Superar un amor

Ariadna Baker · Capítulo 1 de 25

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Superar un amor

Cap�tulo 1

Capítulo 1

No tenía claro si decantarme por un outfit más desenfadado o uno más formal, ya que esa noche tenía una fiesta en el chalé de Tristán, mi mánager, cada año organizaba una como bienvenida al verano y es que, estábamos a finales de junio.

Al final me decidí por unas sandalias marrones con un poco de tacón y cogidas al tobillo por unas tiras de cuero, además de un pantalón corto en verde militar, tipo safari y caído sobre mis caderas, al que acompañé con un top de tirantes en color marrón y que quedaba justo por encima del ombligo, me dejé caer por encima una camisa de lino blanca abierta y remangada hasta los codos.

Me veía monísima frente al espejo con esa cola alta, además, me había acabado de hacer unas mechas y el contraste rubio y castaño, me había quedado divino en esa melena que tanto me cuidaba.

La vida me sonreía, y es que, a mis veintisiete años era una de las influencers más codiciadas del mundo, las marcas se me rifaban para que diese visibilidad a sus productos y me podía permitir elegir cual sí y cual no.

Debo decir que desde pequeña fui objeto de las cámaras, ya que mis padres eran unos afamados periodistas, que llevaban más de treinta años al frente de programas televisivos de gran éxito y estaban catalogados entre los mejores periodistas del país.

Mi fama aumentó cuando a los dieciocho años mis redes sociales dejaron de ser privadas y fueron subiendo, de un día para otro, como la espuma.

Eso sí, lo alterné con los estudios de periodismo, y es que yo quería ser como mis padres, pero cuando acabé la carrera y debido a mi éxito mediático, decidí aprovechar el tirón como influencer y dedicarme por completo a mis redes, esas que tenía de lo más cuidadas. Era muy perfeccionista tanto para subir fotos, como para cuidar todo aquello que decía.

Me causó una gran sonrisa ver en el móvil a mis padres siendo noticia en una revista digital.

“Los afamados periodistas Jaime y Jimena, están disfrutando en el treinta aniversario de su boda más unidos que nunca en las Islas Maldivas”

Salía una foto de ellos besándose, y eso de, más unidos que nunca, me había hecho mucha gracia porque los dos eran como unos adolescentes que se acaban de conocer, se amaban muchísimo y todavía no se les había apagado la llama.

Mi hermana Paula, tenía veinte años y vivía con mis padres, estaba estudiando la carrera de Criminología, ya que eso a ella la apasionaba.

Vivía desde hacía un año en un apartamento en Ocean Drive, en el barrio de South Beach, en Miami Beach. Una de las zonas más animadas y prestigiosas de aquel rincón de Florida.

Un chófer me recogió en la misma puerta del bloque para llevarme al evento que había preparado Tristán y, cómo no, en esa fiesta iba a estar la crème de la crème, ya que mi representante lo era de más personas famosas: actores, cantantes, modelos y celebridades del mundo del papel cuché.

En la entrada de la casa ya había un montón de fotógrafos intentando captar las instantáneas de todos los que íbamos a la fiesta, así que le pedí al chófer que parase y me bajé para entrar andando y saludarlos. Al ser hija de periodistas empatizaba mucho con ellos y sabía lo importante que era conseguir alguna exclusiva o unas palabras con cualquiera de los que íbamos a acudir a ese evento y que tuviéramos la gentileza de pasar por el photocall.

—Buenas noches, Alejandra —me decían todos emocionados, acercándose al ver que había bajado del coche y decidido entrar a pie para saludarlos.

—Buenas noches a todos —sonreí.

—¿Cómo se te presenta el verano?

—Pues mira, comenzamos con la primera fiesta y espero que me inviten a muchas más. Ya sabéis lo que me gusta la noche —apreté los dientes.

—Estás impresionante —me dijo otro de los periodistas.

—¿Cómo te llamas?

—Ander —contestó con una sonrisa de oreja a oreja.

—Eres muy guapo —me atreví a decirle con todo ese arte que tenía para esas cosas.

—No me importaría tener una cita contigo —bromeó ante la risa de los demás periodistas.

