Todo lo carga el diablo
Capítulo 39
Capítulo treinta y nueve
Antes de que sus agentes lo metieran esposado en un coche patrulla, el inspector Sansegundo, de la Policía Nacional, informó a Onésimo Cruz de que tenía derecho a guardar silencio; a no contestar preguntas o hacerlo solo ante un juez; a no declararse culpable; a nombrar un abogado y saber que si no quisiese o no pudiera se le asignaría uno de oficio y, finalmente, a ser examinado por un médico.
Era yo, que lo conocía desde la época en que compartimos gran parte de las aventuras que cuento en mi novela Los treinta apellidos, quien lo había puesto sobre aviso de nuestras intenciones, para evitar que Diego Raúl González se tomara la justicia por su mano. Estuve en su comisaría, explicándole los pormenores del caso, que oyó sin inmutarse, porque seguía tal y como le recordaba, agazapado tras su rostro duro, anguloso y neutral, en el que era imposible leer emociones o intuir pensamientos. Cuando terminé mi relato, me dijo que él no podía entrar en casa de Onésimo Cruz y detenerlo sin una orden judicial y sin pruebas concluyentes de que lo que le contaba era cierto, pero sí intervenir «de manera espontánea y urgente» si recibía una llamada de auxilio como la que le hice al salir de aquella casa donde llevaba más de dos décadas retenida Caridad Santafé. Así lo pactamos, y cuando llegó el momento apareció en cuestión de segundos, escoltado por dos vehículos todoterreno de la unidad que él mismo dirigía. El ruido de las sirenas hizo que se esfumasen, como por arte de birlibirloque, todas las pistolas que habían salido a relucir. Y los tipos que las empuñaban de pronto ya no eran camorristas de mirada turbia y sonrisa tan acogedora como la de un tiburón, sino cuatro inocentes empleados de porte modesto y con tendencia al anonimato, el tipo de personas que son imposibles de recordar.
El antiguo falangista no ofreció ninguna resistencia mientras lo arrestaban, más allá de jurar a gritos que la mujer de la torre estaba allí porque él era su hijo; pero enmudeció al ver que Isabel mostraba la copia de un artículo del Diario de Cádiz donde se hacía referencia al suceso que había acabado con «la esposa del héroe de guerra don Artemio Cruz en paradero desconocido». No habíamos encontrado tampoco su acta de defunción, que debería haberse firmado, según la ley, «cuando hayan transcurrido tres meses, en los casos de tripulantes o pasajeros de una embarcación, desaparecidos en un accidente o naufragio». Pero ya se sabe que ninguna vileza era imposible para los bribones que habían ganado la guerra, que lo mismo podían inhabilitarte y encerrarte en un psiquiátrico que tirarte por la borda al océano Atlántico, sin tener que pagar por ello: una mención a su categoría de vencedores e ídolos en el frente, como la que se hacía en aquel periódico en honor del guardaespaldas de Santiago González Uribe, bastaba y sobraba para que nadie se atreviera a hacer ninguna otra pregunta. Los árboles que no dejan ver el bosque son lo único que quieren ver aquellos que los han plantado.
Muy pronto, a los delitos que ya le adelantó Diego Raúl González a Onésimo Cruz que le imputarían, se añadieron otros contra la Seguridad Social por estafa, apropiación indebida y falsedad en documento público, cuando se descubrió que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, llevaba décadas cobrando la pensión de su madre, haciéndola pasar por viva, algo que, al parecer, es un fraude recurrente en España, según me contó Sansegundo, que le cuesta al Estado una media de siete millones de euros anuales y que se ha cometido de mil formas distintas que van desde el soborno a un empleado del banco al que llega el dinero, hasta la artimaña de un matrimonio que contrató a una actriz para que se hiciera pasar por una familiar difunta y así lograse acceder a la cuenta donde se ingresaba cada mes la prestación, con su DNI e imitando su firma de manera aceptable. Recordando sus críticas al «libertinaje de la democracia» y a «la falta de moral y de principios» de nuestro tiempo, me acordé de lo que se dice en el Lazarillo de Tormes: «¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!». Lo más probable, sin embargo, era que jamás hubiese pensado lo que decía y que se limitara a repetir ideas ajenas, eslóganes surgidos de un tiempo en que le contaron que era el titán al que desde entonces imitaba, tratando de parecerse a él, aunque con muy poca fortuna.
