Sueño programado
Capítulo 27
27
Julia corrió por el túnel principal que estaba por debajo del Castillo de la Doncella; la tela rústica de su vestido rozaba contra sus piernas. Sus recuerdos estaban intactos.
Por primera vez desde que comenzó la proyección, Julia tenía pleno conocimiento de sí misma y de su lugar. Podía recordar la manía de Paul en la sala de proyección, el griterío y la pelea; podía recordar su regreso al mundo de la década de 1980; podía recordarse corriendo por este túnel alejándose de Marilyn, y la muchacha gritando su nombre.
Pero esto era Wessex, y no había Marilyn, no había doctor Eliot. Llegó al final del túnel, y nadie la llamaba desde atrás. Estaba sola.
A lo largo del túnel lateral brillaban las luces cegadoras, redujo la velocidad, sin saber que esperar. ¿Estaban todavía en conflicto David y Paul? ¿Estaba todavía Paul agazapado en su rincón, balbuceando sobre muerte y poder?
Todo estaba en silencio cuando penetró en la larga sala. Parecía que sólo habían transcurrido unos pocos minutos antes de que hubiese ingresado del mismo modo a la misma estancia, desesperada por ver una huella de David. Y así fue de vuelta: protegiéndose los ojos contra los brillantes reflectores, Julia buscó a David.
La sala estaba vacía. Contra el costado estaban cerradas las gavetas de los gabinetes: un muro uniforme de conclusión. Cuando había dejado Wessex, se habían abierto dos cajones: uno para David y otro para Paul. Ahora, todos estaban cerrados, sus secretos encerrados.
En el centro del piso, destacado por las luces, estaba el montón de ropa descartada.
—¿David? —dijo con voz insegura y temblorosa. Era éste el primer sonido que había producido conscientemente desde que estuvo caminando por la sala, y se alarmó al instante. Tuvo un súbito miedo irracional de que eso lo sacaría a Paul de algún escondite.
La estancia estaba en silencio, oyéndose sólo el zumbido de fondo del equipo de proyección.
Como había esperado encontrar aquí a los dos hombres, Julia estaba desconcertada por su ausencia. ¿Qué les había ocurrido? Ya que no había aparecido en el presente, había supuesto que todavía estaban en Wessex. ¿Dónde estaban?
Pero sus gavetas estaban cerradas: ¿pudieron haber regresado al presente sin que ella lo supiera? Pero no, su recuerdo era muy claro: ninguno había aparecido. Recordó los dos cajones cerrados, las dos camillas y los asistentes esperando. Y había visto el cuerpo de David solamente segundos antes de que se subiese a su propia gaveta.
Empero, lo que la obsesionaba era saber que la transferencia del presente al futuro y viceversa, era instantánea. Pudo haber ocurrido… Paul y David pudieron haber regresado al mismo tiempo que ella se reincorporaba a la proyección.
¿De qué otro modo explicarlo?
Fue hasta el compartimiento que sabía que correspondía a David, consciente del modo en que seguía desandando las huellas de su otro yo en el presente. Aquella Julia había caminado hasta este cajón buscando a un David que había perdido, y aquella Julia no lo había hallado. Con el mismo pavor instintivo, retrajo sus manos del compartimiento antes de que pudiera actuar.
Retrocedió, dio la vuelta alejándose. Sola en un mundo que le pertenecía por completo, Julia experimentó el terror de lo desconocido.
El montón de ropa desechada estaba a su lado y lo miró. Tirado en la parte de arriba, había una chaqueta que reconoció instantáneamente como de David. Por debajo, cuidadosamente doblada, estaba el resto de su ropa.
Tocó la chaqueta, y estaba mojada por la lluvia; la levantó y apretó contra su mejilla, sosteniéndola como si fuese la última traza de él.
Totalmente desconsolada. Dejó caer la chaqueta sobre la pila, y gritó el nombre de él.
Entonces oyó, muy amortiguado:
—¿Julia…?
Era la voz de David… sin pensarlo corrió a través de la sala y asió nuevamente la agarradera del compartimiento. Tiró con todas sus fuerzas, y de inmediato se deslizó ante ella el cuerpo desnudo de él.
Que estaba consciente y alerta resultó evidente de inmediato, porque movió la cabeza antes de que se hubiese extendido por completo el cajón, y se golpeó la frente contra el borde metálico. Dio un respingo de agonía, su cabeza cayó para atrás. Julia giró su cuerpo saludable, su complexión rubicunda… y la expresión de su rostro, dolor y placer, mezclados cómicamente.
