Sueño programado
Capítulo 29
29
Había un viento cortante desde el sureste, y las aguas del Pasaje Blandford presentaban una profunda mar de leva, con espuma blanca que volvía en ondas desde la boca austral del canal. Protegido de los elementos con su traje de buceador abierto, David Harkman no pudo sentir el viento, si bien, cuando dejó el puerto en Child Okeford y dirigió su deslizador hacia el centro del Pasaje, casi se cae varias veces de su tabla por el oleaje.
Las condiciones para cabalgar la ola eran perfectas. Ahora la estación estaba demasiado avanzada para los que no eran cabalgadores veteranos, aunque el reciente retorno de buen tiempo otoñal había traído de vuelta a los turistas a Dorchester, y en cantidad suficiente como para persuadir a cafés y bares para que volvieran a abrir. Durante los tres días pasados, Harkman había tenido que compartir la ola con no más de otros doce surcadores. La ausencia consiguiente de puestos para ocupar en la cresta de la ola, justamente con el viento del Sureste y las mareas de primavera, significaron que había tenido cuatro deslizamientos excelentes sólo en la semana pasada.
Todavía buscaba la ola perfecta… la que le pusiese el sello a la temporada. Ahora que podía hendir la ola con más frecuencia, se había hecho conocer por muchos de los que venían regularmente a Child Okeford, y oído mucho de su erudición. Siempre estaba a la búsqueda de la perfección: una combinación de altura, velocidad, temeridad, sincronización.
Para David Harkman, sería suficiente ejecutar una pasada a todo lo largo del Pasaje y no ser agarrado por la ola que se rizaba al romper en la bahía. Todavía tenía que lograrlo: o bien caía hacia atrás en el último instante, o quedaba atrapado por la tronante tubería cuando se abarquillaba sobre él. El hecho de que estuviese hendiendo regularmente olas de una velocidad y altura que amilanaría a otro menos experimentado, no le significaba mucho; aunque la ola tuviese treinta metros de altura, como había ocurrido con la de la semana pasada, que era casi el doble. Para su propia satisfacción precisaba una ola a la que pudiera recorrer completamente.
De todas maneras, la altura de la ola constituía una consideración principal. Los administradores habían estado hablando recientemente de prohibir ulteriores deslizamientos hasta que las olas se hiciesen más débiles: en los últimos días había habido varios cabalgadores lesionados. En el local del club de Child Okeford, los veteranos decían que las únicas olas más altas que éstas, eran las tormentosas de invierno, y no se había sabido de nadie que cabalgase en una y sobreviviera.
Con la práctica regular, naturalmente había aumentado la pericia de Harkman, pero mientras aguardaba el disparo del cañón, se desplazaba de un lado a otro del Pasaje, tratando de medir la fuerza de la mar tendida, acostumbrándose a la presión del viento, que era un enemigo mientras trepaba a la ola; y un aliado una vez alcanzada la cresta.
Por fin se disparó el cañón, Harkman y los demás cabalgadores miraron hacia el Norte, hacia el Mar de Somerset, estimando la distancia de la ola. Había estado a la vista durante algunos minutos; las mareas vivas ganaron cuerpo más afuera en el Mar, y cuando Harkman miró, vio la turgencia que avanzaba como un gran tambor cilíndrico, rodando hacia él semisumergida.
Se bajó la luneta y activó el paso de oxígeno.
Había tiempo para una carrera recta más contra la mar de leva y para una inversión de marcha desde la cresta de una ola hasta otra… y entonces experimentó el empuje ascendente de la ola de marea. Como siempre, Harkman se colocó en el lado del Pasaje que daba a Wessex, y más hacia la desembocadura que la mayoría de los otros cabalgadores y, para cuando estaba acelerando delante de la ola, la mayor parte de los demás estaba a medio camino hacia arriba.
En una ola tan grande como ésta, el motor tenía que estar a toda su potencia durante toda la cabalgata. Harkman guió hacia abajo y al costado, dio marcha atrás, y volvió a acelerar, virando y torciendo para alejarse de la cresta… pero cada vez que volvía, cada vez que buscaba la cresta, estaba más cerca. La ola acumulaba altura sobre volumen, y la velocidad inmensa con la que aumentaba de tamaño hacia la brecha, quería decir que cada vuelta de su deslizador lo llevaba a diez o veinte metros más alto sobre la ola, altura que tenía que volverse a perder si no quería alcanzar la cresta demasiado pronto.
Ya habían caído varios cabalgadores, lanzados de sus deslizadores por la leva escabrosa. Una vez caído, casi no tenía oportunidad de volver a ganar la ola pues, incluso si podía volver a montar de nuevo su deslizador suficientemente rápido, su motor carecería por cierto de energía para llevarlo hasta el lado opuesto de la cresta.
