Sueño programado
Capítulo 3
3
Era tarde avanzada en Dorchester; los cafés al aire libre que estaban a lo largo del Marine Boulevard disfrutaban una ajetreada actividad al retornar los turistas de las playas. Dentro del puerto, cuya extensión total podía ver la gente que paseaba por el Boulevard, los yates privados estaban varados en los guijarros y el lodo de la bajamar, mantenidos erectos por sogas y pontones. Unos pocos hombres y mujeres pertenecientes a las tripulaciones contratadas estaban en algunos de ellos, pero la mayoría de los dueños y sus huéspedes se hallaban en tierra. Cuando subía la marea, la sección privada del puerto era un bullicio de yates que entraban y salían, con visitantes sentados en cubierta gozando de la vista y del sol pero, por el momento, los que todavía estaban a bordo de sus barcos se ocultaban de la mirada del público bajo sus toldos de alegres colores.
Fuera del puerto, una pequeña flotilla de barcos pesqueros esperaba la marea.
A lo largo de los murallones y desembarcaderos que rodeaban el puerto, todo a lo largo del Boulevard, cientos de personas se arremolinaban con aire de agradable indolencia. Músicos mendicantes se desplazaban entre ellos con bolsas para limosnas balanceándose del mango de sus guitarras y, por la parte del Boulevard que daba hacia el puerto, estaban los puestos de los comediantes autorizados, los de libros y revistas, el Bar Sekker’s, y el local en el que podían comprarse o alquilarse las tablas para deslizarse con la marea, y donde siempre se podía ver lo que estaba de moda. Era en esta parte del pueblo, y a esta hora del día, que se juntaban los visitantes.
El edificio de la Comisión Regional Inglesa estaba situado en una de las calles laterales que llegaban hasta el Marine Boulevard; fue de allí que emergieron Donald Mander y Frederick Cro. Caminaron lentamente hacia el puerto, a través de la multitud, Cro llevaba puesta aún su chaqueta, pero Mander la llevaba en el brazo.
Llegaron hasta el final del desembarcadero, donde se detuvieron para comprar dos citrons pressés en el bar que expendía bebidas sin alcohol.
Desde esta posición, era posible ver por debajo del toldo de uno de los yates y allí, invisible de otro modo desde los murallones del puerto, estaban dos hombres jóvenes y una mujer; si bien los hombres vestían mallas de baño y camisa, la joven estaba desnuda, serenamente sentada en una silla de lona hojeando una revista.
Los dos hombres de la Comisión repararon en ella al mismo tiempo, pero ninguno hizo comentarios: eran habitualmente cautos en lo que decían uno a otro y, por naturaleza, de reacciones discretas. Ambos eran solteros cincuentones y si bien habían trabajado en oficinas contiguas de la Comisión Regional durante más de veinte años, todavía no se trataban por su nombre de pila.
Una vez que hubieron acabado su bebida, volvieron, caminando lentamente por el desembarcadero.
Mander señaló a los barcos pesqueros que aguardaban, la mayoría de los cuales estaba agrupada en el agua más profunda, a unos cincuenta metros de la entrada al puerto. Varios estaban en el agua sin hacer nada, mientras sus tripulaciones estaban sentadas ociosamente en cubierta, bajo el cálido sol.
—Ha habido una buena pesca —dijo Mander.
Cro asintió con la cabeza, y Mander sonrió para sí: sabía que el otro hombre detestaba el pescado, y que raramente comía en los restaurantes locales. Una de las pocas cosas que Mander sabía respecto a Cro, era que vivía a base de envíos de provisiones provenientes de sus padres, que todavía vivían y habitaban en tierra inglesa, en medio de una relativa opulencia.
En el extremo opuesto del puerto, donde se efectuaba la actividad comercial, una grúa de vapor emitió un sonido sibilante, fuerte, acompañado por un chorro blanco de vapor. En un instante, rodó lentamente sobre sus rieles hacia el amarradero regular del servicio de hidróscafo proveniente del continente. La nave estaba atrasada esa tarde, y los vagones de varios mercaderes del pueblo estaban a la espera.