—Escríbeme mañana por Instagram y la acordamos —levanté la mano sonriendo y girándome para entrar.

—¡Atenta, que te pienso escribir! —lo escuché chillar entre los demás periodistas que aligeraban por hacerme más preguntas.

Obvio que él sabía que era una broma, ni más ni menos, pero que guapo era una barbaridad y no le faltarían chicas dispuestas a correr a sus brazos.

Entré y Tristán vino corriendo a saludarme con una copa de champán en la mano para mí.

—Mi representada favorita —murmuró, dándome un beso en la mejilla.

—Eso se lo dices a todas —sonreí.

—Pero mira lo contentas que os tengo —me hizo un guiño.

—También es verdad —le acaricié la mejilla.

Me acerqué a saludar a Daniela, otra influencer con la que hacía muchas colaboraciones y hablaba a menudo, inclusive quedábamos para ir a tomar algo o comer. Nos caíamos muy bien y habíamos forjado una bonita amistad, así que, al menos nos enviábamos un saludo cada día por mensaje, aunque últimamente estábamos más unidas que nunca y nos veíamos más, además de tener grandes conversaciones donde la complicidad se afianzaba con el tiempo.

Nos fundimos en un abrazo y nos colocamos a un lado mientras saludábamos a los demás conocidos que iban apareciendo.

Estaba todo decorado precioso y muy elegante, además, había un servicio de catering encargado de que no faltara un detalle, ni bandejas pasando con canapés.

Miré a Daniela incrédula cuando vimos entrar a Mateo, un afamado futbolista de élite y reconocido mundialmente, que se acababa de retirar a sus cuarenta años, con una carrera de lo más impecable. Arrastraba una masa de seguidores y a mí, me encantaba. Era la primera vez que lo veía en persona.

—Me muero, me muero —murmuré sin dejar de mirarlo, y es que estaba guapísimo. Tenía una clase vistiendo increíble.

—Tú hoy no sales de aquí sin conocerlo y tirarte una foto con él.

—Imagínate una foto con él y la subo a mis redes —me reí nerviosa de imaginarlo.

Tristán que sabía de mi devoción por ese hombre y estaba hablando con él, me miró y me hizo un guiño.

Me puse de todos los colores y Daniela estalló en risas al verme así, menos mal que Mateo no se había dado cuenta, ni miró hacia nosotras cuando lo hizo Tristán.

—Hostia que Tristán lo trae para acá —murmuró Daniela, mientras le daba un sorbo a la copa con una cañita.

—Me da, te juro que me da —me estaba poniendo morada y me temblaban las piernas.

—Chicas, aquí os traigo a un amigo que imagino, ya habréis reconocido.

Daniela y yo, de forma sincronizada nos miramos negando con el gesto de boca de que ni idea. Tristán al vernos y saber que así no era, le entró la risa.

—Ni idea —murmuré por fin mirándolo —, pero por su pinta diría que un actor de cine.

—Acertaste, soy actor porno —soltó Mateo, causándonos un ataque de risa a todos.

—Ahí has estado rápido —le dijo Tristán, sin dejar de reír.

—Bueno, ellas son las influencers Alejandra y Daniela y él, bueno no os lo digo porque lo sabéis de sobra.

—Qué manera de vendernos —dijo Daniela, causando más risa si cabe.

—Encantado, la verdad que a ti sí te conozco de verte por las redes —se dirigió a mí, lo que me hizo ponerme roja como un tomate —. Además, eres hija de Jaime y Jimena. He tenido el placer de conocerlos.

—Lo sé —murmuré entre dientes, ya que me iba a dar algo.

Más guapo y lo declaraban patrimonio de la humanidad. Ojos claros, piel muy bronceada, camisa de lino de color azul, abierta, dejando entrever sus pectorales, pantalón corto blanco al igual que sus zapatillas de esparto.

Me estaba latiendo el corazón a mil por hora.

—Chicas, cuidádmelo, que voy a saludar a más invitados.

—La leche, encima que ni me reconoció, me deja de canguro —soltó Daniela, haciendo reír a Mateo, que nos miraba incrédulo por la que estábamos liando.