A Onésimo Cruz, eso sí, le había tocado la lotería con Caridad Santafé y su longevidad, porque la dotación económica que se le atribuía en el testamento de Santiago González Uribe especificaba que tenía «periodicidad mensual» y que le sería ingresada «de forma vitalicia para su manutención y la de su progenitora, doña María de la Salud Guerrero». Así que en eso era un hacha: tenía una madre real, otra simulada y cobraba por las dos. La mitad del dinero se lo robaba a las arcas públicas y la otra a los laboratorios González y Uribe.
Las atenciones médicas que precisaba su cautiva, las recibía a domicilio y no se tiene constancia de que en ningún momento asistiera a una clínica. A lo largo del juicio se supo que el doctor que la visitaba y le prescribía las recetas era uno de los que ya se habían ocupado de ella en el hospital del Santo Ángel de la Guarda, pero no pudo demostrarse que estuviera al tanto de la identidad de la paciente ni de su condición de secuestrada. Y en cuanto al resto de las personas que conocían su existencia por uno u otro motivo, aunque generalmente fuera nada más que de oídas, pensaban que Caridad era María de la Salud y que sufría un deterioro mental que la llevaba a tener alucinaciones y a sostener que era otra persona y su propio hijo un desconocido. El ser taimado que era Onésimo Cruz dejaba caer esas cosas con la intención de ponerse la venda antes de la herida, seguro de que tras repetirlas una y otra vez, si alguien llegaba a hablar con ella y le contaba la verdad, solo lograría que las mentiras de su carcelero se diesen por buenas. Me acordé de un párrafo, que en su momento me había impresionado mucho, de una de las cartas de la madre de Diego Raúl: «A los locos se les niega la palabra, no se les presta oídos porque se da por hecho que lo que dicen no va a significar nada».
La última vez que vi a Onésimo Cruz fue en la prensa, en una foto donde tenía el aspecto de quien sale de un casino en el que acaba de perderlo todo y que había sido tomada segundos después de que escuchase en pie el veredicto que lo condenaba a quince años de privación de libertad y a una multa de doscientos mil euros, destinada a compensar los daños físicos y morales causados. No podría hacer frente a ese pago en metálico, por falta de liquidez, pero le embargarían la casa que le regaló en pago a sus servicios el cruel Santiago González Uribe, a la que ambos habían añadido el segundo piso que debía hacer las veces de mazmorra y que algún medio de comunicación llamó la Torre de la Cautiva, en referencia a la prisión de la Alhambra donde la esposa del sultán nazarí Muley Hacén confinó a su amante, la dama cristiana Isabel de Solís.
El carcelero del pantano de San Juan era un tipo solitario, que jamás llevó la foto de nadie en la cartera. En el fondo, su única compañía había sido su rehén, y durante los interrogatorios y las sesiones del juicio hasta dio la impresión de que la quería y se preocupaba por ella, obviamente de una forma insana. En las dictaduras se suelen robar niños que los ladrones crían igual que si fuesen propios y a quienes, por lo general, tratan bien. Él, que en lugar de robarle su hijo a una madre había hecho justo lo contrario, parece que actuó de esa manera con Caridad Santafé, cuyo buen estado físico probaba que durante su reclusión estuvo bien atendida. Eso fue considerado un atenuante y acortó en varios años su posible sentencia, que tampoco cumpliría íntegramente, desde luego, porque lo soltarían antes, gracias a los beneficios penitenciarios a los que pudiera acogerse. A Caridad Santafé, sin embargo, nadie le iba a devolver la vida que le habían quitado. Su martirio, eso sí, conmocionó a la opinión pública y dio la vuelta al mundo, como demuestra el espacio que se le dedicó en todos los diarios nacionales y en muchos extranjeros. Para que su historia no sea flor de un día, he escrito esta novela que quiere ser un acto de reparación para ella y también para sus dos grandes amigas, Margot Moles y Ernestina Maenza. Son tres mujeres silenciadas cuyos nombres merecen ser pronunciados con admiración. Los habían tachado, pero los hemos vuelto a escribir. Todos los caminos terminan en un muro, pero este no va a ser uno de ellos.
