Sueño programado
Capítulo 15
15
David Harkman había fijado su despertador para las 6.30 de la mañana y a pesar de su larga noche se despertó en cuestión de segundos. El día anterior, sabiendo que Julia iba a enviar su nuevo deslizador, había hecho averiguaciones sobre la hora de las mareas. Por lo común, sólo había una ola por día sobre la que se podía deslizar y como la hora de las mareas se adelantaba alrededor de media hora cada día, la de la tarde estaba demasiado próxima a la caída del sol como para ser segura. La ola de marca de hoy, apta para los que querían deslizarse, debía aparecer alrededor de las 8.45 de la mañana; Harkman estaba ansioso por probar su pericia.
Se vistió apresuradamente, poniéndose una malla de baño por debajo de los pantalones, y salió de la posada de la Comisión.
Dorchester tenía un aspecto gris y triste. Se había ido el tiempo húmedo del día anterior y a través de la ciudad se esparcía una llovizna densa y penetrante que hacía que los edificios aparecieran húmedos y melancólicos. Era difícil imaginar que el Marine Boulevard, bajo esta luz mortecina de la mañana temprana, pudiera haber sido escenario de colorida jarana solo pocas horas atrás. Las luces estaban apagadas; los bares y los cafés, con las cortinas bajas.
Sólo había unas pocas personas por los alrededores, y la mayoría, como él mismo, se dirigía hacia el puerto.
Primero fue hacia el negocio de deslizadores, que ajustaba sus horas de atención a las de las mareas. En esta hora, el gerente conocía sus clientes y sus necesidades en forma exacta, y no hubo señales de la indiferencia descuidada que Harkman había visto en su primera visita. Cuando entró, un vendedor se acercó y a los veinte minutos Harkman estaba equipado con el traje de natación de caucho de extremos abiertos, y un pulmón acuático.
Durante la marca baja, el puerto era innavegable; la lancha de Child Okeford estaba aguardando en el agua más profunda, contra el exterior del murallón del puerto. Ya había más de dos docenas de personas sentadas en los bancos de la cubierta anterior, muchos de ellos portando sus brillantes trajes de natación negros, como focas apiñadas en una roca.
La parte posterior del barco estaba llena con el equipo de los nadadores: los deslizadores estaban apilados en bastidores especiales de madera, de modo que ninguno se apoyase en el otro y había varios montones de ropas, trajes abiertos prolijamente apartados para flotación y respiración bajo el agua.
Harkman bajó los escalones de cemento armado hacia los dos hombres que estaban parados al lado de la baranda de la lancha, pagó su pasaje y descargó sobre la cubierta su recientemente adquirido equipo.
Varios muchachos de la ciudad se hallaban alrededor —tales ocasiones inevitablemente los atraían— y Harkman consiguió que dos lo ayudaran a sacar su deslizador del amarre y lo llevasen hasta el sitio en uno de los bastidores. Después de esto, fue a la cubierta anterior y esperó junto con los demás que partiera la lancha.
Persistía la lluvia, calando sus ropas, pegando su cabello a la frente. Sentado entre la multitud, Harkman reflexionó que la idea de usar un traje abierto de buzo no era tan mala después de todo.
La mayoría de los cabalgadores eran hombres, pero también había un pequeño grupo de mujeres sentadas juntas: se veían musculosas y masculinas en los trajes de caucho almohadillados; Harkman intentó imaginar cómo quedaría el traje en el delgado cuerpo de Julia. Pensar en ella le hizo recordar de inmediato la sensación no común de memorias falsas que había experimentado la noche anterior —en verdad, el recuerdo en sí tenía el mismo carácter abstracto que tanto lo había desconcertado—; dejó de mirar a las mujeres, contemplando en el puerto las hileras de yates privados, goteantes y melancólicos en sus amarraderos.
Por fin, la nave se alejó lentamente del murallón del puerto, enfilando en busca de aguas más profundas. Tenía fondo plano, pero aun así chocaba y raspaba contra el lecho de guijarros. No bien estuvieron fuera de los bajos, el capitán bajó la quilla y la máquina hizo acelerar la lancha hacia el este.
Cuando pasaron rugiendo frente a la costa, Harkman la observó, viendo las amplias playas llanas que atraían tantos visitantes durante el día.