—Si molesto… —hizo el gesto con las manos de que se retiraba.

—¿Irte? ¡Pues anda qué no te tienes que sacar fotos con nosotras! —

exclamó Daniela, dándose incluso una palmada en el muslo.

—Todas las que queráis —sonreía.

—Un momento, que llegó un amigo mío y voy a saludarlo —dijo Daniela

—. Cuídamela, si no quieres salir mañana en el telediario abriendo las noticias y no por tu carrera futbolística.

Me quedé sin saber qué decir, pues eso de que había llegado un amigo suyo era mentira cochina, allí había muchos conocidos y ella lo hizo por dejarnos a solas.

—Pues nos tendremos que cuidar mutuamente —murmuré apretando los dientes.

—Pues no está nada mal, todo un planazo para esta noche el que tengamos que hacer de canguros.

—Ya te digo… —nos reímos.

Nos sentamos en unos sillones que estaban libres con su mesa delante.

—Ya vi que tus padres están en las Maldivas.

—Sí, allí están estresándose.

—Sobre todo, eso —sonrió—. Te pareces muchísimo a tu padre.

—Eso dicen —me sonrojé.

—Les debo una comida, hace mucho que no hablo con ellos y la verdad es que siempre fueron impecables conmigo. Me trataron muy bien personal y públicamente.

Era increíble saber que tenía cuarenta años, y es que estaba como un joven de treinta, estaba de lo más cuidado y trabajado, porque deporte había hecho toda su vida y a un alto nivel por el tema del fútbol.

Me tenía que reír con él, porque sacaba chiste de todo y además me lo murmuraba como el que no quería la cosa y yo, que tenía mucho sentido del humor estaba que me meaba literalmente.

—No te metas así con la gente.

—¿Pero tú ves que van vestidos apropiadamente para una fiesta de verano?

Esta gente se cree que van a la alfombra roja. Mira tú, lo guapísima que vas.

—Si lo que querías era echarme un piropo, no hacía falta que los insultaras

—ladee la cabeza a modo de protesta, pero bromeando.

—No los insulto, solo creo que tienen un mal estilista o simplemente no lo tienen, pero, ¿quién no tiene hoy en día un espejo en su casa?

—Si les gusta ir así, ¿qué tiene de malo?

—Me estás llevando la contraria, mal empezamos, enana.

—¿Me has llamado enana? —reí incrédula.

—Efectivamente, además, tú deberías ponerte de mi parte que nos hemos quedado solos.

—Yo me levanto y ahora mismo tengo un montón de personas para entretenerme.

—Pero nadie como yo —carraspeó bromeando, pero arte tenía para dar y regalar.

—Creo que el ego se te disparó.

—Mejor eso que la tensión —me hizo una caricia en la nuca el muy descarado y a mí, me temblaba aún el cuerpo de tenerlo tan cerca.

Lo más gracioso es que no se le veía prepotente para nada, solo que tenía un humor muy fuerte y le sacaba gracia a todo. Tenía chispa, como diría mi madre.

Daniela se enganchó a un grupo y allí se quedó y mi representante iba saludando a todos los asistentes y charlando con ellos como buen anfitrión.

—Estoy por echarte al hombro y sacarte de aquí. No te mereces perder el tiempo rodeada de tanto necio que anda suelto este evento.

—Y tú, ¿qué haces aquí?

—¿La verdad?

—Siempre —arqueé la ceja.

—He venido a rescatarte —me agarró y me subió a su hombro en un abrir y cerrar de ojos. Ni tiempo me dio a reaccionar, cuando ya iba conmigo hacia fuera y yo estaba flipando en colores, como diría Daniela.

Me sacó de allí y abrió la puerta del copiloto de su coche.

—No intentes escapar —dijo mientras esperaba a que me sentara.

—¿A dónde vamos? —pregunté incrédula.

—A un sitio mucho mejor que este —me hizo un guiño y cerró la puerta del coche.

—Pero quiero saber hacia dónde vamos —repetí cuando se montó y arrancó.

—Sonríe y saluda a la prensa con la manita cuando pasemos por delante de ellos, que mañana vamos a ser titulares de todas las portadas de la prensa —

aguantó la risa mientras iba saludando y salíamos de allí, pero yo me había escondido.

