Sueño programado

Christopher Priest · Capítulo 19 de 29

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Sueño programado

Capítulo 19

19

Mientras viajaban de regreso del funeral en Salisbury, Julia leyó los otros informes, tal como había planeado. Empero, ni su corazón ni su mente estaban en ellos; los examinó superficialmente, con la esperanza de recoger la información necesaria únicamente con sus ojos. Los funerales siempre la deprimían, y el terreno barrido por el viento del crematorio con la procesión de coches fúnebres yéndose y viniendo cada pocos minutos, había parecido la puesta en escena de una tragedia continua, organizada, montada escrupulosa y elegantemente.

Después, había habido otra ordalía: la agradable taza de té con sus padres. Su padre se veía desgarbado y grande en su traje oscuro, y su madre, llorosa durante el servicio, transfirió su dolor por Tom a una preocupación machacante por Julia: «No parece que tomaras aire fresco, querida», y «Espero que te den bien de comer», y «¿Tienes alguna noticia de aquel buen muchacho que solías ver en Londres?» Estoy muy ocupada, mamá, y estoy feliz y, sin embargo, no es tan triste lo de Tom, y tengo todo el aire fresco que quiero, y creo que tendríamos que reunirnos pronto…

Marilyn había ido con ella al salón de té, fingía no escuchar la conversación.

No había habido señales de Paul durante la mañana, pero ni siquiera se sintió aliviada. Si es que le quedaba algún sentimiento respecto de Paul, era uno fatalista. Todavía podría intentar vengarse, pero ella estaba lista para cualquier cosa. Estaba preparada para quitarse la bufanda de seda de su garganta, exhibir lo que en este momento estaba oculto, desnudar su pecho magullado, si eso fuese suficiente para convencer a los demás de que era Paul la amenaza para la proyección, no ella.

Marilyn había captado que algo había sucedido la noche anterior, pero Julia esquivó las preguntas. Cuando los participantes volvían de Wessex, con frecuencia se encontraban en un estado de trastorno durante varias horas después; Marilyn se había acostumbrado a eso. Si bien no participaba directamente en la proyección, Marilyn había llegado a conocer a los participantes, y a veces le señalaba a Julia de qué modo aquello los cambiaba.

—¿Cómo me ha cambiado a mí? —le había preguntado una vez Julia.

—Para mejor —fue la respuesta, pero fue sonriendo y Marilyn no dijo más.

Mientras salían de Dorchester y cruzaban el Valle Frome hacia el Castillo de la Doncella y la Casa Bincombe, más allá Julia miró el paisaje yermo y batido por el viento, tratando de verlo con ojos de Wessex, para ver la bahía tranquila y azul punteada con botes. El lado sur de Dorchester era feo, las colinas revestidas con los ayuntamientos de Victoria Park posteriores a la guerra. No había señales de la existencia de éstos en Wessex, evidencia del inconsciente consenso de disgusto de los participantes.

El camino principal pasaba el Castillo de la Doncella, que se erguía sobre su colina a la derecha. Al contemplarlo, Julia dijo:

—¿Marilyn, sabes tú de alguna razón por la que no deba volver hoy a la proyección?

—Sabes que eso nada tiene que ver conmigo.

—Sí, pero me preguntaba si habías oído algo.

—¿Respecto de ti?

—No en especial —dijo Julia— pero sólo volví anteayer, y alguien estaba diciendo que, después de la muerte de Tom, los períodos fuera del proyector deberían ser más prolongados.

—Lo único que he oído es que los exámenes médicos han de ser más rigurosos.

—Había oído eso también.

Antes de que salieran para Salisbury a la mañana, Don Mander había convocado a una breve reunión. Era urgente que por lo menos dos participantes se reincorporaran a la proyección, pues ahora había un total de siete afuera, aunque a Steve y a Andy no se los contaba como miembros activos de la proyección. Colin Willment había ido a Londres después del funeral, si bien era probable que estuviese de vuelta en uno o dos días. Don Mander mismo estaba indeciso respecto a si tomar o no una licencia. Mary y Julia se habían ofrecido para regresar de inmediato, aunque Mary precisaba por lo menos un día para sí misma en Londres.

Nada se había dicho de Paul Mason.

Cuando llegaron a la Casa Bincombe, Julia fue a su cuarto y comenzó a revisar sus ropas, preguntándose si las precisaría en los días venideros. Había unas pocas para mandar a la lavandería, las puso a un costado para que el personal se ocupara de ellas. Tenía allí más ropa que la que había tenido en su departamento de Londres, pero nunca precisaba más que unas pocas. Había traído la mayor parte la última vez que vino de Londres: ahora pensaba si podría llevar algunas de vuelta.

