Superar un amor
Cap�tulo 3
Capítulo 3
Había pasado toda la semana cabizbaja, triste, arropada por Daniela, que me llamaba muchas veces y venía a visitarme para tomar un café y darme algún que otro abrazo.
A Tristán no le conté nada, pero se imaginaba lo que había ocurrido entre nosotros, por sus comentarios en los mensajes diciéndome que me escapé de la fiesta para meter un penalti, pero yo no le hacía caso y terminaba cambiándole la conversación.
Era viernes y quedé con mis padres para comer en un restaurante cubano muy famoso que había en Miami. Ellos habían regresado de las Maldivas el día anterior.
Recogí a mi hermana que estaba en casa de una amiga dónde había dormido.
Nos dirigimos hacía el restaurante y cuando entramos fuimos directamente a la terraza, donde estaba reservada la mesa, casi me caigo de culo, pero a plomo, pues me comenzó a hervir la sangre y a subir la presión.
—Hija, mira quién nos ha invitado a comer a la familia, el mismísimo Mateo —dijo emocionada mi madre, y mi hermana se sonrojó por completo
y lo saludó entusiasmada.
Si en ese momento me pinchan no sangro. El muy descarado había tenido la poca vergüenza de invitar a mi familia conmigo incluida. ¿De qué iba?
Juro por mi vida que por mis padres no lie un escándalo y menos para que no supieran que el descarado ese me había tenido entre sus brazos el pasado fin de semana, dejándome tirada como si de una puta me tratase.
Los saludé con dos besos haciendo de tripas corazón y él, que no tenía limite no dijo otra cosa que…
—Tenéis dos hijas preciosas.
—Gracias, Mateo —dijo mi padre, emocionado.
Mateo disimulaba de forma que, si fuera actor, se llevaba el Oscar sin duda
¿No tenía corazón? Parecía que no, pero vergüenza tampoco.
Me mandó un mensaje a Instagram mientras comíamos y hablaba amigablemente con mis padres.
Mateo: Estás preciosa.
Alejandra: Vete a tomar por culo. ¡Qué te jodan!
Mateo: Con alguien como tú, no me importaría repetir.
Alejandra: No caería con el mismo cerdo, dos veces.
Cogí y puse el móvil en el bolso, en silencio ya estaba. Él, al verlo arqueó la ceja. Me daban ganas de tirarle el plato a la cabeza, pero hice de tripas
corazón y seguí haciendo como si nada pasara, eso sí, hablaba poco e intentaba no entrar en la conversación de ellos más que cuando se dirigían a mí.
La comida la pasé mal y fui un par de veces al baño de lo indispuesta que me encontraba.
Lloré, reconozco que lloré de rabia e impotencia por lo injusto y cruel que era conmigo haciendo esas cosas. ¿A qué estaba jugando? ¿Qué quería de mí?
Después del postre se pidieron un café y dije que tenía un compromiso de trabajo. Me despedí de ellos y me marché, conmigo se vino mi hermana, que dejé en casa de mis padres y durante el camino la pobre ajena a todo, me iba contando que había flipado al conocer a Mateo, con el que por cierto se tiró fotos que decía que iba a subir a las redes.
Llegué a mi casa y me tiré en el sofá, no tenía ganas de nada solo de llorar y maldije a ese hombre que, para él, no era más que un juego con el que se lo estaba pasando de lo lindo.
Toda la tarde estuve con el móvil en silencio y dentro del bolso, ni lo había sacado.
A las ocho de la tarde sonó el timbre de mi puerta y me sorprendió porque el telefonillo de la calle no había sonado. Al abrir se me cayó el mundo, era él.
—¿Qué haces aquí? —pregunté con muy mala baba.
—¿No me esperabas? —sonrió.
—No vas a entrar.
—¿En serio? —preguntó haciendo caso omiso y adentrándose hasta el salón.
—Pero, ¿tú, de qué vas? Eres una mierda que no sabes tratar a las mujeres y de mí, no te vas a reír más.
