Saladino
Capítulo VI
La ciudad de Alejandro nos abrió sus puertas y los habitantes nos recibieron como a vencedores. Las calles eran amplias y sólidas las construcciones. Las casas tenían pisos de mármol y columnas ornamentales. Los zocos desbordaban de riquezas y los puertos rebosaban de navíos. Era el mayor centro comercial entre Oriente y Occidente. En el aire flotaban miles de perfumes y yo me embriagaba con todos esos olores a almizcle, pimienta, cardamomo, raíces de galanga, nuez moscada y clavo de olor. Por los muelles deambulaban mercaderes de todas las naciones de la tierra, entre los que había incluso chinos. Deslumbrado por esas multitudes innumerables y por la riqueza y magnificencia de las mansiones, ya no sabía adónde dirigir la
mirada. Recordaba haber leído que, cuando las tropas de Omar[36] arrebataron este lugar a Bizancio, había en él cuatro mil palacios, cuatro mil baños, cuarenta mil judíos y cuatrocientas plazas. Aún quedaban unos cuantos vestigios que me hicieran pensar en mi infancia transcurrida a la sombra de los templos de Baalbeck. Espoleé mi caballo hacia el faro, construido por los Tolomeos, y descubrí a un desconocido, el mar, inmenso y aterrador aquel final de invierno. Bajo el cielo plomizo, unas olas enormes rompían rabiosamente contra las murallas formando gigantescas gavillas de espuma. El suelo temblaba y el ruido era ensordecedor. Me preguntaba de dónde provendría aquella fuerza, qué monstruos desencadenarían así su cólera para azotar nuestras orillas, y qué mundos habría detrás de ese horizonte que se perdía entre las brumas. Respiraba el viento húmedo y me llenaba de esa llovizna cargada de secretos.
«Escucha la canción del viento», decía el jeque. «Escúchala porque trae mensajes de otros universos».
Pero ya no quería pensar en todas esas cosas y las arrojé lejos de mí porque Dios había rechazado mi amor. Regresé a la ciudadela. Mi tío la había ocupado y estaba encerrando en ella a nuestros prisioneros. Entre ellos teníamos a Hugo de Cesarea, el embajador cristiano que había «pactado» con el califa. Sacrílego supremo, se jactaba de haber obligado a El Aded a quitarse el guante para estrechar su mano, explicándole rudamente que «entre príncipes, el pacto de alianza se hace con la mano al descubierto». Nos miró de arriba abajo con tal altanería y menosprecio que más de un emir hubiera deseado cercenarle la cabeza, pero Chircouh gruñó:
—Lo mantendremos vivo. Es un rehén muy valioso.
Sin perder un instante, el «León de la Fe» reunió a los notables e hizo que le presentaran tanto el estado de las finanzas como del arsenal. Sabía que Chawar y los franjs, reagrupados en El Cairo, celebraban consejo y nos perseguirían. Debíamos estar preparados a que nos asediasen por tierra y por mar. Y ¿cuánto tiempo podríamos resistir en ese caso? La ciudad estaba rodeada de magníficos palmares y sólo producía dátiles. Todo lo demás venía del exterior. Habíamos aguantado el asedio de Bilbéis. ¿Qué ocurriría en Alejandría? ¿No nos traicionarían acaso sus habitantes, ablandados por el lujo, en cuanto empezasen las privaciones? La sensatez nos aconsejaba abandonar la ciudadela ahora que aún estábamos a tiempo. Pero eso equivalía a perder toda oportunidad de conquistar Egipto.
Tal como lo presentimos, las tropas enemigas se instalaron a treinta leguas de nuestras murallas, mientras su flota venía a bloquear los puertos. Transcurrió un mes sin incidentes. Pero los víveres empezaron a disminuir y el pueblo comenzó a murmurar. Chircouh tomó entonces la decisión de dividir sus fuerzas.
—Yusuf —me dijo—, te entrego la ciudad. Manténte firme hasta mi regreso.
Luego se volvió hacia los notables y los conminó a prestarme el juramento de fidelidad:
—Aquí tenéis a vuestro gobernador. Secundadlo con energía. Yo volveré y venceremos.
