un adversario temible y al que nosotros llamábamos «Al Marqués». Tras una estancia en Bizancio donde había prestado ayuda a Isaac Angelo, decidió ir a visitar a sus primos de Palestina y tomó la dirección de Acre. Al hacer entrada en la rada, vio nuestros estandartes en nuestras galeras y en las torres de vigía, y se apresuró a cambiar de rumbo para regresar a Tiro. Tenía guerreros, armas, dinero y reanudó el combate, prohibiendo la palabra «rendición».
Yo no tenía hombres suficientes para sostener un largo asedio e intenté una artimaña. En las prisiones de Damasco se hallaba encerrado el padre del recién llegado, el viejo marqués de Montferrat, hecho prisionero en Hattin. Mandé que lo sacaran y lo llevé bajo las murallas, proponiendo su liberación y un feudo en Siria a cambio de Tiro. Para ese señor rabioso, los lazos de sangre no existían. En tono altanero repuso:
—La vida de un anciano no puede ser de ninguna ayuda para la causa común, y no daré ni una piedra de esta ciudad por salvarlo.
Yo no insistí y me retiré, decidido a regresar luego con redoblada violencia para hacer claudicar a aquel bravucón. Luego me arrepentí, pues con ello permití que la plaza se llenara de refugiados que, con odio en las entrañas, organizaron su defensa y la volvieron inexpugnable. Por el momento, unos mensajes apremiantes de mi hermano El Adel me reclamaban en el sur: «Apresurémonos en tomar Jerusalén. Si murieras la próxima noche de un ataque de cólico, Al Aqsa quedaría en manos de los franjs».
Tras mi enfermedad mesopotámica sufrí varias recaídas dolorosas que inquietaban a las gentes de mi entorno. Pero ¿cómo hubiera podido olvidar mi
juramento? «El precepto divino debe cumplirse[159]», dice el Corán. Me precipité hacia Ascalón donde mi hermano me esperaba, suspirando de impaciencia. Cuando llegué bajo sus murallas, no cejé hasta haber organizado el asedio, y mi hermano mostró su cólera:
—Los Santos Lugares son lo primero —dijo él, impaciente.
Pero yo repliqué con firmeza:
—La seguridad del Nilo depende de esta plaza. Necesitamos tener una ruta despejada entre Egipto y Siria. No sólo para nuestras caravanas de mercancías, sino sobre todo para nuestras tropas. Es la base de nuestra estrategia.
En medio del tórrido calor de aquel final de verano comenzó el ataque. Las milicias burguesas que reforzaban la guarnición habían acumulado todo su material sobre las murallas, decididas a mantenerse firmes. Distribuí los almajaneques y lancé a mis zapadores. Los muros de defensa cayeron, luego los baluartes. Pero no hubo la menor señal de rendición. De nuevo utilicé una argucia. Hice traer, encadenados, al rey Guy y al Maestre de los
templarios[160].
—Entrégame Ascalón —le dije al primero—, y serás libre.
Volviéndome hacia el segundo, añadí:
—En cuanto a ti, pagarás el precio de tu libertad con las fortalezas de tu Orden.
Quería ganar tiempo, preservando las fuerzas físicas de mis hombres. Llevábamos dos meses de guerra y aún estábamos lejos del final. El rey de los franjs avanzó hacia el pie de las murallas y gritó:
—¡Salvad mi vida! ¡Ella está en la base de vuestra fortuna! ¡De mi salvación depende la vuestra!
No recibió más que insultos e injurias. Insistió haciendo promesas:
—¡Cuando me liberen llamaré a mis hermanos de ultramar y provocaremos un incendio general!
Yo escuchaba sonriendo. El rayo de la guerra de Hattin ya no era más que un bufón y nadie hacía caso de sus palabras. La ciudad continuó el combate y acabó rindiéndose al cabo de catorce días. Le concedí los honores de la guerra y devolví a Guy a sus grilletes. El Maestre de los templarios tenía más ascendiente y fue liberado. Gaza, Daroum y otras plazas que poseía en Samaria capitularon. Al mismo tiempo, Ramlah y Yubna también se rindieron.
