Superar un amor
Cap�tulo 18
Capítulo 18
El viaje fue de lo más cansado, ya que tuvimos que hacer dos escalas antes de llegar a Bora Bora y que no fue hasta dieciocho horas después de comenzarlo.
Nos recibieron a pie de pista listos para llevarnos para el hotel, ese que se veía impresionante con sus cabañitas sobre el mar, unidas por un camino de madera y una superficie donde había hasta piscinas y bares también sobre el agua.
Dejaron las maletas en la entrada de la cabaña y nos adentramos en ella, sin imaginar en ningún momento, lo que verían mis ojos.
—¿Qué es todo esto? —pregunté boquiabierta.
—Verás… —carraspeó aguantando la risa.
—Ver lo veo, pero… —me eché a reír mirando todo de manera incrédula.
—Una cosita… ¿Y todo esto es lo que necesitabas para esa noche de la que me hablabas? —ahora la que carraspeé fui yo, sujetando en mis manos uno de los tantos juguetes sexuales que había sobre unas estanterías.
—¿Has visto qué chula la cama? —me preguntó mientras abría una botella de champán.
—Sí, ya veo que tiene como una especie de escalón alrededor —volví a carraspear.
—¿Un caramelito para la garganta? —preguntó ofreciéndome uno de los que habían dejado sobre un cuenco.
—Dime una cosa —cogí la copa mirando hacia la terraza a la que no le faltaba detalle, era de ensueño.
—Pregunta… —Me abrazó por detrás.
—¿No serás de esos tipos a los que le van esos juegos y quieren una sumisa?
—Una sumisa como tal, no deseo, pero de que me gustan los juegos, no lo dudes —murmuró metiendo su mano por debajo de mi vestido.
Sonreí al sentir su mano y eso que me había dejado de lo más impresionada, pues de algún modo me llamaba la atención todo eso, no soy retraída, todo lo contrario, me encanta probar cosas nuevas y más con un hombre que sabe cómo hacer para satisfacer a una mujer.
—Mateo, tenemos que deshacer las maletas —protesté encogiéndome, notando como su mano se abría paso entre mis piernas.
—¿Qué prisa le entró a usted?
—¡Mateo! —reí viendo que sus dedos ya estaban en las profundidades de mi interior.
—Me pones muy encendido.
—Joder, mi oreja —reí al sentir ese bocado que me erizó la piel.
—Tus partes bajas, tu oreja... Estás muy sensible hoy —decía sin dejar de tocarme.
Una música de lo más sensual y adecuada para el momento comenzó a sonar mientras yo seguía mirando hacia el mar, disfrutando de la copa que tenía en mis manos y las caricias que me iba proporcionando.
Se deshizo de mi vestido, dejándolo caer al suelo mientras seguía mordisqueando mi lóbulo y besando mi cuello sin dejar de acariciar mis pechos y mis partes bajas.
Noté como se desprendía de su ropa después de haberme dejado completamente desnuda.
Agarró mi mano y me llevó hasta una viga de madera que había en la terraza y sujetaba una gran sombrilla de paja. Echó mis manos hacia atrás y las ató con una de las bridas que había sobre ella. Todo estaba lleno de objetos para garantizar todos los juegos sexuales que te pudieras imaginar.
Por mi cintura pasó una especie de cuerda dejándome atada a aquel palo y a mis tobillos, con unas correas, ató una barra para que no pudiera cerrar mis piernas.
Estaba cansada del viaje, pero a la vez excitada y viniéndome arriba con toda esa situación que se estaba produciendo.
No me podía creer cuando cogió un cubito de hielo y comenzó a pasarlo lentamente por mis pezones, sin prisas, consiguiendo despertar todos mis
sentidos.
Notaba que me iban a explotar, estaban duros y a la vez ese congelamiento que sentía comenzó a producirme un dolor entremezclado con placer.
—Me vuelve loco todo lo que veo en ti y todo lo que imagino que puedo llegar a hacer con tu cuerpo —dio un trago a la copa y la dejó sobre la mesita.
Aquellas palabras sonaron de lo más sensuales y me hicieron sonrojar, solo de pensar que le producía esa excitación, me hacía querer sacar esa diablilla que había dentro de mí y, cómo no, dejarme llevar por ese momento que parecía que él tenía más que planeado.
Me tapó los ojos con una especie de venda en color rojo, que hacía que dentro todo se viera de ese color, a pesar de tenerlos cerrados.
Dejé caer mi cabeza hacia un lado y contuve la respiración cuando noté como ese hielo iba bajando por mi estómago hasta llegar a entrar por mis partes, dejando un camino de frío a su paso, pero que calentaba al momento con su lengua.
Jugueteó hasta que se derritió por completo y luego sentí como comenzó a extender algo que luego lamió de forma desmesurada, consiguiendo que de la excitación me salieran unos gemidos fuertes.
Se notaba que quería llevarme al mayor de los placeres porque iba lento, sin prisas, esas que no tenía para que yo llegara al clímax.
Me metió un succionador que jamás imaginé y es que a la vez era como si expulsara un líquido templado que después del frío que había percibido, aquello me proporcionó una sensación que me volvió más loca aún.
—Aprieta ahí —le dije cuando en una zona me daba lo necesario para llegar al orgasmo.
—No, no voy a apretar ahí —escuché en voz baja y pude hasta imaginar la sonrisilla que estaría poniendo.
—No puedes seguir así —protesté entre gemidos ahogados por la falta de respiración que estaba teniendo.
—Claro que puedo —aquel aparato me iba a matar, noté hasta como palpitaba mi zona.
—Mateo, no me hagas esto.
—Te quedan unos días muy intensos —mordisqueó mi muslo y sentí como un azote con una especie de fusta que me dejó sin aire y me proporcionó más placer aún si cabe. Aquello estaba siendo demasiado fuerte y excitante para mí.
Quería moverme y no podía, solo gritaba ante la excitación implorando que me llevara al orgasmo.
Y me llevó, pero no a un orgasmo cualquiera, sentí como si un líquido no dejara de salir entre mis piernas, jamás me había pasado eso y no es que me hubiera meado, es que había tenido una sobrecarga de placer.
Me desató, pero no me quitó la venda de los ojos. Escuché cómo ponía algo delante de mí, como una silla.
—Agáchate — ordenó y noté como se sentaba y me dejaba de cuclillas entre sus piernas, enrollando mi melena en su mano y dirigiendo mi cabeza hacia su miembro para que lo lamiera.
Lo agarré y descubrí que estaba impregnado en un líquido caliente que, al lamerlo, me di cuenta de que se trataba de chocolate derretido.
No era un chocolate cualquiera, era el más delicioso que había probado en mi vida y eso, eso ocasionó que comiera su miembro con tal ganas y fuerzas, que hice que se corriera rápidamente.
Sin quitarme la venda de los ojos me llevó debajo de la ducha de la terraza donde nos metimos dentro y me folló poniéndome de espaldas y haciendo que me agarrara al tubo que sostenía la alcachofa que nos echaba el agua.
—Está a punto de llegar la comida —me quitó la venda y me besó.
Yo me había quedado con las piernas temblando y a la vez imaginando que esto solo sería el principio de una serie de juegos en los que me vería involucrada esa semana.
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