Salió de noche con el grueso de su ejército, pasando por entre los franjs dormidos, y se dirigió al Alto Egipto en busca de refuerzos y avituallamiento. Yo me quedé solo con un cuerpo del ejército, además de los enfermos, heridos y lisiados. Confieso que en un primer momento tuve miedo. No contaba sino con un puñado de hombres para luchar contra el poderío enemigo. Al principio Morri intentó perseguir a mi tío y tuvimos un respiro que aproveché para hacer valer mi autoridad. Hice guardar todas las provisiones en los almacenes públicos y ordené que las distribuyeran en forma de raciones, sometiéndome yo mismo a los reglamentos que imponía a todos. La población, impresionada, se puso a mi servicio con gran celo.
Fue entonces cuando los cristianos, que no habían podido dar alcance a Chircouh, creyeron que la ciudad estaba indefensa. Nos atacaron con catapultas y almajaneques, arrastrando hacia nuestros muros enormes máquinas que ocultaban una artillería formidable. Con nuestras palmeras habían construido una torre gigantesca que sobrepasaba nuestras murallas y les permitía observar todos nuestros movimientos. Los habíamos rechazado, arriesgando breves salidas para aniquilarlos. Los habitantes me seguían entusiasmados, mientras yo, infatigable, iba de un lado a otro distribuyendo astutamente a mis alabarderos y a mis arqueros. Y cuando, para coronar nuestros esfuerzos, las mortíferas máquinas se volcaban, los clamores de júbilo llegaban hasta el cielo, reavivando el valor y la esperanza.
Al cabo de tres meses nuestro ardor se debilitó. Ya no quedaban víveres, las fuerzas se habían agotado, las casas yacían por tierra y una parte de las murallas había sido demolida por los incesantes ataques del enemigo. La población empezó a cansarse. Todos esos mercaderes no eran precisamente guerreros y se reprochaban haberse aliado con un extranjero que sólo les traía desgracias. Es cierto que recibían mensajes de Chawar ofreciéndoles suprimir impuestos si se rendían. Muchos se daban a la fuga.
Estaba inquieto. Había que actuar, y rápido. Pero ¿cómo? Envié un correo a mi tío pidiéndole ayuda y consejo. Y para ganar tiempo recurrí a la astucia. Los notables se habían reunido en una gran plaza. Me dirigí al galope hacia ellos agitando un trozo de papel y anunciándoles con voz triunfante:
—¡Ya viene Chircouh! Nos trae víveres, reclutas y dinero. Os ruego resistir un poco más. Unos días solamente. Si bajáis la guardia, los «politeístas» y los herejes os masacrarán.
Los franjs redoblaron sus ataques. Habían recibido refuerzos. Nosotros tuvimos muchísimas bajas y el hambre nos acuciaba. Pero habíamos resistido setenta y cinco días más. Durante ese tiempo, Chircouh, ya de regreso, había sublevado a las poblaciones del sur contra su visir perjuro e iniciado el asedio de El Cairo. Esta noticia caló hondo en las líneas enemigas y tuvo un efecto inmediato: el combate se detuvo y rápidamente se despacharon mensajeros para intentar negociar con el general tuerto.
Chircouh redactó sus condiciones: intercambio de prisioneros, levantar el asedio de Alejandría, retirada de todas las fuerzas extranjeras y un salvoconducto para que sus hombres volvieran a Siria. Y para marcar aún más su voluntad, encargó a su prisionero Hugo de Cesarea que llevara la embajada, confiándole además una misiva secreta dirigida al rey de los franjs para explicarle que expulsando a los sirios servía los intereses de Chawar. Valía más detener la guerra, escribió Chircouh, ya que Chawar quería la paz. Una vez más, el «León de la Fe» dirigía las operaciones. Su tentativa de conquistar la capital era un golpe maestro. Le daba una posición de fuerza innegable para discutir las condiciones de una rendición ventajosa. Yo admiraba su lucidez y su valentía, que nos permitían salir dignamente de la trampa en el momento mismo en que empezábamos a hundirnos en el desastre.
Era la tercera vez en mi vida que me rendía. En Baalbeck y en Bilbéis yo no era sino un miembro de la cohorte que seguía el curso de los acontecimientos. En Alejandría era el gobernador, el responsable, y me sentía doblemente humillado. Los habitantes se precipitaron fuera de las murallas para recibir a los franjs como liberadores, quejándose además de ese Salah-ed-Din Yusuf, ese kurdo, ese extranjero que los había hecho pasar hambre y puesto al borde de la muerte. ¡Ingratitud y veleidad humanas! No había ganado la partida y por lo tanto era culpable y había que liquidarme.