—¿Y quién dijo que lo hago? —Se acercó y le metí una hostia, que la cara se le fue hacia el lado.
—Ponme una mano más encima y vas a saber lo que es jugar —dijo agarrando con fuerza mi muñeca, pero sin hacerme daño.
—Vete de mi casa ahora mismo.
—Primero invítame a cenar, yo te invité al hotel y me debes la vuelta.
—¿De qué vuelta hablas? —pregunté enfadada y casi a gritos.
—Sabes que estás deseando que te bese, pero tu orgullo te lo impide.
—O te vas, o te juro que hoy sales en las noticias.
—Adelante —hizo un gesto con la boca de no importarle.
—¿Qué quieres de mí?
—A la chica risueña y divertida que conocí el fin de semana pasado.
¿Acaso hiciste un papel conmigo?
—Venga ya, ahora vas a ir de indignado y víctima ¡Qué fuerte! Estás loco.
—Loco por ti —me agarró por la cintura y me pegó contra él, dejándome a unos milímetros de su cara para luego besarme.
Y esta idiota volvió a caer rendida ante ese hombre que me volvió a desnudar y hacer suya. Lo peor de todo es que no supe negarme, era como si no pudiera hacer nada por controlar aquello que me hacía sentir y solo me dejara llevar por lo que mi corazón sentía. Era una locura, pero Mateo conseguía que me dejará llevar a pesar de todo lo mal que me hizo sentir durante todos estos días.
Terminamos en mi habitación follando como locos. No era capaz de decir ni una palabra, era como si me bloqueara y solo me dejara llevar por lo que sus manos y cuerpo ordenaban.
Cuando terminamos nos fuimos al salón y pedimos comida mexicana para cenar.
—Estabas muy tímida en la comida con tus padres.
—Mateo, no me la vuelvas a jugar así.
—¿No te gustó la invitación? —me agarró por detrás y besó mi lóbulo.
—No, ni la forma en que te marchaste del hotel y menos que me dejaras cincuenta dólares como si fuera una fulana.
—Encima que fui cortés.
—¿Cortés? No me hagas reír. Fuiste un niñato.
—Soy mayor que tú.
—Pues créeme que parece que tienes doce años.
—Un niño de doce años no folla como yo.
—Me estás sacando de quicio y deja ya de meterme mano, me tienes nerviosa perdida. Y bien, dime: ¿qué quieres de mí?
—Que seas la chica divertida del fin de semana pasado.
—Y, ¿qué ganaré con eso?
—Que quiera regresar de nuevo.
—Eres bipolar, en serio, hoy te traté con indiferencia y viniste.
—Para dejarte las cosas claras —me abrazó de nuevo por detrás y volvió a mordisquear mi lóbulo.
—¿Las cosas claras? Eres patético, te lo juro y, ¡deja de morderme la oreja!
Joder al final me quitas el pendiente.
—¿Cuánto vale?
—Y, ¿a ti que te importa?
—No es una buena actitud.
—De verdad, Mateo, no me saques de quicio.
—Alejandra, dime una cosa —me giró colocándome frente a él y agarrando mis caderas.
—Qué quieres —resoplé volteando los ojos.
—¿Qué esperas de mí?
—Pues mira, decencia, esa que creo que ni conoces, ni sabes de qué se trata.
—Y, ¿no te parece decente que te invité a un hotel, a comer y ahora a cenar?
Y todo eso sin contar que tuve el detalle de dejarte cincuenta dólares para que te pagaras el taxi —se encogió de hombros sin soltar mis caderas.
—No puedo contigo, no sé si es que tu cabeza va con retraso o es que tú te quieres reír de mí y conseguir volverme loca.
—Ya estás loca por mí.
—Pero, ¿cómo se puede ser tan prepotente? —pregunté, mientras no dejaba de darme besos rápidos en los labios.
—Y, ¿a ti por qué te gusta adelantar los acontecimientos?
—¿Qué acontecimientos? —resoplé agobiada porque pensaba y tenía claro que este se estaba riendo de mí y se iba a reír de otra, pero de mí, no.
