Saladino

Geneviève Chauvel · Capítulo 6 de 30

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Saladino

Capítulo V

 

Mi primera visita fue para mi madre. Me esperaba en su rosaleda y corrió hacia mí tendiéndome los brazos. Con voz emocionada pronunció mi nombre al tiempo que lloraba de alegría. Sus larguísimas mangas de terciopelo bordado barrían el piso y se desplegaban como alas que ondulasen mecidas por un leve viento. Entre ellas me sumergí, apoyando mi frente en su hombro. Permanecimos así largo rato, abrazados. Sentía que su calor me iba invadiendo, mientras su corazón dialogaba con el mío. Apretujado contra su regazo, volvía a encontrar mis orígenes y me sentía intemporal.

—¡Cómo has cambiado! —me dijo—, ¡y qué hermoso te has vuelto!

Nos instalamos bajo una glorieta y le relaté con lujo de detalles esa expedición que había burilado mi rostro y fortalecido mis músculos. Mientras me escuchaba, acariciaba mis mejillas, me olía, palpaba mis brazos y me palmeaba las rodillas. La leona recuperaba a su cachorro, mucho tiempo perdido, y lo marcaba de nuevo con su huella.

—Serás un guerrero muy valiente, hijo mío —me dijo—. Lo he sabido desde siempre.

Besé su mano efusivamente y le respondí:

—Con todo el respeto que te debo, [29] oumi, la verdad es que no lo deseo. Partí sólo por obedecer a Chircouh y cumplir con mi deber. Tengo otros planes para el futuro.

Su mirada se posó en un macizo de rosas y adquirió una quietud misteriosa al tiempo que me decía en un murmullo:

—Los sueños de una madre son infalibles. Cuando te esperaba soñé que me asediaban. Lo cual significa que llevaba en mi seno una de las espadas del Altísimo. Y tú serás la más temible.

—Hay mil maneras de defender a Alá —le repliqué.

Observé cómo la inquietud invadía su bello rostro, que el tiempo parecía haber olvidado.

—¿Acaso piensas volver a tus obsesiones místicas?

—Ten confianza, oumi. Nunca te avergonzarás de tu hijo.

A la mañana siguiente, Chircouh me llevó a la corte e hizo una relación completa de nuestra misión. Nour-ed-Din me invitó a sentarme a su lado y me felicitó por mi actuación en Bilbéis. Me hizo ver que había demostrado cierto talento para los asuntos administrativos y me nombró Schinah de Damasco. A los veintisiete años me convertí, pues, en jefe de la policía de la ciudad más grande de Siria. No podía rechazar esa muestra de su amistad que me honraba particularmente y me permitía eludir, además, a Chircouh y a su ejército. A partir de entonces ya sólo dependería del sultán, que me serviría de ejemplo más que nunca: él sabía gobernar el país sin dejar de ser el servidor de Alá.

Me puse a trabajar a conciencia, tanto y tan bien que algunos cronistas escribieron sobre mí:

 

Tened mucho cuidado, ladrones de Siria, las manos de las mujeres eran cortadas por el famoso José, pero éste corta las

manos de los hombres[30].

 

Me volví implacable, es verdad, y me fui rodeando de cadíes competentes para hacer respetar la ley islámica con el máximo rigor. A mi alrededor no veía sino malversaciones, componendas, estafas y corrupción. Un enano como yo osaba enfrentarse a los Goliats del fraude, que enseguida empuñaron sus escudos y aplicaron todos los medios de que disponían para derrocarme: críticas, amenazas, calumnias… Se propalaban rumores muy poco agradables sobre mi persona, y hasta se llegó a poner en duda mi concepción de la justicia y de la honestidad. Los cuervos graznaban, los lobos aullaban, pero el sultán me apoyaba. Yo afectaba indiferencia y seguía cazando a esos zorros que se escondían en sus madrigueras.

