Sueño programado
Capítulo 25
25
Cuando llegaron a la parte de arriba del segundo terraplén de tierra y Julia indicó la entrada de las obras subterráneas, David Harkman miró de soslayo a la planicie que constituía la parte superior de la colina fortificada. Había esperado ver aquí algún tipo de habitación —casas que utilizaran los participantes, quizás— pero el pasto estaba crecido y sin haber sido hollado. No había casas, ni huellas, ni gente. Las nubes bajas y plomizas que se deslizaban desde el oeste, estaban sobre ellos a una distancia que parecía ser no mayor que la longitud del brazo.
Él miró hacia el este, a través de la bahía con sus torres de perforación y pozos apiñados: se la veía oscura y fría, ensuciada por el hombre y sus esfuerzos.
—Una vez quise nadar allí —dijo; Julia lo miró sorprendida.
—Aquí solía haber un deporte, en algún momento del pasado, creo. La gente se trepaba sobre tablas de motor y trataba de permanecer sobre la cresta de la ola Blandford. Cuando llegué aquí, estaba interesado en intentarlo.
—Nunca oí hablar de eso —dijo Julia—. Y la ola solamente es una gran marca de resaca. No podrías montarte sobre ella.
—Me gustaría haberlo visto, no obstante.
—Vamos, metámonos dentro —dijo ella.
La siguió por la pendiente, tratando de sacudirse un recuerdo casi onírico: la turgencia de la ola por debajo de la tabla, el lamento agudo del motor, el trueno blanco de la rompiente que se desmorona… pero tenía un carácter fugaz: lo recordaba de inmediato, pero no en la experiencia de él.
La hierba larga humedeció la pierna de su pantalón mientras seguía a Julia, y se estremeció. Había estado bajo la lluvia durante más de una hora, estaba calado hasta los huesos. Este lugar abierto y barrido por el viento no parecía ser una promesa de calor o sequedad.
No había puerta en la construcción de cemento armado: estaba abierta y el viento se colaba hacia el interior como por un embudo. Esparcidos por el suelo, había charcos de agua sucia, por todas partes había mucho lodo y restos de mampostería. Julia guiaba el descenso por un tramo de escalones.
Mientras caminaban bajo la lluvia, ella había tratado de explicar por qué era tan inexorable en cuanto a volver al Castillo. Había hablado de un modo de volver al siglo XX… pero ninguno de ellos tenía algún lazo emocional con ese pasado: ambos pertenecían a Wessex.
Harkman tenía su propia razón, empero, y había sido la que lo persuadió de que no había esperanza tratando de escapar. El Castillo de la Doncella todavía ejercía poder sobre él. En tanto viviese, sentiría su compulsión.
Ahora estaba en el lugar mismo que lo había convocado. Aquí estaba el foco de la fuente invisible, radiante, que lo llamaba. Y al igual que la reacción al cuerpo de una mujer muy codiciada que repentinamente se desnudase ante él, experimentó una sensación simultánea de satisfacción del deseo largamente retenido, y una desilusión indefinida ahora que se develaba el misterio. El túnel al final de la escalera era frío y mal iluminado. Había puertas a cada lado, todas cerradas y aparentemente bajo llave. Sobre el piso había variedad de cosas desparramadas: pedazos de papel descartados, algunas botellas, fragmentos de espejos rotos, un par de zapatos. Las paredes estaban revestidas con cemento armado, pero había un olor penetrante de tierra o arcilla.
—¿Has estado por aquí abajo en los últimos seis días? —preguntó él.
—Se está mejor en la sala de conferencias —dijo Julia.
—Todo el sitio está húmedo.
—No venimos acá por nuestra salud. —Habían llegado a una puerta al final del corredor, Julia lo contuvo:
—David… vas a conocer a los demás. ¿Vas a mostrarles el recorte del periódico?
—¿Qué crees? ¿Deberíamos?
—No estoy segura. Estoy convencida de que éste es el camino de vuelta al siglo XX, y si estoy en lo cierto y de allí es de donde vinimos, entonces comprenderán cuando lleguemos. ¿Piensas que alguien nos va a estar esperando?