Lo primero que nos impresionó de Caridad Santafé fue comprobar que no odia a nadie, que vive el poco tiempo que le quede con alegría, sin rencor y al lado de su «novio», como ella llama a Diego Raúl, porque cree que es Thomas Sexton y que Onésimo Cruz era su hijo. Cuando el falangista la llevó al pantano de San Juan por orden de Santiago González Uribe, su mente y su vista ya estaban nubladas, tras pasar décadas en el manicomio del Santo Ángel de la Guarda, así que no le tuvo que costar demasiado convencerla de que era quien no era y la había ido a salvar. Al parecer, él siempre la llamaba mamá y la trató bien, con cariño y respeto. Por el día, si necesitaba salir, la dejaba encerrada en la torre, acompañada por su pastora alemana Victoria, «porque había bandoleros en las montañas y le daba miedo que le hiciesen algo», según le contó; y por las noches, subía a dormir con ella. Jugaban una partida de cartas, veían la televisión, casi siempre películas antiguas, mientras cenaban lo que él hubiese comprado en uno de los bares de Pelayos de la Presa y luego se acostaban en las dos camas del cuarto, situadas una al lado de la otra, con la perra hecha un ovillo en su nido, a los pies de ambos, y con una pistola Astra 300 del calibre 9 milímetros en el cajón de la mesilla de noche.
¿Por qué hacía todo eso? ¿Quizá tendría algo que ver con la pérdida traumática de su verdadera madre, posiblemente asesinada frente a las costas de Gibraltar por su padre, el ultraderechista Artemio Cruz? ¿Lo sabía él, o al menos lo sospechaba? ¿Había encontrado en Caridad alguien a quien querer, por mucho que fuese de esa manera ilegítima? ¿Encontró en ella la compañía que le faltaba? Su cautiva hablaba tan bien de él y preguntaba con tanta frecuencia adónde había ido, que Diego Raúl optó por no ponerla al día de su proceso y condena, y en lugar de la verdad le dijo que estaba de viaje, que lo había contratado otra vez y desempeñaba en el extranjero una misión muy importante para la compañía. Su único objetivo era hacerla feliz, y si para ello necesitaba contarle una mentira piadosa, lo hacía. Eso no significa que se las creyese todas: cuando le regaló otra pastora alemana de color blanco y le dijo que era Victoria, ella negó con la cabeza y mientras acariciaba al cachorro, dijo:
—Qué cosas tienes, Thomas, ¿no ves que no es ella, sino su hija? Si te parece bien, la llamaré Gabriela por lo mismo que a la otra la llamé Victoria, ¿te acuerdas? Una en honor de Gabriela Mistral y la otra de Victoria Ocampo, porque las dos han venido a darnos una charla a la Residencia de Señoritas. ¡A Margot y a Ernestina les va a encantar!
Caridad Santafé se había escondido en el pasado y vivía imaginariamente en la época más feliz de su vida. Nunca sabremos qué cosas recuerda y cuáles no, pero es curioso que sí sepa, por ejemplo, que sus padres, dona Triana Merello y don Arturo Santafé, han muerto, porque pregunta de forma recurrente cuándo es el Día de Todos los Santos, para llevarles flores al cementerio; y lo mismo su hermano Fernando, del que lamenta «que siga allí en Nador, junto al río Kert» y de quien habla a menudo, aunque se refiera a «las hecatombes de Annual y el Monte Arruit» o «el peligro que corre España en Marruecos», como si la guerra del Rif siguiera en marcha y ahora mismo las tropas de Abd el-Krim cercasen Melilla. Sin embargo, por la razón que sea, de sus amigas habla en presente y espera que la vayan a visitar «para ir a mirar los escaparates de los comercios de la calle de Fuencarral y a tomar una taza de chocolate a la Puerta del Sol».