Por la tarde me reunía con mi jeque y mis amigos sufíes. Y empezaba entonces una lucha mucho más difícil contra ese terrible «yo» que no quería morir. Las funciones propias de mi cargo me imponían cierta pompa que no me desagradaba. Tenía escuderos, servidores y me entretenía eligiendo las telas de mis vestiduras ceremoniales, así como las formas de mis gorros de seda. Una oscura barba subrayaba mi agradable rostro, pero a diferencia de nuestro soberano, no tenía esa talla elevada que le daba tanta prestancia y elegancia. Me esforzaba, sin embargo, por imitar sus gestos para conseguir ese porte noble, esa sonrisa afable y esa palabra mesurada que hacían de él un «señor» e infundían respeto. Ahora bien, ¿cómo conciliar esas preocupaciones mundanas, forzadas por la necesidad de imponerme, con mi búsqueda de la verdad? La agitación era grande a mi alrededor y en mí mismo. Mi jeque movía la cabeza desolado y repetía:

—Sobre la faz de la tierra todo pasará, y sólo permanecerá el rostro de tu Señor, desbordante de majestad y de bondad.

Practicábamos el zikr durante largas horas, repitiendo incansablemente el nombre de Dios y la frase sagrada: «¡La illaha illa’llah!».

—Invocar a Dios es lo más hermoso que hay —decía el jeque—. Pero si lo hacéis sólo con la cabeza, nada sucederá. Vuestras oraciones sólo hallarán respuesta cuando las digáis con vuestro corazón.

«¡Alá, Alá!», repetíamos como una letanía, balanceando nuestros torsos de atrás hacia delante. El ritmo se aceleraba y el nombre de Dios subía, crecía, estallaba en la habitación y hacía retroceder las paredes, envolviéndonos en una luz lechosa y brillante. Y en ese momento desaparecían la conciencia y el deseo carnal. Habíamos partido la corteza y nos hallábamos en la supraconciencia, liberados del ego, a la escucha de la voz divina. Algunos empezaban a cantar, otros se ponían de pie y danzaban, girando sobre sí mismos, desplegando sus brazos y sus manos como los pétalos de una flor al abrirse. Instante mágico y de una belleza irreal, en el que todo el cuerpo se volvía una ofrenda y se diluía en el movimiento vertiginoso. El espíritu ascendía finalmente por una espiral incandescente y se perdía en la inmensidad del cielo, donde el coro de los ángeles vibraba a la mayor gloria del Altísimo.

En unión con las estrellas, los planetas y todos los reinos invisibles, danzábamos para Alá, que nos guiaba en su universo de bondad y amor. Era un éxtasis tan perfecto y sublime que yo hubiera deseado una eternidad para alejar por siempre el lacerante dolor del retorno a los muros de piedra. Me hacía falta mucho tiempo para aceptar la estrechez de nuestro mundo y esa impresión de inmensa soledad que experimentaba como un sufrimiento. ¿Sería acaso el precio que había que pagar para merecer el amor del Altísimo?

—Dios nunca ha querido que suframos —decía el jeque—, pero cuando accedemos al «Conocimiento» es preciso eliminar cualquier ilusión. Todo ha de ser transparente. Lo que nos atormenta es nuestro propio orgullo y arrogancia. Cuanto más creemos poder, menos dependemos de Dios y peor es nuestro castigo.

Aceptar todo cuanto nos es dado, ya que proviene de la Fuente única. Así pues, volví con mis ladrones, asesinos y malhechores de todo jaez, implorándole a Alá que me abreviara esta penitencia. ¿Por qué no me permitía

entrar en un [31] khanigah donde pudiera adorarlo y amarlo con entera libertad?

