Todo lo carga el diablo
Capítulo 1
Capítulo uno
—Quiero que siga su rastro, dé con ella, averigüe su historia, me la cuente y después la olvide —dijo.
Era un hombre de edad indeterminada, una de esas personas que han dejado de ser jóvenes pero resulta difícil calcular desde hace cuánto tiempo. Todo en él, de su manera de hablar a su forma de mover las manos igual que si dirigiese una coreografía o una orquesta, daba una impresión de elegancia y teatralidad, creaba a su alrededor un ambiente que envolvía y alteraba de algún modo los lugares en los que se encontrase y a las personas con quienes estaba, como los caballos de la policía montada parecen cambiar de siglo la calle por la que pasan. Los clientes del restaurante en el que me había citado lo miraban con curiosidad, tal vez porque tenía esa forma de llamar la atención que consiste en mostrarse indiferente a todo lo que te rodea, de modo que los demás reparen en ti por lo que no haces o no dices, lo mismo que alguien que no se despierta a causa de un ruido, sino porque hay demasiado silencio en la habitación.
Sus rasgos principales eran unos ojos de color ámbar, un corte de pelo estilo galán de cine de los años cincuenta y unos pómulos muy marcados que añadían a su cara un ligero toque asiático. Su expresión era, por lo general, de contrariedad, daba a entender que siempre había algo que le molestaba o le parecía fuera de lugar, y aunque de vez en cuando tratase de parecer amable, lo cierto es que entre una sonrisa y su modo de enseñar los dientes había las mismas similitudes que entre un corte de pelo y una decapitación. Debía de pasar tiempo en su casa de la costa o ser aficionado a las lámparas de rayos uva, porque estaba tan moreno como si fuese una versión en bronce de sí mismo. Lo cual, por cierto, no era nada raro en alguien cuya mirada de ave rapaz, llameante y a la vez fría, tan difícil de sostener como de esquivar, dejaba claro que él era su modelo a seguir y que sus propias convicciones eran su único sistema de medida. Para completar el efecto, hablaba despacio, dando a entender que no era buena idea perderse una palabra de lo que decía, en un tono de voz muy bajo que te obligaba a aguzar el oído, y con una locuacidad jaspeada de pausas estratégicas que le daban a su conversación un aroma de discurso y convertían a sus interlocutores en sus espectadores.
Naturalmente, emanaba el perfume del poder y el dinero, un aroma a cotos de caza, balnearios y estaciones de esquí. Sus cuentas bancarias estarían llenas de números de ocho cifras y su pasaporte de visados de países exóticos. Y era fácil que mientras hablábamos le esperasen en la puerta del local su chófer y un guardaespaldas, un individuo de dos metros, cien kilos y cara de boxeador retirado que lo acompañaría a todas partes, tan pegado a él como si fuesen dos tiras de velcro. Pero la verdad es que tampoco le hacía falta tener ningún lugarteniente junto a él para dejar claro que las dos cosas que más le gustaban en este mundo eran dar órdenes y ser obedecido. Era un pez gordo, la viva imagen del triunfador, y estaba tan acostumbrado a mirar el mundo por encima del hombro, que el resto de las personas debían de ser para él parecidas a latas de refresco: las compraba, las consumía, las aplastaba y, finalmente, jugaba a encestarlas en una papelera.
Ni que decir tiene que él no me gustaba en absoluto; pero, a cambio, me volvía loco la cifra que me había ofrecido, que era casi tres veces lo que suelo cobrar por mis servicios. La única condición que ponía, y que dejó clara desde el momento en que me había llamado por teléfono al instituto donde doy clases de Lengua y Literatura, era que no tardase más de un mes en hacer aquel trabajo, para el que me había elegido «tras recibir un informe favorable» sobre mi empresa de biografías a la carta, el negocio que puse en marcha cuando estuve varios años de excedencia y me busqué la ruina por causas que «ni las entendería el mismo Aristóteles, si resucitara para solo ello», como dice Cervantes, y que ahora me proporciona unos ingresos esporádicos que me ayudan a cuadrar mis números y a pagar las facturas, algo nada sencillo cuando eres profesor en un país donde existe un proverbio que dice: «Pasas más hambre que un maestro de escuela». Nuestro sueldo no da para muchas fiestas, pero no puedo quejarme, porque entre eso y lo que he sacado con las cuatro novelas que llevo publicadas me mantengo a flote, logro la cuota de éxito que necesita mi vanidad y ahora mismo puedo permitirme, hasta cierto punto, ser independiente y selectivo, ambicioso pero no avaricioso, porque con lo que tengo me basta, aunque no me sobre.