Más allá, la bahía estaba calma y azul.
Los dos hombres abandonaron el desembarcadero y se metieron en la multitud del Marine Boulevard, dirigiéndose al Bar Sekker’s. Estaban fuera de lugar en esta parte cómoda de la ciudad, más por su actitud vigilante que por sus ropas. Los turistas los miraron con fijeza mientras paseaban en el aire cálido, preocupándose sólo por observar y ser observados. No obstante, Mander y Cro les echaron un vistazo con inquietud; servidores públicos de menor cuantía constantemente vigilaban detalles de menor cuantía.
Al acercarse a las sombrillas multicolores que estaban sobre las mesas del Bar Sekker’s, Cro señaló hacia uno de los puestos de mercancías.
—Los del Castillo de la Doncella —dijo—. Todavía están aquí. Creí que usted iba a controlar su permiso.
—Lo hice. No hay nada irregular.
—Debe revocárselo. ¿Cómo es que lo consiguieron?
—De la manera usual —dijo Mander—. Lo compraron en la oficina.
—Podríamos hallar alguna objeción ideológica…
Mander sacudió la cabeza, pero no como para que el otro lo viera:
—No es tan sencillo.
El puesto que Cro había indicado habría parecido suficientemente inofensivo para ojos menos hostiles. Era como cualquiera de los otros, y construido según el mismo patrón; inclusive los objetos que se ofrecían eran similares, en primera instancia, a las baratijas que se exhibían en los puestos de todo el Boulevard. La superficie de madera del mostrador había sido cubierta con un paño verde de lana y diseminada sobre él, había una selección de objetos hechos a mano: palmatorias y escudillas de madera, juegos de ajedrez ornamentados, broches y brazaletes cuajados con piedras semipreciosas pulidas, alfarería de barro sin cocer. Cada artículo parecía bien hecho y sólido, pero con una rudeza atractiva en el acabado, que sólo servía para acentuar la artesanía esencial.
En ese sentido, los productos diferían de los que se ofrecían en los otros puestos, que vendían mercadería barata, pero uniforme, producida en serie en cooperativas del continente. Los turistas no dejaban de advertir esta calidad individual, de modo que el puesto atraía más clientes que la mayoría de los otros.
Cro ojeó con menosprecio los productos y a la gente que los vendía.
Detrás del simple mostrador había dos mujeres y un hombre. Una de ellas estaba sentada atrás sobre una banqueta, erguida pero descansando y con los ojos cerrados. Llevaba la ropa que los hombres de la Comisión habían reconocido inmediatamente: vestimentas tejidas a mano de color marrón desvaído y sin adornos que usaba toda la comunidad del Castillo de la Doncella. Tanto el hombre como la mujer eran más jóvenes, si bien el hombre —delgado y pálido y con calvicie prematura— se movía con lentitud, como si estuviese cansado.
Mander y Cro se demoraron en el puesto durante unos momentos y, aunque la joven que atendía notó que se aproximaban, no dio señales de reconocimiento. Mander, que a menudo había notado para sus adentros su bonita cara y atractiva figura, estaba deseando que ella mirara en su dirección otra vez, de modo de poder hacerle una sonrisa secreta para tranquilizarla, pero parecía decidida a ignorarlos.
Por fin, continuaron su marcha, y subieron los escalones hacia el patio del Bar Sekker’s.
Cuando se sentaron a una mesa desocupada, a través de la bahía resonó una explosión distante, cuyo eco provenía de la Isla Purbeck, al sur: era el cañón montado sobre el Pasaje Blandford, que se disparaba dos veces por día para prevenir a la navegación y a los nadadores, de la pleamar. Pocas personas estarían nadando a esta hora del día y, aparte de los barcos de pesca fuera del puerto, sólo había a la vista uno o dos yates privados. Como siempre, al sonido del cañón muchas personas se desplazaron hacia el malecón para lograr una buena vista de la ola de marea, pero no sería visible durante varios minutos.
Dijo Cro:
—¿Qué sabe respecto al nuevo hombre?
