Sueño programado
Capítulo 23
23
Después de presentarlo a todos los miembros del grupo y de esbozar la naturaleza del proyecto, Paul Mason llevó a Mander a ver el equipo de proyección Ridpath. Todavía confundido por la rapidez con la que no solo había sido aceptado por los demás, sino con la que él mismo se había adaptado al proyecto, Mander siguió al joven director por un túnel lateral hacia una sala larga de techo bajo, mortecinamente iluminada con dos lámparas eléctricas.
—A esto lo llamamos depósito de cadáveres, Don —dijo Mason, poniendo más luz para iluminar el equipo.
Mander se sobresaltó mentalmente ante la familiaridad con que lo llamaban por el nombre de pila. Más de un cuarto de siglo en el servicio público lo habían acostumbrado a algo más personal que las iniciales.
En ambos extremos de la habitación había reflectores agrupados en lotes; cuando se acercaron, Mander miró sin demasiado interés lo que parecía ser una hilera de grandes ficheros dispuestos en una pared. Mason y algunos de los otros estaban interesados en el proceso mecánico por el que se alcanzaría la proyección futurológica, pero para Mander, lo fascinante eran las inferencias psicológicas. Sus años en el Servicio Regional habían dejado atrás su entrenamiento primitivo, y todo lo que retenía era una comprensión instintiva de los procesos mentales humanos — que en sus momentos de mayor autoconocimiento sabía que utilizaba mejor en la politiquería interdepartamental— y un vocabulario rudimentario, probablemente desactualizado, de jerga psicológica.
Se había incorporado al Servicio Regional con la creencia ingenua de que psicólogos adiestrados tenían un papel útil para desempeñar, a veces, en la delicada administración de los asuntos del Estado; ésa, al menos, había sido la norma de la Oficina Regional en Westminster cuando había sido designado, pero cambios sucesivos en la conducción del Partido —tanto en Inglaterra como en Rusia— y sutiles matices del color político, habían erosionado progresivamente cualquier función útil que pudiera haber tenido alguna vez. Ahora, veintisiete años más tarde, los ascensos de rutina le habían brindado un ingreso estable y una posición de autoridad; el bastante ambicioso psicólogo industrial de veintisiete años se había convertido en un confiable administrador de cincuenta y cuatro.
Paul Mason fue hasta el cajón más próximo, y tiró para abrirlo, apoyando una mano contra la máquina para hacer palanca. Después de una resistencia inicial, el mecanismo se abrió por deslizamiento en forma suficientemente suave, como si los rulemanes del cajón hubieran permanecido libres durante los años de desuso.
—Por el momento no está en operación —dijo Mason—. Puede probarlo, si desea.
—¿Quiere decir que debo ponerme arriba?
—Bueno, normalmente nos referimos a eso como ponerse adentro. —Mason sonrió por su propia pedantería, y Mander experimentó de nuevo el placer instintivo que sintió por el joven desde el momento en el que se conocieron, La popularidad de la que gozaba Mason era total: era como si todo el mundo, en el proyecto, hubiera sido cautivado por la buena presencia y por la personalidad del joven—. Nada puede ocurrirle hasta que se conecte la corriente —prosiguió Mason, y para demostrarlo, puso su mano a través de los puntos metálicos brillantes de los contactos nerviosos.
Dijo Mander:
—Si fuese a subir, ¿qué me ocurriría?
—Nada por el momento. ¿No sufre de claustrofobia, no?
—En absoluto.
Mander sacudió su cabeza de inmediato, ansioso por dejar en claro que ni siquiera existía una neurosis menor que le pudiese evitar incorporarse al equipo. En el breve lapso que había estado en el Castillo, había desarrollado un intenso deseo de ser aceptado.
Hasta que ese hombre —¿cuál era su nombre, Nathan Williams?— lo llamó a su oficina, Mander ni siquiera tuvo noción de que estuviese ocurriendo algo en el Castillo. Ahora, una voz interior lo impulsaba a unirse a los demás, convertirse en uno de ellos.
—Como ve —estaba diciendo Paul Mason— el interior de cada unidad de proyección es apretado, y aunque la persona que está adentro está inconsciente, algunos encuentran perturbadora la idea.
—Déjeme intentarlo —dijo Mander, captando un dejo de duda en la voz de Mason. Estaba ansioso por probar su valía ante los ojos del director del proyecto.
También estaba el asunto de su edad: durante las presentaciones, alguien le había preguntado sutilmente cuál era y, si bien las reacciones fueron corteses, quedó con la impresión de que algunos podrían considerarlo muy viejo.