Ahora estaban a menos de cien metros del Norte del Pasaje y Harkman estaba en el agua más quebrantada por el viento. Cada ola, cada línea de espuma, era un obstáculo que había que superar. Cada vez que propulsaba el deslizador y saltaba sobre el seno de una ola a la otra, podía sentir el viento por debajo de la tabla, alzándolo y empujándolo.
Estaba juzgando con exactitud: con menos de cincuenta metros para ir hasta la desembocadura del Pasaje, estaba casi en la cresta de la ola, redujo la velocidad del motor, dejando que la ola lo levantara hacia su pico cada vez más agudo.
Cuando alcanzó la cresta, la ola estaba empezando a abarquillarse, y aceleró de nuevo, manteniéndose al través de ella. Estaba dirigiéndose directamente hacia el viento, sintiendo que la nariz del deslizador se levantaba, mientras la ola en si se abstenía de romper.
Pasaron la desembocadura del Pasaje: la ola, abarquillándose y haciendo espuma, continuaba ascendiendo.
Harkman se adelantó hasta el borde mismo.
Lanzó su peso hacia adelante, deslizando la tabla hacia abajo y de costado, guiándola a través de la espuma que se adelgazaba: un momento de confusión gris-verde, la succión del agua alrededor de su cabeza… entonces se encontró cayendo por el aire.
Por debajo de él, la pared interna ascendente de la ola era casi vertical, y Harkman desplazó su peso, llevando la nariz de la navecilla hacia abajo y contra el viento, tratando de equipararse con la inclinación. Por encima, la ola por fin rompía: lentamente, parecía, con grande y terrible majestad.
Desde el costado llegó una curiosa ráfaga de viento que elevó la nariz del deslizador, haciéndolo perder el equilibrio. Dentro del tubo de ola, Harkman agitó los brazos como aspas, sintió que perdía pie sobre la tabla…
… Pero cayó en silencio.
Los aullantes vértices de viento, el gemido persistente del motor, el rugido tronante de la ola… todo cesó.
Harkman, que estaba cayéndose de la tabla, estaba en el aire.
Estaba congelado en vuelo, desnudo y solo en el cielo; brazos y piernas estaban libres, podía girar la cabeza.
Lentamente, lentamente, se fue dando vuelta, retorciendo su abdomen, tratando de ponerse boca abajo.
Por debajo de él, había desaparecido la ola, los acantilados y el mar.
Estaba flotando por encima de la campiña: un paisaje suave, verde y ondulante, con praderas, cabañas y setos vivos. Allí abajo había una carretera, por sobre la que podía ver desplazándose una línea de tráfico, reverberando la luz del sol en las carrocerías metálicas. Detrás de él, donde había estado el Pasaje Blandford, había un pueblito en el valle comprendido entre dos colinas, amarillo en la neblina otoñal: podía oler el humo a madera quemada, los vahos de nafta, y de la hierba cortada.
Sintió que estaba por caer, sacudió los brazos y las piernas como si eso lo fuese a salvar… pero sólo lo hizo girar lateralmente, hasta que estuvo mirando hacia el sur. Suspendido en este aire extraño, miró al otro lado del Valle Frome, hacia las Colinas Purbeck, y más allá de éstas hacia el refulgente mar, plata y oro del sol.
Cerró los ojos, forzando la visión fuera de él… pero, cuando los abrió de nuevo nada había cambiado.
Al mirar hacia el suelo, por vez primera Harkman sintió el vertiginoso efecto de su altura y como si esto hubiese soltado algo que hasta ahora lo mantenía suspenso, comenzó a caer. El aire rugía en sus oídos, y sintió la presión del viento en sus brazos, piernas y estómago. El suelo parecía ascender para chocar con él; presa de verdadero terror, engarfió sus manos en el aire, como si agarrase una cuerda.
Inmediatamente su movimiento cesó y de nuevo estuvo suspendido en el aire, aunque perceptiblemente más bajo que antes. Ahora podía escuchar el tránsito en la carretera; una motocicleta estaba sobrepasando un camión acoplado, y lo martilleó el sonido de su escape.
Harkman deseó estar más alto… sintió al punto la presión del viento sobre su espalda, y se remontó hacia las alturas. Cuando hubo alcanzado su altura primitiva, se obligó a girar de nuevo… y contempló la tranquila campiña, con sus colinas boscosas y sus verdes campos y dehesas.
Lo que vio carecía de significado para él: era producto de algún deseo inconsciente que no podía controlar.
Era algo que lo había excluido, algo que él, a su vez, había rechazado.