Entretanto, mi padre, ayudado por numerosos esbirros, organizaba grandes operaciones propagandísticas a lo largo y ancho del país. La palabra yihad resonaba casi en todas partes. Caldeaban a los espíritus para reunir al pueblo en torno al «Gran Muyahid». Chircouh, por su parte, sólo pensaba en vengarse de Chawar y hostigaba a Nour-ed-Din asegurándole que Egipto sería una conquista fácil. Bastaba con reunir lo antes posible las fuerzas necesarias para cosechar el fruto en las mismas barbas de los franjs. Una operación rápida y secreta, y la partida sería nuestra. Tanto más cuanto que el momento era favorable. Chawar tenía que hacer frente a graves problemas internos: un atentado que casi le cuesta la vida y sublevaciones de varias tribus. La inestabilidad del país, la codicia de su visir y la debilidad de su califa favorecían a Siria. Nour-ed-Din dudaba y buscaba evasivas. Egipto era una tentación, pero tampoco quería perder su reino en esa guerra. Para acabar de convencerlo mi tío añadió:

—Ya va siendo hora de que esos herejes vuelvan al camino recto y se conviertan en buenos suníes antes de que los «infieles» acaben ganándolos para su causa.

Esta observación fue una jugada genial. Tocó en su punto sensible al «Gran Muyahid», que dio su aprobación. Pero ¿y si cambiaba de parecer? Era preciso convertir su decisión en algo irreversible. Chircouh tuvo entonces otra ocurrencia genial. Partió hacia Bagdad, se presentó ante el califa y regresó con una carta de Su Santidad Abasí autorizándole a reclutar un ejército para someter a los egipcios. Había sabido halagar al pontífice explicándole que si los fatimíes eran expulsados de Misr, él tendría el gran honor de presidir en solitario el mundo islámico, y su nombre resonaría en todas las mezquitas y su doctrina se enseñaría en todas las escuelas. El «Emir de los Creyentes» sólo podía aprobar una empresa tan noble, y envió incluso más cartas a todos los emires de oriente, pidiéndoles que se unieran a esta expedición. La conquista de Egipto pasó a adquirir desde entonces un carácter sagrado y Nour-ed-Din estaba exultante. Se despacharon mensajeros en distintas direcciones y las palomas mensajeras se cruzaron a un ritmo acelerado. Chircouh empezó a reunir sus tropas y no me olvidó.

—Tú serás mi ayudante de campo —me dijo—. Conoces el país y eres un hombre juicioso.

Yo estaba abrumado y había perdido el habla. A continuación añadió:

—Vamos a expulsar a los herejes del Islam, y has de cumplir con tu deber de moudjahid, como todos nosotros. Está en juego tu honor de creyente.

La orden no admitía réplica y tuve que unirme a los dos mil jinetes que, en el mes de rabi I del año 562 (enero de 1167), salieron de Damasco en el más absoluto secreto.

—Escucha a Dios y vuelve a Él —me había recomendado el jeque—. Sólo hay dos cosas que Dios no puede darnos, pero que nosotros debemos ofrecerle: la obsequiosidad y la dependencia.

Volví a seguir el camino del desierto al lado de mi tío. Galopábamos a paso vivo, reduciendo las etapas para sorprender a un enemigo sin defensa. Chircouh rumiaba su venganza y se regocijaba pensando en el certero golpe que le asestaría al visir traidor a su palabra. Yo, entretanto, iba rezongando para mis adentros. Esta vez no llevábamos escolta. Íbamos en son de guerra. Y eso no me gustaba nada. Recordaba Bilbéis y me preguntaba horrorizado qué nos aguardaba en El Cairo. Para todos los integrantes de la tropa, nos encaminábamos hacia la victoria. Alá estaba de nuestra parte, decían, y el botín sería cuantioso.

Al sur del Mar Muerto, nuestros exploradores nos informaron de que los franjs habían acampado frente a Bilbéis y que el ejército egipcio se había unido a ellos para esperarnos. Nos sorprendimos sólo a medias. El rey de Jerusalén tenía sus espías y nos vigilaba. Él también codiciaba Egipto y por ningún motivo quería cedérselo al general tuerto. En cuanto se enteró de nuestros desplazamientos, puso en guardia a Chawar. Éste, enloquecido, volvió a suplicarle ayuda, ofreciéndole las mismas condiciones que le ofreciera tres años antes, y Morri embarcó a sus jinetes en Ascalón para adelantarnos.

