Superar un amor
Cap�tulo 8
Capítulo 8
Fuimos paseando por la playa hacia ese restaurante, ni llevábamos las chanclas, y es que, en esa isla no hacía falta nada más que disfrutar de todo lo que ella proporcionaba.
El mar, la paz que se respiraba en aquella isla y Mateo, todo un contraste explosivo de los dos extremos de la vida, ni más, ni menos.
Fue sentarnos y el camarero vino a atendernos rápido, no tanto como Mateo, que pidió una botella de vino para los dos sin ni siquiera preguntarme, pero eso me gustó.
Agarró mi mano y comenzó a acariciarla, no sé por qué extraño motivo no se la retiré, pero es que no me apetecía hacerlo, y era lo que siempre me decía a mí misma, que no podía luchar contra mi corazón, ese que ahora de su mano, volvía a latir con más fuerza.
—Tú, yo, el mar, una noche perfecta y este vino. ¿No has pensado que soy lo más bonito que te pasó en la vida?
—Mateo, por Dios —me reí y ahí fue cuando retiré mi mano.
—Dime cómo te gustaría que fuese todo a partir de ahora.
—¿Crees que por qué te lo diga, vas a cambiar?
—No lo sé, pero podrías intentarlo —murmuró y miró al camarero —. Una ensalada de langosta y una ración de pescado frito.
—Anotado —sonrió y se marchó.
—Me gusta lo que has pedido.
—Te voy conociendo —me hizo un guiño y acarició mi mano —. No quiero que haya mal rollo entre nosotros.
—Pero, ¿no te das cuenta de que eres tú, quien actúa como un niño?
—Alejandra, vamos a ver, yo entiendo que tú esperas algo de mí, que no te estoy dando.
—Eh, para, que yo no espero nada, pero tampoco esas cosas que haces y que creo que no me merezco.
—Vale, supongamos que ya estamos de vuelta de este viaje. ¿Qué te gustaría que sucediera?
—No es eso. Da igual, veo que no me comprendes.
—Si no me hablas no te puedo comprender.
—Verás que al final me vas a hacer sentir culpable.
—No pretendo eso, solo te estoy diciendo que es más fácil que me digas qué es lo que quieres de mí.
—Vale, ya, paso de seguir hablando de esto, no se le puede pedir peras al olmo no tiene.
—¿Quieres pan? —bromeó.
—No puedo contigo, definitivamente, no puedo contigo —resoplé agobiada.
—¿Sabes? —Acarició mi mano —Yo no quería esto, yo no puedo darte lo que tú esperas de mí.
—No te he dicho lo que espero.
—Pero lo sé, aunque no lo creas me duele en este —se tocó el corazón — y,
¿sabes por qué?
—¿Por qué? —pregunté nerviosa y casi sin que me saliera la voz.
—Yo te amo desde esa primera noche que pasamos juntos —miraba mi mano que la acariciaba por encima de la mesa —, pero vi que tú, me amabas mucho más a mí… —Se hizo un silencio — Hay muchas cosas que desconoces —le cayó una lágrima por la mejilla y yo me quedé impactada, era como que había algo que se me escapaba de las manos.
—Y, ¿no me las puedes contar?
—Si te abro mi corazón corremos muchos riesgos.
—¿De qué tipo?
—De que esto te haga más daño.
—Háblame claro, luego, ya veré que hacer. No te preocupes por el dolor, ya lo vengo asimilado desde hace un mes y aquí estoy, rota en mil pedazos, pero aún confío en que todo tenga una explicación lógica —me sinceré —.
No quiero creer que seas tan mala persona de querer estar constantemente tambaleando mi vida.
—¿Estás preparada para descubrir cosas que no te van a gustar?
—Sí —respondí nerviosa, eso había sonado a que había algo que me iba a impresionar.
—Tu padre no es la persona que dice ser.
—Mateo —lo señalé con el dedo y poniendo cara de muy enfadada —, por ahí no, que te juro que no me ibas a conocer, porque por ese, mato.
—Si no me vas a escuchar, no pienso contarte nada. No me pongas en duda nada más comenzar.
—Y, ¿por qué cojones dices que mi padre no es quién dice ser?
—Tu padre es uno de los mayores narcotraficantes de Florida.
—Te juro por mi vida que, si te acercas a mí, te mato —dije levantándome para marcharme cuando me agarró del brazo y me hizo sentar.
