Todo lo carga el diablo
Capítulo 4
Capítulo cuatro
Lo que se conocía de la vida de Caridad Santafé no era un resumen, era una cortina de humo. Y no tardé mucho en descubrir que lo era, además, de forma intencionada y que su objetivo era justo ese: disolver su figura, eclipsarla, hacer que desapareciera sin dejar más rastro que el imprescindible para demostrar que había existido. Ahora me habían contratado para averiguar qué le ocurrió, pero no lo hacían por rehabilitar su memoria, sino para dar con un tesoro enterrado sobre cuyos origen y naturaleza, si me lo permiten, de momento no voy a entrar en detalles.
Mi primera fuente de información, más allá de las pistas que me había dado Diego Raúl González, que eran poco más de lo que cabe en una partida de nacimiento o un carnet de identidad, fueron las andanzas de Margot Moles y Ernestina Maenza, ya que se había movido en sus mismos círculos, fue su rival y su amiga y acudió con ellas, en calidad de suplente, a los Juegos Olímpicos de Invierno de 1936. Por ese camino descubrí que su hijo, en realidad, exageraba un poco su historial, dado que sus hazañas no eran en modo alguno equiparables a las de sus dos compañeras. Pero el espíritu era el mismo: pudo quedar sexta en lanzamiento de disco en los campeonatos de España de 1932, quinta en los de esquí de 1936, tercera en natación y última en salto de longitud en los de Castilla, en 1934 o cuarta en salto de altura en el primer mitin de la Sociedad Atlética, a mucha distancia de la ganadora en esa especialidad, Aurora Villa; pero el caso es que practicó todos esos deportes, además de hockey en el Athletic Club de Madrid y alpinismo en la sierra de Guadarrama. Y a cambio, por mencionarlo todo, las superó en el terreno intelectual: sus notas en el Instituto-Escuela son un rosario de sobresalientes y matrículas de honor, sobre todo en las asignaturas de la rama de Humanidades y, por encima de todas, en Lengua y Literatura.
Caridad fue, desde muy niña, una lectora infatigable, quizá porque encontró en las novelas un refugio contra la tristeza que le causó la muerte de su hermano mayor, el cabo Fernando Santafé, en la guerra de Marruecos. El joven se había alistado impulsivamente en los Húsares de Pavía, como tantos otros a quienes arrastraron al frente del Rif las noticias que llegaban de África y que hablaban, entre otras cosas, de las hecatombes de Annual y el Monte Arruit, las derrotas de Zeluán y Kaddur y el supuesto cerco de las tropas de Abd el-Krim a Melilla. Los periódicos decían que si España quería sofocar la revuelta, necesitaba mandar al protectorado un ejército de cien mil hombres, y la crónica negra de las salvajadas que los rebeldes de Marruecos les hacían a los prisioneros provocó una ola de patriotismo y llenó los cuarteles de reclutamiento de voluntarios, muchos de ellos familiares de los caídos, en busca de venganza. Los tambores de guerra sonaban por todas partes. Se hacían rifas populares de apoyo a los tercios y donaciones en las altas esferas para ayudar a financiar la compra de armamento, medicinas, vehículos o uniformes. La prensa avivaba el fuego y subía el volumen a los himnos. Y el poder, claro, veía en todo eso un modo inmejorable de echar tierra sobre el desencanto que había causado la pérdida de las últimas colonias ultramarinas.
