Sueño programado
Capítulo 5
5
El comisionado en Dorchester era un hombre llamado Peter Borovitin: nombre ruso, pero sangre inglesa por tres generaciones. Antes de dejar Londres, Harkman había averiguado todo lo que pudo sobre el hombre, pero no era mucho. De su lectura había sacado en conclusión que Borovitin había ascendido en el Servicio Regional más por la fuerza de su apellido que por cualesquiera cualidades individuales dentro del Partido: al Soviet le convenía administrar las regiones con ingleses nativos, pero Harkman había oído que, por lo menos la mitad de los comisionados que estaban en servicio en la actualidad, eran eslavos, ya sea de apellido, o por ascendencia.
Según su reputación, Borovitin era un buen comisionado que administraba el área Dorchester de Wessex justa y competentemente, si bien sin imaginación.
La entrevista en la oficina de Borovitin —un cuarto soleado, pero desnudo, en el piso superior del edificio de la Comisión, con una enorme fotografía del Presidente Supremo mirando penetrantemente desde la pared— fue breve.
O bien a Borovitin no le gustaba Harkman, o bien no tenía interés en él, pero parecía ansioso por terminar.
Una vez que hubo leído la carta de presentación de Harkman, proveniente del director de la Oficina, Borovitin lo contempló pesadamente durante un minuto, por lo menos.
Por fin, dijo:
—¿Qué clase de investigación pretende hacer usted, señor Harkman?
—En principio, deseo leer mucho. Diarios, archivos gubernamentales locales, y cosas por el estilo. Esto me brindará una comprensión del modo en que se maneja la isla. Más tarde, quiero hablar con los lugareños: esto significará tener que viajar. — Borovitin seguía mirándolo con fijeza, por lo que Harkman agregó:
—¿Existe la posibilidad de que haya alguna restricción para mis movimientos, señor?
—No, si usted obtiene mi autorización primero. ¿Adónde va?
Harkman sabía que si su proyecto iba a hacerse en forma realista, eventualmente tendría que visitar todo Wessex, pero también sabía que, a menos que mantuviese al principio expectativas modestas, encontraría sus movimientos estrictamente vigilados, o controlados, por el Régimen.
—Por lo menos, permaneceré en Dorchester durante unos pocos meses —dijo—. Quizás el año que viene tenga que visitar Plymouth.
Borovitin asintió, y Harkman comprobó que su enfoque había sido correcto. Pero, Borovitin dijo entonces:
—No sé qué es lo que espera hallar en Dorchester.
—Están los archivos de la Comisión, señor, los que serán fuente principal para mi trabajo. Y me gustaría visitar el Castillo de la Doncella.
—¿Por qué?
La reacción vino tan rápido, que lo tomó a Harkman con la guardia baja.
Dijo:
—¿Existe alguna razón por la que no deba ir, señor?
—No. —Borovitin estaba ojeando otra vez la carta introductoria, como si la primera vez que la leyó hubiese olvidado algo de importancia—. No veo por qué tiene que ir ahí.
—Históricamente, es de importancia e interés. —Borovitin lo contemplaba de nuevo: ¿sospecha o falta de interés? Harkman prosiguió—: Con el mayor de los respetos, señor, me atrevo a decir que usted no ha trabajado en sociología: en la antigüedad, el Castillo de la Doncella fue un sitio más importante que Dorchester. Creo que, durante los años en los que Wessex se vio aislado del resto de Inglaterra, el Castillo de la Doncella debe haber vuelto a tener un papel de gran importancia estratégica y sociológica.
—No precisa mi autorización para ir allí —dijo Borovitin en forma rotunda.
Esta vez, Harkman le devolvió la mirada, consciente de que el Comisionado no estaba tan desconcertado como él por los silencios prolongados. La razón que había ofrecido para desear ir al Castillo había sido improvisada, pero sintió que había dado una respuesta que sonaba a auténtica. El hecho era que tenía que visitar el Castillo para satisfacer alguna necesidad más profunda e inespecífica, y carecía de explicación para eso.
Y ahora había otra razón: ver a la muchacha, y comprar un deslizador.