—No puedo responder a eso.
Hizo ademán de avanzar, pero Julia tomó de nuevo su brazo.
—Lo conocerás a Paul dentro de un instante —dijo ella—. ¿No vas a hacer escándalo, no?
—¿Hay alguna razón?
—No —repuso ella, y lo besó en la mejilla—. Sabes lo que dije y sabes lo que quiero. —Todavía teniendo su brazo, pero ahora delicadamente, abrió la puerta que estaba detrás de él—: Ésta es la sala de conferencias.
Harkman entró, mirando en derredor, esperando hallarla llena de gente… pero estaba vacía. Las luces estaban encendidas, y estaba cálida y ligeramente cargada. Sobre las mesas estaban esparcidos muchos libros y papeles impresos; en el piso, al lado de las sillas, se habían dejado tazas y platillos. Alguien había dejado una chaqueta colgando de un gancho de la puerta.
Harkman dijo con desconfianza:
—¿Supones que oyeron que veníamos?
Julia miró en torno a la habitación otra vez, como si buscando fuese a encontrar algo.
—Sólo me fui hace dos horas —dijo—. Todavía deben estar aquí.
—¿En algún otro cuarto?
—Nunca se utilizan. Todos deben haber ido a la sala de proyección.
La siguió por un túnel lateral hacia una entrada por la que se derramaba una luz brillante y cuando fueron hacia la sala que estaba más allá, Harkman sintió el calor de las lámparas que refulgían sobre él. Con una mano levantada para protegerse los ojos, Harkman miró en torno a la habitación, pero transcurrieron varios segundos antes de que se diera cuenta de que había alguien esperando: en el extremo alejado de la sala, de pie al lado de uno de los agrupamientos de luces, había un hombre.
No les dijo una palabra, pero los observó mientras ingresaban.
A la izquierda de Harkman, a todo lo largo de la sala, había una banda de gavetas grandes pintadas de gris. En el centro de la sala y, por alguna razón, en el sitio en el que convergían los haces de varias lámparas, había una pila grande de ropa descartada. De un modo raro, Harkman pensó que parecía la escena de una orgía que había sido interrumpida por una redada policial.
—¿Eres tú, Paul? —dijo Julia achicando los ojos por el resplandor de las luces.
La figura no hizo movimiento o sonido alguno durante casi medio minuto, lapso durante el cual Harkman se adelantó, para ser contenido por la mano de Julia sobre su brazo; pero luego, por fin, se adelantó lentamente.
—Se han ido todos —dijo—. El proyecto ha comenzado.
—¿Ya? —dijo Julia, con evidente sorpresa—. Pero ibas a esperar.
—Tenía toda la gente que precisaba. No había razón para demorarse.
Julia miró de soslayo a Harkman, y él vio un extraño miedo en su expresión.
Ella dijo:
—Paul, lo he encontrado a David Harkman. ¿Recuerdas? Don Mander lo propuso.
—¿David Harkman, no?
—David, te presento a Paul Mason, el director de nuestro proyecto.
—¿Mason? —Harkman extendió una mano, pero Mason la ignoró y la miró a Julia.
—¿Así que éste es el David Harkman que es tan valioso para mi proyecto? Bueno, no sirve; hemos comenzado y es muy tarde para cualquier otro. —Se dio vuelta y fue a pararse al lado de los gabinetes. Tendió ambas manos hacia atrás, apretando el metal liso con las palmas—: No lo conozco, Harkman. ¿De dónde viene? ¿Qué quiere acá?
Harkman, irritado por los modales del hombre, que oscilaban entre el desorden psíquico y la rudeza sin tapujos, sintió la tentación de darle una respuesta violenta, pero vio pasar como un relámpago una mirada de prevención que le hizo Julia, y recordó su pedido de no hacer escándalo.
Dijo:
—He estado trabajando en la Comisión Regional, Mason. Fui enviado aquí por la Oficina de…
—No confío en la Comisión, Harkman. Ni en nadie de ella. ¿Qué quiere aquí?
—Paul, los demás lo aprobaron.
