Superar un amor

Ariadna Baker · Capítulo 3 de 25

Páginas del PDF

Superar un amor

Cap�tulo 4

Capítulo 4

El timbre de la puerta sonó, apenas eran las ocho de la mañana.

Abrí y era para entregarme un paquete.

Cogí la cajita rosa cerrada por un precioso lazo celeste.

Perpleja y después de haberme hecho un café, me fui al sofá a ver qué contenía y es que a mí me daba que era de mi amigo Mateo, no sé por qué, ya que no creo que a nadie más se le ocurriera mandarme un regalo y más a esa hora de la mañana.

La caja era de lo más tierna y dulce, muy bonita y con mucha clase, se notaba que no era de esas que se encuentran en cualquier súper.

Casi me da algo al abrirla y ver ahí, de golpe y sopetón, un succionador de clítoris.

Mi boca se abrió y del impacto era incapaz de cerrarla. Venía acompañado por una nota.

“Para que se te quite esa cara de amargada que me llevas últimamente.

Disfrútalo y piensa en mí. Tu futbolista favorito”

En shock era poco…

Cuando ya pude volver en mí, comencé a reír, y es que no era para menos.

Ese tipo me estaba volviendo loca, pero loca de remate, aunque ya hasta comenzaba a verle la gracia al asunto. Lo mismo cualquier día me sorprendía a lo grande. ¡Yo qué sé! Pero ese succionador estaba claro que lo iba a probar.

A la una de la tarde, Daniela y yo nos fuimos a tomar una cerveza en la terraza de un bar que había debajo de mi casa, y es que ya había llegado, tal y como habíamos quedado el día anterior.

Se meaba de la risa con lo del succionador y la nota.

—Es un descarado tía, y no lo parece con esa cara angelical.

—Daniela, te juro por mi vida que es peor que el contenido de esa nota.

Tiene desparpajo para vivir la vida como él cree sin pensar en los demás y da por sentado todo, vamos, que tiene claro que si viene dentro de una semana yo estaré ahí para él, o un año.

—A ver si va a ser un psicópata.

—Ya te digo, lo bueno es que este, al menos, te hace disfrutar un rato —me reí negando.

—Hombre, que coincidencia —escuché y levanté la vista incrédula a esa voz conocida. La cara de las dos era un poema al descubrir a Mateo, con su pinta de playero, camisa remangada y la toalla sobre su hombro.

—No me lo puedo creer —miré a Daniela riendo y viendo como el muy descarado se sentaba con nosotras y le hacía señas al camarero para que trajera otra cerveza.

—Gracias por el regalo, me hizo mucha ilusión, eso sí, los hay de brillantes y eso, este parece que es de los básicos.

—Para principiantes —murmuró causando una carcajada en Daniela y en mí.

—Lo que te decía, no tiene remedio.

—¿Eso le has dicho de mí?

—Eso me dijo —soltó mi amiga, con toda su gracia.

—¿Y para qué quiero a Remedios teniendo a Alejandra? —Se encogió de hombros y miró al camarero haciendo un gesto de agradecimiento por la cerveza que le acababa de traer.

—Te voy entendiendo, Alejandra —me acarició la mano mi amiga.

—Pues eso, que esto es lo que hay —le respondí señalando con la mano al señorito.

—¿Y dónde vamos a comer? —preguntó llevando el tema dónde le daba la gana.

—Dónde tú quieras —respondió Daniela —. Viendo lo visto, dónde tú quieras, que nosotras te hacemos feliz.

—Efectivamente —contesté asumiendo que era mejor tomarlo por loco y disfrutar de sus episodios.

—¿Sabéis que en “El Guajiro” están de fiesta hoy?

—¿Y qué día no lo están? —Volteé los ojos.

—Pues mira, el sitio es una pasada, pero hay que ir con algún socio del club.

—Pues aquí lo tenéis —le respondió a mi amiga.