El muchacho, acuartelado en el campamento de Nador y con la misión de defender la posición del monte Gurugú, pronto descubriría que las cosas no eran como se contaban. Muchos de los desastres sufridos por las tropas españolas se habían debido al abandono en el cual las tenía el Alto Comisariado y algunos dramas no se evitaron por no enviar refuerzos a quienes resistían en los blocaos, unos puestos de avanzadilla muy vulnerables donde se enfrentaban, a menudo sin agua y con pocas municiones, al asedio de las cabilas. También fue testigo de la desorganización de nuestros militares; vio con sus propios ojos rendirse a un general al enemigo, en Dar-Quebdani, sin disparar una bala; pudo contemplar de qué forma huían y desertaban muchos soldados o cómo, en plena desbandada, algunos oficiales entraban en los hospitales de campaña con vendas sobre heridas inexistentes, echaban de las ambulancias a sus subordinados, maltrechos de verdad, ocupaban su sitio, se ponían a salvo y a ellos los mandaban de nuevo al frente. Pero nada de eso lo detuvo, al contrario, porque lo que hizo fue apuntarse a los Regulares, una escuadra de combate que peleaba siempre en vanguardia, junto a un camarada llamado Enrique Meneses, heredero de una célebre firma especializada en objetos, adornos y joyas de plata, que luego contaría sus experiencias en el libro La cruz de Monte Arruit. Ahí se pueden leer algunos de los episodios en los que participaron Sanfafé y Meneses: las escaramuzas de Quebdana, Ulad Setup y Zoco el Arbaa; la toma de Zeluán y Tifasor; las reconquistas de Yazanen, Kandussi y el propio Monte Arruit… En esa obra estremecedora, que Caridad leyó con espanto, se cuenta la odisea de aquellos hombres, el infierno que tuvieron que atravesar, lleno de cadáveres insepultos devorados por las fieras; las casas utilizadas como centros de tortura, donde los moros crucificaban a los prisioneros y jugaban al tiro al blanco con ellos. A veces encontraban el cuerpo de un amigo con señales de torturas y en otras ocasiones se enteraban de su muerte al leer El Telegrama del Rif…
Cuando estaba a punto de regresar a la península, la patrulla con la que había salido a hacer una descubierta por la zona de Nador, junto al puente sobre el río Kert, ya a menos de veinte kilómetros de Melilla, cayó en una emboscada y los acribillaron a tiros. Le fue concedida, póstumamente, la Cruz Laureada de San Fernando, pero sus restos mortales nunca volvieron a España, algo que indignó a su familia. Y a otras muchas, porque había demasiados españoles muertos en aquellas tierras del Rif: en Annual, se contaron trece mil víctimas; en Yebala, otras tantas; en Monte Arruit, tres mil; en el Barranco del Lobo, casi ochocientas; en Igueriben, trescientas cincuenta… Una catástrofe.
La tragedia devastó a Caridad, para quien Fernando había sido un espejo en el que mirarse: idealista, valiente, romántico, leal… El dolor también la hizo descubrir el cinismo y la ruindad que envilecen la política, una idea que ya nunca la abandonó. Sus dos únicas vías de escape fueron el deporte y la cultura, uno para fortificar el cuerpo y la otra para distraer la mente. Y el lugar ideal para adentrarse en uno y en la otra, combinándolos de forma equilibrada, era el Instituto-Escuela.
Al principio no le fue fácil entablar relaciones, se había vuelto una persona introvertida, solitaria, de trato distante, que no participaba en las conversaciones de las otras chicas, ni en sus juegos. Estaba allí, pero en otra historia; era como un personaje del libro de al lado. Solo encontraba refugio, y tal vez consuelo, en la lectura, a la que dedicaba la mayor parte de su tiempo libre. Por entonces, el Centro de Estudios Históricos había puesto en funcionamiento la Biblioteca Literaria del Estudiante, una colección de autores clásicos dirigida por Ramón Menéndez Pidal y, sobre todo, por su esposa, María Goyri, que era en realidad quien seleccionaba los títulos, redactaba las introducciones y hacía las notas aclaratorias de cada volumen. Se trataba de una mujer excepcional, la primera estudiante de Filosofía y Letras del país, licenciada en 1896 y doctorada en 1909. Para dejar claro hasta qué punto su papel en la nueva política educativa de la República fue crucial, no hay más que ver el informe que encargó sobre ella el gobierno ilegítimo de Burgos, donde se la definía como «una persona de gran talento, gran cultura y energía extraordinaria, que ha pervertido a su marido y a sus hijos; muy persuasiva y una de las personas más peligrosas de España, una de las raíces más robustas de la revolución». Caridad Santafé la tuvo como profesora de Letras, y ella la orientó en sus lecturas y la introdujo en los círculos del feminismo, donde era una autoridad. Por sugerencia suya, leyó los artículos feministas de la periodista y actriz Magda Donato y asistió, cuando ya era una adolescente, a varias conferencias en el Lyceum Club, en la sala de actos de la Casa de las Siete Chimeneas, un edificio de la calle de las Infantas en el que se decía que habitaba el fantasma de una amante de Felipe II, a la que el heredero de la corona mandó asesinar y cuyo cadáver desapareció, tras certificar un médico su defunción por causas naturales, tal vez para que no se viesen las cuchilladas que, según algunos testigos, le cosían la piel. Lo cierto es que, durante unas obras llevadas a cabo en el siglo XIX, apareció tras un muro el esqueleto de una mujer, y a su lado había unas monedas de la época del emperador Carlos I. La infortunada Claridad Santafé no podía imaginar cuánto iba a acordarse de aquella leyenda en el futuro, ni lo parecida que llegaría a ser, en cierto modo, a esa criatura espectral.