Fui llevado al campamento de Morri con el resto de la guarnición. Al entrar en el recinto de los «enemigos del Islam» de mi infancia, recordé la primera visión que de su poderío destructor tuve desde lo alto de las murallas de Damasco. Arrebujado en una abaya de seda con realces de oro, avancé con dignidad por entre sus tiendas multicolores coronadas de cruces, mientras ellos se reían a mi paso y chapurreaban mi nombre. «Salehadin» o «Saladme», decían, añadiendo groserías a las que yo no estaba acostumbrado. El rey de Jerusalén me recibió en sus cuarteles y me trató cortésmente. Le solicité de inmediato una amnistía total para la población de Alejandría, así como naves para transportar a Siria a nuestros heridos y enfermos. Y me las concedió.
Teníamos casi la misma edad. Me habían hablado de su audacia y valentía, y me impresionaron su elevada estatura y su abundante cabellera. Pero me pareció que le faltaba majestuosidad. Su silueta perdía toda armonía debido a la estrechez de los hombros. Y además, tartamudeaba. Nuestra conversación no fue nada fluida. Sin razón aparente le venían accesos de risa tan prolongados y ruidosos que me hacían sentirme incómodo. Me habló de Dios, del Evangelio y de su fervor religioso, pero en su mirada astuta y maliciosa yo entreví al punto la idea fija que lo dominaba: ¡conquistar Egipto!
Me retuvo cerca de una semana y me proporcionó una tienda y centinelas para protegerme de posibles insultos y atropellos. Jamás olvidaré esos días que pasé entre los «infieles». No entendía su idioma, pero observaba su agitación y su desorden. Cuando pasaban cerca de mi tienda, hacían ostensiblemente la señal de la cruz. Las campanas tañían todo el tiempo y algunos religiosos se paseaban agitando custodias mientras que, detrás de biombos de seda, la gente se reía y devoraba viandas y manjares.
Fue para mí una sorpresa ver a las mujeres deambular entre los hombres. Llevaban el rostro descubierto y bromeaban libremente con ellos, permitiéndose a veces ciertas familiaridades o brusquedades que me chocaban. Me admiró mucho su elegancia. Algunas eran particularmente bellas y se acercaban para mirar sin pudor al emir «infiel». Sus miradas lanzaban entonces breves destellos y sus risas les hinchaban el cuello. Ora me veían como un manjar apetecible, ora como un objeto de horror. Sus perfumes me embriagaban, y ellas mismas me provocaban para luego rechazarme llamándome «hijo de Satán». Y entonces comprendí las historias que contaban nuestros guerreros sobre esas prisioneras de guerra a las que degollaban después de poseerlas. ¿Tenían los cristianos tan poca dignidad como para permitir que sus compañeras actuaran de este modo? Entre nosotros las mujeres eran más respetables. Y si las encerrábamos, era para protegerlas y que fueran más dignas de nosotros.
Algunos caballeros vinieron a saludarme. Habían nacido en Siria y hablaban árabe tan bien como yo. Fue un placer conversar con ellos. Me mostré cortés y curioso. Me felicitaron por la manera como había aguantado el asedio y las dificultades que les había causado. Les devolví los cumplidos elogiando sus sorprendentes máquinas bélicas y su extraordinaria fuerza física. Uno de ellos, Hunfredo de Torón, venía a menudo. Era un hombre muy hermoso, con cabellos oro pálido y ojos azules. Me impresionaba la esbeltez de su talle, su porte y sus vestiduras ricamente bordadas. Nos hicimos amigos, y yo lo llamaba «Onfari». Él quería convertirme y armarme caballero cristiano, pero yo le expliqué que nuestra caballería árabe no tenía nada que envidiarle a la suya, y no pasamos del juramento de fidelidad. Fue éste uno de los poquísimos que no llegó a ser traicionado más tarde. Vistos individualmente, esos «enemigos del Islam» me parecían muy simpáticos. Día tras día los observaba y escuchaba. Examinaba sus armas, la distribución de su campamento y su disciplina, y me informaba sobre sus costumbres, su forma de gobierno y las fuerzas de su reino.