—Los otros se han ido. Tú y yo somos los únicos que quedamos. Quiero saber qué busca aquí este hombre de la Comisión.
—¡Lo queremos, Paul!
—Es lo que tú dices. Yo selecciono a los participantes para el proyecto, no tú.
Julia miró nuevamente a Harkman, esta vez con una expresión de perpleja desesperación, luego se adelantó hacia Mason. Se apartó de ella inmediatamente, y recorrió la línea de gabinetes, pasando una mano obsesivamente a lo largo de las superficies metálicas.
Con todo lo que había ocurrido durante el día, Harkman no tenía una idea preconcebida de lo que podría encontrar en el Castillo… pero esto, con Mason aparentemente perturbado más allá de lo lógico, era algo que no tenía manera de saber cómo tratar.
—¿Julia, está enfermo? —dijo serenamente.
—Nunca lo había visto así antes —dijo ella—. Cuando lo dejé, estaba muy enojado… pero no había esperado esto. ¿Y dónde están todos los demás?
Harkman dijo:
—¿Qué haremos?
Julia estaba silenciosa, contemplando en la larga habitación la figura extrañamente neurótica de Paul: una vez más se paró bajo el enjambre de luces, con las manos apretadas contra el gabinete más próximo.
Al mirarlo, Harkman pudo ver por qué la había atraído alguna vez a Julia: probablemente tenía la misma edad que él y era indudable que era buen mozo, con cabello obscuro y estilo bien definido, pero había una fealdad en su boca y una estrechez en sus ojos que hicieron que a Harkman le disgustara. El que este disgusto fuese evidentemente recíproco, no resultó una sorpresa: después de todo, éste era el otro hombre en la vida de Julia y se suponía que confrontaciones así estuvieran cargadas con sentimientos reprimidos.
—¿Sabes cómo trabaja esta maquinaria? —Harkman le preguntó a Julia.
—Sí… Paul lo estaba explicando ayer.
—Parece incapaz de explicar nada por el momento. ¿Qué ocurre?
—Cada participante tiene una gaveta para sí. La mía es aquélla.
Señaló el octavo o noveno cajón desde el extremo más próximo, Harkman notó que era uno de los tres que todavía no estaba cerrado del todo.
—¿Cómo sabes cuál es el tuyo? —dijo Harkman—. Todos parecen iguales.
—Porque… no estoy segura. —Julia miró los otros dos, y sacudió la cabeza—. Sé que es el mío, porque lo siento mío. No puedo decir por qué.
—Pero ¿por qué uno es diferente de otro?
—Tiene que ver con los patrones nerviosos y cerebrales. El doctor Eliot…
Se interrumpió súbitamente, y miró muy alarmada a Harkman.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
—¡Aquí deberla estar el doctor Eliot! Y Marilyn. Y el resto del personal. Paul siempre ponía el acento en esto… el proyecto no debe comenzar sin supervisión médica.
—¿Dónde están, entonces?
Julia gritó hacia la habitación:
—Paul, ¿dónde está el doctor Eliot?
Paul dijo algo inaudible, pero no se dio vuelta para mirarlos.
Harkman dijo:
—Prosigue, Julia. ¿Qué les pasa a los participantes?
—Tenemos que tendernos en la gaveta, cuando se cierra se encienden luces en el interior. Eso ha de desencadenar algún tipo de respuesta cerebral que enlazará nuestra mente al proyector. En el interior hay electrodos.
Se acercaron al gabinete que Julia dijo que era el propio, y lo extrajeron. Al captar el sonido de los engranajes metálicos, Paul se dio vuelta para encararlos.
—¿Qué están haciendo? —aulló—. Mi experimento está en marcha. No quiero que se interfiera en él.
Harkman dijo:
—No le prestes atención, Julia. Continúa.
Ella indicó los descansos acolchados para cabeza y hombros y entre ellos, una serie de electrodos cortos y aguzados.
—Debemos tendernos para que se aprieten contra la piel —dijo—. Ya lo he probado: pinchan la piel pero no lastiman.