Buena voluntad para demostrar interés, perspicacia para participar: éstas eran las cualidades que tenía la esperanza de comunicar.
Mason lo ayudó a tenderse en el cajón y le mostró cómo apoyar los hombros sobre los soportes. Mander sintió los contactos nerviosos haciendo presión sobre él, romos por la tela de su ropa.
—Será incómodo —dijo Mason— pero no luche si tiene un ataque de claustrofobia. Lo extraeré de nuevo al cabo de unos pocos segundos. Ahora, ¿está listo?
—Sí.
—No hay circulación de aire en el interior, porque los ventiladores están apagados. Y va a estar oscuro.
Mason se apoyó con todo su peso sobre el gabinete, Mander se sintió deslizar. Penetró en la oscuridad del interior e instantes más tarde, el gabinete se detuvo contra abrazaderas de resorte. Alzó la cabeza instintivamente para tratar de mirar a su alrededor, pero de inmediato su frente golpeó contra algo suave, frío y duro que tenía directamente encima. Palpó con las manos, alejándolas del cuerpo, pero chocaron contra los costados metálicos del gabinete, y se dio cuenta de que con unos milímetros de libertad, estaba poco menos que confinado. Dentro de la máquina hacía frío y faltaba el aire. No había mentido sobre la claustrofobia, pero después de estar adentro varios segundos, se le ocurrió que sólo tenía la palabra de Mason para confiar, y que si optaba por dejarlo aquí, estaría atrapado.
Para su alivio, antes de que se lo sometiera a más pruebas, sintió moverse al gabinete y, hacia sus pies, refulgió una luz gris en torno al extremo del cajón. Miró a cada lado y vio una rejilla de malla de alambre, algunos tubos metálicos que se extendían a lo largo del diminuto cubículo, pintura gris ligeramente deslucida.
Al mirar hacia arriba, fugazmente vio el reflejo de su propia cara… pero entonces tiraron del gabinete por completo hacia afuera y quedó contemplando a Paul Mason. Se sentía como un tonto yaciendo ahí, como un cuerpo sobre una losa esperando la disección; recordó el apodo siniestro que se le daba a ese lugar.
—¿Bien? ¿Se siente capaz?
Mason lo ayudó a salir del gabinete y cuando sus pies tocaron el suelo, se apoderó de él un ligero vértigo. Lo ocultó dándose vuelta, golpeando expresivamente una mano contra el frío metal.
—Es una experiencia extraña.
—Entonces, ¿está con nosotros?
—Por supuesto.
Su vahído había sido causado por algo completamente distinto a su encierro en la oscuridad. Había sido aquel reflejo vislumbrado de su propia cara… un instante de autorreconocimiento, una cara en un espejo circular.
Mason volvió a deslizar al cajón en su lugar y nuevamente se volvió uniforme la línea de gabinetes pintados de gris. Había una fría eficiencia quirúrgica en esta máquina que yacía debajo del Castillo sin utilizarse durante un siglo y medio: un legado de una era más rica.
Recorrieron lentamente la hilera de gabinetes. Estirando ocasionalmente la mano, Mason rozaba ligeramente los dedos contra las asas metálicas de los cajones.
—¿Cuántos hay en total?, preguntó Mander.
—Treinta y nueve. Eso nos da un límite efectivo al número de personas involucradas.
—¿Ya tienen el número completo?
—Hasta ahora, treinta y seis. Treinta y ocho, incluyéndonos usted y yo.
Mander estaba a punto de hacer resaltar lo evidente, esto es, que todavía faltaba hallar una persona más, cuando captó el énfasis sutil sobre los treinta y seis participantes confirmados: todavía no se lo había aceptado del todo.
Cavilaba sobre esto, cuando llegaron al final de la larga línea de gabinetes y dieron la vuelta.
—Paul… ¿no le importa que trabaje para la Comisión? Alguien dijo en la sala de conferencias…
—No importa. Estoy con usted.
—¿Basta su decisión?
—No, hubo una votación. Si desea tomar parte en esto, puede. ¿Tiene alguna reserva?
—De ningún modo.
—¿En qué estaba pensando, pues? —preguntó Mason.
Mander miró cautelosamente al otro hombre, pero su mirada se encontró con una franqueza que lo desarmó.
—La naturaleza disidente de este proyecto —dijo—. Conozco la norma del Partido referente a proyectos de investigación, tan bien como el que más. Sólo tengo que volver a Dorchester y telegrafiar a Westminster una lista de todas las personas a las que conocí hoy, y en un par de horas estarían arrestados.