—A esquiar ya no podemos ir, porque estamos retiradas —dice—, pero cualquier mañana subimos en el tren a caminar por la montaña.
Es muy significativo que jamás mencione Navacerrada, ni el Alto de los Leones, ni a Santiago, ni los laboratorios González y Uribe, ni mucho menos los episodios de la detención de su padre, el sospechoso accidente de doña Triana, si es que tuvo noticia de él, o su propio secuestro. Los neurólogos sostienen que tuvo que haber un momento en que se quebró su capacidad de resistencia y que a partir de entonces su cerebro «emitió una orden defensiva», bloqueó los acontecimientos traumáticos «y de algún modo ha reescrito su historia, eliminando los aspectos más desagradables, los que ya no podía soportar». Tiene lógica, sin duda, que los buenos recuerdos tomen el control y actúen de contrapeso de las malas experiencias.
Por indicación de su hijo, he buscado en las librerías de lance de Madrid y he comprado en la red algunos libros de su época, obras de María Teresa León, Luisa Carnés, Matilde Ras, Elisabeth Mulder y Rosa Chacel, que ella lee, aparentemente, con gran placer y creyendo que acaban de publicarse. Los médicos opinan que nada de eso le hace mal, sino todo lo contrario: a estas alturas no va a recuperar la memoria ni el sentido de la realidad, así que de lo que se trata no es de aspirar a su curación, que es imposible, sino a su bienestar.
Diego Raúl González disfruta de ella cada segundo que comparten, porque ahora que la tiene a su lado ha aprendido cuánto la echaba de menos y también porque se culpa de haberla odiado injustamente, por haber creído las falsedades de Santiago, no intuir lo que ocurría y haberse puesto a buscarla solo cuando la empresa de cazadores de herencias le puso tras la pista de la fortuna de Thomas Sexton. Ahora necesita compensarle, en la medida de lo posible, tantos años de sufrimiento, y teme perderla hasta el punto de que en alguna ocasión ha llegado a rezar para pedirle a Dios que le dure, algo que no hacía desde niño, cuando su padre le obligaba cada noche a decir de rodillas y en voz alta un avemaría y el padrenuestro, antes de meterse en la cama. El temor nos vuelve supersticiosos o creyentes, aunque sea por si acaso: no hay ateos dentro de un edificio en llamas.
Si el poderoso González Santafé puede sacarla a pasear, unas veces en coche y otras en la silla de ruedas mecánica que le ha comprado, por sus sitios de juventud, la Residencia de Estudiantes, los campos deportivos de la Universidad Complutense y el antiguo Instituto-Escuela, o para llevarla a su amada Rota, donde nos pidió que los acompañáramos a pasar unos días memorables en el hotel Playa de la Luz, frente al océano Atlántico, es porque Isabel Escandón ya trabaja para él y en unos meses ha asumido grandes responsabilidades, las mismas de las que él se ha liberado. Su nuevo jefe se deshace en alabanzas hacia ella, firma con absoluta confianza los contratos que le prepara, sospecha que «debe de ser muy astuta, a juzgar por la forma en que finge no serlo» y cree que su dominio de los idiomas, especialmente del chino, la hace enormemente valiosa para la expansión internacional de su empresa. También le sorprende su simpatía y su optimismo, dos cosas que hubiese jurado que antes «no prodigaba». Yo bromeo con que eso es porque ahora es feliz en mi compañía y después añado, ya en serio, que el mundo es otro desde que estamos juntos y que a su lado he descubierto que la vida, a pesar de todos los pesares, es un regalo.
—No exageres ni te pongas medallas —dice Isabel, para burlarse suavemente de mí—, esta alegría no es más que una táctica comercial. Como dicen los comerciantes de Pekín, rúguǒ nǐ bù dǒng wéixiào, jiù bùyào qù shāngdiàn. O sea, que si no sabes sonreír, no pongas una tienda.