Ella rió en voz alta, casi histéricamente, aliviada más allá de las palabras porque él estaba sano y salvo.
—Oh, David…
—¡No te rías! ¡Ayúdame a salir de aquí! ¡Pensé que iba a quedar varado para siempre!
Julia se arrodilló y le pasó un brazo por el pecho, apretando su cara de costado contra la de él… y David la abrazó, atrayéndola.
Entonces, retrocedió de vuelta dolorido:
—Estas agujas… me pinchan.
Ella fue para atrás y lo ayudó a separarse de los descansos para hombros. Lo sentó hacia adelante, del modo en el que la había hecho sentarse el doctor Trowbridge, y le frotó la nuca con la mano. Ella miró, pero las agujas apenas si habían penetrado en la piel, y había una ligera irritación rosada por la parte superior de la espina dorsal.
Lo abrazó durante varios minutos, pensando solamente en él y en estar con él.
Pero entonces dijo:
—¿David, qué pasó? ¿Por qué no volviste al presente?
—Hice lo que me dijiste… pero nada cambió. Contemplé el reflejo de mi propia cara, preguntándome qué diablos se suponía que pasara y cómo iba a salir, hasta que te oí afuera.
—Pero debiste haber regresado instantáneamente. ¿Han apagado el proyector?
—Por lo que sé no. Por cierto que no lo toqué, aunque sabía cómo.
—Entonces, Paul debe haber metido la mano.
David sacudió la cabeza. Deslizó las piernas hasta el suelo y fue a recoger su ropa. Dijo:
—Mason está en la máquina.
—¿Hubo una pelea?
—No después de que te fuiste. Todavía estaba desvariando, pero hizo caso omiso de mí por completo, y estaba hablando de proyectarse hacia el futuro, tratando de seguirte. Fue a los gabinetes por sí mismo, esperé hasta que se archivó solo… y luego traté de ir detrás de ti. Pero como puedes ver, no resultó.
—¿Por qué no, David?
—Quizás soy inmune.
Lo dijo bromeando, pero hizo vibrar una cuerda resonante en la memoria de Julia, la nueva memoria, la que retrocedía hasta el siglo XX.
La última vez que estuvo fuera del proyector, durante la reunión en la que estaba Paul: Andy y Steve habían regresado de Wessex, e informaron que le habían exhibido los espejos a David, pero que los había resistido de algún modo.
(Y un recuerdo más profundo, varios estratos más abajo, se desplegó por sí mismo: una mañana en el puesto de Dorchester; David alborozado después de haberse deslizado sobre la ola Blandford, y tratando de hablar de ello, mientras los turistas se agolpaban en torno al puesto; Steve apareciendo con un espejo y tratando de mostrarlo, o vendérselo, a David; ella misma quitándoselo y destrozándolo contra el piso; David impasible, deseando verla más tarde; Steve alejándose del puesto).
David había estado continuamente en Wessex durante más de dos años: ¿Se habrían perdido los activadores de hipnosis profunda? ¿Era tan resistente al espejo dentro del proyector como lo era a los que portaban los recuperadores?
—Tú también debes ser inmune. Todavía estás aquí —dijo David.
—Estoy aquí porque elegí volver. Todo lo que dijiste era cierto. Mira… —Le quitó los pantalones justo cuando estaba a punto de ponérselos, y buscó en el bolsillo trasero. El recorte de periódico todavía estaba allí—. Esto, David… es verdad. Cuando me pusiste en el proyector volví al siglo XX. No bien estuve allí, recordé todo lo que es verdadero con respecto a nosotros. Ninguno de nosotros es real, ¡pero no importa! Somos reales el uno para el otro. Vi lo que estaba ocurriendo en el presente, y no pude soportarlo. Tuve que volver.
Se preguntaba cómo iba a comenzar a decirle lo que podía recordar. Los síndicos; su vida pasada con Paul Mason; la mente lesionada de los otros participantes.
Y el cuerpo real de David: pálido, abotagado, descuidado. Si es que volvía alguna vez, ¿trataría de asumir su identidad real, podría sobrevivir?
—¡David, ésta es la única realidad que queda! Lo que hizo Paul Mason… Apenas si lo puedo explicar. Estableció aquí una segunda proyección, y pensé que era un modo de volver a casa. Pero lo que él está proyectando es un siglo XX imaginario… ¡en el que se editó ese periódico!
David rió nerviosamente y tomó el recorte de sus manos.
—Primero, me dices que no existo, ¡y ahora me dices que esto no existe!