El viaje hasta el Pasaje Blandford tomó más de media hora, y fue después de las ocho que la lancha penetró lentamente en el puerto de Child Okeford. Hubo una ligera demora durante el desembarco, pues Okeford estaba en tierra firme inglesa y tenían que verificarse las visas de los visitantes extranjeros.
Aquí, en el mismo Pasaje Blandford, estaba la abertura más estrecha entre Inglaterra y la Isla de Wessex. Durante las perturbaciones sísmicas del siglo anterior, el valle del Río Stour se había transformado de pasaje poco profundo a través de las Lomas de Dorset del Norte, en una sima estrecha y profunda limitada a cada lado por acantilados cretáceos que se desmenuzaban. Hacia el norte estaba el amplio Mar de Somerset, que se extendía desde las Colinas Quantocks en la Isla de Wessex, hasta las Mendip en Inglaterra, y se abría dentro de lo que había sido el Canal de Bristol. Este mar triangular, cuyo embudo austral era el paso por sobre los restos de Blandford Forum, recibía el efecto de la marea creciente una hora antes que las protegidas aguas de la Bahía de Dorchester, que se abría en el Canal de la Mancha, más hacia el este. Dos veces por día, cuando subía el nivel del Mar de Somerset, se desplazaba hacia el sur una ola de marea. Entre las Quantocks y las Mendips, su presencia era imperceptible; cuando pasaba el pueblo costero de Crewkerne, en Wessex, se la podía ver claramente como una ola de agua de unos dos o tres metros de alto; al llegar a Child Okeford, en la cabecera del estrecho Pasaje, raramente tenía menos de veinte metros de altura, y se había sabido que en las mareas estacionales de primavera alcanzaba cincuenta o más metros.
Cuando el viento soplaba desde el sudeste, la ola se convertía en una rompiente ondulante letal, irrumpiendo desde el Pasaje en una cascada espectacular de marejada espumante: era este fenómeno único el que primero había atraído visitantes a la región, y ésta había sido la causa del desarrollo del turismo en Wessex y en tierra firme.
Child Okeford, situado alto en la seguridad de la Colina Hambledon, se había convertido en el centro de los que cabalgaban sobre las olas, si bien lo que atraía a los visitantes era Dorchester, con su vida nocturna y sus playas, su casino y su mezquita.
Cuando Harkman dejó la lancha y descargó su equipo con la ayuda de camareros, fue hasta el pabellón cercano para cambiarse. Los jinetes de las olas estaban obligados a seguir muchas reglas de seguridad, de las cuales no era la de menor importancia que todos tenían que estar fuera del puerto de Child Okeford quince minutos antes de que llegase la ola: esto se hacía para que se pudiese bajar sobre la entrada al puerto el botalón, a fin de evitar una inundación potencialmente catastrófica cuando pasara la ola. De cualquier modo, los nadadores debían estar listos en el centro del Pasaje, con mucha anticipación a la llegada de la ola.
Harkman forcejeó para meterse en su nuevo traje de buceo, tironeándolo por encima de su malla. El vendedor del negocio lo había medido para el calce pero aun así, lo sentía demasiado ajustado. El Partido había introducido nuevas medidas de seguridad para los participantes; había más acolchado dentro del traje que en el que había usado cuando se deslizaba sobre las olas, en su juventud. Cuando finalmente se lo puso, salió en busca de ayuda para el respirador subacuático, el que tenía que ser verificado por un camarero para asegurarse de que estaba de acuerdo con las reglamentaciones; le preguntaron si ésta era su primera salida, en cuyo caso habría precisado que lo siguiera un supervisor aprobado, con un costo adicional de diez mil dólares.
El motor del deslizador arrancó suavemente y, después de unos pocos segundos para permitirle que se calentara, Harkman se subió a la amplia superficie de la navecilla, se equilibró y luego aceleró suavemente a través del puerto. Al atravesar el Pasaje abierto, vio que ya había unos treinta o más cabalgadores delante de él, seguidos por otros: estaba más poblado de lo que le habría gustado, pero todavía estaba controlable.
Mientras cabalgaba, intentó unas pocas vueltas más de práctica, ejecutándolas sin la ignominia de una caída. Una cosa era practicar en las aguas protegidas de una caleta al lado del Castillo de la Doncella, y otra hacerlo con los administradores de Okeford observando desde la costa.
