Sueño programado

Christopher Priest · Capítulo 21 de 29

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Sueño programado

Capítulo 21

21

Se apuraron, porque el sol se había ocultado detrás de la nube invasora y la tormenta casi estaba sobre ellos. Todavía llovía, pero la brisa había cesado y la campiña se encontraba húmeda y silenciosa, expectante.

El sendero se dividía por la extensión de orilla que se conocía localmente como Playa Victoria; mientras David la abrazaba, Julia observó que la arena todavía estaba atestada de turistas que aparentemente no prestaban atención al inminente chaparrón. Los turistas extranjeros nunca parecían aprender las extravagancias del tiempo inglés, y ella sabía que en pocos minutos estarían corriendo precipitadamente en busca de refugio, clamando contra la tormenta que no se había anunciado. Después de dejarlo a David, cuando caminaba de vuelta al Castillo, concedió, más caritativamente, que probablemente esperasen hasta el último momento posible antes de volver al pueblo: los baños en el mar eran casi imposibles en cualquier otro lugar del mundo debido a la contaminación industrial, y una de las atracciones innegables de Wessex era su límpido mar.

Estaba tratando de no pensar en lo que había ocurrido entre ella y David, porque le había presentado la verdad, que él halló desagradable. Al mirar a los visitantes en la playa, mientras caminaba prestamente hacia el Castillo, experimentó una tristeza profunda e imprecisa por David, deseó que su función aquí fuese tan simple como la de los turistas.

Siempre había sido así, empero. No se debió haber permitido el lujo de David Harkman. Siempre había existido la monotonía de las detalladas preparaciones en el Castillo, la necesidad de concentración y absorción en su trabajo.

(Luego: un fantasma. Otro verano, otra vida. David en el amarradero, luego llegando al Castillo una mañana, probando los deslizadores mientras ella holgazaneaba en la playa de la ensenada. Hacía cinco días… ¿o nunca? ¿Cuándo había tenido ella alguna vez tiempo para pasar de esa manera?)

Había llegado hasta el primero de los terraplenes del Castillo cuando la golpeó esta memoria espectral; se detuvo reflexivamente. Al igual que la reminiscencia de un sueño, poseía convicción momentánea pero, a diferencia de la interrupción de un sueño, el recuerdo permanecía en su mente para que ella lo explorase.

Había una dualidad: por un lado, la certeza completa de que durante los últimos meses, durante todo el largo verano, ella y los otros habían sido absorbidos por sus preparaciones en los túneles que corrían por debajo del Castillo; por otro lado, el recuerdo tenue, pero bastante discernible, de una clase diferente de verano, el puesto, el puerto, el enjambre de turistas… y Greg.

David había hablado de Greg, pensando que él y ella eran amantes, pero ella lo negó; por supuesto que lo hizo:

Greg no era nada para ella.

La reminiscencia más difusa lo ubicaba a Greg a su lado, poseyéndola.

Hubo un destello brillante de relámpagos, Julia se volvió abruptamente, esperando que siguiese a continuación el estampido del trueno, un suceso trascendente natural para celebrar una comprobación trascendente… pero no sonó el trueno.

Echó un vistazo hacia arriba de la muralla del terraplén, viendo cómo se acumulaba la nube en las alturas. Casi estaba encima de ella, la proximidad había alterado el color, desde el primitivo azul negro a un gris amarillento enfermizo. Miró hacia el oeste, desde donde se aproximaba la tormenta, y vio que el paisaje ya había desaparecido en una bruma gris; la lluvia estaba casi encima de ella.

Se apuró, ascendiendo por el sendero a través del costado del primer terraplén, siguiendo su curso inclinado y curvo hacia el segundo. Corría, aterrada por la tormenta.

Había intentado ir a la casa que compartía con Paul, pero estaba muy lejos, del otro lado de la aldea. Su miedo a la tormenta se convirtió en pánico, en terror de ser abatida por un rayo en los espacios abiertos en la parte superior del Castillo, por lo que abandonó el sendero y corrió por el declive hacia el acceso a los pasajes subterráneos. Varios de los de la aldea estaban apretujados en el portal, mirando aprensivamente al cielo.

Redoblaron y retumbaron sordamente los truenos, y empezó a llover: pesadas gotas que caían sibilantes hacia la tierra cocida por el sol. En pocos segundos, la lluvia se convirtió en diluvio, agua y hielo combinados, descargándose en maligno torrente. Las piedras de granizo castigaron sus hombros, su cuello, y sus piernas. Sus cabellos y su vestido se habían adherido húmedamente a su cuerpo en los primeros momentos del aguacero.