Esta vez, sin embargo, la cantidad de dinero que aquel engreído había puesto sobre la mesa a la que nos sentábamos era lo suficientemente grande como para pensárselo dos veces antes de rechazarla. Entre otras cosas, porque si la cifra que me había ofrecido llegaba a mi cuenta del banco, podría tomarme con calma el resto del año, no aceptar más proposiciones hasta nuevo aviso y dedicar las tardes a escribir solo lo que quisiese. Además, que me exigiera acabar el manuscrito con tanta prisa, en el fondo era una ventaja: lo haría con profesionalidad y sin implicarme más allá de lo estrictamente necesario; y después, como hubiese dicho mi madre, aquí paz y después gloria. Así que puse sobre la mesa el contrato-tipo que firmo con todos mis clientes y lo empujé hacia él, al tiempo que él deslizaba hacia mí otro en el que, por supuesto, había una cláusula de confidencialidad. Me dio la impresión de que los documentos se cruzaban sobre aquella superficie de madera pulida igual que dos coches por una carretera comarcal y en el suyo iba gente armada. O tal vez solo eran imaginaciones mías y aquel individuo no era más que otra persona en busca de sus raíces y con ganas de dejar alguna señal de su paso y el de los suyos por esta tierra hermosa y fatal donde existen toda clase de caminos excepto los de regreso, porque nada tiene vuelta atrás.
Lo cierto es que el asunto que se traía entre manos no se diferenciaba gran cosa, a primera vista, de los que me solían proponer mis clientes: la persona cuya vida quería que investigase era su madre, algo muy común: la gente recurre a mí para ese tipo de cosas, con la intención de preservar las huellas de los que más quieren o quisieron y así evitar que además de desaparecer caigan en el olvido. Algunos lo hacen en vida del protagonista y otros después; los hay que quieren regalárselo a la familia por navidad, para celebrar un aniversario o unas bodas de platino; y hasta hubo quien me dijo que su plan era repartir la publicación en el entierro de la protagonista, una mujer casi centenaria pero que, por fortuna, aún estaba entre nosotros. Esa fue una de las veces en que no acepté, ya les he dicho que tengo mis metas, pero también mis límites. En el mundo de las finanzas se dice que nunca hay que recoger billetes del suelo delante de una apisonadora en marcha; bueno, pues delante de un coche fúnebre, tampoco.
No todas las historias merecen ser contadas, pero la de Caridad Santafé sí. Bastó que su hijo me dejara saber tres o cuatro detalles para estar seguro de que no había sido una mujer cualquiera. Y ahora que lo sé todo de ella, puedo asegurarles que no solo es extraordinario lo que hizo, cuándo lo hizo y dónde, sino también lo que hicieron con ella en el momento en que ese lugar cambió para lo que, por desgracia, suele cambiar casi todo: para empeorar. En cuanto a él, cuando leyera lo que yo iba a escribir por orden suya, entendería sin duda muchas más cosas, sobre ella y sobre sí mismo, de las que pudo imaginar al hacerme su encargo. Suele ocurrir: todos sabemos la verdad, hasta que la descubrimos.