Hasta que un buen día se firmó el tratado. Chircouh obtuvo lo que había pedido, y recibió además cincuenta mil piezas de oro que vinieron a sumarse a todas las cantidades conseguidas en sus incursiones. En cuanto a los franjs, tuvieron que evacuar Egipto sin conservar ni una sola ciudad. Un acuerdo especial les permitió, sin embargo, dejar en las puertas de El Cairo un comisario y un escuadrón de caballería. Una pequeña precaución frente a Nour-ed-Din, para disuadirlo de que enviara tropas en cuanto hubieran vuelto la espalda. También debían recibir cien mil piezas de oro por año, que saldrían de las rentas del país.
Al son de tambores, címbalos y trompetas, Chawar, una vez más el vencedor, entró con gran pompa en su ciudad de Alejandría, mientras nosotros retomábamos la ruta del desierto bajo un sol implacable. Estábamos en el mes de chouwal de 563 (agosto de 1167), y me sentía aliviado de volver a Damasco. Partíamos sin la victoria, pero dejábamos tras de nosotros un Egipto libre. Ya en camino, mi tío me felicitó afectuosamente:
—Has hecho un buen trabajo, Yusuf. Defendiste la plaza con mucha presencia de ánimo. Has aprendido a mandar y has sabido imponerte tanto al
rey de los franjs como al visir de Misr. [37] ¡Mabrouk! A tu edad yo no había hecho nada parecido. Si continúas así, llegarás lejos.
Todo esto me llegaba directo al corazón, y se lo agradecí emocionado. Aquella rendición me había dejado malherido y ya no sabía muy bien dónde estaba. Con su hosco vozarrón, Chircouh me había devuelto la confianza. Pero ¿cuál era mi destino? Aún me lo seguía preguntando. Como en mi adolescencia, me sentía zarandeado de un lado para otro, una hoja muerta arrastrada por el viento. ¿Dónde iría a estrellarme?
—Algún día nos apoderaremos de Egipto —exclamaba Chircouh blandiendo su sable.
Ese país lo seguía obsesionando y maquinaba mil planes para regresar bien equipado, diciendo que el ejército de Egipto era de pacotilla y se desvanecería al primer encuentro. En cuanto a los habitantes, acostumbrados al cambio, aceptarían sin rechistar un nuevo amo, felices de verse libres de un visir que los oprimía cada vez más y muy pronto acabaría quitándoles sus últimos recursos. Pues habría que pagar ese oneroso tributo prometido al rey de Jerusalén. Los caballeros portadores de la cruz estaban ahí para exigirlo. Y la presencia de ese grupo de guerreros dejado en las puertas de El Cairo no podía inspirar la menor confianza. Morri distaba mucho de ser un tonto. También debía de estar madurando una operación militar. Y no había que otorgarle la victoria.
A lo largo de las soleadas colinas, campamento tras campamento, mi tío seguía con sus sueños, imaginando el ejército formidable y el impresionante material bélico que iba a reunir para regresar lo más pronto posible. Me asociaba a sus proyectos, pero éstos no despertaban en mí interés alguno. Yo sólo deseaba una cosa: volver a la tranquilidad de mi casa. Aún no sabía si ver o no a mi jeque. Y, sin embargo, ¿a quién sino a él podría hablarle de mis dudas y de todo lo que había visto y oído entre los cristianos? ¿Quién era ese Dios que había aceptado morir en una cruz? ¿Podía un Dios morir? ¿Y qué papel representaba Alá en todo esto?
Nour-ed-Din nos recibió en su palacio de Alepo. Alabó nuestro valor. Pero cuando Chircouh le expuso la necesidad de organizar rápidamente una nueva expedición, esquivó el asunto diciendo:
—¡Ya lo has intentado dos veces y no lo has conseguido!
El sultán era un hombre prudente. No quería perder Siria. Y Egipto no era ahora ninguna amenaza pues los franjs habían regresado a sus antiguas posiciones. Para apaciguar a su general le ofreció toda la provincia de Homs, en la frontera norte. La vecindad de Antioquía y la lejana presión de Bizancio lo harían olvidar, creía él, el tesoro de los faraones. En cuanto a mí, para recompensarme me retuvo en su corte y me otorgó dos magníficas posesiones, una cerca de Alepo y la otra más al oeste, en el distrito de Kafr Tab. Aquello era mucho más de lo que yo podía desear, y me sentía el más dichoso de los mortales.