—No me lo puedo creer —dije negando.

—Ni yo. Acabo de secuestrar a la hija de los mejores periodistas del país.

—Y del mundo —dije, causándole una sonrisa.

Capítulo 2

No cabe duda de que esa noche estaba viviendo lo que jamás hubiera imaginado, pero lo estaba viviendo…

Me sorprendió mucho cuando vi que entrábamos en un hotel muy exclusivo de Miami, y nos dirigimos directamente a una habitación.

—Vas a conocer la suite más chula de toda Miami.

—Y, ¿qué se supone que vamos a hacer en una suite? —pregunté cuando íbamos en el ascensor.

—Lo mismo que en esa fiesta, pero sin aguantar a tanto tonto unido.

—No sé cómo me has liado y he llegado hasta aquí —murmuré cuando estaba abriendo la puerta de la habitación.

—Será porque pensaste que no podías dejar pasar una noche con alguien como yo —se apartó para dejarme paso.

—Si tus pretensiones son llevarme a la cama, te digo desde ya, que te has gastado un pastizal y no lo vas a conseguir.

—Si quieres dormir en el sofá, no hay problema, pero por lo del dinero no te preocupes que el hotel es mío y no pago por hospedarme.

—¿Me estás diciendo que este hotel es tuyo? —dije mirando aquella suite que era una pasada y no le faltaba detalle, por no decir esa terraza con vistas al mar, en la que había una piscina privada incluida y parecía además una jungla, del jardín tan impresionante que habían montado allí.

—Bueno, para no mentirte, es mío y de dos socios más —se dispuso a abrir una botella de champán mientras yo me sentaba en un balancín grande que era de lo más cómodo y relajante, además, cabían cinco personas sin exagerar. Me desprendí de los zapatos y subí los pies cruzándolos.

—Aún no entiendo por qué vinimos aquí —me encogí de hombros agarrando la copa.

—¿No? A ver si te lo voy a tener que explicar con un jeroglífico —se quitó sus zapatos, los dejó al lado de los míos y se sentó de lado mirando hacia mí.

—Venga, inténtalo, pero mejor por señas.

Levantó sus manos, con el índice me señaló a mí y luego a él, y después con las dos en movimiento hizo el gesto universal del ñaca, ñaca. Me entró de todo, de la risa que me dio, por poco me ahogo.

—Te hice reír.

—Me llevas haciendo reír desde que te he conocido hace un rato.

—¿Tú sabes que dos personas que se hacen reír tienen derecho a todo?

—¿Y tú sabes que si me trajiste para conseguir de mí una noche frenética te vas a quedar con las ganas? —sonreí ampliamente y le causé al muy descarado una carcajada.

—Lo mismo hasta surge el amor.

—Pero Mateo, ¿tú te estás escuchando? —Negué incrédula, aunque reconozco que me gustaba muchísimo y estaba de lo más emocionada compartiendo ese momento con el hombre que me hacía suspirar a través de la pantalla.

No es que estuviera enamorada de él, pero siempre bromeaba con mis amigas diciendo que tenía un polvazo y ahora lo tenía a huevo, al menos eso presuponía, ya que nadie te lleva a un hotel para invitarte a una copa de

champán si no espera que haya algo más. Pero claro, ahora, frente a él, me imponía mucho y me moría de la vergüenza.

—Pon aquí tu mano —puso su palma de la mano hacia arriba para que yo pusiera la mía.

—¿Para qué? —me reí nerviosa.

—Vamos a ver si hay conexión.

—¡Mateo! —no dejaba de reír, y es que no sabía de donde sacaba esas ideas.

—Dame, no seas tímida —seguía con su mano esperando la mía.

Se la di por callarle la boca y porque me tenía de lo más nerviosa, pero fue ponerla sobre la suya y la agarró tirando de mí, hacia él y propinándome un señor beso con intercambio de fluidos salivares incluidos.

—Mateo… —arqueé la ceja cuando nos despegamos y tenía una sonrisa victoriosa que no podía con ella.

—Es tu perfume, me sedujo de una manera descontrolada —negó aguantando la risa.