Harkman echó un vistazo al montón de ropas en el centro del piso:
—¿Y nos desvestimos para esto?
—Por supuesto.
Harkman contempló la gaveta con sentimientos inciertos; las luces brillantes y las locas palabras de Mason; la buena fe de Julia. Pero estaba siendo infectado por esto: estaba en el centro de su obsesión. En este gabinete había un cajón para él, y sabía cuál era. Al igual que Julia, no sabía cómo lo reconoció… pero sabía cuál, de los dos que quedaban, era el suyo.
Paul Mason todavía estaba parado bajo la batería de lámparas, observándolos.
—¡He matado a los demás! —gritó—. Te mataré a ti también. Aléjate, Julia… tú sabes lo que te ocurrirá.
—¿Lo dice en serio? —dijo Harkman.
Julia, que evidentemente estaba desorientada por la conducta irracional de Paul, dijo:
—No lo sé. Ayúdame con esto.
Tendió las manos hacia la gaveta que tenía a su lado, y juntos tiraron hasta abrirla. Tendido en el interior estaba el cuerpo inconsciente de un hombre joven desnudo; estaba tan quieto, que por un momento Harkman pensó que estaba muerto de veras. Julia se inclinó sobre su cara y puso la mejilla debajo de las fosas nasales del joven. Le puso la mano sobre el corazón.
—Todavía está respirando —dijo.
—Entonces, ¿qué quiso decir Mason con eso de matar a todos?
—David, no lo sé. No tenemos que prestarle atención. No entiendo qué es lo que le pasó… estaba perfectamente bien esta tarde.
Pero Mason no era alguien a quien se pudiera ignorar, pues empezó a acercárseles lentamente, apretando la espalda contra la banda de gavetas. Estaba vociferando palabras, pero incoherentemente.
—¿Por qué está inconsciente? —dijo Harkman, mirando al joven del cajón.
—Porque está proyectando, creo. Ni siquiera estoy segura de eso.
Con repentina sorpresa, Harkman se dio cuenta de que lo reconocía al joven: era el buhonero de los espejos, al que algunas veces había visto por las calles de Dorchester.
—¿Quién es? —preguntó.
—Su nombre es Steve. No sé mucho sobre él.
Volvieron a cerrar la gaveta empujándola.
—¿Qué haremos, Julia? ¿Podremos salir de esto?
Miró hacia atrás a Paul, que todavía se estaba abriendo camino hacia ellos, murmurando para sí mismo.
—Estoy asustada, David. Ya nada tiene sentido… Sólo tenemos ese viejo recorte para creer.
—¿Tú lo crees?
—Tengo que hacerlo. Lo mismo que tú. Todo lo demás es demente.
—Julia, te mataré si te metes en la máquina. —Ahora, Mason estaba al lado de ellos, mirándolos fijamente con ojos enfurecidos—. ¡Yo planeé todo… tenemos que ser tú y yo juntos, y solos. Eso es lo que acordamos!
Harkman dijo:
—Desvístete, Julia. Lo mantendré a Mason alejado de ti.
Se hizo a un costado, interponiéndose entre ella y Mason. Instantáneamente, éste saltó hacia él, tomando el cuello de Harkman por detrás con un brazo, tirando su cabeza hacia atrás. Con la otra mano le arañó los ojos. Julia gritó.
Tomado por sorpresa, Harkman se sintió arrastrar hacia atrás. La mano cerrada sobre su cara, tentando ferozmente por sobre su nariz y sus ojos; en su fosa nasal penetró un dedo que empezó a tironear. Con miedo instintivo, Harkman escabullo su cabeza hacia un costado, disparando un codo hacia atrás, contra el estómago de Mason. La presión en torno a su cuello se aflojó de inmediato. Harkman se volvió y con una trompada desmañada, golpeó a Mason de costado, por sobre la sien. Este vaciló, cayendo débilmente hacia atrás sobre la banda de gavetas.
—¿David, estás bien?
—Lo estoy —dijo, pero su corazón galopaba y no tenía aliento.
—Por favor, Julia… entra en la máquina. Es todo lo que podemos hacer ahora.