Viví entonces unos días apacibles, administrando sabiamente mis posesiones. Llevaba mis cuentas con gran detalle, vigilaba las cosechas y conversaba con los campesinos. La campiña era hermosa y las montañas tenían abundante caza. Me encantaba cazar, aves, gacelas, tigres, guepardos, y, sobre todo, leones, el más feroz de los animales, que ponía en fuga a todos los demás. Era inteligente y muy astuto. No era fácil atraparlo sin aplicar cierta técnica. Había que conocer sus vericuetos y sus hábitos. Y sobre todo era imprescindible atacarlo de costado y hundir la lanza en el lugar preciso. Era un adversario selecto y que me fascinaba. Más tarde llegué a domesticar unos cuantos, que me seguían en mis campañas y custodiaban la entrada de mi tienda.
Había logrado una posición y unos ingresos respetables, y mi madre decidió casarme. Tenía que asegurar mi descendencia, me venía repitiendo desde Damasco, y no era bueno que a mi edad aún no tuviera una familia. A la sombra de sus preciosas celosías manejaba toda una red de informadores y sirvientes. Muy pronto me presentó una lista de candidatas de noble alcurnia, cuyas descripciones eran sumamente seductoras. Entre las kurdas de ojos verdes, las sirias de ojos azules y las iraquíes de cabello color jade, no sabía con cuál quedarme. Todas eran bellísimas y conocían, además del bordado, el canto, la danza y el arte de seducir. Ya iba a optar por una kurda cuando conocí a un nuevo jeque. Tal como ocurrió con el primero, en Damasco, el encuentro se produjo en el palacio de Nour-ed-Din.
La corte formaba parte de mis obligaciones. Asistía a los [38] majlis del
soberano y lo escuchaba administrar justicia. En torno a él redescubrí las asambleas habituales de cadíes, ulemas, letrados, hombres de ciencia y, sobre todo, religiosos. Los sufíes eran numerosos. Tenían un centro importante en Alepo, donde el sultán les había hecho construir un bellísimo convento. Me crucé con el jeque en una rosaleda del palacio. Estaba muy viejo y se apoyaba en un bastón. Se detuvo, miró mis vestiduras ceremoniales y mi turbante de seda del que me sentía tan orgulloso, y me dijo con una sonrisa burlona:
—Si te duermes, no sabrás nunca lo que se espera de ti.
—Estoy todo menos dormido —le respondí riendo—, y voy a ver a
Sayedna[39] para recibir sus órdenes.
Como si no me escuchara, prosiguió:
—Debes aprender a creer en Dios. Si no crees, nunca podrás alcanzar la verdad. Y no pienses que lo lograrás en solitario. Es la peor de las soberbias. No se puede prescindir de Dios. Has de aprender a ser humilde.
Profundamente turbado, me incliné y le dije:
—Venerable jeque, has leído en mi alma y sabes qué me atormenta. Amaba a Dios y Él me envió los peores sufrimientos. Quería adorarlo en uno de sus conventos y Él me envió al infierno.
El sabio tomó mi mano y se la llevó a la frente, diciendo:
—Dios necesita del hombre, pero sólo puede llevarlo hasta Él cuando el hombre sabe realmente que necesita a Dios. Cree con todo tu ser. ¡Deja morir tu alma para renacer en el Alma única!
Luego se despidió, avanzó unos pasos y se volvió para decirme:
—En cuanto pones el pie en el «camino» pasas a ser un servidor durante el resto de tu vida. No hay retorno posible.
A partir de aquel día olvidé a la preciosa kurda y cualquier intento de matrimonio. Fui a ver al jeque y reanudé mis ejercicios, previo propósito de enmienda. Le hablé del Dios de los cristianos y de mis dudas. ¿Quién era ese Dios Uno y Trino y quién era Alá? ¿Dónde estaba la verdad?