—¿Harkman? Tanto como usted.
—Creí que había sido destinado a su departamento. Mander sacudió la cabeza, aunque vagamente: una evasión, no una negativa.
—Trabaja en una cierta clase de investigación.
—¿Es inglés?
—No, británico: su madre desertó de Escocia. —Mander miró a través del Boulevard, y hacia el mar—. Entiendo que ha visitado los Estados.
Cro asintió como si ya lo supiera, pero dijo:
—¿Oeste o Este?
—Ambos, por lo que sé. Mire, creo que debe ser Nadja Morovin.
Un hombre y una mujer estaban paseando por Sekker’s, tomados del brazo. La mujer que Mander había indicado usaba un sombrero de ala ancha bajado sobre la cara, pero las mangas estaban recogidas y su pollera era corta, revelando provocativamente la palidez de sus piernas regordetas. La llamativa pareja aparentaba no percibir el hecho de que era instantáneamente reconocible y, a medida que caminaba lentamente por entre el gentío, parecía no darse cuenta de que las personas que se les aproximaban se hacían a un lado discretamente. A sus espaldas, los contemplaban abiertamente y un poco más allá, un joven —aparentemente un turista de los Estados— les tomaba una fotografía tras otra, empleando una poderosa lente telefotográfica.
Pocos instantes más tarde, Mander y Cro los perdieron de vista cuando penetraron en el negocio de las tablas para deslizamiento.
—¿No es ése el hidróscafo? —dijo Mander.
Cro miró nuevamente hacia el mar, luego se irguió para obtener mejor visión, aun cuando el patio del Sekker’s ofrecía uno de los mejores panoramas del pueblo. Varios cientos de personas estaban ahora paradas al lado del malecón, esperando ver la ola de marea al irrumpir a través del Pasaje Blandford. Desde esta distancia, más de treinta kilómetros, a ojo desnudo solo podía verse la cresta blanca de la ola. Pero las mareas recientes habían sido altas, y los arrendatarios de telescopios que estaban a lo largo del frente habían estado subiendo los precios ilegalmente.
Mander señalaba hacia el sur del Pasaje: desde esa dirección, deslizándose frente a la isla Lawrence, venía el hidróscafo. En el azul cada vez más intenso de las aguas actualmente calmas de la bahía, era la única señal de movimiento.
—La marea llegará en cualquier momento —dijo Cro—. ¿Supone usted que el piloto se da cuenta?
—Lo sabrá —dijo Mander.
Pocos segundos más tarde, la gente que había alquilado telescopios se inclinó hacia sus instrumentos, y apareció la ola. Varios turistas apuntaban excitadamente hacia el mar, y padres sostenían sobre los hombros a sus hijos.
Llegó el mozo para tomar su orden; Cro se sentó.
—¿Es el… señor Harkman el que está en el hidróscafo? —dijo, cuando le trajeron dos cervezas.
—No se me ocurre otra causa para que estén atrasados —dijo Mander, observando al otro hombre para ver su reacción.
—Oí que no tiene más categoría que la de asesor regional. ¿Habrán retenido el barco por usted o por mí?
—Dependería de las circunstancias.
Bien satisfecho por la reacción de Cro, Mander bebió su cerveza. Hoy mismo, pero más temprano, había oído que la dársena de nivel mínimo de Poundbury iba a estar ocupada todo el día, obligando al hidróscafo a esperar la marea. Supuso que Cro no se había enterado, pero optó por no mencionarlo porque le placía que hubiera unos pocos misterios para Cro.
Cro tomó un trago de cerveza: enjugó los labios con su pañuelo, luego se irguió nuevamente.
Allá en la bahía, el hidróscafo había disminuido su velocidad, por lo que su casco penetró otra vez en el agua. El barco viró para enfrentar la pleamar y, cuando Cro bajó del patio del Sekker’s y cruzó el Boulevard hacia el malecón, lo alcanzó la primera turbulencia: la nave guiñó y cabeceó en forma dramática, pero no bien se alejaron de él las primeras olas grandes, enfiló de nuevo hacia Dorchester y aceleró a través del agua picada, inmediatamente después de la gran ola.