Pero será mejor no adelantarnos y empezar desde el principio, con el informe preliminar que me dio aquella tarde Diego Raúl González, aquel hombre categórico que me hablaba de su madre lo mismo que si enunciase en la pizarra de un aula un problema matemático que yo tendría que resolver para aprobar su asignatura. Supe de ella que había nacido en 1913 y fue en su juventud una deportista muy notable, una de las primeras mujeres españolas que participaron en unas olimpiadas, siguiendo la estela de Rosa Torras y la famosa Lilí Álvarez en París, en 1924, y compitiendo en 100 metros vallas, esquí y lanzamiento de jabalina y de disco, porque en aquella época era así, cada atleta se batía el cobre en varios terrenos: la propia Álvarez, además de una tenista célebre, que ganó Roland Garros en dobles y llegó a tres finales de Wimbledon, fue además esquiadora, piloto de carreras, patinadora, jinete, alpinista y jugadora de billar.
La joven Caridad Santafé había formado parte de la representación española en los Juegos de Invierno de Garmisch-Partenkirchen, en 1936, aunque fuera como suplente de las pioneras Ernestina Maenza y Margot Moles, a quienes le unía una amistad que, en el caso de la segunda, había empezado cuando las dos eran alumnas del Instituto-Escuela de Madrid, donde no coincidieron en las aulas por la diferencia de edad que las separaba, que era de tres años, pero sí en las pistas de entrenamiento. Con los años, y tras ser campeonas de España en varias disciplinas, una y otra continuaron llevando una vida paralela y acabaron trabajando de profesoras en aquel centro que tenía mucho que ver con los mismos planes educativos que habían dado o darían lugar a aventuras como la Institución Libre de Enseñanza, la Residencia de Estudiantes o las Misiones Pedagógicas y que propiciaron que surgiera la Generación del 27.
—Tras la Guerra Civil, abandonaron la docencia y se dedicaron a cuidar de sus familias —me dijo, dando por acabada, sin más explicaciones, aquella época—. Lo que quiero descubrir es por qué ella no siguió su ejemplo.
Yo sabía que lo que acababa de contarme no era cierto o, como mucho, era solo una parte de la verdad: había investigado durante años la época de la dictadura que siguió al golpe de Estado de 1936 y no ignoraba que el nuevo régimen borró prácticamente del mapa a las mujeres, en el mundo de la política, las ciencias y las letras, la universidad, el ámbito académico y también el deportivo, puesto que encontraba desvergonzado el ejercicio y provocativa la ropa necesaria para practicarlo, de manera que toda la actividad en este terreno se había limitado a las tablas gimnásticas que se hacían en las reuniones de la Sección Femenina, por supuesto con las alumnas tapadas hasta los dientes y supervisadas por monjas o por severas damas falangistas que cuidasen de que las líneas rojas de la decencia no fueran sobrepasadas. Con ese fin, su jefa, Pilar Primo de Rivera, había creado ya en 1938 la Regiduría Central de Educación Física, que no tuvo mucha tarea: las competiciones femeninas no volvieron hasta 1962.
Tampoco ignoraba que con el nacionalsindicalismo se había pasado del impulso renovador de la Institución Libre de Enseñanza a los juramentos reaccionarios de las señoras de Acción Católica, que se comprometían «a no asistir a espectáculos de cualquier tipo sin haberse previamente informado de su absoluta decencia; ni a cafés, clubes y demás lugares de recreo tradicionalmente reservados a los caballeros; a no tomar parte en excursiones y deportes a los que concurran hombres y a no usar en ninguna de esas actividades, ya sean hockey, tenis, equitación o caza, pantalón ni falda pantalón, sino trajes eminentemente femeninos».