—Respecto de los archivos, señor —dijo al final, ya no estaba incómodo por el cortés escrutinio del Comisionado, sino ansioso por llevar la entrevista a su fin—. ¿Podría tener su autorización para inspeccionar los registros de la Comisión?
—Tendrá usted que llenar una solicitud formal. Véalo a Mander.
—Pero entiendo que los archivos estaban bajo la jurisdicción de un tal señor Cro: fue él quien escribió para confirmar mi nombramiento.
—Todas las funciones administrativas se canalizan a través del señor Mander.
Minutos más tarde, Harkman encontró la oficina que se le había destinado para que utilizara. Si bien era bastante grande, y el ocupante anterior la había limpiado por completo, a Harkman la habitación no le gustó de inmediato: sólo tenía una ventana y, aunque se la podía abrir, estaba muy alta y sólo parándose en una silla podía mirar hacia fuera. El efecto era —tal como reflexionó Harkman cuando lo intentó por primera vez— el de que podía sentarse todo el día bajo el brillo estéril de las lámparas fluorescentes, y oler la fragancia de las flores, oír el zumbido de los insectos, y escuchar los sonidos de los feriantes que caminaban afuera por la estrecha calle soleada.
Donald Mander vino a verlo; la primera impresión que tuvo Harkman fue favorable. Era de mediana edad, cara rojiza, con sólo unos pocos mechones de cabello sobre su cabeza lustrosa y rosada. Reía mucho —aunque Harkman supuso que con eso pretendía hacerlo sentir cómodo— y tenía lo que parecía ser un modo cínico y no comprometido de describir al personal y costumbres de la oficina.
—Me informa el comisionado Borovitin que debo presentar una solicitud para el empleo de los archivos a través de usted.
—Así es, sí.
—Entonces, ¿podría usted considerar que ya lo he hecho?; me gustarla empezar lo más pronto posible.
—Va a precisar un formulario, Harkman. Buscaré uno para usted y se lo enviaré.
Mander había traído consigo una silla giratoria de la oficina contigua, la articulación crujía cada vez que cambiaba de posición.
—¿No podría hacer simplemente una nota escrita a máquina? —dijo Harkman.
—Tiene que hacerse en forma correcta —dijo Mander, y rió. Harkman pensó que cualquiera que encontrase graciosa esa idea, debía haber estado trabajando demasiado tiempo en un mismo sitio.
Dijo:
—Entiendo que el señor Cro está a cargo de los archivos.
—Se lo voy a presentar más tarde. Sí, los archivos son su responsabilidad.
Desde la mezquita que estaba al cruzar la calle, el muecín llamaba por encima de los techos. La voz ascendente y pavorosa le hizo recordar a Harkman su corta visita a la embajada en los Estados Occidentales. Fue la cultura musulmana en América del Norte lo que encontró más extraño de todas las cosas extrañas que había notado en el viaje: cinco veces por día, la nación se postraba y oraba en dirección al Levante. Era como si la otrora independiente América tuviese que rendir homenaje diario a un poder más grande que el de Alá, el poder de los petrodólares, el poder que, eventualmente, había absorbido una cultura. Esta mezquita en Dorchester, como las otras de los principales centros turísticos de Wessex, sólo era un gesto hacia ese poder, pero que recordaba a los ingleses, los nativos de Wessex, las alternativas al socialismo.
—¿Quizás podría conocer al señor Cro? —preguntó Harkman, deseando que hubiera una opción.
Mander giró otra vez en su silla:
—Por supuesto. Y lo llevaré a visitar el edificio al mismo tiempo.
El día pasó lentamente y, cuando llegó el final, Harkman estaba cansado e irritable. Lo único positivo que tenía para exhibir por sus esfuerzos del día, era que Cro le había prestado parte del índice para los archivos: como apenas era más que una lista de números, no era mucho mejor que nada.
Después de dejar la Comisión ese atardecer, y habiendo declinado una invitación para beber con Mander y alguno de sus colegas, Harkman salió a dar una caminata solitaria y larga por la ciudad.
Era curioso que el espíritu sedante del centro de vacaciones no penetrara en las oficinas de la Comisión. Era como una de las más pequeñas oficinas administrativas del gobierno, en Londres, contra la que algunas veces había tenido que toparse: le hacía recordar permanentemente el formulismo, los modales y las prioridades, como si en cualquier momento se esperara al Presidente Supremo del Soviet.
