Todo lo carga el diablo
Capítulo 35
Capítulo treinta y cinco
A nadie se llega a odiar tanto como a quien además se teme. Y a Santiago le daba miedo lo que Caridad Santafé sabía de sus negocios, especialmente aquello que lo señalaba como un traidor a los suyos, un renegado que maniobró contra los intereses de sus camaradas en el asunto de las vacunas. Su Inmunizador tipo Salk de poliovirus ARN les había dado montañas de dinero a él y a sus socios de la Dirección General de Sanidad, mientras que el Seguro Obligatorio de Empleados, controlado por la Falange, no solo se quedaba fuera, sino que sufría un gran revés en su lucha contra los militares y los tecnócratas, que era el combate decisivo que desde hacía años libraban entre sí las diferentes camarillas que siempre habían existido entre los sublevados de 1936, quienes desde el principio forcejeaban por tener vela en ese entierro interminable que era la dictadura. Si hubiera que definir sus objetivos básicos con dos verbos que rimasen, serían mandar y medrar.
Obsesivo y perfeccionista, desconfiado hasta la paranoia, con una capacidad innata para curarse en salud y un sexto sentido para prevenir los escollos que pudiera hallar en el camino, calcular los riesgos y así cubrirse las espaldas, González Uribe no había dejado de tomar todas las precauciones a la hora de enterrar en vida y bajo siete llaves a su esposa. Las únicas personas de las que se fiaba en parte, al menos para los asuntos más privados, eran los cuatro esbirros que lo rodeaban, esos con los que Diego Raúl le veía cuchichear a menudo. El padre de Onésimo Cruz viajó en una ocasión con él a Washington, donde iba a asistir a un simposio internacional de laboratorios farmacéuticos, y no es complicado deducir que de ahí se desplazase en coche a Baltimore, para «cantarle las cuarenta» a Thomas Sexton en su despacho de la Universidad de Maryland, hacerle saber que «había ofendido a personas muy influyentes en España, que contaban con la protección directa de El Pardo» y advertirle que «su querida» lo pasaría muy mal si «les obligaba a tirar por el camino de en medio», por decirlo todo a la manera del hijo de aquel bribón, que hubiera festejado la forma en que habría salido de allí, contoneándose con su andar de pistolero y dando un portazo después de transmitir su mensaje: «No te olvides, si mueves el árbol, caerá la manzana». Porque si no era con esa misión, ¿a qué fue con su jefe a los Estados Unidos? Se lo preguntamos a Cruz y nos dijo que había sido «en señal de gratitud por haberle salvado el pellejo en el Alto de los Leones, defendiéndole a tiros de los bandidos que asesinaron al héroe nacionalsindicalista Onésimo Redondo, en cuyo honor y con gran orgullo llevo su nombre».
Con esa visita a la Universidad de Maryland, González Uribe debió dar por neutralizado al único testigo del secuestro de su esposa en la pensión de Rota. Y ella continuaría clamando en el desierto, sin nadie que la escuchara: «Aquí los espejos están prohibidos, seguro que para evitar que vea en qué me he transformado, aunque ellos digan que es para que no me autolesione; y en eso tienen razón, yo lo rompería para cortarme las venas con el fragmento más afilado y mi reflejo me mataría»; y termina jurando, una vez más, venganza: «nos dejan leer los periódicos, sé lo que pasa, el mundo sigue adelante sin mí, ha vuelto la democracia pero nadie viene a salvarme, cómo me van a buscar, si creen que estoy muerta. ¿Quién soy? Habrán falsificado una documentación con mi foto y un nombre supuesto. ¿Cómo me llamaré? He leído algunas cosas sobre Santiago, está donde siempre, a la sombra del poder, y lo describen como “miembro de la oposición interna al régimen”. Qué cínicos, unos y los otros, y todos llevándose su trozo del pastel. Aunque en el fondo no le importa quién gobierne, siempre y cuando los que manden les obedezcan a él y a los suyos, que son los que tienen el dinero. ¡Pero yo te quitaré la careta! Voy a vivir cien años, si hace falta, con tal de desenmascararte. Sabrán lo que hiciste y lo que me has hecho». Las últimas tres líneas están subrayadas con tinta azul y el número de teléfono habitual está escrito en el ángulo superior derecho de la hoja.
Los pagos al psiquiátrico de la sierra los hacía, trimestralmente y en mano, alguno de esos miembros de su guardia personal, cuyas órdenes eran subir a Navacerrada, entregarle al director en persona, y a nadie más, el sobre lacrado que les daba y, sobre todo, no hacer comentarios, ni a la ida ni a la vuelta. Nunca les dio explicaciones, ni supieron las cantidades que llevaban consigo.
