Sueño programado

Christopher Priest · Capítulo 11 de 29

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Sueño programado

Capítulo 11

11

Paul dijo:

—¿No te agrada verme?

Todo lo que Julia había hecho desde su regreso y todo aquello sobre lo que había pensado, fue expelido de su mente en forma tan total y eficaz ante la imagen de él como fueron barridos sus recuerdos por el proyector Ridpath. Lo vio a Paul, sólo a Paul y todo lo que representaba en su pasado: la destrucción de su orgullo, de su sentido de identidad, de su autorrespeto. De la misma manera que había estado morbosamente obsesionada por él después de haberlo visto durante su último fin de semana en Londres Paul constituía ahora alguien que, por su misma existencia, exigía y recibía la completa atención de ella.

—¿Me estás siguiendo? —dijo y al hablar así, reconoció en su propia voz el sonido de la paranoia.

—¿Qué quieres decir, Julia? —¿Era fingida su expresión inocente?

—Mira, Paul, ya te lo dije. Hemos terminado. No quiero saber nada más contigo.

—Eso es lo que sigues diciendo.

—Entonces, ¿qué haces aquí?

Sonrió, condescendientemente tranquilizador:

—No vengo a verte, si eso es lo que piensas. Ocurre que trabajamos en el mismo empleo, eso es todo.

Antes de que pudiera contenerse, Julia gritó:

—¡No eres miembro del proyecto!

—Trabajo para los síndicos.

Julia miró de un lado a otro del corredor. Marilyn había ido a pedir que la llevaran de vuelta al Castillo, y probablemente ya estaba fuera de la casa. No había nadie a la vista, pero estaban abiertas varias puertas que daban al corredor.

—No podemos hablar aquí —dijo Julia—. Alguien nos oirá.

—Nada tienes que ocultar, ¿no?

Julia lo apartó y entró al cuarto en el que Paul había estado. Era una oficina, el escritorio estaba desordenado con papeles, a los que reconoció en el preciso instante en que los vio: algunos de los muchos informes archivados por miembros de la proyección durante sus períodos de regreso de Wessex, que constituían la materia prima de la proyección y a partir de los cuales se recopilaban los hallazgos periódicos que se presentaban a los síndicos. Para Julia, el que alguien como Paul Mason pudiese tener acceso a esos documentos significaba la violación del secreto más grosera imaginable.

Paul estaba parado al lado de la puerta.

—Si deseas hablarme —dijo Julia— entra aquí.

—Tú pareces ser la que quiere hablar —dijo Paul, pero entró a la habitación y cerró la puerta.

—¿Es éste tu cuarto? —preguntó Julia.

—Lo es por el momento. Esta semana se desocupa otro al que me voy a mudar.

Se refería al de Tom Benedict. Julia lo sabía sin precisar que se lo dijeran.

Con la puerta cerrada, los modales de Paul cambiaron. En el corredor había afectado un aire de formalidad divertida, probablemente porque podrían haber pasado otras personas; pero ahora que estaban juntos a solas, vio al Paul más familiar, al que reconocía de los tiempos pasados. En cierto sentido, este cambio súbito representaba un alivio, pues confirmaba sus prejuicios hacia él: siempre hubo una duda, cuando no estaba con él, de que hubiese imaginado sus instintos destructivos.

Paul había dado la vuelta al escritorio y se había sentado detrás. Le dirigió a ella una mirada conocedora, luego tomó dos o tres informes y los sostuvo para que los viera.

—Estoy interesado en tu mundo de sueños —dijo—. Suena placenteramente confortante.

—¿Confortante? —preguntó ella—. ¿Qué quieres decir?

—Es exactamente la clase de evasión de la realidad en la que te especializas.

Paul nunca se contentaba con una invasión de lo privado; siempre tenía, más tarde o más temprano, que hacer un comentario.

—Mira, Paul, es un mundo real.

—Pero es una fantasía, ¿no? Lo moldeas según tus propios deseos.

—Es un proyecto científico.

—Se pretendía que lo fuera: he leído tus informes… es un lugarcito bastante idílico que has pergeñado para ti misma.