Y también conocía algo del asunto por haber estudiado en su momento los casos de dos novelistas que me interesaban, María Ginestà y Carmen Laforet. La primera, menos conocida como narradora, aunque había publicado algunos libros muy interesantes en el exilio, en Francia y en el Santo Domingo del dictador Trujillo, era un icono de la República gracias a una fotografía en la que posó en la terraza del hotel Colón, en Barcelona, con un fusil al hombro. La segunda es uno de mis mitos literarios, la autora de Nada, sobre la que, de hecho, estaba investigando cuando escribí Mala gente que camina, tras descubrir, gracias a ella, a la escritora oculta Dolores Serma. Ginestà, militante del PSUC, traductora y reportera durante la Guerra Civil, y por un breve espacio de tiempo pareja sentimental de Ramón Mercader, el asesino de Leon Trotsky, había practicado los 80 y 600 metros lisos y el salto de longitud. Y Laforet fue íntima amiga de Lilí Álvarez, que a su categoría como tenista sumaba una solidez intelectual que la llevó a publicar varios volúmenes sobre religión, feminismo y deporte, y numerosos artículos en La Nación, el Daily Mail, La Vanguardia o Blanco y Negro. La correspondencia entre ellas, que yo había consultado en aquel entonces, revelaba tanto la profundidad de su relación —«antes pensaba que esta confianza espiritual se debería tener solo con el marido; ahora estoy totalmente segura de que ningún hombre la merece, ni la quiere, ni sabe qué hacer con ella», dice la narradora — como la influencia espiritual que Álvarez tuvo en Laforet, quien tras conocerla adquirió una dosis de misticismo que se refleja, desde el título, en su obra La mujer nueva; y también deja ver lo traumática que fue su ruptura, forzada por las obligaciones como esposa y madre de cinco hijos de la autora de La insolación. «Me tienes que seguir queriendo, aunque siga mi camino de Cristo, con todos sus inconvenientes, con todas sus espinas, con todos sus tormentos físicos… Te espero con los brazos tendidos… Tengo que esperarte. O marcharnos camino del infierno, cosa que tú eres la primera en prohibir…», dice Laforet. Y Álvarez le responde: «No me verás más. Adiós».
—Así que lo dejó todos por ustedes, ¿o no? ¿Qué quiere decir con que no siguió ese ejemplo? ¿Qué ocurrió después? —dije, para animarle a continuar y para que dejasen de distraerme mis pensamientos.
—Ya sabrá cada cosa a su tiempo si no me interrumpe —contestó, soltando las palabras como una ráfaga de metralleta. No me hubiera extrañado que su apellido le diese nombre a un arma, como los de Mijaíl Kaláshnikov, Wilhelm Mauser, Oliver Winchester o John Browning. Había algo incandescente en su mirada, un núcleo al rojo vivo, y por unos segundos me pareció que sus ojos ocupaban un tanto por ciento desproporcionado de su cara. En cualquier caso, de pronto daba la impresión de sentirse ofendido, víctima de una afrenta y al borde de un ataque de cólera. Guardó silencio, probablemente a la espera de una disculpa, replegado en sí mismo, inabordable como un pueblo aislado por la nieve. No supe entender a ciencia cierta qué era lo que le había irritado, pero tampoco me importó. Me pregunté si quizá el problema era que le violentaba compartir su intimidad con un desconocido que, visto desde su posición, era un subalterno, y pretendía quitarme de su vista cuanto antes. Podía ser así o no, pero, en cualquier caso, decidí bajarle los humos.
—Muy bien, de modo que eso es lo que ya sabemos. Ahora dígame qué es lo que quiere que yo descubra. Cuando lo haya hecho, decidiré si finalmente me interesa o no ocuparme de usted y de su familia. Tenga presente que aún no hemos firmado nada y no venda la piel del oso antes de cazarlo.
Pareció sorprenderse y no dar crédito a lo que acababa de ocurrir. Observé que endurecía el gesto y cerraba el puño, aunque supuse que lo hacía más para contenerse que para golpearme, porque ese tipo de gente no admite impertinencias, pero tampoco se ocupa de castigarlas en persona, sino que manda hacer a otros el trabajo sucio y, si hace falta, cargar con las culpas. Su religión no necesita diez mandamientos, les basta con uno: que paguen justos por pecadores.