Debido a que provenía del pasado inconsciente que no se recordaba, al mismo tiempo era totalmente íntimo y voluntariamente renunciado. Era la campiña de sus sueños, un mundo que no era real, que nunca llegaría a ser real.
Tal como ocurriera antes, cuando había rechazado inconscientemente a este fantasma de su vida, Harkman ejerció una opción consciente y expulsó el sueño.
Miró su cuerpo: apareció el traje de buceo brillante, lo tenía adherido, centelleando en la luz del sol las gotas de rocío salado. Había una tensión a través de su pecho y un peso en su espalda. Algo negro, suave y acolchado se envolvió alrededor de su cabeza y su visión disminuyó cuando cayó frente a sus ojos la luneta del casco.
Comenzó a pasar sibilante el oxígeno del tubo que tenía a la espalda, respiró profundamente.
Se dio vuelta en el aire hasta que estuvo erecto, y palpó encontrando la superficie superior áspera del deslizador de olas. El control de aceleración se le envolvió en torno al pie derecho.
Efectuó una pocas correcciones de postura: inclinándose hacia adelante y dirigiendo la nariz de la navecilla hacia abajo.
El viento empezó a soplar y la forma hidrodinámica del deslizador respondió, planeando en las corrientes. Harkman mantuvo el control, desplazando su peso y equilibrio de modo de mantener la tabla a carena nivelada.
Una oscuridad como de penumbra cayó cuando la ola Blandford se abarquilló de nuevo sobre su cabeza; abajo, la pared ascendente casi vertical de la ola, era un espejo congelado multifacetado de luz solar.
La ola comenzó a moverse por encima de él, arrancando y deteniéndose, como los cuadros de una película que se hacen avanzar de a poco en un proyector. Verdaderamente asustado por la violencia elemental de la ola, Harkman detuvo el movimiento, buscando aún el equilibrio del deslizador en la corriente cruzada de viento.
Empezó a caer, perdió control de la ola. El viento empujaba hacia arriba la nariz del deslizador; con un desequilibrio desesperado de los brazos, se las arregló para volver a hacerlo descender. El deslizador dio de plano contra el agua pesadamente y al instante, disparó el motor, vacilando en busca de equilibrio. Echó un vistazo hacia arriba, vio el negro tubo cerrándose sobre él… y presa del terror por la ola aceleró el deslizador hacia abajo de la pendiente, más abajo, cada vez más abajo.
Segundos más tarde, la ola se destrozó detrás de él; lo cubrieron espuma y rocío, estirándose para apresarlo. Todavía estaba en pie, todavía estaba corriendo la ola, todavía había puesto distancia por unos pocos metros cruciales que lo salvaron de ser sumergido por la espuma remolineante y demoledora. Ahora estaba en aguas abiertas de la Bahía de Dorchester, el deslizador saltando en el rocío desde la cresta de una ola hasta la de la otra… pero todavía la gran ola se desplomaba y destrozaba y anegaba por detrás de él, empequeñeciéndolo hasta en su derrumbamiento.
Cuando la ola se esparció y aplastó, su velocidad de avance se perdió, y pronto Harkman la dejó atrás. Enfiló el deslizador hacia el oeste, dirigiéndose a Dorchester. Sucesivamente fue pasando frente a las playas, donde todavía estaban tendidos bajo las sombrillas multicolor unos pocos turistas; Harkman saludó con la mano a la gente, vacuamente, tratando de transmitir la excitación de que era presa.
Corrió todo el tiempo con la marea y cuando se deslizó suavemente en las aguas calmas del puerto, todavía estaban varados en el lodo los yates de los visitantes.
Cuando llegó el atardecer, él y Julia fueron al Bar Sekker’s para cenar alguna comida local a base de pescado; y, en el camino, se detuvieron para observar los objetos en venta en el puesto del Castillo de la Doncella. Como siempre, detrás del mostrador estaban Mark y Hannah, pero hoy había una nueva chica atendiendo con ellos. Miró a David y Julia con curiosidad, pero no logró interesarlos para que compraran algo.
Cuando dejaron el puesto, de entre la multitud salió un joven buhonero vestido con ropa del Castillo de la Doncella, se le acercó:
—¿Miraría usted un espejo, señor? —dijo, levantando un pequeño espejo circular delante de la cara de Harkman.
—No, gracias —dijo David Harkman y Julia, que lo llevaba del brazo, rió y se apretó contra él. Mientras ascendían los escalones hasta el patio del Bar Sekker’s, oyeron la voz de una muchacha que gritaba coléricamente; pocos instantes más tarde, se oyó el tintineo de vidrio roto contra los adoquines.
F I N
Terminaste Sueño programado
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