Sin que parezca que hubiese ningún indicio de misericordia por parte de su marido, ni ocasión alguna para ella de escapar de su encierro, Caridad estuvo en el Hospital del Santo Ángel de la Guarda hasta su cierre en 1995, incluso en la época en la que se utilizó preferentemente como sanatorio militar del Ejército del Aire, que monopolizó uno de los dos edificios principales de cinco plantas, el que albergaba los quirófanos, la cafetería, un gimnasio y la sala de calderas. Ella pudo estar en el otro, con el que se comunicaba a través del sótano por un túnel interno, o en una de las dos estructuras anexas que remataban la construcción. Al otro lado de los barrotes, la nieve caía sobre las montañas y por las noches, mientras ella se recordaba descendiendo por esas mismas laderas con sus esquíes, con Margot Moles y Ernestina Maenza a su lado, fuera se mezclaban los aullidos de los lobos y los gritos de los pacientes, estableciendo una conversación espectral entre el manicomio y el bosque.
—Pero les aseguro que la señora estaba como una cabra —nos había dicho Cruz, mostrando varios dientes de oro al sonreír—. Ese cuento chino que les ha contado no sé quién de que la tenían secuestrada allí, créanme que no tiene ni pies ni cabeza. ¡Pero si él la adoraba, vaya usted a saber por qué! Miren, es mucho más fácil que eso: sencillamente, aquella niña mimada perdió el norte, ¿vale? O sea, que se le aflojaron los tornillos, enloqueció, se le apagó la luz… y fin de la historia. ¿Por qué le ocurrió eso? Según tengo oído, se trastornó con la muerte de su padre; que, por cierto, era un rojo sentenciado a muerte al que el señor don Santiago le salvó la vida. O no sé, igual es que su marido era mucho hombre para ella y no estar a la altura de las circunstancias le quemó los sesos.
—Entonces, si todo estaba tan claro, ¿por qué mantuvo oculta la enfermedad de su mujer?
—¿De dónde sacan esas patrañas? Jamás lo ocultó y cualquiera que quiso preguntarle, educadamente y con respeto, supo por su boca que ella sufría una enfermedad grave y que se la trataba en una clínica especializada. Lo que no iba a pregonar por ahí era que estaba más sonada que unas maracas, entre otras cosas para proteger a su hijo y evitar que fueran diciéndole por ahí que su madre era una perturbada. Los niños son muy crueles, eso ya se sabe.
—Pudo haberla cuidado en casa, ¿no cree? Si tenía dinero para mantener un servicio formado por una cocinera, un ama de llaves, cuatro guardaespaldas y dos asistentas, seguro que también le daba para una enfermera.
—No me ha escuchado lo que he dicho: estaba completamente desequilibrada, la tenían que calmar con sedantes capaces de dormir a un caballo, porque era peligrosa para ella misma y para los demás. Si la hubiesen dejado suelta, podría haberle hecho algo a su hijo, al que al parecer no quería, y esto último, que callé demasiado tiempo, ahora ya se lo pueden hacer saber al tiralevitas que les paga. En resumen, que la señora no regía, ¿les queda claro? Esa criatura estaba como una regadera.
—Aun así, González Uribe educó a su hijo en la creencia de que su madre lo había abandonado y se fue con otro hombre. ¿Por qué hizo eso?
—Miren, yo soy yo y nadie más, no puedo hablar en nombre de otro, pero me cuesta creer que le dijera que se había ido con ese mequetrefe americano. ¿Les sorprende que conozca la historia? Ya se lo dije antes, para don Santiago yo era como un hijo y lo que no le contaba a nadie más, tenía la confianza de hablarlo conmigo.
—Entonces, si lo que le dijo a Diego Raúl es que su madre estaba en el hospital, ¿con qué argumentos justificó que no pudiese ir a visitarla? Al fin y al cabo, ya no era un niño, sino un universitario que venía de estudiar en Estados Unidos.
Cruz se lo pensó un instante, con la cautela de quien repite un testimonio preparado y se quiere asegurar de no apartarse del guion ni caer en contradicciones.
—A mí que me registren —gruñó, para ganar tiempo o quizá para escaparse por la tangente—. ¿Por qué no le contesta a eso él mismo?
—Él nos paga y hace preguntas; usted cobra y las responde.
Guardó una vez más silencio, pero era fácil imaginar que vacilaba y ya sabemos lo que pasa nueve de cada diez veces cuando alguien tiene que elegir entre sus principios y sus ambiciones.
—Han pasado muchos años desde entonces y mi memoria ya no es la misma —dijo, y se frotó las manos, con energía, igual que si mentir le diese frío.
—Pero solo unos quince minutos desde que le hemos dado ese cheque a su nombre que lleva en el bolsillo, a cambio de información.
—Pues qué sé yo lo que le contaría don Santiago a su hijo; probablemente le daría la versión que daba a todo el mundo; o sea, que a su mujer la tenían ingresada en una clínica del extranjero donde podían hacerle pruebas y darle una medicación que en España no se conocían. Sí, ahora que lo recuerdo, eso es lo que hizo, me lo contó en una ocasión.