Y él me respondió:
—Escucha bien esta historia: «Había una vez una mata de rosas cuidadosamente plantadas, cuyas raíces se hundían a gran profundidad en el suelo que les habían preparado. Esas raíces eran Abraham. Una rosa empezó a crecer y fue preciso hacerle un injerto para que no se volviera silvestre, sino lo que el jardinero esperaba de ella. El cuidador, la buena tierra y el injerto eran resistentes. Ese cuidador era Moisés. Y un buen día, la más perfecta de las rosas rojas que jamás se haya visto retoñó. Y ese retoño era Jesús. Luego el retoño se abrió y la flor resultó ser Mahoma».
Guardó silencio un instante y añadió:
—La humanidad necesita el perfume de la rosa. Pero un día ya no tendrá necesidad ni de esto.
Reanudé mis oraciones con más fervor que nunca y comencé a meditar. Lleno de contrición volví al Dios bien amado, Amante y Amor, esperando en cada uno de mis éxtasis algún eco, una señal reveladora de su perdón. Pero no veía ni oía nada. A mis oídos sólo llegaban los rumores alarmantes que provenían de Egipto y retumbaban a lo largo y ancho del palacio.
Todo iba mal por aquellos pagos. La miseria aumentaba de día en día y Chawar no sabía ya de dónde sacar las sumas estipuladas en el tratado. Los caballeros del rey Morri se habían instalado permanentemente ante las puertas de El Cairo con las llaves de la ciudad, tiranizando a la población y tratándola del modo más cruel e injusto. Su despotismo aumentaba sin cesar y enviaban mensajes urgentes a su soberano, exhortándolo a venir con nuevas fuerzas.
—El país será nuestro antes de que Nour-ed-Din haya tenido tiempo de pertrecharse —repetían.
Los acontecimientos se precipitaron. Kamil, el hijo de Chawar, envió una misiva al sultán diciéndole que ya era hora de que los musulmanes se entendieran entre ellos, y que si Siria lo ayudaba a tomar el poder, él mismo firmaría un pacto de alianza y pagaría un tributo. Nour-ed-Din aceptó, pero no movió un dedo, limitándose a observar la situación. En las orillas del Nilo soplaban aires de cansancio que anunciaban un inminente levantamiento de la población contra los caballeros cristianos. Por entonces yo también recibí una carta de Kamil. Nos habíamos hecho amigos cuando instalé mi campamento junto a las murallas de la ciudad, esperando que Chawar cumpliera sus promesas. En ella me renovaba su afecto y me proponía que me casara con su hermana mientras él se casaba con la mía, dando así el primer paso hacia la creación de una coalición antifranjs entre nuestros dos países. Le agradecí, pero no hice nada. El camino de mi vida, iluminado por mi jeque, se abría de nuevo sobre mis tierras de Alepo.
Durante el verano nos enteramos de que el emperador de Bizancio[40] había despachado una embajada a Jerusalén, proponiendo a Morri que se uniera a él para conquistar Egipto antes de que cayera en otras manos. Presa de un gran nerviosismo, Chircouh irrumpió un día en la corte:
—El asunto es grave —dijo—. Jerusalén y Bizancio han pasado a ser una gran familia desde que Morri se casó con la sobrina del Basileus Manuel. Debemos reaccionar lo antes posible y cortarles el camino.
Pero el sultán se tomaba las cosas con calma, asegurando saber lo que pensaba el rey tartamudo.
—No atacará. Sabe perfectamente que los egipcios se levantarían contra él y me pedirían ayuda. La férula siria es más dulce para ellos que la tiranía de los «Trinitarios». Y Morri nunca se arriesgaría a que lanzara mis ejércitos contra él.
Y denegó con la cabeza.
— [41] ¡La! Si quiere El Cairo, antes tendrá que tomar Damasco.
Entretanto, Nour-ed-Din tuvo que resolver unos asuntos en Mesopotamia. El administrador del soberano de Mosul, su hermano, acababa de morir, y él se lanzó al frente de sus tropas para apoderarse, ante la mirada atónita de los herederos, de varias provincias del difunto que le interesaban. Y Morri, que nos espiaba, aprovechó la ocasión. Fingiendo que se dirigía hacia Homs, territorio de mi tío, se precipitó en realidad contra Egipto.
El primer día del mes de safar de 564 (4 de noviembre de 1168), el ejército de Jerusalén atacó Bilbéis, la saqueó, masacró a todos sus habitantes y continuó luego hacia El Cairo.