—Así es. —Recordó la emergencia a medida que regresaban los participantes—. La mayor parte de los demás se han vuelto locos… en este mundo proyectado.
—Pero no tú.
—No… Yo tenía algo en qué creer, algo que sabía que era real.
—¿Qué era?
Sacudió la cabeza y le sonrió:
—Si tú no lo sabes, David, no te lo voy a decir.
Ahora tenía puesta toda su ropa, y estaba enderezando el cuello de su camisa: la concentración en una actividad familiar y mundana para evitar pensar en lo impensable.
—¿David, no lo entiendes? El periódico tenía razón respecto a nosotros en un momento dado, pero está equivocado ahora. Cuando nos conocimos, nuestras identidades eran proyecciones del pasado. Pero Paul Mason lo alteró: su proyecto, éste, es imaginar el pasado. ¡No aquél del que venimos, sino muy similar! Y la proyección de Paul es un éxito completo; ¡lo sé porque he estado allí! Es una proyección de dos direcciones… gente en Wessex, que fue proyectada desde el pasado, está proyectando el pasado a partir del cual empezaron. Ha sido demasiado para ellos. Perdieron la cabeza… —Se pasó una mano por el cabello y descubrió que todavía estaba mojado por la lluvia de hacía una hora—. ¡Creo que estoy empezando a perder la mía!
Fue a los Gabinetes, tomó el asa del primer compartimiento con el que se encontró.
—Si Wessex aún es una proyección, David, este cajón debe estar vacío: el otro yo que se proyectó se habría, o bien desvanecido, o bien retomado su vida normal en Wessex, cuando se retira la mente del participante. Pero ¿sabes qué hay aquí adentro: hay alguien aquí… o la gaveta está vacía?
Mientras Julia hablaba, David dejó tranquilo el cuello de su camisa, y la contemplaba pensativamente. El trozo de papel de diario se le había resbalado de los dedos y yacía sobre el montón de ropas.
—Julia, no creo que debas abrir ese cajón —dijo.
—¡Tengo que hacerlo!
Tiró, Sintió la familiar resistencia… y un instante más tarde, el compartimiento se deslizó hacia afuera. Yacente en su interior, estaba el cuerpo de Nathan Williams. Estaba quieto, pero vivo: su pecho se elevaba y descendía en forma constante, y por detrás de los párpados cerrados se movían los ojos.
Julia dijo:
—Está proyectando, David. Su mente funciona.
Abrió una segunda gaveta, una tercera. Ambas contenían cuerpos vivos de gente a la que conocía.
Al pensar en el destino de ellos, al pensar en lo que le había acontecido a esas mentes, Julia volvió a cerrar los cajones. Había visto su proyección.
—¿Has mirado en tu propio compartimiento, Julia?
—¡No!
—Deberías. ¿Está vacía tu gaveta?
—Tiene que estarlo… ¡Estoy aquí!
—¿Eres una fantasía de tu propia imaginación, como yo lo soy de la mía?
—¡David, no quiero saberlo!
Había vuelto su propio argumento contra ella y de un modo que no podía enfrentar. Julia retrocedió, cada vez más, hasta que llegó a la pared más apartada. Entre ella y David estaba la pila de ropas… y vio, tirado al lado de un piloto mojado, un vestido marrón, simple, idéntico al que estaba usando. Se miró el cuerpo: la parte de abajo del vestido, la que no había quedado cubierta por el piloto, estaba oscura y húmeda por la lluvia. Recordaba cómo salpicaba sus piernas cuando corría por el túnel.
También estaba mojado el vestido tirado en el montón.
Ella sola había visitado el pasado proyectado, y había salido ilesa. Ella sola había vuelto a la realidad. Sus recuerdos eran plenos. Estaba en Wessex. El futuro, el presente, el ahora.
David abrió de un tirón la gaveta que ella había usado, y miró fijamente en el interior. No se movió durante varios segundos, pero luego dijo:
—Pienso que sería mejor que echases un vistazo, Julia.
—¡No, David, no!
Desde donde estaba podía ver dos piernas blancas y desnudas extendidas a lo largo del compartimiento. El resto del cuerpo estaba oculto por David, que estaba parado al lado.
Eres lo mismo que los demás, Julia. Yaces aquí y proyectas, y estás parada ahí y eres proyectada.
—¡Cierra el cajón, David. Por favor!
Se volvió para mirarla. Sonreía sarcásticamente.
—Eres muy hermosa desnuda —dijo—. Ven y mira a qué me refiero.
No se podía mover, no podía girar la cabeza en otra dirección.