Julia, simultáneamente enojada y turbada, sintió de nuevo la urgencia de huir de él, pero sabía que esta vez tendría que encararlo: la acusación de que los miembros del proyecto se gratificaban en una fantasía de cumplimiento de deseos había sido hecha varias veces por la junta directiva. Era inevitable cuando se comprendiera la naturaleza del proyecto. Necesariamente, cualquier proyección reflejaría los deseos inconscientes de los participantes, convirtiéndose así en un medio placentero para ellos. A pesar de todo, la naturaleza del proyecto era preeminente.

Pero que Paul hiciese esa acusación y que se la hiciese ella, lo arrojaba a un nivel completamente diferente.

—Nada sabes sobre Wessex —dijo ella.

—He leído los informes. Y te conozco a ti, Julia. ¿No queda en tu calle? ¿Recuerdas todas las películas que solías ver?

—¡No entiendo qué quieres decir! —dijo Julia; pero Paul le sonrió de manera socarrona y supo exactamente qué es lo que quería decir.

Había habido una época, alrededor de nueve meses antes de que lo dejara, cuando sintió que ya no podía más. Había estado en uno de sus muchos trabajos de secretaria aburrida y desdichada, y por las tardes, cuando volvía al piso, allí estaba Paul para recordarle sus falencias y sus errores, y era demasiado claro el desprecio que sentía por ella. Una tarde, incapaz de enfrentarlo, lo había llamado y le dijo que tenía que trabajar tiempo extra… yendo en cambio al cine. Las dos o tres horas de alivio habían sido realmente dulces, e hizo lo mismo la tarde siguiente. Durante un lapso de tres semanas fue sola al cine, con más frecuencia que lo que iba a casa… y, naturalmente, Paul lo descubrió. Al tratar de explicarse, de comunicar su desesperación, Julia le había dicho el porqué, exactamente el porqué, pero en vez de conmiseración, sólo recibió más desprecio. A partir de ese día, «ir al cine» se había convertido en otra frase del vocabulario sin par de crítica destructiva de Paul, una metáfora de la inadecuación de ella para enfrentar al mundo real.

Paul nunca lo olvidó: el vocabulario todavía estaba intacto, y se hizo oír a través de los años que Julia había estado libre de él.

—Siempre has escapado —dijo Paul—. Hasta de mí.

—Era todo lo que te merecías.

—Solías decir que yo era la persona más importante de tu vida. ¿Recuerdas?

—Lo pensé durante casi una semana.

La primera semana. Aquellos primeros días letales, cuando lo había admirado y amado y confiado en él… o así había creído al menos. Los días en los que se le había confiado y hablado con franqueza sobre sí misma, sin saber que al mismo tiempo estaba sembrando las semillas que producirían las plantas venenosas que él iba a cosechar para siempre, de ahí en más.

—No puedes huir de nuevo. Cometiste el error una vez… pero sabes cómo dependes de mí.

Prevaleció la ira:

—¡Por Dios, no te necesito! ¡He terminado contigo tan completamente como es posible para liberarse de cualquiera! ¡Si no volviera a verte nunca, me importaría un comino!

—Me parece haber oído eso antes, en alguna parte.

—Esta vez es definitivo. Tengo mi propia vida.

—Ah, sí. Tu pequeña fantasía escapista. ¡Cómo te admiro!

Julia se dio vuelta y fue hacia la puerta, temblando de furia.

—¿Todavía corriendo, Julia?

Al abrir la puerta, se detuvo. Al mirar a Paul, vio que estaba a sus anchas, y sonriendo: siempre había gozado desollándola, para exponer sus nervios sensibilizados y luego rasguñarlos.

—Ya no preciso huir más de ti. No significas nada para mí.

—Ya me doy cuenta. Entonces, te hemos de probar en la proyección.

—¿Qué quieres decir?

—Veremos cómo reacciona tu inconsciente ante el mío.

Lo miró fijamente con nuevo horror.

—¡Tú no vas a la proyección!

—No, no, por supuesto que no. Cómo pude haber pensado siquiera que me permitirías trastornar tu vida.