—Mi perfume… ¿No tenías otra cosa mejor que decir? —arqueé la ceja, pero reconozco que ese beso me había gustado muchísimo.

—No —se encogió de hombros y volvió a besarme.

—Creo que estás abusando de una menor.

—¿Una mejor de casi treinta años?

—¿Perdona? Me quedan tres para llegar a esa edad y eso son como mil días…

—Perdone, chica —mordisqueó mi labio.

—Soy trece años menor que tú —carraspeé.

—Toda una vida nos separa —dijo con ironía sin dejar de tocarme, me quitó la camisa que tenía abierta y me quedé solo con el top.

—No me vas a quitar nada más —reí entre besos.

—Ni se me ocurriría —agarró cada lado del top y tiró hacia arriba.

—¡Mateo! —protesté habiendo quedado con el pantalón corto y el sujetador.

—Ahora estás más bonita —me mordisqueaba y llevó su mano a un pecho.

Me abrazó y se dejó caer hacia atrás del balancín conmigo encima. Tenía una facilidad y un descaro que me dejaba helada, pero a la vez encantada de dejarme llevar por ese hombre que era todo un icono de la sensualidad, ya que salió en una de las revistas más importantes como el hombre más sexy del año.

Quedé entre sus piernas y con sus manos en mis nalgas apretaba contra él que había doblado sus rodillas y estaba manejando la situación como solo él sabía.

Me estaba entrando un calentón de esos que llegan de repente, pero te ponen al límite por completo. Se deshizo de mi sujetador y comenzó a acariciar mis pechos apretando cada vez más.

Me giró colocándome, mirando hacia arriba y se puso entre mis piernas, de rodillas, comenzando a quitarme el pantalón y la braguita. Él, se desnudó también por completo. A poca vergüenza no le ganaba nadie, pero es que estaba realmente bueno el tío. ¡Vaya cuerpazo!

La manera de tocarme y lamer todo mi cuerpo era para darle un premio. Era todo un volcán, lleno de fogosidad, me tenía más que al límite, y es que lo hacía para alargar ese placer y ese momento que me tenía ahogada en la excitación y pidiendo llegar a ese clímax que él intencionadamente retrasaba.

Cuando lo hizo, no dudó en colocarse un preservativo y sentarse. Me puso encima de sus piernas con las rodillas flexionadas hacia atrás.

Un quejido se me escapó al entrar aquello en mi interior.

—¿Estás bien?

—Sí, sí —sonreí habiendo visto las estrellas con esa penetración tan directa.

¡¡¡Y cómo comenzó a moverme, de qué manera!!! En mi vida me había visto así. Al final iba a ser verdad que la edad era el certificado de la experiencia…

Apretó los dientes en aquel orgasmo en el que su cara era el fiel reflejo de haber disfrutado de ello.

Agarró mi mano y tiró de mí hacia la piscina, no sin antes llenar las dos copas de champán.

El clima era perfecto, como todo el año en Miami, pero más en verano que el calor era más intenso, incluso por las noches.

Nos metimos en la piscina desnudos y escuchando de fondo un canal de radio donde ponían todo tipo de música.

Me abrazó por detrás y mordisqueó mi oreja.

—Y ahora dime, ¿no te lo estás pasando mejor que en aquella fiesta de postureo?

—Pues tú, fuiste.

—A hacer acto de presencia, para darle la foto a Tristán, que para mí es un gran amigo y era consciente de que mi presencia le daría mucho caché a sus redes.

—Pero él, tiene mucho.

—Ya, pero reconoce que donde voy…

—Madre mía, estás muy creído —reí notando como sus manos iban a mis pechos —. Por cierto, un descanso para tomar la copa no me viene mal.

—Tienes las dos manos libres y la boca —seguía desde atrás pegado a mí.

—Lo de la boca sonó muy mal —reí.

—Da gracias, que aún la podrías tener ocupada —mordisqueó el lóbulo de mi oreja.

Y que esas cosas me hicieran reír…

Pero es que cuando alguien tenía arte, lo tenía, y no sonaba de forma grosera. Como decía mi madre: “el que tenía clase, la tenía hasta mandando al carajo”. Y eso era lo que le pasaba a Mateo, que podía soltar lo más grande y no perder esa clase que tenía.