—Me extrañaba a mí, que este no tuviera cabida en algún lado —murmuré causando una risa en los tres.

A ese club fui invitada en diversas ocasiones para varios eventos, a los que me pagaron por ir. Era muy exclusivo. Con los pufs grandes sobre la arena y la mesa en medio bajo veladores de madera que daban sombra. Era una pasada y daban una atención de primera. Todo sobre una playa privada.

Llegamos y, lo que yo diga, entró por la puerta y solo faltó que le hicieran una reverencia.

Nos dieron una palapa en primera línea, frente a la orilla.

Mateo, tuvo un golpe muy fuerte cuando le dijo al camarero que trajese una botella de vino blanco del más barato, que estas dos, refiriéndose a nosotras, no entendíamos y cualquier cosa nos valía.

El camarero se veía que lo conocía, arqueaba la ceja y fruncía el ceño mientras apretaba los dientes y nos miraba como diciendo que él era así y que qué se le iba a hacer. Otro que nos entendía.

—Qué fuerte me parece que nos hagas esto, cuando nosotras nos merecemos una botella de edición limitada y de lujo —dijo Daniela, poniéndose la mano en el pecho y haciendo el papel de indignada.

—Pues verás cuando pida la comida —le contestó este, levantando la copa para que brindáramos.

Me fui hacia la orilla y terminé dándome un chapuzón, Daniela me siguió sin pensarlo.

Lo mejor era que esos pufs eran de plástico por fuera y podías sentarte de nuevo mojada, que para eso estaban. Además, eran cómodos porque tenían hasta respaldo.

—He pedido para comer, una langosta para mí y para vosotras dos perritos calientes.

—Sí, hombre, si haces eso te quito la langosta y te comes tú el chucho ese calentito —le respondió mi amiga y yo estaba muerta de risa.

Lo más alucinante era que hasta lo veía capaz de hacer eso, pero bueno, que no me preocupaba comer una cosa u otra, cuando quería una langosta me la comía y listo, no es que escaseara de eso.

Pero no, el camarero nos trajo a los tres lo mismo, una paella con una langosta para cada uno.

—Al final me vas a caer bien y eso que lo tienes difícil.

—Daniela, no te dejes llevar por lo que la bruja esta te cuente.

—¿Me has llamado bruja?

—Solo te falta la escoba, pero seguro que no sabes ni barrer.

—Dios, el vino te está sentando muy bien —suspiré agotada y con resignación. A veces, hablaba más el silencio que nuestras propias palabras y eso hice, darlo por contestado.

—Y estar con mujeres también —se refirió a las dos.

—Pues a mí, no me has regalado ningún juguetito —se quejó Daniela.

—Ni te lo voy a regalar, eso solo a la bruja, que es la que me tiene enganchado.

—¿Enganchado a qué? —pregunté incrédula.

—A ti —me hizo un guiño y se puso a comer como si nada hubiera dicho.

—Verás el pastizal de psicólogo que me vas a tener que pagar.

—Me pasas la factura a través de tu representante que la abonaré encantado.

Todo sea por tu bienestar.

—¿Y qué vela tiene Tristán en este entierro? —Volteé los ojos.

—Ah no, porque si no es a través de él, entonces entenderé que lo haces como excusa para verme.

—Mira, déjalo, sigue comiendo —le señalé el plato y vi como Daniela, nos tiraba un selfi a los tres.

Y ni dos minutos después ya la tenía en las redes y nos había etiquetado.

Había puesto con la foto una frase que me gustaba…

“Todo lo que te produzca locura, significa que estás en el lugar correcto.

No tengas miedo a moverte…”

Yo lo había entendido, iba por mí y que por mucha locura que fuera o me pareciera todo, era lo que me hacía vibrar y sentir, que no tuviera miedo a eso.

Mateo le dio un, “me encanta” y comentó que no podía estar mejor rodeado que con estas dos bellas mujeres. Al menos en las redes no soltaba barbaridades y quedaba como todo un señor.