En aquellas charlas a las que le animaba a ir María Goyri, lo mismo podía escuchar una conferencia sobre grafología, dictada por Matilde Ras, que aparte de una autoridad internacional en la materia también era novelista, dramaturga y traductora, que presenciar cómo dos de las primeras abogadas que hubo en España, las futuras congresistas Victoria Kent y Clara Campoamor, le exigían al Gobierno la reforma urgente de los códigos civil y penal, para que del primero se suprimiera el artículo 57, que decía que «el marido debe proteger a la mujer y esta obedecer a su esposo»; y del segundo el 438, donde se sancionaba que «el hombre que sorprendiendo en adulterio a su mujer matase en el acto a esta o a su amante, será castigado con la pena de destierro». A ella le parecían demandas justas, progresistas y muy en consonancia con los nuevos tiempos, pero la derecha más reaccionaria se oponía con uñas y dientes a esos cambios y a todas las reivindicaciones que tuviesen como objetivo conseguir la igualdad de género. El médico endocrino, historiador y académico Gregorio Marañón, a quien la posteridad ha otorgado la condición de humanista y liberal, escribía cosas como esta: «Insistimos una vez más en el carácter sexualmente anormal de estas mujeres que saltan al campo de las actividades masculinas y en él logran conquistar un lugar preeminente. Agitadoras, pensadoras, artistas, inventoras: en todas las que han dejado un nombre ilustre en la historia se pueden descubrir los rasgos del sexo masculino, adormecido en las mujeres normales». Si la gente de la que sería compañero de viaje no hubiese ganado en 1939, la vida de Caridad Santafé habría sido muy distinta. La suya y la del resto de las mujeres, que pasaron de las consignas de María de Maeztu —«el feminismo es, por un lado, el derecho de la mujer al trabajo cultural y, por otro, el deber en que la sociedad se halla de otorgárselo»— a las de Celia de Luengo, la autora de un manual de economía doméstica muy difundido por la dictadura, en el que se le decía a las esposas: «Consideraos la última de la casa y a vuestro marido el primero»; se las recomendaba ahorrar porque «la derrochadora hace su hogar frío y repugnante; por su negligencia y por su ignorancia labra su propia desdicha; fomenta los vicios del hombre, que se refugia en el café o en el casino, cuando no forma otro hogar donde encontrar la paz y el descanso que no tiene en el legítimo»; y a las que no aceptasen ese rol se las amenazaba con caer «en el ridículo y las inconfesadas amarguras de las solteronas, esas desahuciadas de la vida».