—Me vas a escuchar hasta el final y lo haré de una manera que, créeme, no te va a gustar, pero será necesario para que entiendas las cosas —su tono daba miedo, por primera vez me dio terror ver su rostro así.
—¿Qué quieres de mí?
—A mi hermano lo mataron en Méjico y dijeron que fue por un ajuste de cuentas. Para llegar a quién lo hizo y conseguir que lo pague, he tenido que infiltrarme como interesado en traficar, para así conseguir información. Sé que tiene que ver con los mejicanos que trabajan para tu padre, y buscando información vi que tenía una hija mediática —se refirió a mí —. Quise llegar a ti para entrar en tu familia, aunque conocía a tus padres, lo mejor era hacerlo por la puerta grande, pero, la noche en que nos acostamos por primera vez en mi hotel, mientras dormías, me llegó un video del asesinato de mi hermano y se veía claramente quienes habían sido y fue uno de los hombres de tu padre. No quería ni verte, pero algo en mí, comenzó a cambiar después de pasar la noche contigo. Me has calado muy hondo, pero, saber que tú adoras a alguien que, aunque indirectamente, tuvo que ver con la muerte de mi hermano, eso me mata.
—Mi padre no es ningún asesino.
—No, pero todo fue por la droga que él mueve y porque a mi hermano, lo confundieron con alguien que no era.
—Mi padre no es un narcotraficante —las lágrimas me caían desmesuradamente.
—Tengo pruebas de que lo es, lo puedo hasta meter en la cárcel.
—Hazlo y tu madre, tendrá que velarte.
—¿Cómo a mi hermano? —preguntó con repulsión.
—Mi padre jamás ha estado mezclado con nada ilegal y por nada del mundo haría cosas así.
—Mira —encendió el móvil y buscó algo.
Acto seguido me enseñó un video de él reunido en Méjico con sus hombres.
Gritaba exigiendo ligereza e hizo un comentario de lo más feo diciendo que se ducharan que olían peor que su mujer.
Mi madre, si algo tenía es que era muy limpia, pero me mataba escuchar a mi padre en un tono que jamás habría imaginado y, más que dolerme, era darme de bruces con la realidad, el oír cómo hablaba dirigiéndose a ella.
Mi padre no era quién decía ser…
Abrí los ojos y vi a Mateo hablándome y agarrando mi nuca mientras alguien mantenía mis piernas en alto.
—Te has mareado, princesa —dijo echándome aire con algo que tenía en su otra mano.
Me ayudaron a levantarme y a sentarme en la silla. Me vine un poco arriba de ese mareo y nos fuimos hacia la cabaña en un carrito que nos llevó hasta allí.
No podía dejar de llorar. Nos sentamos en la terraza de mi cabaña en silencio. Él, acariciaba mi espalda y yo, no dejaba de pensar en la gravedad del asunto. Me preguntaba si mi madre era consciente de aquello.
Quería sacar a mi hermana de aquella casa a toda costa, no podía permitir que pasara algo y ella se viera involucrada en algo peligroso o alguna intervención policial. Tenía sudores fríos en ese momento de lo mal que me sentía.
Mateo, me dijo que por nada del mundo lo podía delatar y, mucho menos, implicarlo, pues entonces tendría que actuar y hacer llegar a un juez todas las pruebas. No comprendía nada, pero en ese momento lo último que se me ocurría era preguntar.
Me llevó a su cabaña diciendo que no me iba a dejar sola esa noche tal y como estaba, es más, ni preguntó si quería ir, simplemente me llevó hasta allí, me tumbó en la cama y se puso a mi lado abrazándome. Envueltos en un absoluto silencio.
Mi cabeza iba a estallar. Ahora me veía ante un hombre que decía haberse enamorado de mí, pero que buscaba venganza en el entorno de mi padre, sumado a que yo estaba más enamorada aún de él. ¿Cómo me iba a enfrentar a todo eso?
A veces, es mejor vivir ajena a los hechos para no estar en un continuo sufrimiento, ese que sabía que ahora me tocaba padecer a mí.
¿Con qué cara iba a mirar a mi padre? ¿De qué manera iba a ver a partir de ahora a Mateo? ¿Cómo haría para proteger a mi hermana y llevármela sin que me pusiera alguna excusa? Me quería morir, en esos momentos me quería morir, no estaba preparada para todo lo que se me venía encima.
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