Para coronar esta jornada de júbilo, Dios me envió a mi hijo El Aziz Uthman. Venía a participar en la guerra santa y me traía cuanto contenían los arsenales de El Cairo. Corrí a su encuentro y abracé a ese apuesto joven de quince años al que había cuidado como una madre cuando, de niño y viajando conmigo, sufrió una fiebre perniciosa. Los momentos de afecto escaseaban en mi existencia abocada a las refriegas y a los vivaques, y disfrutaba de cada instante de esos reencuentros que reconfortaban mi corazón y hacían deslizarse por mi piel un estremecimiento de juventud. Olvidé las arrugas que cercaban mis ojos, así como mi barba canosa. Frente a mí, la carne de mi carne desbordaba de esa vida que yo veía huir a galope tendido y abandonarme poco a poco. Tomé su mano. Ese día, un eclipse de sol volvió el día tan oscuro como la noche. Codo con codo, entramos en Ascalón, donde me estaba reservada otra sorpresa.
Una fantástica armada se deslizaba majestuosamente por la inmensidad azul. Las proas curvadas en forma de escorpiones surcaban el mar, y las velas henchidas por el viento animaban el cielo de nubes tornasoladas. Mi flota, que yo había creado enteramente, llegaba desde Damieta y Alejandría. Las costas de Siria iban a estar protegidas y los puertos que habíamos reconquistado se opondrían al desembarco de los franjs de Occidente.
Podía dirigirme hacia Al Qouds con el espíritu en paz. Me encaminé hacia allí en gran cortejo, encabezado por la música, rodeado de mi guardia bajo las alas desplegadas de las águilas de mis estandartes color de sol. Desde lo más profundo de los campos acudían los labradores. Los había liberado de la tiranía del invasor y me aclamaban. En menos de dos meses había reconquistado la casi totalidad de la Palestina ocupada. Y cuando hubiera liberado Jerusalén, ya sólo quedaría en manos de los «politeístas» la ciudad de Tiro, con las provincias de Antioquía y de Trípoli. Yusuf, el kurdo, era el «Gran Sultán», el «Salvador»… Todas las alabanzas me llegaban directas al corazón, estimulando mi valor para llegar a Al Aqsa.
Durante el sitio de Ascalón envié emisarios a la reina Sibila con una propuesta de negociación. La ciudad se había llenado de todos los que habían huido ante nuestro avance y de algunos jinetes sobrevivientes de Hattin, que se batían con la tenacidad de la desesperación. En una misiva, expliqué:
Jerusalén es la «Casa de Dios» y no quisiera sitiarla por voluntad propia. Para vosotros también es la «Casa de vuestro Dios». Os propongo arreglar las cosas pacífica y amistosamente. Al Qouds debe permanecer intacta.
Ofrecí comprarla por treinta mil dinares de oro y por tantas tierras como fuese preciso. Como ya hiciera frente a Acre, ofrecí a los habitantes la posibilidad de permanecer en sus viviendas con sus bienes y de continuar con sus negocios bajo nuestra dominación. Incluso les concedí un plazo hasta su Pentecostés para esperar refuerzos que les permitieran conservar la ciudad. Si, transcurrido dicho plazo, no había llegado ninguna fuerza de Occidente, me comprometí a llevarlos a mis expensas y con absoluta garantía sobre su seguridad a tierras cristianas. ¿Se podía ser más generoso y caballeroso?
Vinieron hasta Ascalón, en delegación, para manifestarme su negativa. En tono seco, les respondí:
—Os arrepentiréis de vuestra obstinación. Pronto imploraréis mi clemencia, pero ya será tarde. A partir de ahora, no atenderé ninguna propuesta, pues juro que entraré en Jerusalén por la fuerza bruta y que pasaré a todos sus habitantes por el filo de la espada, tal como vosotros mismos tratasteis a los musulmanes cuando os apoderasteis de esta ciudad.
Me aguardaba un asedio que iba a ser difícil. Los franjs estaban protegidos por gruesas murallas rodeadas de fosos profundos y flanqueadas por torres de defensa que las cercaban como un brazalete. Esos cristianos rabiosos preferían morir antes que abandonar su «Sepulcro». Y estábamos dispuestos a sacrificar nuestras vidas para recuperar nuestra «Roca». Había prometido al Islam devolverle Al Qouds. Me jugaba mi honor de musulmán y mi prestigio de «Campeón de la yihad».
El 15 de redjeb (20 de septiembre de 1187), la imagen que durante años había atormentado mi conciencia surgió de repente ante mí. Más allá de las colinas, las cúpulas y los minaretes adosados a murallas almenadas danzaban en medio de un polvo de oro sobre un fondo de cielo techado de púrpura. Allí estaba, al fin, esa novia prometida que había alimentado mis sueños, y mi emoción fue tan intensa que perdí la confianza en mí mismo. ¿Cómo conquistarla sin dañarla en exceso?