Recordó su primera caída mientras aprendía a montar un deslizador: el acelerador del motor había quedado abierto, y la navecilla brincó sola hacia la amplia extensión del Mar de Somerset. Transcurrieron tres días antes de que un helicóptero del ejército lo hubiese localizado y recogido.
Otro recuerdo neto y fresco en la mente. ¿Había ocurrido realmente?
Lo pasó un cabalgador que iba en la misma dirección.
—¡Treinta metros! —gritó, pero con el ruido del motor y el casco de su traje cubriéndole la cabeza, apenas si Harkman lo oyó.
—¿Qué? —respondió gritando también, pero el otro ya había continuado. Poco más tarde, otro cabalgador pasó la misma información. Esta vez Harkman lo oyó y, compenetrándose del espíritu, se lo gritó a otro no bien tuvo oportunidad. Alguien debía haber obtenido de los administradores una estimación de la altura de las olas.
Miró hacia el norte, pero todavía no había signos discernibles de la ola. Harkman recordaba, de los años anteriores, que con frecuencia las distancias eran engañadoras y que la única guía confiable era observar signos de elevación en las paredes del abismo.
Sus músculos estaban tensos, por lo que pocos minutos después de haber salido, repitió la mecánica de su antiguo entrenamiento, flexionando brazos y piernas, y tratando de hacer que su cuerpo estuviese lo más dócil posible. No podía evitar hallarse tenso por la expectativa: en el pasado había sufrido muchas caídas sobre la ola y conocía muy bien la violencia de la rompiente.
La posición más segura para un cabalgador inseguro, era el centro del canal, pero era allí donde se congregaba la mayoría. A Harkman le gustaba la libertad de maniobra, por lo que se desplazó hacia el lado de Wessex, a sabiendas que si la ola era más que el margen de seguridad, la suavidad de los acantilados en ese sitio mantendría relativamente estable la superficie de la ondulación, mientras él volvía hacia el centro.
En la lejanía hubo una fuerte explosión: disparaban el cañón para prevenir a la navegación, pero era el sonido que tradicionalmente hacía que los cabalgadores comenzasen a trasladarse de un lado a otro anticipadamente. Harkman echó un vistazo nuevamente hacia el norte y vio, esta vez, la ola como una línea oscura a través del mar suave. Ya era más próxima y alta que lo que había esperado. Hizo virar al deslizador en redondo en una última propulsión de práctica, todavía no del todo cómodo con el nuevo equipo, pero consciente de que, en esta última etapa, no había modo de evitar la ola.
Instantes más tarde, llegó el sonido del agua que se rompía, Harkman vio la onda blanqueándose contra la base del acantilado.
Abrió el acelerador y se desplazó de costado alejándose del acantilado, hacia el centro del canal; al cabo de unos pocos metros, se impulsó en redondo, luego volvió otra vez. Entonces, sintió que la marejada lo alzaba, por lo que aceleró para pasar hacia adelante y a través de la ola, permaneciendo frente a ella, pero sintiendo que la tabla se alzaba desde atrás. La ola se estaba elevando velozmente a medida que corría por el espacio constreñido del Pasaje.
Después de pocos segundos, Harkman vio que estaba desplazándose peligrosamente cerca de los otros cabalgadores, de modo que efectuó una marcha atrás clásica, girando el deslizador en su propia longitud y moviéndose de vuelta hacia el otro lado. Todavía se alejaba velozmente de la ola, pero gradualmente lo fue alcanzado, hasta que al final quedó deslizándose sobre su lado anterior.
Por el momento, la ola no se había roto, excepto allí donde chocó rápidamente contra la pared del acantilado, rugiendo y rebotando con blanca furia. Harkman dio impulso a la tabla otra vez, volviendo hacia el centro y, al hacerlo, descubrió que estaba mirando directamente en diagonal a la anchura de la ola, aterrorizante montículo de agua ascendente que corría impetuoso por el Pasaje. Muchos de los jinetes del centro habían llegado a la cresta demasiado pronto y estaban inclinándose hacia adelante en sus deslizadores, acelerando el motor para mantenerse a la par de la velocidad de la ola. Muchos cayeron o se deslizaron para atrás, perdiéndose de vista por detrás de la muralla de agua siempre ascendente.