—¡David, por favor cierra ese compartimiento!
La picardía momentánea se había desvanecido de su rostro y con expresión serena, lanzó su peso contra la gaveta y la deslizó de vuelta en su lugar.
—No comprendo, Julia. ¿Eres real? ¿Lo soy yo?
—Ya no puedo pensar más en eso —dijo ella. Se sentía como si se fuera a desmayar, o a sufrir la misma pérdida que los demás—. Somos tan reales como pensemos que lo somos. Sólo sé que te amo. ¿Es eso la realidad?
—Lo es para mí.
Fue hacia ella y le puso el brazo por sobre los hombros.
—Lo siento, Julia —dijo— no debí haber hecho eso con… con la gaveta.
—Creo que tuviste que hacerlo. Teníamos que saber. No parece importante.
—¿Qué haremos? —dijo David—. ¿Podemos salir de aquí?
—¿Quieres hacerlo?
—Dije si podemos.
—Podemos hacer cualquier cosa que deseemos, —dijo Julia—. Somos absolutamente libres, por el momento.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Cuando estuve en el… en el presente, vi que al profesor Ridpath lo iban a apagar.
—No me significa nada. ¿Qué efecto tendrá eso?
—Nadie está realmente seguro —dijo Julia—. Ridpath mismo creía que mataría a cualquiera que estuviese en su interior. Nunca se intentó.
Entonces, un pensamiento perdido —¿reconfortante?, ¿confuso?— se cernió un instante como un insecto volador. Cuando abandonó el presente, Eliot les había dicho que los síndicos le habían dado instrucciones de clausurar la proyección. ¡Pero eso era en el mundo que ella creía se estaba proyectando desde aquí! ¿Tendría eso algún efecto aquí?
¿Dónde estaba el presente desde el que se proyectaba a Wessex: Eran lo mismo… o ahora el sistema estaba cerrado? ¿Proyectaba un mundo al otro, cada uno dependiente del otro para su propia realidad continua?
—Julia, creo que deberíamos irnos. Tengo todo lo que alguna vez quise. Estamos juntos… eso es suficiente para mí.
Julia, confundida por la incertidumbre de sus pensamientos, sintió la mano de David en la suya. Sacudió la cabeza, como para aventar la idea intrusa, y luego vio, por la expresión de David, que había tomado su gesto como respuesta negativa a lo que acababa de decir.
Le apretó la mano con sus dedos, y dijo:
—Lo siento, eso es lo que también quiero.
—Vamos, volvamos a Dorchester.
Ella sintió un pavor repentino ante lo que podría haber fuera del Castillo, y ante quién podría estar allí, pero, sabiendo que David rechazaba conscientemente el pensar en eso, hizo el esfuerzo también.
—¿Crees que lloverá? —preguntó ella—. ¿Debería llevar el piloto?
—¿Es tuyo?
—No. Se lo pedí prestado… a Marilyn.
El yo auxiliar Marilyn, la que había estado en el Castillo durante un tiempo. Marilyn había desaparecido, pero todavía estaba allí su piloto. Al mirarlo, Julia recordó que la Marilyn real, la otra Marilyn, tenía un piloto exactamente igual a éste.
—No lo vas a precisar —dijo David—. Déjalo aquí.
Fueron juntos hacia la entrada, conversando sobre el piloto y la posibilidad de que lloviera. Era lo mismo que cuando David enderezaba el cuello de su camisa: un punto de apoyo en una realidad más simple, la necesidad de lo prosaico.
Cuando penetraron en el túnel, Julia se zafó del brazo de David, y se dio vuelta para mirar hacia la sala de proyección: algo la había estado preocupando, algo le había estado machacando.
—¿Qué es? —dijo David.
—¡Paul Mason! —dijo ella—. ¿Qué le pasó?
—Te lo dije: se unió a la proyección con los demás.
—Pero, no… no lo hizo. Yo estaba allí: él no regresó. Estoy segura… lo estaba esperando.
—¿También él es inmune?
—No. Por lo menos, no lo creo. —Se asió a la mano de David, aferrándola intensamente, presa de un repentino pavor—: ¿Estás seguro de que está dentro del proyector?
—Por supuesto… Lo vi encerrarse.
—¿Cuándo fue eso?
—Pocos minutos después de ti. Dos, tres minutos… no estoy seguro.
—Pero… —Julia miró a David con desesperación—. Pero Paul no regresó — empezó a decir de nuevo—. Estoy segura de eso. Los doctores aguardaban. Los únicos que no habían vuelto eran tú y Paul.