Mis tropas se desplegaron en la llanura por su lado oeste, frente a las torres de David y de Jaffa. Una multitud considerable manteníase sobre las murallas tras un material de guerra impresionante. Los religiosos y los mercaderes habían tomado la espada para apoyar a las milicias y a la guarnición. Un sordo furor se apoderó de mí cuando vi las cruces sobre las cúpulas de nuestras mezquitas santas. Miles de clamores ascendían al cielo y las campanas tocaban a rebato, acompañando letanías y cánticos entrecortados por imprecaciones y gemidos. ¿Cuántos serían para abarrotar de tal modo las casas, las calles y las plazas? Me aseguraron que sesenta mil. Pero no todos eran combatientes. Había, sobre todo, mujeres y niños, así como una numerosa comunidad de griegos que detestaban a los latinos y me informaron de que no se moverían. Un sacerdote ortodoxo que me servía de agente había prometido abrirme las puertas si el sitio se prolongaba.
Al borde del desastre, los cristianos seguían disputando y maquinando. La reina Sibila, soberana legítima, no era ya respetada tras la batalla de Hattin y le reprochaban la ligereza de su apuesto esposo. Para conseguir liberarle, o para reunirse con él en su celda, hubiera llegado al extremo de entregar su reino. Pero el verdadero amo y señor de la ciudad era Heraclio, su venerable patriarca: un religioso prevaricador e intrigante. Había seducido a algunas damas de la corte y llevaba una vida regalada con una favorita que se exhibía en brillante atalaje, revestida con el oro de las iglesias. A pesar de ello, era a él a quien todos se unían. Animaba a la resistencia en nombre de su Cristo.
—Aquí está nuestro Santo Sepulcro —decía—. De aquí hemos de resucitar. Nuestro honor consiste en rendir homenaje a este santo lugar donde Cristo fue crucificado. Aquí, Dios se hizo hombre. Daremos la vida ante el sepulcro antes que perderlo. ¿Quién nos perdonaría que les entregásemos lo que hemos arrancado de sus manos?
Heraclio no era un hombre de guerra. Tenía a su lado a Balián, el hijo de Barizán. Superviviente de Hattin, regresó a su feudo de Ramlah. En el momento de su rendición, me envió un mensajero a Ascalón para solicitarme un salvoconducto. Ante de regresar a su prisión, quería entrar en Jerusalén y
sacar de allí a su esposa, la ex reina María Comneno[161]. Le permití pasar una noche en la ciudad a condición de que no se alzara en armas contra mí. Doña María marchó a Tiro, pero Balián se quedó allí, explicándome que no había olvidado la palabra dada, pero que su honor de caballero cristiano le obligaba a no abandonar a los suyos, cosa que yo comprendí. El honor de un hombre no se discute. Este príncipe, escapado como por milagro de la masacre y considerado un héroe por la población, fue inmediatamente investido con todos los poderes, y su capacidad de decisión sirvió para organizar la defensa. Hizo fundir las placas de plata del Santo Sepulcro para acuñar moneda. Amotinó de nuevo a algunos «barones» supervivientes del reino, los caballeros del Temple y del Hospital que me habían entregado sus fortalezas, distribuyó armas entre todos aquellos que podían empuñarlas, haciendo «caballeros» a jóvenes y a burgueses, ahondó los fosos, levantó empalizadas, puso destacamentos en cada torre y multiplicó los obstáculos. Excitados por los sacerdotes que enarbolaban sus cruces y agitaban sus custodias, todos corrían como lobos y se debatían como demonios.
Pronto me di cuenta de que no estábamos en buen lugar para batirnos. Las torres se hallaban fuertemente armadas y el enemigo hacía salidas mortíferas. No podíamos instalar nuestras máquinas. El mayor obstáculo lo constituía el sol que nos deslumbraba hasta una hora avanzada de la tarde. Durante cinco días galopé en torno al recinto amurallado, buscando el mejor punto de ataque. El 20 de redjeb (25 de septiembre de 1187) levanté el campamento. Desde las murallas se oyeron gritos de alegría y todos se precipitaron hacia las iglesias para dar gracias, convencidos de que su «Mesías» había obrado un milagro al alejarme, cuando yo sólo hacía dar vueltas a mi ejército.