En ocasiones pienso que las cosas suceden de una forma extraña, milagrosa, que todo está siempre tan cerca de ocurrir como de pasar de largo, lo mismo que los pasajeros de dos coches que se cruzan en una carretera solitaria podrían chocar y que sus historias quedaran enlazadas para siempre; o continuar su viaje y no significar nada los unos para los otros. Yo encontré esta historia, o ella a mí, y al mismo tiempo recuperé a Isabel Escandón, sin la que no podría haberla resuelto y, sobre todo, sin quien no podría haber comprendido lo que es el verdadero amor, que no tiene nada que ver con el sentido de la propiedad de Santiago González Uribe, porque la maravillosa y terrible existencia de su desdichada esposa demuestra que de ese querer malsano al odio hay solo un paso, el mismo que lleva de la dominación al abuso y de justificar una dictadura a ejercerla. Esta novela merecerá la pena si ayuda a reflexionar sobre eso, en unos tiempos en que algunos blanquean o dulcifican a personajes siniestros de nuestra Historia, y sirve para reintegrar a los anales de los que fueron arrancadas las hojas en las que deben quedar escritos con letras doradas, por méritos propios, los nombres de Margot Moles Piña, Ernestina Maenza Fernández-Calvo y Caridad Santafé Merello.
Hace media hora que he recibido una llamada de Diego Raúl González. Quería decirme solo dos cosas: la primera, que tras realizar las pruebas correspondientes y aportar la documentación requerida, la herencia millonaria de Thomas Sexton estaba a punto de llegar a sus cuentas y serviría para asegurar la independencia económica de sus laboratorios, que iban a utilizar esa inyección de liquidez para abrir una línea de investigación enfocada a conseguir medicinas útiles para el tratamiento del alzheimer.
—¿Y la segunda?
—Escriba su novela, señor Urbano. Acabo de romper nuestro contrato y se lo he enviado por un mensajero a su casa, para que lo pueda ver con sus propios ojos. Usted ya no tiene ninguna cláusula de confidencialidad a la que atenerse, ni yo un monstruo al que defender.
—¿Cómo sigue su madre?
—Pues… hoy ha ocurrido algo… —intentó decir, con la voz rota—… maravilloso… Me ha llamado hijo…
Y colgó.
Así que aquí me tienen una vez más. Pronto nos veremos, porque acabo de empezar este manuscrito, justo con la primera frase que me dijo él cuando lo conocí: «Quiero que siga su rastro, dé con ella, averigüe su historia, me la cuente y después la olvide». Me ha encantado repetir eso, ahora que ya sé que la última parte no la voy a tener que cumplir. Y estoy tan entusiasmado que hasta se me ha ocurrido ya un título: Todo lo carga el diablo. ¿Qué les parece? Espero que les guste, que le hagan un lugar en sus bibliotecas y que la salud los respete, aunque las noticias que llegan desde China sobre un virus mortal que está devastando la ciudad de Wuhan, que podría extenderse a gran velocidad por el resto del mundo y causar cientos de miles de víctimas, sin duda resulten muy inquietantes. Se habla de estados de alarma y de poblaciones confinadas. Corren rumores sobre una guerra bacteriológica cuyo fin es hacerse con el control del planeta. Los países desarrollados buscan contrarreloj medicamentos que le hagan frente al mal y una vacuna que lo derrote. Diego Raúl González sostiene que la amenaza es cierta y que estamos en grave peligro, dice que los científicos de sus laboratorios trabajan día y noche en la búsqueda de antirretrovirales y moduladores del sistema inmunitario y me ha hablado de enzimas convertidoras, bloqueadores de puertas celulares y principios activos incomprensibles para mí como la hidroxicloroquina. Tengo miedo, como cualquiera, por Isabel, por mí y más aún por Caridad Santafé, porque las pandemias son letales para las personas mayores. Y sin ellas, nuestro pasado y nuestra memoria se quedan sin testigos. Esta novela es, antes que nada, lo que cualquier libro: una forma de plantarles cara al silencio y al olvido. Seguro que escribirla me va a ayudar a distraerme, y confío en que a ustedes les ocurra otro tanto cuando la lean.
Para hacer desaparecer lo que te asusta, solo tienes que mirar donde no está.
No es no ser la locura, sino ser en la ausencia.
Nada sé ni sabéis; nada es todo incesante.
La locura, el vivir, el pensar, el soñarse…
CARMEN CONDE