Superar un amor

Ariadna Baker · Capítulo 10 de 25

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Superar un amor

Cap�tulo 12

Capítulo 12

—Hermana, están llamando a la puerta —me daba golpecitos con la mano.

—Ni caso, ¿quién va a venir? Eso será para publicidad o algo.

—Pues llaman con mucha insistencia.

—A ver quién llama a esta hora —protesté notando un ligero dolor de cabeza, resultado de la resaca.

—Son las diez de la mañana, tampoco es tan temprano.

—Eso para quién no haya salido como nosotras.

Abrí la puerta dispuesta a preguntar qué querían y casi me caigo a plomo.

—Tú, ¿qué haces aquí? —preguntó mi hermana detrás de mí, viendo que yo era incapaz de reaccionar.

—¿Puedo pasar? —preguntó estirando la mano. La otra la tenía apoyada en una maleta mediana.

—¿De qué vas, tío? —Se volvió a encarar mi hermana.

—Si me dejáis pasar os lo explico todo, que no crucé el charco para discutir con una mocosa.

—A mi hermana no la llames mocosa, o te reviento la cabeza —ahí sí que me salieron las palabras.

—Bueno —entró haciendo que nos apartáramos —¿Alguien me va a hacer un café? —Se sentó en el sofá.

—¡No! —respondimos a unísono.

—Vengo a negociar con ustedes, así que os dejo recapacitar y vuelvo a preguntar: ¿alguien me hace un café?

—Y, ¿qué tienes que negociar tú con nosotras, chalado? Y, otra cosa.

¿Cómo has sabido dónde estábamos?

—Un café, por favor —insistió cruzando su pierna y echándose hacia atrás.

No estaba en plan chulesco, pero sí con poca paciencia por los gestos que hacía —, y luego, lo mismo te respondo a todo —la miró de forma que parecía una orden de esas que más valía que acataras, no por parecer una amenaza, pero sí, de que no estaba para juegos.

Mi hermana resopló y encendió la máquina para hacer su café y, evidentemente, para nosotras también, que estábamos recién levantadas y éramos de lo más cafeteras.

Me senté y lo miré aguantando el nudo que tenía en la garganta, por mucho que me doliese, lo amaba como jamás había amado a nadie.

—Y bien. ¿Qué tienes que negociar con nosotras?

—Alejandra, tu padre sabe que tu hermana es conocedora de todo.

—¿Qué dices? —Miré a mi hermana, que estaba blanca como la pared.

—Y tú, ¿cómo sabes eso?

—Uf —se encogió apoyando sus codos en la rodilla y mirando hacia el suelo.

—Uf, ¿qué, Mateo?

—Se está haciendo el interesante —dijo mi hermana, poniendo los cafés sobre la mesa y este, levantó la vista y la miró tan serio, que nos dejó a las dos blancas.

—Vamos por partes. Tengo un infiltrado dentro de los hombres de confianza de vuestro padre, desde hace algún tiempo y por la mañana me dio información muy fresca.

—Y cogiste el vuelo por la noche —dijo mi hermana, resoplando mientras volteaba los ojos y Mateo la volvió a mirar de manera intimidatoria.

—Paula, vale ya, déjalo hablar, por favor —le dije medio riñéndole.

—Escuchad esto… —buscó algo en el móvil, era un audio en el que se oía a mi padre, y que le habían grabado.

Denigrante, cada vez me daba más asco ese hombre al que admiré toda mi vida y que consideraba mi modelo a seguir, pero mi padre, ya no era eso.

En el audio le decía a alguien que su hija pequeña lo había descubierto y lo sabía todo, que había podido leerlo en el diario que ella escribía. Mi hermana estaba pálida.

—Idiota de mí, sería de algún día que no lo dejé en mi caja fuerte —se le caían las lágrimas.

—No llores, ya estamos hasta el cuello y vamos a buscar una solución —le dije cogiendo su mano y acariciándosela.

Seguimos escuchando el audio y, si algo tenía claro, es que mi padre estaba planeando hacer desaparecer a mi hermana. No me lo podía creer. Estaba aterrada, pero no quería dar muestras de ello delante de Paula. Mi hermana estaba de lo más asustada.

—Me va a matar… —susurró y me di cuenta que estaba temblando.

—No te va a matar, no lo permitiré. Antes salimos en los medios y lo destapamos —dije con seguridad.

—Ni vais a salir en los medios, ni os va a tocar. Aunque no me creáis, vengo a ayudaros —lo dijo con tanta seguridad, que parecía que decía la verdad.

—Y, ¿por qué has decidido ayudarnos? —preguntó mi hermana, temerosa.

—Porque a esta —me señaló sin dejar de mirarla —, la amo con todo mi corazón.

Se hizo un silencio que era difícil de romper. Aquello nos había dejado totalmente fuera de juego y yo, empecé a derramar lágrimas como nunca.

—Lo más fuerte que dice ese ser —dijo mi hermana, refiriéndose a nuestro padre y a ese audio que acabábamos de escuchar—, es que está seguro de que no te contaré nada por no perder los privilegios de la vida que me da.

Eso no me cuadra, además, lo más asombroso es que no puso ninguna objeción a que viajáramos juntas, a pesar de que se jugaba que hablásemos entre nosotras. Está claro que leyó el diario, pero no me cuadra nada.

—Tu padre cree que todo el mundo es capaz de callar por dinero, pero también, como habéis comprobado, y con toda la frialdad del mundo, está preparando algo contra ti —miró a mi hermana, seriamente —, así que vamos a ir por delante de él. El problema es que yo lo puedo delatar como narco, no por lo de mi hermano, que ya van a pagar por ello quienes lo hicieron y no de forma judicial precisamente. Si ellos se creen con derecho a vivir al margen de la ley, los demás también lo podemos hacer. Así que, a lo que iba. A mí, no me conviene ser ahora mismo quién lo destape todo por lo de mi informador, que está dentro recabando más información para otro tema.

—Cómo, ¿sacando más? —pregunté intentando digerirlo todo.

—Está ahí para cargarse una operación que están preparando y que aprovecharán para darle un golpe.

—¿Quién?

—Sus mayores enemigos, unos colombianos que van a por ellos.

—Dios mío, esto parece de película, te juro que es de película —murmuré levantándome nerviosa.

—Tengo varias opciones pensadas, pero tendréis que poner de vuestra parte y estar dispuestas a todo, solo quiero que esto no acabe en tragedia.

—Mateo, ayúdanos, por favor—le imploré llorando, no podía ni respirar solo de pensar que, a mi hermana, le pudiese pasar algo.

—Estoy aquí para eso —cogió mi mano y la apretó de manera afectiva, al igual que a mi hermana —. He cometido muchos fallos en la vida, pero jamás me he considerado mala persona y no puedo permitir que os pase nada.

Lo creí, lo creí porque vi en sus ojos que decía la verdad y porque no existía otra razón por la que hubiera cruzado el charco para venir a avisarnos. Lo creí, porque no me quedaba otra que hacerlo…

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