—Pero usted no haría eso, ¿no, Don?
Dicho por algún otro, habría habido una amenaza implícita en las palabras, pero debido a que las pronunciaba Mason, se convirtió en una pregunta directa. Para la que Mander tenía una respuesta directa.
—No, no lo haría. Pero me preguntaba si estaban al tanto de la posibilidad.
—Se discutió.
—¿Y…?
—Ya le he dicho. Se lo ha aceptado, sin reservas.
Abandonaron el depósito de cadáveres; Paul Mason apagó las luces, excepto las dos embutidas en el techo de cemento armado. Volvieron a la sala de conferencias.
Mander estaba pensando: se me acepta, así como yo los he aceptado.
Ahora que había roto con su vida en la Comisión, sintió haber hecho algo absolutamente correcto. Aquí reconocía a la gente. Hasta los extraños, la gente que le dijeron que había venido de otras partes del país, se conducía con él en forma amistosa y familiar, como si ya fuese un colega. Luego estaban los otros: las personas que había visto con frecuencia por Dorchester, cuyos nombres desconocía, pero no sus caras. La chica del puesto, por ejemplo, le había hablado por primera vez y ahora conocía su nombre: Julia Stretton. Inexplicablemente, parecía ser una de las que estaba más a favor de su inclusión en el proyecto y, mientras algunos de los otros le habían estado preguntando sobre su carrera en la Comisión, ella había hecho una defensa espontánea a su favor.
Dejadas de lado estas reservas iniciales, Mander había quedado estupefacto por la armonía evidente dentro del grupo. Podía sentirla crecer en sí mismo, junto con la excitación por las posibilidades del proyecto. Durante su larga carrera con el Partido, a veces Mander había sido complaciente respecto a sus logros, pero cuando era más joven, con frecuencia había criticado los medios con los cuales los había conseguido. En realidad, estos descontentos nunca se aventaron, pero a medida que se hizo mayor, se dio cuenta de que el peor resultado del régimen soviético era que se habían estancado la cultura y la sociedad inglesas. El país estaba listo para una revolución social de la misma magnitud que la política que había ocurrido a fines del siglo XX. Los problemas de aquel periodo agitado estaban tan lejos en el pasado como los años mismos, pero ninguna sociedad era ideal. Una ojeada al futuro podría sugerir tomar otro curso.
—Todavía nos falta un miembro, Don. ¿Tiene usted alguna idea de alguien al que nos pudiéramos aproximar?
—¿No podrían emplear su procedimiento corriente?
—Oh, sí. Ese es el motivo por el que le estoy preguntando. La selección se basa en la recomendación de otros participantes.
Mander sacudió la cabeza:
—No creo conocer a alguien conveniente.
Habían llegado al final del túnel lateral, se detuvieron en el recodo. Una ráfaga húmeda surgía de alguna parte, envolviendo las piernas de Mander. Pocos metros más allá, estaba abierta la puerta de acceso a la sala de conferencias y se escapaban luz y voces.
—Usted comprende que me gustaría que el proyecto comenzase lo antes posible. A lo sumo hoy.
—¿Tan pronto? —dijo Mander—. Pero proponer a alguien para un trabajo tan importante como éste… ¿Sólo sería mi sugerencia?
—Lo decidirá el grupo. Así es como se hace siempre. Ofrezca unos nombres. Lo sabremos tan pronto como oigamos el correcto.
—¿Puedo preguntar cómo?
—Del mismo modo que reconocimos el suyo no bien se lo propuso.
—Realmente, no conozco mucha gente en Dorchester —dijo Mander.
Su solitaria vida privada, a la que por años había visto como un bastión psicológico contra las tensiones de su trabajo cotidiano, repentinamente parecía una desventaja social. Mientras él y Paul Mason ingresaban al cuarto de conferencias, Mander estaba pensando en sus pocos conocidos, tratando de representarlos mentalmente allí. No bien le venía a la memoria cada nombre, lo descartaba automáticamente.