Todavía sentado a la mesa, Mander miró a Cro con irritación. La llegada de cualquier nombrado de alto nivel acarrearía conflictos inevitables dentro de la oficina, pues la jerarquía se avenía de mala gana al recién llegado, pero la designación de Harkman en Dorchester amenazaba al estado sin asperezas de los asuntos internos de la oficina, y esto era tan cierto como que las dos mareas cotidianas perturbaban las aguas calmas de la bahía.
Era la vaguedad del puesto de Harkman en la Comisión Regional lo que constituía el problema principal. A Mander se le había dicho que Harkman tenía acceso a todos los archivos o registros que solicitase, y que la autorización del comisionado Borovitin se encauzaría a través de su propia oficina. Como el área de responsabilidad de Mander era Administración. Esto tenía lógica, pero todavía no estaba seguro de la naturaleza de la investigación que pensaba que haría Harkman. Cro exhibía un interés infrecuente en el hombre nuevo, por lo que Mander sospechaba que sabía más que lo que dejaba traslucir: el preguntarle a Mander probablemente era menos para su propia información, que para intentar descubrir cuánto sabía.
Cro, maestro en maniobras oficinescas, estaría encantado de tener a alguien trabajando en su propio departamento que poseyese cierta libertad de movimientos, pues estaría seguro de encontrar algún modo para beneficiarse con eso.
—¿Desea usted otra cerveza? —preguntó Mander cuando el otro retornó a la mesa.
Cro miró su reloj pulsera:
—Creo que tenemos tiempo: el barco no entrará hasta dentro de diez minutos más.
Mander tomó esto como una aceptación, y llamó al mozo.
En la bahía, la ola de marea anegante proveniente del Norte se esparció en un semicírculo que se aplanaba, apaciguándose la primera turbulencia. La marea ascendente todavía fluía copiosamente a través del Pasaje Blandford, y seguiría haciéndolo por otra hora más, pero había pasado la violencia inicial de su llegada. En el puerto de Dorchester, el nivel del agua que sólo había subido un metro o dos durante toda la tarde, lo hacía ahora rápidamente. Los yates de placer, varados, se elevaron en forma continua, chocando delicadamente sus cascos con los pontones de apoyo y, fuera del puerto, los barcos pesqueros que aguardaban hicieron arrancar sus máquinas y viraron en redondo, entrando al puerto de a uno. Para el momento en que el último amarró al lado de los cobertizos de pesca, había llegado el hidróscafo, que avanzaba lentamente hacia su propio atracadero. No mucho había cambiado en la parte turística del puerto, excepto que aquéllos que haraganeaban en las cubiertas, estaban ahora plenamente a la vista de los que paseaban por tierra; como contraste, la sección comercial estaba animada y ruidosa. Varios buques habían comenzado a descargar su carga de pescado, y los vagones y camioncitos de los comerciantes se habían adelantado para recoger los suministros que el hidróscafo había traído desde el continente.
El furgón tirado por caballos de la Oficina de Correos matraqueó por entre las multitudes del Marine Boulevard, y bajó la rampa hacia el amarradero del hidróscafo.
Entonces, Cro jugó una carta alta: quizás fuera un triunfo.
—Entiendo que el hombre es historiador —dijo—. ¿Podría ser cierto?
—Posiblemente.
La más reciente adquisición burocrática de Cro, era la supervisión de los archivos de la Comisión: había sido su triunfo del año pasado. Si Harkman era historiador, ciertamente estaría trabajando con Cro.
Cuando Mander terminó su cerveza y se puso de pie, ya se podía imaginar las mezquinas luchas por el poder en las semanas venideras.
El y Cro caminaron lentamente a través del Boulevard, y fueron hacia la parte comercial del puerto.
Para el momento en el que los dos primeros pasajeros descendieron a tierra desde el hidróscafo —una pareja mayor proveniente de los Estados—, Mander y Cro estaban esperando al lado de los cobertizos de pesca, con una vista despejada de la plataforma de descenso.
