Superar un amor

Ariadna Baker · Capítulo 14 de 25

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Superar un amor

Cap�tulo 16

Capítulo 16

Siete de la mañana y mi teléfono comenzó a sonar con mucha insistencia.

Era mi hermana, me sobresalté, seguro que algo pasaba y nada bueno sería.

—¿Qué pasa, hermana?

—Pon las noticias, pon las noticias y busca el comunicado de papá en las redes, ese que ya están dando como titulares en la tele. ¡Es muy fuerte! —

Se notaba muy nerviosa y fuera de sí.

Mateo la escuchó de lo alto que hablaba y encendió la tele.

Lo primero que vimos en la pantalla fue el faldón de abajo con el titular de que el periodista Jaime, no aguantó la partida de su mujer Jimena, e hizo lo mismo, suicidarse no sin antes dejar un comunicado en sus perfiles sociales.

“En estos momentos me encuentro en alta mar, en mi yate, ese que pasará a ser dentro de un rato de mis hijas, como todo lo de mi mujer y lo mío, ya que ahora, solo me quedan unos minutos de vida, el tiempo de terminar este comunicado, darle a Enter y que se publique, entonces será cuando me reuniré con mi mujer, que es lo único que deseo ahora mismo.

Mi hija Alejandra, se retiró de las redes al ser conocedora de algo que no sabía, y es que pensaba que tarde o temprano se podía enfrentar a un juicio mediático sin ella haber hecho nada, todo ha sido por mi culpa, esa es la verdad, por haber sido un inconsciente.

No se merece eso, al igual que su hermana Paula, no se merecen sufrir por culpa de las malas decisiones de los demás.

Solo pido que si algún día pasara algo y todo saliera a la luz, que a ellas dos no las toquen, son dos bendiciones que llegaron a mi vida, aunque ahora mismo no me crean, llevan sin hacerlo unos días en los que por no montar un escándalo fingieron unión familiar, pero no la había. Ellas no estaban dispuestas a estar a mi lado después de la decepción tan grande que se habían llevado conmigo.

María, me voy tranquilo sabiendo que a tu lado tendrán todos los valores de los que yo carecí.

Hijas, aunque hoy ya no me queráis como padre. Perdonadme, os quiero con toda mi alma, aunque haya metido la pata por tener la boca tan grande al decir cosas para hacerme el chulo, os juro que jamás las sentí.

Os quiero con toda mi alma y espero que mi pequeña princesa, acabe su carrera y sea muy feliz, al igual que mi mujercita Alejandra, que siga brillando en las redes, esas que debes volver a abrir porque tú, siempre fuiste un ejemplo a seguir.

María, solo te pido que cumplas la promesa que un día me hiciste y le cuentes a las niñas la verdad de todo, esa que solo sabemos tú, y yo.”

—Pregúntale a María. ¿A qué se refería con eso último que dijo ese hombre?

—Que no sabe de qué habla, que cree que lo hizo con malas intenciones para dejar aquí las cosas revueltas.

—Acaban de decir que han conseguido encontrar el yate de papá y que estaba ahí, tirado en el suelo, con una intoxicación de barbitúricos y que está grave, no muerto.

—Pues a ver si no tarda mucho en morirse —murmuró mi hermana, soltándolo de corazón.

—Me estoy quedando loca, te lo juro, me estoy quedando loca —se me cayó el teléfono al suelo y comencé a llorar.

Mateo me abrazó, los dos sabíamos que tanto lo que me pasaba a mí, como lo que le pasó a él con su hermano, venía del mismo círculo, y eso nos estaba haciendo mucho daño, ya que todos los días pasaba algo.

Ese día los medios estaban abajo de mi casa, por lo que decidimos quedarnos aquí y no movernos en medio de tanto revuelo. Todos querían información y sabía que esto, me iba a asfixiar durante mucho tiempo.

Mi padre estaba en coma y mi hermana rezando para que se muriera, era increíble esto que ahora nos estaba pasando. ¿Quién nos iba a decir lo que nos iba a tocar vivir?

A los cuatro días todo seguía igual, mi padre, en coma, nosotros sin salir y encima todo el día, pendientes de las noticias para saber qué estaba pasando y qué se estaba diciendo, eso sin contar la decena de periodistas que se encontraban en la zona.

Mi hermana sí salía, y si se topaba con los medios pasaba de ellos por muy encima que estuvieran. No les decía ni “hola”, y es que ella, jamás quiso

vivir de esto y fue la menos mediática.

Los medios apuntaban que a lo que se refería mi padre era a líos de faldas, fiestas y noche. Increíble cuando él, iba a todas partes con su mujer, pero fue la noticia a la que le dieron más veracidad.

Al día siguiente, cinco días después, mi padre salió del coma, pero no se acordaba de nada, no sabía ni quién era. Yo, no sabía si reír o llorar con esa información, aunque, claro, tampoco se sabía si era momentánea o definitiva esa pérdida de memoria, pero bueno, que no sería yo, quien fuera a preguntar.

No había muerto, pero tampoco volvía a ser como era antes de ese suceso, era como si hubiera vuelto a nacer, no recordaba nada, o sea, este era el marrón de su vida y no lo otro.

Lo más sorprendente es que María, nos dijo que no lo podía dejar solo en esas condiciones, que sería incapaz.

Nos dejó muertas, sobre todo a mi hermana, que le dio hasta un ataque de ansiedad cuando María se fue hacia el hospital y, no solo eso, unos días después nos llamó para decirnos que volvía a la casa a trabajar para el señor, que sabía que no la entenderíamos, pero que, a pesar de todo, él jamás la separó de sus hijas y por mucho que lo dijera por ahí, tampoco nos hizo nunca nada. Dijo que lo sentía, pero tal y como estaba él, no lo iba a dejar solo y ahora, no era motivo de amenaza. Que, por favor, le mandáramos todas sus cosas de vuelta a la casa familiar.

—Hermana, pero la casa ahora es nuestra.

—Lo sé, pero, ¿qué hacemos?

—Yo qué sé, porque si lo dejamos en la calle, sabemos que María se quedará con él. Lo que no sé ahora quién le manejará el dinero a papá, porque él sigue cobrando ahora por el seguro, vamos creo yo.

—No tengo ni idea, pero por ahora nos adjudicamos todo en herencia y dejamos que vivan ahí. Me duele muchísimo la cabeza.

—Vale, pero yo me siento muy decepcionada con María.

—Lo sé, yo también, sobre todo, frustrada, es como si hubiera algo que se nos escapa, algún secreto más. Bueno, ya hablaremos, ahora quiero aclarar mis ideas y pensar en salir ya hacia casa de Mateo —lo miré y juntó las manos a modo de súplica, sacándome una sonrisa —. Te quiero, hermanita.

—Yo también.

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