De todas las diversas armas que tenía a su disposición, el sarcasmo era la que estaba más mellada por el exceso de uso.

Julia dijo:

—Paul, por Dios que haré todo lo que esté a mi alcance para asegurarme de que ni siquiera te acerques al proyector.

Él rió, como para disminuir el poder que ella había invocado.

—Supongo que los síndicos no tienen voz en este asunto: soy responsable ante ellos, no ante ti.

—Soy participante en pleno. Si no quiero que te unas, puedo detenerte.

—Contra el voto mayoritario de los demás, naturalmente.

Había un modo… ella sabía que había un modo.

—Puedo detenerte, Paul —dijo nuevamente.

Se había llegado a un acuerdo tácito entre los participantes, en los primeros días. La naturaleza de la proyección estaba tan delicadamente determinada por la mente inconsciente de los participantes, que su equilibrio podría trastornarse por las reacciones de una personalidad con respecto a otra. Habían estado de acuerdo desde el principio: no habría relaciones fuera de la proyección. Nada de amoríos, ni vínculos sentimentales, ni formación de grupos de amistades exclusivos. La animadversión personal habría de resolverse de un modo u otro antes de que comenzara la proyección, o si no, una de las partes, o ambas, renunciaría. Con la misma delicadeza con la que habían creado los matices del mundo proyectado, de algún modo los participantes lo habían logrado. Concordaban, sus mentes tenían un mismo pensamiento… pero fuera de la proyección tenían su propia vida y sólo se reunían para discutir el trabajo.

Paul estaba esperando, sonriéndole.

—Hay una regla que obedecemos —dijo ella—. Sólo les tengo que decir a los demás lo que eres para mí y quedaras fuera.

—¿De modo que les dirías que todavía te gusto?

—No, imbécil: les diré cuánto te aborrezco; les diré lo que me has hecho en el pasado y les diré lo que ha ocurrido hoy. Les diré cualquier cosa… con tal de mantenerte fuera de Wessex.

La sonrisa de Paul había desaparecido, pero en sus ojos permanecía la misma expresión que mantuvieron todo el tiempo: una mirada calculadora y mezquina.

—Supongo que ésa es un arma de doble filo —dijo él.

—¿Cómo?

—Podría utilizarse contra ti tanto como contra mí. —Se puso de pie rápidamente, alarmándola, por lo que retrocedió. Todavía Julia tenía la mano sobre el picaporte, pero carecía de fuerza para girarla—. He trabajado mucho tiempo por una oportunidad como ésta. Estoy en esto porque es mi oportunidad, y la voy a aprovechar ahora. Nadie va a ponerse en mi camino, y menos aún una putita frígida que ha pasado la mitad de su vida culpando a los demás por su propia debilidad. Tú puedes encontrar algún otro sitio para esconderte: si está entre tú y yo, entonces seré yo.

Julia, reuniendo sus últimas reservas de fuerza, sabiendo que no podría soportar más esto, dijo:

—Ya estoy establecida. No se te va a permitir entrar.

—Entonces, sometámoslo a la prueba. Veamos qué es lo que piensan los demás. ¿Quién se lo va a decir? ¿Tú o yo?

Julia sacudió la cabeza lastimeramente.

Paul dijo:

—Y ya que hablamos de eso, ¿también les vamos a mencionar tu amistad con Benedict? ¿Les diremos cómo conseguiste tu puesto?

—¡No, Paul!

—De modo que sabemos qué decirles a los demás. Para mí está bien.

Julia sintió que iba a desmayarse. En los últimos diez minutos resurgió cada una de sus pesadillas más profundas e íntimas. Sabía que Paul era despiadado, sabía que era ambicioso; lo sabía todo, y más aún, sobre el compuesto químico de destrucción que actuaba entre ellos, pero nunca se había dado cuenta de que los tres elementos podían combinarse produciendo este efecto espectacularmente explosivo. Dejó escapar un gemido apagado incontrolable de aflicción y desesperanza, y se volvió. Paul, sentado detrás de su escritorio, nuevamente sonreía en forma burlona.

Al salir de la oficina, lo oyó hojear informes personales que estaban en su escritorio.