Así empezó la carrera en pos del tesoro. Sin dejarse impresionar por las noticias, mi tío avanzó hacia el sur por el «Valle de las Gacelas», en pleno corazón del desierto, donde estuvimos a punto de perdernos para siempre. Una tempestad de arena se abatió sobre nosotros, repentina y brutal. El viento soplaba con furia, derribando hombres y caballos. De la tierra surgían remolinos de polvo que nos arrastraban con una fuerza inimaginable, dejándonos cegados, sofocados, encogidos y retorcidos como fetos de paja. Cada cual se parapetaba detrás de su cabalgadura tumbada en la arena, y no sé

cuántas horas permanecimos así, enfundados en nuestras [32] abayas, perdidos en una inmensidad opaca que nos cercaba, aislándonos del cielo. Yo había desenrollado mi turbante para cubrirme la cara, pero la arena insidiosa se filtraba por entre los pliegues, me corroía los ojos, me agrietaba los labios, me abrasaba la garganta y tapaba los poros de mi piel. Poco a poco me fue cubriendo hasta enterrarme. Empecé a ahogarme e imploré la misericordia divina. Un puño de hierro me aferró por el hombro.

—Levántate, Yusuf —exclamó la voz de mi tío—. Si te acuestas eres hombre muerto. ¡Camina! ¡Resiste!

Tuve que apelar a toda mi voluntad para ponerme en pie y enfrentarme a esas columnas de tierra ocre, a esos titanes inasibles que se abalanzaban sobre nosotros y nos desgarraban.

—La arena es el peor de los enemigos —añadió mi tío—. Si aprendes a vencerla, serás invencible.

Me dolía todo el cuerpo, pero ya no sentía el dolor. Lo había dominado, aplastándolo. Avanzaba recto hacia delante, acechando en el horizonte algún rayo de esperanza. Por último, amainó el viento y el cielo se despejó, aunque no acabaron allí nuestras cuitas. Gran parte de nuestros sirvientes había desaparecido junto con nuestras vituallas y bagajes. El desierto los había engullido, condenándonos a errar y a padecer hambre y sed sin esperanza de socorro. Yo estaba aterrado y me preguntaba si no hubiera sido más agradable dormirse para siempre debajo de una duna. No comprendía el ensañamiento de Dios al someternos a esas pruebas. ¿Gozaba acaso infligiéndonos los peores suplicios? ¿Existía realmente ese Dios bien amado, Amante y Amor, al que buscábamos en nuestros éxtasis? ¿Era así como respondía a mis plegarias y a mis ofrendas, a mis cantos y a mis danzas?

«¿Por qué?», exclamé, tendiendo hacia el cielo mis labios desgarrados.

¿Me negaba Él también su amor? Yo había creído en él y ya no quería seguir creyendo. Anhelaba paz y calma, mas no veía sino violencia, crueldad e injusticia. Tal era la verdad de nuestro mundo. Dios no es sino una ilusión, me decía. Al diablo todos los jeques. Sólo cuenta lo que se ve, lo que se es, lo que se tiene. Hay que luchar para no morir, porque la muerte no es sino vacío, negación, nada absoluta, olvido. Desde lo más profundo de mi carne subía una fuerza inesperada, mezcla de rabia y desafío, que me llevaba más allá de cualquier sufrimiento. El ardiente sol abrasaba mi espíritu hasta sumirlo en una especie de inconsciencia, y mi cuerpo aniquilado se aferraba a los granos de arena intentando encontrar en ellos una gota de agua. Dios me ignoraba y yo le demostraba mi enojo.

Unos días después estábamos a orillas del Nilo, cerca de Atfih [33], enflaquecidos y extenuados, pero con bríos suficientes para saquear el villorrio y sus alrededores. Caballos y provisiones había en abundancia. Estábamos salvados. Habíamos vencido al desierto, pero aún nos aguardaban otras batallas.

