Sueño programado
Capítulo 12
12
Aunque era más de la una de la mañana, los cafés y cabarets de Dorchester estaban atestados y la gente se apiñaba en las calles. Era una noche cálida y sofocante; se avecinaba una tormenta. En los patios de los cafés competían música y voces; las puertas abiertas de los bares y clubes nocturnos despedían un resplandor caliente y aromático: música, calor de los cuerpos, humo de tabaco, luces refulgentes, como las puertas abiertas de un cuarto de calderas. La gente bailaba, cantaba y gritaba, con las caras lustrosas y la ropa liviana adhiriéndose a los cuerpos.
Sólo el sonido del mar rompiendo contra el malecón de cemento armado brindaba una presencia refrescante, un recuerdo del viento.
A lo largo de los árboles del Marine Boulevard habían colgado luces de colores en rosario las que, junto con el fulgor siseante y dorado de las lámparas de gas al costado de los edificios, arrojaban sobre los viandantes un resplandor multitonal atractivo.
David Harkman caminó lentamente por el Boulevard hacia el puerto, su brazo derecho levemente apoyado sobre los hombros de Julia, que se mantenía cerca de él con la cabeza apoyada contra su pecho: la proximidad era una sombra de su anterior intimidad.
Parecía pequeña al lado de él, pues con su brazo podía rodearle totalmente la espalda. Sentía mucha ternura hacia ella, porque había estado con él toda la tarde, desde el momento en que llamó a la puerta de su cuarto en la posada. Su tarde había sido simple: fueron al puerto para desplazar el nuevo deslizador de Paul hacia el amarradero que había alquilado más temprano, ese mismo día; y después habían comido en el Bar Sekker’s. De ahí volvieron al cuarto de él por el resto de la tarde. Al principio, habían sido torpes para tratarse, ya que ninguno quería hablar del extraño vínculo que ambos sentían pero, después este entendimiento mutuo se había reconocido en forma física, sin palabras. El encuentro amoroso que tuvieron fue tierno y apasionado, agotándolos a ambos.
Aun así, mientras caminaban en la noche húmeda, Harkman sentía que la unión era más débil. No era simplemente que ya habían consumado el deseo sexual, ni que se hubiesen revelado los misterios. Lo había captado no bien llegó ella: el lazo intangible que había entre ellos se había deshecho. Mientras paseaban por el Boulevard, Harkman se dio cuenta de que el recuerdo de su encuentro amoroso ya tenía la misma calidad; en ese sentido igual que las memorias de su vida antes de que hubiera solicitado el puesto en Dorchester: recordaba lo que habían hecho juntos, pero la reminiscencia estaba lejos.
Incluso cuando lo pensó, Harkman sabía que no era ni justo ni correcto: él había sentido y experimentado, había vivido los instantes.
Sospechó y temió que fuese un defecto en sí mismo, una incapacidad para sentir, y trató infructuosamente de alejarlo de su mente.
Julia estaba cálida bajo su brazo, pudo captar los latidos de su corazón contra el flanco de su cuerpo. Era una observación clínica, como si fuera un ensayo de la realidad.
Cuando alcanzaron el puerto, bajaron juntos los escalones de concreto; él ayudó a Julia a subir al bote de ella. Se besaron brevemente, pero con pasión.
—¿Volverás?
—Si así lo deseas —dijo ella.
—Sabes que sí. Pero sólo si tú lo quieres.
—Volveré… mañana, creo —estaba de pie vacilantemente en el bote, sosteniendo las manos de él, que se balanceaba en la orilla de los escalones. Dijo ella:
—David… sí quiero volver a verte.
Se besaron una vez más, luego Julia se acomodó en la parte trasera del bote, hizo arrancar el motor, y en un instante se alejó, pasando a través del puerto. El agua estaba negra y calma; las lámparas de colores que pendían en el extremo opuesto se reflejaban en la superficie, conservando perfecta simetría consigo mismas. Cuando el bote de ella agitó el agua, la estela hizo que los colores relampaguearan y se entrechocasen.
Harkman permaneció en el murallón del puerto, al tope de la escalinata, hasta que ya no pudo oír el motor; luego volvió caminando por la ciudad.
Era raro cómo la memoria parecía separarse de la experiencia: ya la visión del bote de Julia, enfilando a través del agua multicolor y negra, parecía distante de sí mismo. Era como si hubiese una experiencia falsa en la memoria, algo que le ocurría a él. Parecía como si hubiese estado caminando solo por el Boulevard toda la tarde y durante la noche, con recuerdos completamente espurios que aparecían secuencialmente para suplir la falsa experiencia.
¿La memoria era creada por los sucesos, sin duda?
No podía ser de otra manera.
Nada había dicho de este dilema a Julia, si bien estuvo consciente toda la tarde de esta realidad que estaba recobrando forma por detrás de él.
La comida en Sekker’s fue un plato de pescados y mariscos notablemente bueno, con vino del Norte de Francia; había sido la más deliciosa que Harkman tuvo desde su llegada. Julia dijo que nunca había comido antes en Sekker’s. Los pequeños incidentes se recordaban: el mozo que le había dado una rosa a Julia; los cuatro músicos que ensordecieron a todos en el patio, hasta que el jefe de mozos les pidió que se fueran; la ruidosa fiesta en la mesa de al lado, con seis americanos de los Estados vestidos con túnicas árabes y entonando cantos de la universidad. La comida había sucedido: su estómago todavía podía sentir su peso.
Y aun así, cuando abandonaron Sekker’s, Harkman había tenido una machacante sensación de que el recuerdo de eso era falso.
También con Julia: cuando se hicieron el amor, Harkman tuvo una percepción repentina de que la llegada de ella a la cama había sido espontánea, de que siempre había estado ahí, y de que los sucesos conducentes a ese instante sólo existían en la memoria implantada.
Después, el sexo mismo se hizo recuerdo, siendo, a su vez, la hora descansada y vacía que siguió, la única realidad.
Y ahora, mientras volvía caminando a la posada de la Comisión, Harkman pensaba en la partida susurrada del puerto y en el bote cruzando la tersa agua negra, como en sucesos creados por el recuerdo.
Era como si Julia no hubiese estado allí, como si ella no existiera, excepto como una extensión palpable de la propia imaginación de él la que, cual monstruo de la niñez, sólo adquiría sustancia en tanto se concentrase en él.
Llegó a la posada, y se dirigió a su cuarto, teniendo cuidado de no encontrar a ninguno de sus colegas de la Comisión. Todos parecían estar en cama, pues el edificio estaba en silencio.
Se lavó, y desvistió, tiró de los cobertores arrugados de la cama: allí, en la sábana de abajo, había un pequeño manchón mojado de recuerdos profundamente íntimos. Harkman lo contempló pensativamente, sabiendo que era tan real para él como todas las otras reminiscencias de la tarde; tan real… y tan alejada de la memoria.
Mientras yacía desnudo en la cama, esperando el sueño, el manchón mojado estaba contra su espalda, frío y pegajoso.