Estaba en marcha una sesión de debate público, una reunión descansada de todos los participantes escogidos, en la que expresaban, discutían y eventualmente mancomunaban sus ideas sobre el mundo del futuro. Mander y Mason encontraron dos sillas vacías y se unieron… de inmediato Mander descubrió un deslizamiento de la tónica de la discusión; en vez de hablar a través del cuarto, la gente se volvía hacia Paul, siendo él quien conducía y ordenaba. Al vérselo ahí, en compañía de los demás, Paul Mason era el caudillo evidente. Estaba claro como el cristal el respeto que le tenían: sólo tenía que empezar a hablar para imponer silencio a los otros y si hacía alguna sugerencia, encontraba rápida aprobación. A pesar de esto, Paul no abusaba de su posición, pareciendo estar abierto a las ideas, receptivo a las sugerencias de los demás. En total, conducía la discusión con buen criterio y humor, y Mander sintió admiración por su intelecto y estima por su personalidad.
Solamente una persona demostraba mínima resistencia al jefe natural del grupo, y era la chica del puesto, Julia. Estaba sentada frente a Mander y, en ciertos momentos en los que ella hablaba, él estaba seguro de que estaba mirando en su propia dirección. Como ella se desplazaba contra la corriente psicológica de la reunión, comenzó a preguntarse por qué. Al principio, sospechó que existía algún conflicto entre ella y Paul, pero nada de esto se traslucía en lo que decía. Más tarde, observó una mirada momentánea en el rostro de Paul cuando le hablaba a ella y conjeturó que había algo más que una relación de trabajo. Eso podría explicarlo.
Una vez, cuando Mander mismo propuso discutir una idea, fue Julia la que respondió primero, aparentando estar ansiosa de coincidir con él. Esto le resultó agradable, aunque extrañamente enigmático. Pocos minutos después, hizo una segunda sugerencia para probar su reacción, y nuevamente ella habló primero.
Hubo una interrupción para tomar café, durante la misma Mander observó que Paul llevó a Julia a un costado y le habló durante cierto tiempo. Ella sonrió y asintió con la cabeza, y pareció estar coincidiendo con él, pero Mander percibió que tenía los nudillos blancos por la tensión.
Mander empleó la pausa para conversar informalmente con tantas personas como le fuese posible.
Un hombre estaba sumamente interesado en conocer a un ex investigador en química del Colegiado de York, que en la actualidad se disfrazaba de pescador en la cercana aldea de Broadmayne. El nombre había llegado a conocimiento de Mander en la Comisión, porque sus frecuentes ausencias de su cabaña habían despertado las sospechas de un vecino que vendía pescado para obtener una ganancia privada. En verdad, algún arranque de distracción había hecho que Mander pasase por alto la queja, y los papeles yacían sin haber sido leídos en una canasta de alambre de su escritorio.
Cuando Paul Mason volvió a su silla, estuvo claro que la pausa había terminado; todos los demás se sentaron de nuevo.
—Antes de seguir adelante —dijo— debemos elegir al último miembro del equipo. ¿Tiene alguien alguna sugerencia?
Mander sintió sobre él el peso de la responsabilidad, pero decidió escuchar a los otros. Hubo una discusión general sobre el tipo de personalidad que se juzgaba apta para el trabajo, pero no se propusieron nombres.
Paul miró en su dirección.
—¿Qué tal usted, Don? ¿Alguna idea?
—Ya le dije, Paul. Parece que no conozco a mucha gente de aquí.
Nadie dijo palabra, pero Paul continuó mirándolo fijamente.
Entonces dijo Julia:
—¿Alguien de la Comisión, quizás?
Mander sacudió su cabeza de inmediato. Nadie había allí.
Nuevamente habló Julia:
—Don, estoy segura de que puede pensar en alguien.
Paul clavó duramente su vista en ella cuando dijo esto, y Mander notó que las manos de ella estaban cerradas fuertemente en su regazo. Una vez más, estuvo seguro de que ella estaba reprimiendo alguna tensión más profunda.
—Bueno, no sé —dijo. Pensó en el comisionado Borovitin, en Cro, en uno de los empleados de la oficina del frente con el que a veces almorzaba—. Sólo queda…
—¿Quién, Don?
—Un historiador de Londres que está haciendo una investigación aquí. David Harkman.
Alguien dijo:
—¡Ese es!
Fue como si en el cuarto cargado se hubiese colado una ráfaga de aire fresco y frío. Julia se rió, como con alivio, y por primera vez, Mander experimentó una verdadera sensación de empatía con ella, con todos los del proyecto. David Harkman era lo correcto, el participante que faltaba. Con él, el proyecto estaría completo.
La gente hablaba de un extremo a otro de la habitación, y varios se levantaron de su silla.
Sólo Paul Mason estaba inmóvil, mirando silenciosamente a través del cuarto, primero a él, luego a Julia. Mander fijó a su vez la mirada en Mason y observó ferocidad, un fanatismo en sus ojos que antes no había habido.