Nuestros espías no tardaron en avisarnos que el enemigo conocía nuestra posición y se dirigía hacia nosotros. Chircouh requisó todas las naves y nos hizo atravesar el río y remontar por la orilla opuesta en dirección a El Cairo. Chawar y los franjs estuvieron a punto de alcanzarnos, pero dieron marcha atrás. Mientras nosotros plantábamos nuestras tiendas en Gizeh, a la sombra de las majestuosas pirámides, ellos se instalaron en Fostat, justo enfrente. Y allí permanecimos, observándolos. Aquello duró cincuenta días, durante los cuales sometimos a las provincias vecinas. El botín iba creciendo y las tribus abrazaban nuestra causa.

En la orilla opuesta observaban con inquietud nuestras actividades. Chawar echaba pestes contra todos los djinns maléficos, y Morri, cansado de dar sablazos en la arena, amenazaba con volver a sus dominios, a menos que… Chawar comprendió y dobló la oferta: 400.000 escudos de oro (de los que sólo pagó la mitad), pero con una condición: que los franjs no abandonaran el país antes de haber expulsado a los sirios. El rey de Jerusalén exigió un contrato formal, ratificado por el califa. Estaba pidiendo algo imposible. El Aded era un ser sagrado. Ningún musulmán lo había visto nunca, y menos aún un cristiano. Chawar aceptó, y Morri nombró dos embajadores que deberían ir al palacio con una gran delegación.

Reinó el estupor en nuestro campo. Semejante traición era impensable. El visir tenía que haberse vuelto loco. Para hacerlo entrar en razón, Chircouh le escribió:

 

De ti sólo espero el triunfo del Islam. Unámonos, pues, para combatir a los franjs. Al entrar en este país se han alejado de cualquier posible auxilio. Apoderémonos de la presa que el destino nos ofrece, extirpemos el chancro de la invasión, extingamos su foco. No creo que el Islam vuelva a tener otra ocasión para lograr semejante victoria.

 

Chawar leyó la carta y, por toda respuesta, degolló a nuestro mensajero. De nuestras escandalizadas filas se elevaron entonces las más violentas imprecaciones, y mi tío cayó presa de una terrible desesperación.

—¡Ah! ¡Que Dios lo maldiga! —rugió—. Si me hubiera escuchado, no habría quedado un solo franj en toda Siria.

Una agitación febril reinaba en la orilla opuesta. En la vecina isla de Rawdah, los esclavos del visir construían un puente en dirección a nosotros y empezaban a reunir barcos. El periodo de observación había concluido. Se reanudaron las hostilidades y yo recordé la necesidad de proteger nuestra retaguardia. Nos hacían falta sobre todo máquinas de guerra. Enviamos una carta a los habitantes de Alejandría —ciudad en la que había una gran comunidad suní que no veía con buenos ojos a los chiitas ni a los «infieles»—, pidiéndoles que se unieran a nosotros contra Chawar, que había abierto Egipto a los franjs y vaciaba las arcas del Tesoro Público en los bolsillos enemigos. Su gobernador respondió a nuestro pedido enviándonos el material que nos faltaba. Pero no podíamos esperar. Chawar se aproximaba. Tenía superioridad numérica y Chircouh prefirió batirse en retirada. Se dio la orden de abandonar tiendas, cantinas e impedimenta, y aparejar velozmente nuestros caballos. A galope tendido partimos hacia el Alto Egipto, saqueándolo todo a nuestro paso. Sólo nos deteníamos para dar de comer a nuestras cabalgaduras. Cuando llegó la noche, proseguimos a la luz de las antorchas, pues Chawar y Morri nos perseguían. Un espía salió de la sombra para decirnos que habían acampado cerca de nosotros, en Ochmuneïn. Chircouh nos hizo desandar el camino hacia un canal situado a doce millas del enemigo. Alineó sus tropas en orden de batalla y reunió a sus emires.

—Si atacamos ahora —les dijo—, tendremos la ventaja de la sorpresa y venceremos.