Para nosotros, que ya sabíamos lo que le había contado González Uribe a su hijo, resultaba evidente que aquel truhan no decía la verdad; pero tampoco nos interesaba hacerle ver que lo sabíamos. Era mejor poner sus dudas de nuestra parte, que no estuviera seguro del terreno que pisaba, sin saber hasta dónde llegar ni hasta dónde lo habíamos hecho nosotros por nuestra cuenta, porque así, tarde o temprano, iría demasiado lejos. La avaricia lo guiaba como a un sonámbulo hacia el otro cincuenta por ciento de la cantidad que estaba escrita en el talón de banco que llevaba en el bolsillo y era consciente de que algo nos iba a tener que dar si quería echarle el guante.
—Continúe.
—Ya les he contado lo que sé y creo que vale lo que me han ofrecido. ¿Qué más quieren? —dijo, y se cruzó de brazos, atrincherándose.
A esas alturas del interrogatorio, en su voz ya había una nota suplicante. Solo quería que nos fuéramos, dejando antes en su mano la otra mitad de la recompensa. No era más que un pobre diablo que un día se sintió temido y formó parte de una victoria que había acabado en derrota, porque así es como la gente de su clase entendía el regreso de la democracia.
—Para empezar, conteste a estas dos cuestiones: hasta cuándo estuvo Caridad Santafé en el Hospital del Santo Ángel de la Guarda y dónde la trasladaron al cerrarlo.
Cruz nos lanzó una mirada de furia, pero ya era postiza, de compromiso; después suspiró, también de cara a la galería, y puso la mano a la altura del corazón, de forma instintiva, porque ahí estaba el bolsillo donde había guardado el cheque de Diego Raúl González.
—La sacó, mes arriba, mes abajo, sobre un año antes de que echaran el candado.
—¿Adónde la llevaron? ¿Quién lo hizo?
—Si lo supiese, palabra que se lo diría, ¿a quién le puede importar ya todo esto? Pero el caso es que no lo sé a ciencia cierta, porque no nos encargamos nosotros, fue en ambulancia. Creo que a un sitio de playa, el aire del mar era beneficioso para ella, según tengo entendido.
—Tendrá que ser más concreto, señor Cruz: España tiene casi ocho mil kilómetros de costa.
—Lo repito, ni yo ni el resto del personal al servicio de los González Uribe estuvimos involucrados en el desplazamiento. Por alguna frase suelta que le oí al teléfono a don Santiago, sé que barajaba como opciones las zonas de Málaga y Alicante. Sitios con buen clima, ya sabe, calor, yodo y salitre. ¿Se dan cuenta? Quería lo mejor para su esposa, sin reparar en gastos —dijo, haciendo un ademán eucarístico.
—Así que antes de eso, mientras estuvo en el Santo Ángel de la Guarda, ustedes se encargaban de la intendencia, subían a Navacerrada a liquidar los recibos y demás. ¿Y él? ¿Iba a visitarla regularmente?
—Puede que lo hiciera, eso ni lo confirmo ni lo desmiento —respondió, a lo zorro.
—¿No lo habrían sabido?
—Por supuesto que no. Pero ni eso, ni otras muchas cosas. Nosotros hacíamos lo que se nos mandaba, como en cualquier trabajo, y a partir de ahí, cada uno en su casa y Dios en la de todos. Y a él ni le gustaba dar explicaciones, ni tenía por qué hacerlo. Cuando quería, éramos su sombra; y cuando no, se subía a uno de sus coches y carretera y manta. «Podéis tomaros la tarde libre», decía, y aquí paz y después gloria. Ya supondrán que don Santiago tenía una intimidad y los demás también.
—Usted debió de servirle muy a su gusto, y tener con él una relación más estrecha que el resto, para que le dejara en herencia una casa y una asignación económica de por vida. Era mucho más que un empleado.
—Lo era en primer lugar y sobre todo. Yo siempre he sabido cuál era mi sitio y nunca me ha gustado sacar los pies del tiesto con quienes no se lo merecían. Pero como hay Dios que más de una vez don Santiago me llegó a decir que le hubiera gustado tener un hijo como yo.
—¿Sabe si Caridad Santafé está viva?
—No disparaten. ¿Cómo va a estarlo? ¿Se creen que era Matusalén, ese judío que vivió novecientos sesenta y nueve años?
—Por el momento, eso es todo.
—¿Y el segundo cheque?
—Comprobaremos lo que nos ha dicho, y si eso nos conduce a su tumba o a ella, lo recibirá inmediatamente.
Nos pusimos en pie y salimos de allí sin despedirnos más que con una sucinta y más bien antipática inclinación de cabeza. Pero cuando nos habíamos alejado unos metros, nos silbó, quién sabe si para ofendernos o porque no daba más de sí.
—¡Camarada Santiago González Uribe: presente! —dijo, cuadrándose para hacernos el saludo fascista. Y después de chocar los talones de sus botas tipo militar, cambió el gesto sulfurado por una mueca que quería parecer una sonrisa y añadió, levantando su tercer vaso de anís—: ¡Ríanse, coño, que es una broma!
No siempre estoy de acuerdo con Calderón de la Barca en que el «delito mayor / del hombre es haber nacido». Pero con alguna gente, es imposible llevarle la contraria.