Por fin, alcanzó el refugio, jadeando y asustada. Esperó, sin pensar, que la multitud retrocediera para dejarla entrar, pero parecían no haberse dado cuenta de su presencia; se quedó parada frente a ellos bajo la impetuosa lluvia. Nuevamente destellaron los relámpagos, y los truenos restallaron inmediatamente después. Empujó a la gente, forzándolos a retroceder y, finalmente, se puso fuera de lo peor de la lluvia.

Las gentes que se amontonaban en la entrada al refugio seguían sin prestarle atención, aun cuando ella estaba apretada contra tres de ellos por lo menos. A ninguno conocía, excepto de vista: en su mayoría eran granjeros, o artesanos de los talleres. Ninguno de ellos estaba involucrado en el trabajo real de la comunidad.

Airadamente, presionó contra ellos, abriéndose paso por la fuerza; se hicieron a un lado con renuencia, quejándose unos a otros, pero no directamente a ella, por su porfía.

Cuando se hubo liberado de la presión de los cuerpos, estaba dentro de la construcción desnuda y carente de iluminación, parada bajo el agrietado techo de cemento armado. Por primera vez, se dio cuenta de que Greg había estado entre los que bloqueaban la entrada, pero no la había reconocido. Él, al igual que los demás, atisbaba la tormenta espectacular desde la seguridad del refugio.

Afuera hubo otro destello brillante de un relámpago, acompañado por el estampido ensordecedor del trueno.

Julia se volvió y caminó por el piso cubierto de cascotes, en dirección a la estrecha escalera que estaba atrás. Tomó con la punta de pulgar e índice de sus manos la empapada tela, la separó de los muslos, y luego descendió prestamente la escalera. Los túneles y celdas de los laboratorios se hallaban a unos quince metros por debajo de la superficie y, antes de que hubiera llegado al final de los escalones, la tormenta se volvió inaudible: aquí, en las profundidades del Castillo de la Doncella, los elementos no podían tocarlos.

La habitación de John Eliot estaba vacía, tal como lo había esperado, por lo que continuó hasta el final del corredor y entró a la sala de conferencias.

Era éste el único lugar de todo el sistema subterráneo que tenía calefacción y, por consenso común, se había convertido en el centro de toda la actividad preparatoria. En contraste con otras habitaciones, aquí se había hecho más que un esfuerzo mínimo para amueblarlo confortablemente, trayendo de la aldea muchas sillas y mesas. Varios de los mejores productos artesanales del Castillo se habían puesto a la vista en forma ornamental, y se habían colocado muchos libros en estantes a lo largo de una de las paredes.

En la sala de conferencias había alrededor de quince de los participantes escogidos, así como el doctor Eliot y algunos de su equipo. Allí estaba Marilyn que, no bien vio a Julia, la saludó con la mano. Estaba sentada a una gran mesa en el extremo opuesto del cuarto, escuchando una de las interminables discusiones sobre cursos de acción.

John Eliot la descubrió, dejó la discusión y se le acercó.

—¿Dónde has estado? —preguntó—. Estábamos esperándote.

—Me sorprendió la tormenta —repuso ella, dándose cuenta de que Eliot probablemente no sabía nada acerca del tiempo. Ni él, ni los de su equipo, parecían haber dejado alguna vez los pasadizos subterráneos.

—Ya lo veo —dijo Eliot, echando una ojeada a su vestido empapado por la lluvia —. ¿Quieres cambiarte?

—Lo haré más tarde. Todavía está lloviendo. Aquí puedo mantener el calor.

—Tienes más para leer. ¿Lo harás por ti misma, o vas a unirte al debate?

—¿De qué se trata esta tarde? —preguntó Julia.

—La elección de un nuevo miembro. Por el momento, las opiniones parecen estar divididas.

—¿Quién es el candidato?

—Un hombre que se llama Donald Mander. Es funcionario de la Comisión. Sería un administrador excelente.

—¿Alguien de la Comisión? —dijo Julia, frunciendo el entrecejo—. Es un paso fuera de lo común.

—Así pensamos algunos. Otros creen que valdría la pena el riesgo.

Miró a Eliot abstraída, pensando en David. Si podían considerar en serio a un funcionario gubernamental para el proyecto, entonces apenas si lo podrían objetar a David. Su respuesta negativa a la solicitud simple y comprensible de David lo había herido amargamente… pero entonces ella no había visto modo. Ahora, empero, quizás podría sugerir…

No, estaba Paul. Siempre Paul.

—¿Está aquí Paul?

—Por el momento está en el depósito de cadáveres —dijo Eliot—. Volverá más tarde.

—¿Qué piensa Paul sobre Mander?

—Lo aprueba.

—Entonces, yo también —dijo Julia.

—¿Lo conoces?