—Entonces está atrapado adentro, como lo estuve yo.
David la hizo a un costado y corrió de vuelta a la sala.
Algo inhumano en ella le hizo decir:
—¡No lo dejes salir, David!
—Si está atrapado, tengo que hacerlo. ¿Este es su compartimiento, no?
—Creo que lo es, si… —Ella casi no se atrevía a mirar.
David tiró de la gaveta, ella vio unas piernas pálidas extendidas en forma inerte, con los pies ligeramente desplegados. Cuando el pecho, y luego el rostro, estuvieron a la vista, Julia empezó a temblar, se apoyó contra la pared del túnel. Todavía estaba allí el instinto inhumano: un deseo terrible de venganza contra Paul, por todos esos años de humillaciones, de cerrar violentamente la gaveta con él adentro, para atraparlo por la eternidad dentro del gabinete, vivo o muerto.
David estaba inclinado sobre el cuerpo.
—¿Está vivo? —dijo Julia, mordiéndose el puño.
—Está respirando… sus ojos están cerrados.
—¿Está proyectando?
—No lo sé… mejor lo miras tú.
Ella no había podido mirar a su propio cuerpo dentro del compartimiento, y no podía mirarlo a Paul: fue él quien dominó toda su vida de adulta, primero por presencia y luego por ausencia. Él había dominado la proyección, él la había destruido.
Ahora, en ella campeaba un terror prístino: que nunca pudiera emanciparse de él.
—Cierra el compartimiento, David.
—No hasta que me digas qué es lo que le está ocurriendo.
—¿Se le mueven los ojos? ¿Oscilan… bajo los párpados?
—Un poco, sí.
—Entonces, está proyectando.
David siguió contemplando el cuerpo inconsciente del hombre y parecía estar inseguro respecto al curso a tomar. Julia esperaba en el túnel, pero David mantenía abierta la gaveta.
—Ciérrala, David. Por favor.
—Pero, si tú dices que no regresó al… al pasado, ¿adónde está proyectando?
—¡Por el amor de Dios! —Se separó de la pared del túnel y corrió hacia la habitación. Lo empujó a David a un costado y apoyó las manos en el frente del compartimiento. Entonces, vio la cara de Paul.
Se detuvo, dándose cuenta de que realmente estaba proyectando. Ella había sido impelida por el miedo: la idea de que pudiese yacer allí fingiendo, esperando para tomar una nueva forma de represalia contra ella. Pero su paranoia carecía de fundamento: Paul estaba tan sumido en la proyección como todos los demás. No podía escapar. No había modo de regresar.
Lo contempló persistentemente, ganando energías. Sabía que nunca lo volvería a ver, nunca jamás. Mientras lo miraba así, directa y resueltamente, se apoyó contra el cajón y lo cerró.
David observaba la cara de ella, comenzando, quizás, a darse cuenta de la magnitud del miedo que le tuvo a Paul. Julia, a su vez, lo miró y forzó una sonrisa.
—Lo siento, David… Tenía que hacerlo. Pensé que podría volver a incorporarse y comenzar a amenazarnos, como hizo antes.
David le tomó la mano:
—Ni siquiera me interesa saber qué te hizo Mason.
—Ya no importa —dijo ella, y sabía que esta vez podía decirlo a sabiendas de que era la verdad.
—Salgamos —dijo David—. Ya he tenido suficiente en este sitio.
Salieron de la sala de proyección, dejando las luces encendidas.
A mitad de camino por el túnel principal, Julia dijo:
—No regresó al presente. Realmente, no.
—¿Entonces, dónde está?
—¿En el futuro? ¿Completamente solo?
Paul solo creía en una segunda proyección; Paul solo no llegó a darse cuenta, en un plano inconsciente, de que el futuro que estaba planeando era, en realidad, el pasado; Paul solo creyó en el futuro como si fuera una realidad.
Cuando llegaron al fondo del pozo del ascensor y comenzaron a subir la escalera, Julia se preguntó cómo sería cualquier mundo que hiciese Paul, que él solo imaginase, y en el que él solo ejerciera su voluntad inconsciente. ¿Se llevaría consigo una imagen de ella, un ego auxiliar propio? ¿O crearía al mundo como un auxiliar de su propio yo? ¿Existiría alguien en ese mundo que se le resistiese, que no se subordinara a sus deseos, que no fuese el extremo de su malicia y crítica destructiva?
Julia sentía que alguna vez vivió en esa clase de mundo antes, y lo conocía bien. Pero eso estaba en el pasado.