Fui a ducharme, cuando salí ya había llegado la cena y él, había colocado todo sobre la mesa.
—¿En serio vas a cenar en pijama? —me preguntó al verme el conjuntito de pantalón y camiseta de tirantes.
—Lencería —recalqué — y es de Victoria’s Secret.
—A ver que yo llevo los calzones de firma y no lo voy diciendo, pero eso
—señaló a mi pijama de lencería —es un pijama de toda la vida de Dios.
—En mi casa no suelo estar con ropa de la calle —sonreí con amplitud e ironía.
—Lo veo toda una provocación.
—Pues te jodes.
—No me hables así —reía mientras me señalaba con el cuchillo —, que no soy ningún niñato.
—Que no, dice… —murmuré en voz alta.
—Te la estás buscando… —reía cogiendo un nacho.
—Ahora en serio, Mateo —me puse la mano en el pecho, riendo, y es que no era para menos, encima tenía gracia, aunque daban ganas cogerlo por el cuello y que espabilara —¿Qué plan tienes para la siguiente vez? Porque tengo claro que te irás, pero aparecerás por algún lado.
—Que va, yo vivo sobre la marcha, lo que se me ocurre al momento lo hago
—sonrió y dio un trago al vaso de agua —. Ya viví muchos años de forma sincronizada cuando estaba activo en el fútbol.
—Madre mía —me puse la mano en la cara y solté el aire con resignación.
Este tío no tenía remedio y algo me decía que me la iba a dar durante un tiempo hasta que se aburriera.
Después de cenar me ayudó a recoger todo y me pegó contra él.
—Me voy, pero que sepas que nos volveremos a ver.
—Ya, ya —dije con retintín.
—Y tú, como siempre, estarás deseosa de mí.
—Una pregunta: ¿tú, que fumas?
—Hierba de la buena. ¿Quieres que te invite a un cigarrito otro día?
—Hombre claro, porque al menos sé que el ego lo pone por las nubes.
—Sabes que no fumo —sonrió.
—Bueno, chaval, que tengas buena noche.
—Tendrás noticias mías —me guiñó un ojo antes de darme un beso y una palmada en el culo y se marchó sonriendo como si de un torero se tratara y hubiera hecho la faena de su vida. En fin…
Me tiré en la cama bocarriba con una pierna por encima de la otra que estaba flexionada. No entendía nada, no sabía porque ese hombre se había encaprichado en jugar conmigo y de esa forma.
Por más vueltas que le daba a la cabeza y me la calentaba, no encontraba respuesta a esto que me estaba pasando con él. Además, éramos dos extraños que se acababan de conocer, pero nos tratábamos como si de una relación tóxica y duradera se tratase.
Cuando me miraba yo sentía que me deseaba, que había una conexión que se forjaba entre los dos, pero luego lo escuchaba hablar o actuar y era el
demonio en persona. Era la cara y la cruz de su propia moneda. Tan angelical y perturbador a la vez.
Estiré la mano para coger el móvil y llamar a Daniela por videollamada. Yo seguía tirada bocarriba con el pie cruzado, con cara de amargada.
Le conté todo y se quedó a cuadros con lo de su aparición, la verdad es que era para flipar.
Quedamos en que nos veríamos al día siguiente para comer y pasar el día juntas yendo a la playa y de restaurantes.
Mi hermana me llamó seguidamente y comenzó a soltarme que no había querido decir nada, pero que había notado algo raro durante la comida y no sé cómo, me sinceré y le conté todo.
—Pues mamá antes le dijo a papá que hoy en la comida había percibido algo raro, como que tú habías estado fría y distante, con lo que te gustaba ese futbolista y lo divertida que eras. Que seguro que a ti te pasaba algo que ya le contarías.
—Como le cuente va a flipar en colores.
—Ya te digo. Eso sí que es dar un titular —contestó causando una carcajada en mí.
Y sí, porque lo nuestro desde luego que iba a ser para ellos el titular del año…
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