La mayoría se negó. Éramos muy pocos, dijeron, sin duda nos derrotarían y no teníamos ningún punto en el cual replegarnos. Estábamos al borde del desierto, más valía pasar a la orilla oriental del Nilo y volver a Siria.

Yo compartía en gran medida su opinión. Todos miraban fijamente el suelo en medio de un silencio embarazoso. Fue entonces cuando el emir Yazgoch se puso en pie. Este antiguo esclavo de Nour-ed-Din era un hombrecillo nervioso y amojamado, conocido por su valentía, de la que fui testigo presencial en diversas ocasiones a lo largo de mi vida.

—Escuchad —dijo—, quienes temen a la muerte, las heridas y el cautiverio, no están hechos para servir a los reyes. Que cultiven la tierra o permanezcan junto a sus mujeres. Por Alá, si volvéis donde el sultán sin haber vencido y sin una excusa plausible, os privará de vuestros beneficios militares y os obligará a devolver todo cuanto hayáis recibido de él. Os dirá: «¡Cómo! ¿Pedís dinero a los musulmanes y luego huís ante el enemigo, dejando en manos de los infieles un país como Egipto?».

—Así se habla —exclamó Chircouh—. Éste es el único parecer que pienso seguir.

Me miró fijamente y sentí vergüenza de mi flaqueza. Pero al final también me levanté y di mi aprobación. Los otros emires terminaron poniéndose de acuerdo y aceptaron combatir. Mi tío cogió entonces una vara y trazó en la arena su plan de batalla Nos hallábamos en una pequeña llanura rodeada de

colinas, una especie de desfiladero llamado El Babaïn[34]. La configuración del terreno nos daba ventaja y compensaba la inferioridad numérica de nuestras tropas. No teníamos sino dos mil jinetes, pero podíamos contar con ellos. Eran turcomanos o kurdos, aquellos famosos ghuzz que sembraban el terror. Todos habían jurado combatir hasta la muerte. Chircouh fijó las posiciones:

—Los flancos en las colinas. Yo mandaré el de la derecha y Yazgoch el de la izquierda. En cuanto a ti, Yusuf, te harás cargo de las tropas del centro, en la llanura.

Convinimos en añadir la impedimenta para dar mayor relieve a la operación, y luego añadió volviéndose hacia mí:

—Los egipcios y los franjs cargarán contra el [35] kaleb, creyendo que yo estoy ahí. No opongas resistencia. Cédeles terreno. Y cuando vuelvan grupas, arremete contra ellos con firmeza.

Los cristianos y el ejército de Egipto llegaron al despuntar el alba. Tal como habíamos previsto, se lanzaron hacia donde yo estaba. Obedeciendo las instrucciones, me replegué sin romper filas y los atraje hacia las colinas. Chircouh se lanzó entonces contra sus flancos, que se fragmentaron, y desmembró su retaguardia. Mis perseguidores dieron media vuelta y yo aproveché el momento para volverme y cargar sobre ellos furiosamente. ¡Qué carnicería! La feroz lucha se prolongó hasta la noche. Los sables se agitaban por doquier, cercenando todo cuanto se moviera. Se me olvidaron mi timidez y mi no violencia. Mataba no tanto por el honor del Islam como para que no me mataran. Infieles y herejes huyeron del campo de batalla en total desbandada, y el rey Morri escapó por los pelos hacia una colina. Yo había vencido mi temor y empecé a dar alaridos de gozo.

Nuestros dos mil jinetes habían derrotado a dos poderosos ejércitos. Éramos los dueños del terreno y no podíamos creerlo. Chircouh, realista, mandó cerrar filas. No era momento para regocijos. Habíamos logrado la victoria, sin duda, pero teníamos que conservar nuestras ventajas y desaparecer antes de que el enemigo se reagrupase y cargase contra nosotros. Heridos, prisioneros y bagajes fueron reunidos rápidamente para luego seguir la ruta del Fayyoum y subir hacia Alejandría, sometiendo de paso al Bajo Egipto.