En el camino a Salisbury se había detenido para comer algo ligero con Marilyn, pero no había comido desde… ni siquiera masitas para el té o scones, para gran sorpresa de sus padres. Tenía apetito ahora y si, iba a reincorporarse a la proyección, debía permanecer así. Deseaba ver a John Eliot o a Mander para ver qué era lo que querían que hiciera. A pesar de su nueva ecuanimidad hacia Paul, la púa respecto a que ella precisaba una prolongada licencia, todavía estaba clavada.

Fue abajo, pero no había nadie. Se detuvo indecisa al lado del hogar del salón de fumar durante diez minutos, preguntándose dónde había estado Paul durante el día. Cuando volvieron del funeral, Marilyn le había dicho que él se iba a quedar en el Hotel Antelope en Dorchester, lo que explicaba por qué no lo había visto en Bincombe a la mañana, pero había esperado que él estuviese ahí cuando volvieran.

Arriba, encontró a Mary Rickard haciendo una valija.

—Espero que tu casa esté bien —dijo Julia—. ¿Qué vas a hacer respecto a eso?

—Tendré que obtener una orden del tribunal mañana, y luego conferirle un poder legal a mi ex esposo. Deberá ser bastante directo, porque de todos modos, la casa solía estar a su nombre.

—¿Cuándo esperas estar de vuelta aquí?

—Pasado mañana —dijo Mary—. No pensé que te vería aquí… Pensé que estabas de vuelta en Wessex.

—Todavía estoy esperando la decisión de John Eliot.

—Por lo que sé, él te está esperando a ti. Me dijo que te reincorporabas inmediatamente después del funeral.

—¡Entonces, vuelvo!

Julia experimentó una placentera sensación de alivio, y también un estremecimiento de excitación: Wessex todavía estaba ahí para ella.

—¿Mary, qué piensas de Paul Mason?

—Parece un joven agradable.

Mientras decía esto, Mary estaba doblando una pollera y no miró a Julia.

—Vamos, Mary. Me gustaría saber.

—¿Es amigo tuyo, no?

—¿Te dijo él eso?

—No… pero tú dijiste que estuvieron juntos en la universidad.

—Estuvimos al mismo tiempo —dijo Julia—. Lo recuerdo vagamente.

—Eso es lo que tú dices, querida. A mí no me importa. Me di cuenta del modo en que te observaba.

Por un instante, Julia estuvo tentada de decirle qué había ocurrido la noche anterior, pero había conservado durante mucho tiempo el hábito de no confiar en los demás miembros de la proyección —conscientemente, al menos— y la conocía a Mary menos que a la mayoría.

—Sí, salí con él una o dos veces.

—Dije que no importa. A pesar de lo que dije hoy, nunca fui de los que creían que deberíamos tratarnos entre nosotros como si no fuésemos humanos. De todos modos, resulta que sé que, antes de que la proyección comenzara, hubo por lo menos una relación sentimental. No parece haber importado mucho.

Julia preguntó, con interés:

—¿Entre quién?

—Un hombre y una mujer —respondió Mary con una sonrisa—. Se terminó sin sangre o lágrimas, tanto como sé. De modo que si alguna vez tuviste algo con Paul Mason, y no quieres hablar de ello, pues es tu asunto.

—Todavía no me has dicho qué piensas de él.

Mary cerró la tapa de la valija, y se sentó en el borde de su cama. Tenía rasgos grandes y suaves, y ojos de mirada afectuosa.

—Te diré, Julia, porque eso sí me importa. Pienso que es un hombre peligroso y egocéntrico. Pienso que hará daño a la proyección, y no hay nada que podamos hacer al respecto.

Hablaba despaciosa y calmadamente. Mary raramente exageraba: sus informes siempre eran un ejemplo de observación precisa, de imágenes eficaces.

Julia dijo:

—¿Sabes algo respecto de él?

—Nada que no pueda ver con mis propios ojos. Y nada que no pueda resolver yo misma. Los síndicos lo han contratado porque es la clase de joven sagaz que creen que precisa la proyección. Pero no se dan cuenta de lo que podría hacer una ambición malévola.

—Creía que a Don Mander y a John Eliot les gustaba.