Ahora, Harkman estaba más o menos a medio camino hacia arriba de la ola, todavía corriendo hacia adelante para evitar la cresta, pero describiendo amplios zigzags para sincronizarla con tanta precisión como fuera posible.
Se impulsó hacia atrás alejándose de los demás, pero descubrió de inmediato que la ola lo había elevado mucho más adentro del Pasaje que lo que había pensado y que la pared del acantilado sólo estaba a unos pocos metros. Muy sobresaltado, se volvió a impulsar y con rápido movimiento de la mano activó el suministro de aire.
Adelante estaba la desembocadura del Pasaje: un paso rocoso y dentado hacia las aguas abiertas de la bahía. Estaba a menos de cien metros. ¡Ahora era el momento de alcanzar la cresta!
Cerró el acelerador y dejó que el deslizador navegase en diagonal hacia arriba de la ola. El declive era empinado y ya, en algunos lugares, desde la cresta saltaba espuma. Harkman estaba fuera de práctica: alcanzó la cresta demasiado pronto, antes de que la ola comenzara a abarquillarse y, por un instante se deslizó por detrás. Disparó el motor al máximo; volvió a ganar la cresta.
La ola había alcanzado la desembocadura del Pasaje y se curvó.
Harkman vio por un instante el espectáculo que sólo alcanzan a mirar los jinetes de la ola: la calma extensión de la bahía, gris bajo el cielo nublado, que llegaba desde Dorchester, al oeste, a las lejanas colinas de Bournemouth, al este; la isla de Purbeck era un montículo negro adelante.
Cuando la ola se abarquilló se hizo más delgada la cresta disparándolo a Harkman hacia adelante, deslizándose éste hacia abajo, cayendo mal en dirección a la pendiente centelleante de agua en ascenso que tenía abajo. Un jinete de olas práctico se habría anticipado, habría tratado de descender sobre la pendiente y de acelerar por la ola hacia la seguridad, antes de que se estrellase encima de él. Pero a Harkman lo tomó desprevenido, y el deslizador cayó de cola. Por un instante pensó que había recuperado el equilibrio, pero la tabla estaba girando hacia su lado… y por sobre él se estaba cerrando el túnel obscuro de la ola que formaba un caño inmenso.
Cerró los ojos y forzó los miembros para que se relajaran.
Fue arrojado de la tabla con una violencia tal que casi lo dejó sin sentido, luego cayó en un negro caos de ruido y presión y corrientes gigantescas que lo desgarraban desde arriba, desde abajo, desde los costados.
La ola estaba desplomándose e irrumpiendo en la Bahía de Dorchester en forma de faja de espuma blanca que se extendió por más de un kilómetro. Dentro del torbellino de agua furiosa, Harkman, sumergido por el peso de la ola hacia las profundidades de la bahía, fue aplastado, dado vuelta y retorcido. Se forzó a respirar en forma continua a través de la mascarilla y trató de no resistir las presiones que actuaban sobre su cuerpo, sabiendo que la violencia se apaciguaría al fin.
Y así fue, finalmente, Harkman emergió, la cabeza rodeada por el amarillo brillante de las vejigas de natación que infló con su provisión de aire en el momento en el que vio el cielo.
Media hora más tarde lo halló la lancha de los administradores que venía de Winterbourne, y lo recogieron del agua. Sólo siete jinetes habían llegado hasta la bahía y, mientras el bote hacía el rastrillaje volviendo por la ahora navegable inundación de marea hacia Child Okeford, Harkman se enteró por los cabalgadores avezados de que la ola había sido satisfactoria, pero no tan grande como era usual.
Harkman estaba temblando, pero no por el frío, pues las nubes se habían retirado por fin y el sol brillaba dando intenso calor.
Tan pronto como arribó a Dorchester, fue a verla a Julia al puesto y arreglaron volver a encontrarse al atardecer. Estaba tan animado por haber surcado la ola, que era imposible trabajar y pasó el día en su oficina, inquieto.
Durante la tarde oyó que habían recuperado indemne de la bahía a su deslizador, teniendo que abonar una tarifa por salvamento.