Sólo en la oficina del frente, donde había mostradores para el público, había algún indicio de que Dorchester era el paraje turístico más elegante del país: aquí, las grandes ventanas miraban a través de una plaza llena de árboles, donde había dos cafés y donde estaban trabajando varios pintores. En las mañanas, brillaba el sol y todo el día se formaban colas en las dos zonas cuidadosamente separadas; en una los ciudadanos ingleses —empleados del Partido, residentes locales y trabajadores inmigrantes— iban y venían para recoger el correo, registrarse en los fondos de empleo del Estado, adquirir licencias para comerciar, y someterse a las otras exigencias diversas que se hacían sobre su tiempo y atención; ante el otro pupitre, los turistas de los Estados podían solicitar visas para visitar tierra firme inglesa, sus coloridas ropas y sus maneras reposadas ofrecían un contraste notable.
Harkman permaneció detrás de los mostradores durante varios minutos, para observar esta tarea corriente de la Comisión; en cambio, la ociosidad generalizada que había más allá de las ventanas de vidrio, lo perturbaba.
Salió caminando del centro de la ciudad, fue hacia Poundbury Camp, al Norte, y permaneció largo rato contemplando los pequeños yates que provenían en Charminster, a través de la ensenada. A diferencia de su vecino más grande y cosmopolita, Charminster contaba con hoteles y villas controlados por el Estado para las familias inglesas, que viajaban a Wessex por una ruta que los llevaba a la costa Norte de la Isla, y por ninguna parte pasaban cerca de Dorchester.
Al echar un vistazo hacia atrás, a Dorchester, Harkman pensó en las imágenes que había visto de la ciudad que una vez se irguió en el mismo sitio. Todos los edificios del Viejo Dorchester habían desaparecido, y, con ellos, todas las antiguas asociaciones: los que no habían sido derrumbados por los terremotos, habían sido inundados por la sumersión. El nuevo Dorchester era un compromiso exitoso entre fuerza y amenidad, entre función y estética. Si bien no se habían sentido temblores en la región durante más de cuarenta años, la ley exigía que cada edificio fuese capaz de soportar una sacudida de 6 en la escala Richter; de la misma manera, cada edificio nuevo tenía que adaptarse a la concepción del planificador de un centro de vacaciones; en consecuencia, las cáscaras de hormigón y acero reforzado de los edificios estaban revestidos con yeso, estuco y enlucido; los balcones y terrazas que daban al mar eran parte integrante de los esqueletos tirantes y, aun así, estaban decorados con filigrana de hierro forjado, así como paneles de pino y abundante follaje trepador; las ventanas eran laminadas, los techos prefabricados en una sola pieza para dar la impresión de tener tejas, y las calles, aunque encantadoramente estrechas y empedradas, eran lo suficientemente rectas y amplias como para permitirles a los vehículos de emergencia acceso a cualquier parte de la ciudad.
Hasta la mezquita, cuyo domo y minaretes dominaban la ciudad, sólo experimentaría rajaduras superficiales si ocurriese un terremoto.
Retumbó en la distancia el cañón de Blandford, Harkman se sentó en la hierba seca para esperar a que la marca inundara la ensenada. Aquí el agua siempre era más profunda que en el puerto de Dorchester y, cuando veinte minutos más tarde llegó el efecto de la ola, no tenía más de medio metro de altura. Los yates pudieron remontarla sin dificultad y, desde el agua, Harkman pudo oír los gritos excitados y estridentes de los chicos.
En verdad no era en modo alguno la ola, sino la primera onda causada por la monstruosa llegada de la ola principal al Pasaje Blandford; pero era suficiente para recordarle a Harkman su intención de adquirir una tabla al día siguiente y, a medida que cada vez más olas barrían lentamente la ensenada al subir la marea, se preguntaba si en la tarde siguiente tendría coraje como para realizar su primer intento con la ola Blandford.
Esa noche, empero, mientras yacía en su habitación en la posada de la Comisión, los pensamientos de Harkman estaban en el Castillo de la Doncella, y en una preciosa chica desgreñada con ojos evasivos.