En la piscina me dio otra clase de meneo, que salí con las piernas temblando y pidiendo clemencia. Me iba a reventar a este paso.

—¿Ves allí en la orilla aquello que se ve rojo?

Me giré para mirar, me pegó contra el muro y comenzó a morder mi oreja.

—¡Mateo, por Dios! —reí incrédula.

—¿Sabes lo excitante que es mirar hacia el mar disfrutando de la vida? —

metió su mano por delante y por debajo de la toalla para llegar a mi entrepierna.

—Ah, no —me separé —. Pido un descanso y, si en el fútbol lo dan, a mí también.

Lo sentí reírse y venir detrás de mí, que fui a sentarme en el balancín rodeada con aquella toalla y, cómo no, se sentó a mi lado sin dejar de sonreír.

—Quién nos iba a decir que íbamos a vivir la fiesta con tanta intensidad,

¿verdad?

Me tuve que reír y pasé de contestarle, con negar ya estaba haciéndolo, y es que no paraba, tenía un carisma arrollador y era de lo más divertido, vamos que lo llevaba en las venas.

—Ven, sígueme —cogió mi mano y los dos liados con las toallas y la tarjeta en la mano, salimos de la habitación.

—Por Dios, Mateo, está bien que sea tu hotel, pero salir así no lo está. ¿A dónde vamos?

—Al spa que está cerrado y es para nosotros.

—¿¿¿Al spa??? —pregunté y en ese momento se abrieron las puertas del ascensor y había un matrimonio mayor dentro que nos miró de arriba abajo.

—Tranquilos, esperamos a que regrese —dijo Mateo, para que se fueran.

Nos reímos cuando las puertas se volvieron a cerrar y es que este hombre era para echarle de comer aparte, pero yo me lo estaba pasando bomba.

Con la misma llave de la habitación, abrió el Spa.

—Qué pasa, ¿qué es la llave mágica?

—Efectivamente, lo abre todo —me hizo un guiño.

El spa era una maravilla y nos metimos en el de las naranjas flotantes, lo mejor de todo eran esos chorritos que me hacían reír con el contacto en mis partes. Me ponía bizca causando carcajadas en Mateo.

Estuvimos una hora disfrutando de todo el spa para nosotros solos y dejando hasta nuestro ADN por ahí regado porque, hacerlo lo hicimos como locos.

Regresamos a la habitación dónde nos duchamos juntos y siguió dándome besos y regalándome caricias sin parar, no entendía de dónde sacaba tantas fuerzas, cuando yo, ya estaba desfallecida.

Me quedé dormida nada más tumbarme en la cama. La sorpresa fue mayúscula a la mañana siguiente cuando desperté y no había ni rastro de Mateo por ninguna parte, solo un sobre en la mesita de noche con una nota y cincuenta dólares.

“Esta noche no la olvidaré jamás, y cuando vea a tus padres en la tele siempre me acordaré de ti. Te dejé el dinero para un taxi. Gracias por haber conseguido que la fiesta fuera un éxito”

¿En serio? Joder como me dolió esa nota y esos putos cincuenta dólares que partí a trocitos del enfado que había pillado, y es que, me había sentado fatal esa actitud y la forma de despedirse de ese imbécil.

Me vestí, pedí un taxi y me fui a mi casa, estaba con los ánimos por el suelo y tenía unas ganas de llorar impresionantes y es que nadie me había hecho sentir tan bien y de golpe tan mal en la vida. ¿Dónde había quedado esa clase que veía en él? En fin, la verdad es que se había convertido en toda una decepción que por desgracia dolía, dolía mucho, demasiado, y es que, se me había caído un mito.

Prometí que eso no me iba a pesar, que no iba a poder conmigo y que no merecía ni un minuto de mi tristeza, ni pensamientos. Había sido tan duro despertar y chocar con esa realidad que no quería que me afectara más de lo que ya me estaba afectando.

Reconozco que pasé el día entre lágrimas y rabia, una sensación de lo más dolorosa y triste.

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