—No puedo ir por mí misma. Estoy aterrorizada por lo que ocurrirá.
—Estaré contigo. Lo juro. Te seguiré.
Súbitamente, detrás de ellos Mason dejó escapar un aullido de cólera y trató de volver a ponerse en pie. Harkman se volvió para enfrentarlo, cerrando los puños: no era peleador, y la conducta demente de Mason lo asustaba. Cuando Mason logró incorporarse, Harkman le dio un puntapié en las piernas, haciéndolo caer de nuevo.
—¡Hazlo, Julia! Mantendré a Mason alejado de ti.
Ella vaciló un instante más, y luego se desabrochó los botones del piloto. Al intentar sacarlo, el brazo se le trabó en la manga, y Harkman la ayudó. Ella estaba observando a Paul, sus dedos se movían torpemente sobre el vestido.
—¡Julia! —chilló Mason—. ¡No vayas!
—Paul, es lo que planeamos.
—¡Morirás, Julia! ¡Te matarán!
—No le hables —dijo Harkman—. Lo pone peor. Mantén la calma y déjame manejarlo.
Se las arreglaron para quitarle por fin el vestido. Ella se corrió el cabello todavía mojado y enredado por la lluvia, hacia atrás, y se estiró para besar brevemente a Harkman.
—Ven en seguida —dijo ella—. ¿Sabes cuál es tu gaveta?
—Aquélla, creo. —Estaba señalando la que reconocía como propia. Estaba justamente más allá de donde Paul Mason todavía yacía acurrucado en el piso.
Julia dijo:
—¡Es la correcta, David! Ambos lo sentimos.
—¿Qué hago, entonces?
—Puedes hacerla entrar tú mismo —respondió ella—. En el interior hay un asa. Y un gran espejo por encima tuyo… mírate en él.
Mason estaba tratando de incorporarse, pero parecía aturdido y sus movimientos carecían de coordinación. Harkman lo miró de soslayo, preguntándose si convenía volver a tumbarlo.
—Métete en la gaveta, Julia. Te ayudaré.
Se aseguró de que el cajón estuviese completamente afuera, luego Julia se sentó sobre la superficie metálica, y se tendió de espaldas. Deslizó unas cuantas veces cabeza y hombros, aparentemente tratando de colocarse cómodamente, y se corrió el cabello para que no interfiriera con los electrodos en modo alguno.
—Estoy lista, David.
Se inclinó y la besó levemente en los labios.
—Te amo, Julia. ¿Estás asustada?
Ella le sonrió:
—Ahora, no. Esto es lo que tenemos que hacer.
—Tampoco yo tengo miedo. ¿Estás lista?
A poca distancia, Paul Mason lanzó un quejido desde el piso.
—Sí, estoy lista.
David hizo presión contra la gaveta y sintió cómo se deslizaba suavemente hacia el seno de la máquina. La miró, con la esperanza de poder ver su expresión, pero ella había apartado los ojos de él y estaba mirando hacia un costado.
El cajón se cerró. En el último instante, Harkman vio encenderse una luz dentro del gabinete y cuando la gaveta se ajustó, vio un contorno cuadrado brillante.
Mason estaba de pie, y se alejó de los gabinetes.
—¿Dónde está Julia, Harkman?
Trató de ignorarlo, intentando pasar por su costado, pero Mason se corrió a un lado para bloquearle el camino.
—Usted ya no va a interferir más, Harkman. ¿Quién diablos es usted? ¿Dónde está Julia? ¿Qué le ha hecho?
—Salga del paso, Mason.
—Usted no va a meterse en la máquina. Lo mataré.
—No puede detenerme.
Se detuvieron, enfrentándose, el corazón de Harkman volvió a galopar. Mason se estaba agazapando, como si estuviese listo para abalanzársele. Entonces, desvió la mirada y miró con fijeza el cajón de Julia: la luz interna brillante se estaba desvaneciendo, mientras los dos hombres observaban, se hizo mortecina y se apagó.
Mason se volvió hacia los gabinetes, Harkman dio un paso hacia adelante.