—Lo he visto por Dorchester. No sé mucho sobre él, pero solía sonreírme cuando estaba en el puesto.

—No sabía que fueses vanidosa, Julia.

—No lo soy. Tengo una sensación respecto a Mander. Eso ha sido suficiente para el resto de nosotros, ¿no?

Eliot asintió con la cabeza, pero vagamente. Julia y los demás habían tratado de explicar la sensación intangible de reconocimiento, pero Eliot sostenía que nunca la había experimentado. Ahora se había convertido en el criterio fundamental por el cual se invitaba a la gente a unirse al proyecto. Julia misma conocía suficientemente bien lo intangible, porque era lo mismo con David.

Lo mismo, pero diferente, con David.

—¿Vas a hablar a favor de Mander? —dijo Eliot, mirando hacia la mesa, donde las discusiones habían continuado mientras ellos conversaban.

—No es necesario. Al final será aceptado. Si lo deseas, puedes anotarme con un voto afirmativo. ¿Dónde está lo que tengo que leer?

Julia miró a su alrededor, buscando un sitio para sentarse, mientras Eliot fue a los estantes para buscar un libro. En el aire caldeado de la sala de conferencias no sentía muy incómoda su ropa húmeda. Encontró una silla cerca de una de las estufas, pensando que podría quedarse tranquilamente esperando que se evaporara el agua, hasta secarse. Se echó el cabello hacia atrás, preguntándose si podría pedir prestado un cepillo o peine a Marilyn.

Miró para ver quiénes estaban: reconoció a Rod, Nathan, Alicia y Clark, de la comunidad del Castillo; conocía bien a cada uno de éstos, pues habían estado en Wessex durante varios meses. Había varias otras personas, a las que reconoció de otras conferencias, a quienes ya había sido presentada, pero cuyos nombres había olvidado desde entonces. Todos provenían de Dorchester o de sus alrededores. Un hombre trabajaba en una granja cerca de Cerne Abbas; dos de las mujeres venían de aldeas de la costa sur de la bahía. Todos tenían grados académicos, todos llevaban una vida doble para facilitar su labor aquí. Era un plan extraño, y ella estaba contenta debido a que como ya era miembro de la comunidad del Castillo, no tenía que recurrir a supercherías elaboradas para venir aquí.

Eliot volvió con el libro, abriéndolo en las páginas que había seleccionado.

—Este es el pasaje a leer —dijo.

El libro era una obra antigua que describía los substratos geológicos de la región de Wessex antes de los levantamientos sísmicos del siglo pasado. La idea, explicó Eliot, era la de elaborar una teoría mediante la cual pudiera verse el hundimiento terrestre actual nada más que como fase temporal de la evolución geofísica, de modo que se pudiera representar mentalmente un retorno a algo así como las circunstancias primitivas.

Julia tomó el libro con sensaciones encontradas: la geología era su materia, por lo que no habría dificultad con el lenguaje técnico —lo que la hacía trabajar más duramente en otras disciplinas— pero al mismo tiempo significaba que tendría que cubrir terreno antiguo, en sentido cuasi literal. Lo que la había emocionado durante sus estudios, había sido la estructura geológica actual de esta región, que en la escala geológica había sido moldeada ayer solamente.

Había que aprender antiguas teorías, antiguos hechos: el presente tenía que ser olvidado.

De todos modos, a pesar de estos recelos, pronto se interesó en el libro, y todavía estaba leyendo media hora más tarde cuando penetró en el cuarto Paul Mason.

Todos notaron su llegada: era esa clase de hombre. Como director del proyecto, imponía inmediato respeto y atención. Toda la tarea, todas las funciones eventuales del proyecto, eran suyas. Había trabajado muchos años para reunir esta gente; era un idealista con un ideal alcanzado, e inspiraba a los demás.

Mientras caminaba por el cuarto, vio a Julia y le dedicó una de sus sonrisas secretas, de la clase que reservaba para ella sola. Ella respondió automáticamente sintiendo, como siempre, el orgullo instintivo y egoísta de propiedad.

No compartía a Paul con nadie: ella era su mujer.

La mirada que él le envió hablaba de las cosas en las que nadie de aquí podría alguna vez inmiscuirse: la vida secreta, el hombre privado. Sólo ella estaba autorizada a esta penetración en el otro Paul y lo estaba por su íntima comprensión mutua.

En lo profundo de ella, fulguró, como la llama de un fósforo, en un sótano a oscuras, un recuerdo espectral… y una versión espectral de ella retrocedió por horror.

Cuando Paul se sentó a la mesa con los demás, Julia miró el suelo con ojos perdidos; su identidad espectral luchaba por liberarse. Pensó en David, pensó en el amor de él, pensó en el de ella.

Pronto, se puso a temblar.