En aquella ocasión, sin embargo, González Santafé pudo dominarse, tamborileó con los dedos sobre la mesa igual que si contara las sílabas de lo que estaba pensando decir, contuvo su furia, se quedó mirando fijamente los vasos que tenía ante él lo mismo que si pretendiera moverlos con la mente y, por fin, volvió a encararme y hasta quiso esbozar una sonrisa, tal vez irónica, que le hizo parecer una estatua que se resquebrajaba.
—Tiene razón —dijo, en un tono de voz neutral, equidistante—, todavía no hemos rubricado nuestro acuerdo. Hágalo y le diré lo que tiene que encontrar.
Me crucé de brazos, dejé sobre la mesa el bolígrafo que tenía en la mano y nos medimos con los ojos. Luego miré mi reloj, para que entendiera que estaba a punto de levantarme e irme. Le vi pensárselo dos veces, pero al final abrió su caja de Pandora, aunque entonces no lo sabía, ni podía imaginar que lo que me ocultaba era infinitamente más pequeño que lo que yo iba a hacerle saber. Tenía una buena disculpa: él no me lo contaba todo, pero a él le habían contado cosas que no eran verdad.
—Mi madre nos abandonó, cuando yo era un adolescente. Se fue a vivir a Estados Unidos y no volvimos a saber nada de ella. Quiero saber por qué se marchó, con quién y qué hizo allí —dijo Diego Raúl González, casi entre dientes y con una mueca de sufrimiento, igual que si esas palabras le quemaran los labios. «Pues amarga es la verdad, / quiero echarla de la boca», escribió Francisco de Quevedo, cuya poesía tanto me gusta hacerles leer a los estudiantes a quienes doy clase. Y entonces supuse que se trataba justo de eso, que aquel hombre que me contrataba tan solo quería resolver sus dudas, conocer las razones que lo convirtieron a él en huérfano funcional y a su padre en un marido abandonado y lleno de odio hacia su esposa infiel, si es que eso había sido realmente Caridad Santafé.
Tardé dos años en reunir todos los datos, las pruebas y los testimonios que necesitaba para llevar a cabo aquella misión y otro en convertirlos en esta novela, porque no es fácil reconstruir la vida de alguien cuya identidad ha sido tachada, proscrita, se ha tergiversado de mil modos distintos y poco a poco ha sido sustituida por leyendas, calumnias y murmuraciones, de forma que el lugar de lo que realmente hizo o dijo lo ocupan una catarata de engaños y habladurías. Para desandar ese laberinto, tuve que romper pactos de silencio, quitar caretas y levantar alfombras pesadas como sepulturas, intentando no dejarme confundir por unos y otros y no perder nunca de vista al personaje real, porque si ella se me escapaba yo sería el culpable: si los ojos de un retrato no te siguen, es que eres tú quien no lo está mirando.
El resultado de todo ese esfuerzo es el libro que ahora tienen ante ustedes. Me alegra que estén aquí, a punto de pasar esta página y ser arrastrados por el río turbulento que formaron las vidas a la vez maravillosas y dramáticas de Caridad Santafé, Ernestina Maenza y Margot Moles. Al principio, sus aguas eran dulces y pacíficas; luego, se llenaron de tiburones. Yo empecé a caminar en línea recta hacia ellas la misma tarde en que Diego Raúl González, después de formalizar nuestro acuerdo y pagarme, por adelantado y en efectivo, la mitad del dinero que me había ofrecido, se levantó de su silla en aquel restaurante de cinco tenedores al que me había invitado a comer, dio las buenas tardes a los camareros en el mismo tono con que un coronel de artillería habría mandado a la tropa romper filas, me estrechó la mano con un movimiento seco que también habría servido para cortar leña con un hacha y salió del local como alma que lleva el diablo, sin mirar atrás y envuelto en una prisa de hombre importante, de esos que siempre dan la impresión de saber adónde ir. Me pregunté quién era exactamente Diego Raúl González, qué quería de mí y por qué percibía en sus palabras el tintineo de la mentira.
No supe contestarme, pero cuando se marchó me sentí a salvo, aunque aún no sabía de qué.