A Eliot le gusta. A Don, no. De todos modos, no importa lo que piensen los participantes: los síndicos quieren hacer valer su dinero, y creen que un operador joven y untuoso con antecedentes en periodismo de baja estofa y especulación en propiedades, se lo va a conseguir. Supongo que, en última instancia, es culpa nuestra: los síndicos nunca han estado en contacto con la proyección. Julia, Wessex es real para mí. No quiero que lo alteren.

Julia recordó a Paul en su habitación: la sonrisa calculadora antes de que intentara violarla.

—Mary, anoche… hablé con Paul Mason. Estaba diciendo lo que iba a hacer con la proyección.

—¿Qué dijo?

—Nada específico. Pero largó una pista grande: dijo que había una omisión obvia en la proyección.

—Lo oí hablando con John Eliot —dijo Mary—. Estaba preguntando cómo se utilizaba el equipo de proyección en Wessex. Eliot dijo que se lo empleaba para recuperar a los participantes, y Paul le preguntó si se lo podía usar para algo más. ¿Supones que se trate de lo mismo?

—Podría ser. ¿Qué dijo Eliot?

—Dijo, por supuesto, que no. Eso es todo lo que oí.

Julia dijo:

—Está tramando algo. ¿Mary, que será?

—Lo descubriremos eventualmente. Pero tenemos un consuelo.

—¿Cuál?

—Conocemos la proyección mejor que él. Es nuestra y podemos conservarla nuestra. Hay treinta y ocho de los nuestros, Julia, y sólo uno de los de él. Nadie puede alterar la proyección solo… Wessex está demasiado profundamente enclavado ahora.

Julia pensó en Paul, el graduado ambicioso que sostenía que ningún trabajo era demasiado grande para él y sus talentos, y había tenido razón. Paul, el trepador, el pegajoso buscador de éxito. Ella sabía que Paul se saldría con la suya.

Dijo Mary:

—Si sucumbimos ante Paul, hará lo que quiere. Nuestra única esperanza es la de unirnos entre nosotros.

—¡Pero sólo cuatro de nosotros sabemos respecto de Paul! Y Colin está con licencia y tú vuelves a Londres.

—Ya he hablado con Colin. Siente lo mismo que nosotras. Tiene derecho a su licencia, pero estará de vuelta no bien pueda. Quizás en uno o dos días. Yo estaré de regreso en dos. En cuanto a los demás… habrá que decírselo en cuanto se los recupere. Aunque, si Paul introduce cambios, ellos mismos verán lo que ocurre mientras están en Wessex.

Mary se paró y tomó su abrigo de detrás de la puerta.

—Quiero alcanzar el último tren —dijo—. Y tendré que pedir un taxi por teléfono.

Julia observaba mientras Mary verificaba que la valija estaba firmemente cerrada y luego echó un vistazo por la habitación para asegurarse de que no se había olvidado algo. Julia la siguió cuando salió del cuarto y bajaron juntas. Don Mander las esperaba en el vestíbulo.

Julia tomó el brazo de Mary cuando dieron la vuelta a la escalera, haciéndola retroceder antes de que Don las viera. Súbitamente se había dado cuenta de que después que Mary se fuera, ella y Don serían los dos únicos participantes activos en Bincombe. El pensamiento la aterrorizó, la hizo comprender cómo Mary se había vuelto una aliada inesperada contra Paul. No confiaba en Don Mander: parecía estar completamente listo para aceptar la designación de Paul hecha por los síndicos.

—Mary —dijo suavemente— ¿podemos hacer algo para detenerlo… a Paul?

—No lo creo, querida. Se incorporó a la proyección esta tarde.

—Entonces, es demasiado tarde.

—Para hacer cualquier cosa aquí, sí. Pero estaremos en Wessex.

Julia la siguió hasta el recibidor y esperó con ella hasta que el taxi llegara desde Dorchester. Una vez que el auto se fue, Julia subió a su habitación, ordenó sus cosas, separó ropas. Estaba sedienta, de modo que bebió un poco de agua del vaso para lavarse los dientes que estaba en el baño; luego volvió a descender y habló con Don Mander. Ella iba a volver a Wessex esa tarde; no había instrucciones especiales, excepto la de mantenerse en contacto con David Harkman; John Eliot y su equipo estaban esperándola en el Castillo de la Doncella.

Más tarde, mientras Julia refrescaba la mnemónica en su mente, estuvo pensando en David, recordando cómo, cuando estuvo oprimida por Paul, el pensar en él la había hecho enderezarse.

Una vez, Wessex mismo había sido el refugio tácito contra Paul: ahora sólo estaba David, y Paul no lo sabía.