Del barco bajaron más turistas, ayudados por los camareros. Mander miró a cada uno a medida que aparecían, preguntándose qué aspecto tendría Harkman. Estaba impresionado, a pesar de sí mismo, e irritado, debido a sí mismo, por la ventaja política de Cro.
Una figura vestida con ropa marrón sencilla pasó caminando lentamente frente a los dos hombres de la Comisión: era la chica a la que habían visto atendiendo el puesto artesanal, la chica del Castillo de la Doncella. Se detuvo a corta distancia enfrente de Cro y Mander, mirando hacia el hidróscafo.
Mander estaba perturbado por su presencia, como le ocurría siempre que llegaba a verla en el puesto. Desde donde estaba parado, podía ver su cara en cuarto de perfil y pudo comprender, simultáneamente, por qué la gente como Cro los consideraba a ella y su comunidad como una vaga amenaza a la existencia ordenada de la Wessex Soviética, y también por qué Cro y los otros estaban equivocados. A primera vista, la joven parecía degenerada y lasciva, rodeada por un aura de anarquía e irresponsabilidad: tenía cabello largo y desgreñado, el vestido era suelto e indecoroso; piernas y pies, calzados en sandalias de soga delgada, estaban polvorientos; pero, asimismo, estaba erguida con serenidad y una cierta elegancia, sus rasgos eran regulares, y en sus ojos había una profunda inteligencia. Del mismo modo, los otros del Castillo, a los que se veía ocasionalmente por el pueblo, se comportaban con una dignidad y recato, que no condecían con su apariencia primitiva, y los productos que vendían estaban bien hechos y eran característicos.
Repentinamente, Cro señaló hacia alguien que había acabado de bajar del barco:
—Ese es nuestro hombre. Ese es Harkman.
—¿Está seguro? —dijo Mander, achicando los ojos, pero sabía que Cro estaba en lo cierto: el hombre era completamente distinto, a cualquier otro del muelle; todos los otros pasajeros del hidróscafo evidentemente eran turistas o comerciantes, los primeros miraban en derredor con incertidumbre, buscando transporte hacia el pueblo o ayuda para su equipaje; los segundos se sumergían inmediatamente en el bullicio que los rodeaba.
Harkman, empero, permaneció en el borde del muelle y miro inquisitivamente la ciudad, a través del puerto: parecía genuinamente interesado en lo que veía, haciéndole sombra a los ojos con la mano. Luego se volvió, mirando desde el puerto hacia el sur, hacia donde el Castillo de la Doncella se erguía en su promontorio que dominaba la bahía. A Mander le pareció que tenía alrededor de cuarenta años, trigueño y delgado; su porte era descansado y atlético, en modo alguno el del historiador estudioso que Mander había imaginado en base a lo poco que había oído sobre el hombre. A diferencia de los turistas, Harkman no estaba cargado con equipaje, sino que llevaba consigo sólo una bolsa pequeña que pendía de sus hombros.
—No es tan joven como pensé —dijo Cro—. La foto del archivo debe ser vieja.
—¿Qué foto? —preguntó Mander, pero Cro no respondió.
La Chica del Castillo de la Doncella también observaba a Harkman. Estaba parada muy cerca, sin esforzarse por ocultar su interés. Cuando él se volvió para caminar por el muelle hacia el pueblo, pasó a su lado y se miraron por un momento. Ella se alejó hacia donde los obreros del puerto estaban descargando cajones de cerveza de la bodega del barco, y se sentó en un amarradero de piedra, mirando con fijeza hacia la bahía.
Cuando Harkman pasó frente a los dos hombres de la Comisión, pareció reconocerlos como colegas, pues los saludó brevemente con una inclinación de cabeza, pero no hizo movimiento alguno para presentarse.
Cro y Mander esperaron unos minutos en el muelle; en ese lapso Harkman desapareció entre el gentío del Marine Boulevard. En el minarete de la mezquita que se había construido para los visitantes, el muecín llamaba a los devotos a oración.