Otro encuentro importante para ella en el Instituto-Escuela fue el que tuvo con Lucinda Moles, que desde su puesto como auxiliar de Juegos y Deportes le dio algunas clases y, al observarla, reparó en el estado de aislamiento en el que vivía. La hermana mayor de Margot no creyó que estuviera ante una gran atleta, pero intuyó que el ejercicio físico la podía sacar de su letargo, hacerla más sociable y conseguir que encontrase un horizonte, una meta y a sí misma, que era uno de los fines del modelo educativo de la Institución Libre de Enseñanza; de manera que ella y el profesor Manuel Robles la pusieron en contacto con unas cuantas chicas de la Federación Universitaria Escolar, la animaron a jugar varios partidos de baloncesto en el campo del Unión Sporting y a subir los sábados a la sierra de Guadarrama, para practicar alpinismo o esquí, dependiendo de la época del año. Finalmente, cuando mejoraron su técnica y su musculatura, la incluyeron en los equipos que participaban en los mítines deportivos del extrarradio. La corazonada de la joven maestra fue providencial, porque el deporte, tal y como ella había adivinado, la rescató de las arenas movedizas de la tristeza, y si en este mundo hay algo tan importante como llegar a la cima es salir del fondo del pozo en el que estás atrapada. Así que Caridad Santafé podía no ser una rival de cuidado para Aurora Villa o Margot Moles en salto de altura y lanzamiento de disco, pero cada paso que daba sobre las pistas servía para alejarla de la soledad y la depresión.
Años más tarde, al acabar una de esas exhibiciones, le presentaron a Thomas Sexton, un estudiante norteamericano, hijo de una de las profesoras de inglés del Instituto-Escuela, donde había llegado procedente de Nueva York. Si lo describimos sin respetar la ley de los campos semánticos ni el orden vertical de un cuerpo, sino de la manera anárquica en que Caridad fue reparando en él y sacando sus propias conclusiones acerca de su temperamento, era un muchacho pelirrojo, de mirada verde y zigzagueante, delgado y de mediana estatura, ni muy atractivo ni demasiado sociable, con una voz amortiguada y la sonrisa más tímida e irresistible que se había encontrado jamás. Su madre les había contado que el lema de la Universidad de Columbia, de donde ella provenía, era in lumine tuo videbimus lumen, en tu luz veremos la luz, pero no que esa frase también servía para definir la boca de su hijo. No es que se enamorase, es que cayó fulminada.
¿De qué hablaron esa primera vez, cada uno en el idioma del otro y los dos con un acento que les hacía reír y les parecía encantador? Él era un apasionado de la botánica, sabía mil historias sobre árboles mágicos como la nuez moscada, el cedro de Taiwán o la higuera de Bengala y le habló de las propiedades farmacéuticas del baobab o el quino. Los dos jugaban al baloncesto. Ella forcejeaba con la versión original de Jane Eyre, de Charlotte Brontë, y él la había leído. A ella le interesaban, sobre todo, el esquí y el lanzamiento de jabalina. A él le gustaría escalar y le intrigaban algunos lugares de la sierra de Guadarrama cuyos nombres había leído en un mapa: el Risco de los Claveles, la Bola del Mundo, el Alto del Telégrafo, el de los Fantasmas y, sobre todo, la Mujer Muerta. Ella se ofreció a acompañarlo a esos sitios y a ser su guía. Quedaron en subir juntos ese mismo sábado. Al despedirse, les dio la sensación de que sus corazones eran igual que dos imanes y a la vez eran justo lo contrario: había magnetismo entre ellos, se atraían, pero no porque fuesen opuestos, sino porque eran almas gemelas.
Caridad Santafé sintió que Thomas Sexton había llegado para curarla, que sus heridas solo podía hacerlas desaparecer él, y que lo haría con la facilidad de quien borra una frase apuntada en un encerado. Por raro que pareciese, tuvo la absoluta certeza de que a su hermano Fernando también le gustaba, y por primera vez logró verlo tal y como fue en vida, tan sano, tan alegre, en lugar de caído en las orillas sedientas del río Kert.
El camino del cielo y el del infierno acababan de aparecer bajo sus pies, y ella aún no podía saber que eran el mismo. La felicidad no es de fiar, «porque en toda hermosura está escondida / la ocasión de morir muerte temprana», como escribió mi amado Luis de Góngora.