En un momento pasamos de los tres millones de “me encanta”, dado que con las tres cuentas hacíamos mucha fuerza.

No tardó en llamarme mi madre porque le había saltado el post y le dije que nos lo encontramos por casualidad y nos invitó al club. La pobre se quedó emocionada y todo.

Tras la comida nos dimos un baño y luego pedimos unos cafés y helados.

Se estaba de lujo y Mateo, no se privaba de hacerme alguna caricia en la mejilla, cogerme el culo o propinarme un beso.

Me confundía mucho con su actitud, pero pensaba también que un hombre como él, que podía tener mil planes me seguía eligiendo a mí.

Daniela se marchó a las seis porque la llamó su madre para decirle que había venido su tía por sorpresa, así que cogió un taxi y yo me quedé con Mateo, más que nada, porque me lo pidió.

Nos bañamos y estuvo de lo más cariñoso conmigo, sin perder su humor, pero más centrado, como diría Daniela.

Vimos el atardecer tomando una copa y cenamos en el mismo sitio donde llevábamos todo el día.

Me lo pasaba tan bien a su lado que se me olvidaban las cosas tan graves que hacía, bajo mi punto de vista, pero tenía que reconocer que las horas a su lado eran mucho más bonitas.

Tras la cena seguimos tomando copas, hasta las dos de la mañana que nos marchamos hacia mi casa.

De nuevo nos perdimos en la ducha y en la fogosidad que luego continuó sobre la cama donde se quedó conmigo.

A la mañana siguiente no había desaparecido, todo lo contrario, se había dedicado a preparar un desayuno digno de novela, de esos con el que el protagonista te sorprende gratamente.

Se quedó conmigo hasta después del desayuno que se fue, ya que había quedado con unos amigos para jugar un partido de fútbol amistoso.

Como no, no me dijo nada de volver a quedar o volver a vernos, él era así y eso sabía que era difícil de cambiarlo, al menos por ahora.

Me fui a comer a casa de mis padres y me sorprendieron enseñándome una foto de la fiesta de Tristán y ahí fue cuando les conté todo, a mi manera, pero se lo conté y les dije que me dio vergüenza en esa comida contar nada y que entendí lo de él, como una sorpresa.

A ellos no les quedó claro entonces porqué me fui antes y, les dije que tenía un compromiso de trabajo y me debía ir, pero vamos, que no los vi muy convencidos con esa explicación.

Solo me dijeron que me lo tomara con calma, que tenía más edad, pero que, si tenía que ser, sería. Ya les avisé que solo nos habíamos visto tres veces y que no había nada, tampoco entré en detalles, ni les dije que me acostaba con él, pero tontos no eran.

Durante los siguientes cinco días no tuve noticias de Mateo, cosa que me frustraba mucho.

En las redes se le veía para arriba y para abajo subiendo fotos de comidas y playas. Era como si se hubiera olvidado completamente de mí y eso me fue entristeciendo mucho.

La verdad es que ese hombre me había dejado el corazón partido por la mitad o qué sé yo, si en mil pedazos, solo sentía que estaba sumida en una tristeza y me pasaba el día mirando sus estados y todo lo que iba colgando en sus perfiles.

Entre lágrimas me preguntaba si él, sabía que yo aún lo seguía esperando…

Fueron días duros en los que ni salí y apenas subí nada, no tenía creatividad ni fuerzas para hacerlo.

Ese hombre estaba claro que vivía la vida a su manera y que no se ataba a nadie, solo pasaba el día en función de lo que le apetecía. Era muy egoísta por su parte, pero también comprendía que él no prometía nada.

Esa noche me acosté prometiéndome a mí misma que a la mañana siguiente me levantaría y aprovecharía el día, nada de llorar en el sofá por alguien que ni se acordaba de mí, e iba aprovechando cada momento de su día, eso que debía volver a hacer yo, como lo hacía antes.

OceanofPDF.com