Al amparo de la noche, instalé mi puesto de mando en el Monte de los Olivos, mientras que mis hombres plantaban sus tiendas enfrente de la puerta
de Amoud[162] en la parte norte, que daba al valle de Cedrón. Por ese lado
tomaron los primeros invasores la ciudad en 491[163]. Los muros eran menos gruesos. Los equipos de zapadores se pusieron manos a la obra sin más demora y fueron alineados doce almajaneques. Coloqué a mis telab en orden de batalla: diez mil djalichyehs revestidos de malla hasta los talones y diez mil taoushiin armados con arcos y lanzas que tenían que asegurar el disparo continuo a las troneras. Otros tantos caragholam estaban repartidos alrededor de las máquinas de asedio. Designé los puestos de cada uno y expuse a los oficiales el plan de maniobra.
No había amanecido aún. Até a mi yegua bajo las estrellas que palidecían anunciando la aurora. Miré a mis hijos en primera línea, a mi hermano, a mis sobrinos, a todos los príncipes del Islam que se habían unido a mí y pronuncié el siguiente discurso:
—¡Qué gran felicidad la nuestra si Alá nos permitiera expulsar a sus enemigos fuera de Su santa casa! ¡Qué poderoso socorro para nosotros, si Él nos concediera su ayuda! Desde hace ochenta y ocho años Jerusalén ha permanecido en manos de los infieles. Alá no ha recibido allí el homenaje de ninguno de Sus servidores. La solicitud de los reyes hacia esta ciudad ha estado como adormecida. El tiempo transcurría sumiéndola en el olvido y los franjs seguían siendo sus dueños y señores. Pero Alá ha reservado para los hijos de Ayub el mérito de esta conquista con el fin de granjearles la simpatía de todos los corazones. ¿Y cómo es que no pensaron en conquistar Jerusalén, la ciudad santa y fuerte, y la mezquita Al Aqsa erigida sobre los cimientos del temor de Alá? ¿Acaso no es la morada de los Profetas, la estación de los santos, el oratorio de los devotos, el lugar de peregrinaje de los iniciados de este mundo y de los ángeles del cielo? Es en ella donde el género humano será convocado y resucitado. Los piadosos adoradores de Alá afluirán a ella
en tropel. Allí se encuentra la [164] Sakhrah, cuya superficie ha permanecido brillante y sin mácula. El camino de la ascensión del Profeta, la cúpula
sublime que forma una corona sobre la roca. Allí brilló el rayo y [165] Borak
tomó su impulso. La antorcha que bajó del cielo alumbró las tinieblas del «viaje nocturno» e iluminó el horizonte del mundo. Una de sus puertas es la
de [166] Bab er Rahmet, que asegura a quienes cruzan por ella la entrada al jardín de la eternidad. Allí se encuentra el trono de Salomón, el mirhab de David, la piscina de Siloé.
»Al Aqsa es la primera de las dos Qibla, la segunda de las casas santas, la
tercera después de las dos [167] Haram, una de las tres mezquitas que son, como lo atestigua la tradición emanada del Profeta, el objetivo de las peregrinaciones, el lugar de oración para la minoría selecta de los fieles. Sus méritos y sus glorias son innumerables. Fue el punto de partida del “viaje nocturno”. Su atrio se abre al cielo y se ha hecho ilustre por la voz de los profetas, las buenas acciones de los santos, las tumbas de los mártires, las acciones sobrenaturales de los privilegiados y el testimonio de los sabios. Es el punto de encuentro de la felicidad, el jardín de la dicha. David puso sus cimientos y encargó a Salomón construirla. Es ella la que fue conquistada por Omar.
»¡Cuán noble y grande, gloriosa y magnífica, alta y brillante, sublime y venerada es! ¡Propicias son sus bendiciones, benditos sus presagios! ¡Qué conjunto de bellezas, qué gracia más perfecta, qué brillante ornato, qué deslumbrantes ornamentos! Alá ha manifestado su grandeza con estas palabras: “Cuyo recinto hemos bendecido”».
Juré solemnemente ante esas legiones de muhahidin, mis fieles soldados, que plantaría mi estandarte en lo alto de la cúpula sagrada y me inclinaría ante la Sakhrah que conserva la huella de los pies del Profeta. La aurora rasgó el velo de la noche. Entonces exclamé:
—¡Victoria sobre el enemigo de Alá!
Un diluvio de piedras cayó sobre la ciudad y miles de flechas tapizaron el cielo, cubriendo la carga de diez mil jinetes que montaban los más bellos caballos del mundo.