Todo lo carga el diablo

Benjamín Prado · Capítulo 20 de 40

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Todo lo carga el diablo

Capítulo 20

Capítulo veinte

 

 

—Esto deja muy claro el tipo de persona que era mi padre —dijo Diego Raúl González, tras contarle de viva voz el episodio que acaban de leer—. No hay muchos que sean capaces de pelear así por la mujer y el país que quieren.

—¿Y usted aprueba el método utilizado para conseguirlos a los dos?

Esa pregunta la hizo Isabel Escandón, que me había acompañado a la nueva cita con él por dos motivos: el menos importante era que ya se conocían, porque su antiguo jefe, Martín Duque, y él habían compartido algunos negocios o tenido cierta relación financiera, lo que hizo que la recibiese con gran cordialidad; la segunda razón era que tenía derecho a estar allí, después de haberme ayudado muchísimo en mi investigación y haber tenido algunas de las ideas que nos pusieron en la pista de lo que podríamos llamar la segunda Caridad Santafé, que es la que se fue difuminando tras casarse en Madrid con Santiago González Uribe, en octubre de 1939 y en la iglesia de San Jerónimo el Real, con don Arturo oficiando como padrino, aunque fuera aún convaleciente de sus heridas físicas y mentales, que a los más de trescientos invitados a la ceremonia religiosa y el banquete en el hotel Ritz se les dijo que habían sido causadas por los rojos, en una de sus checas. Había llegado el turno de retocar las biografías y adaptar el pasado a las exigencias de los nuevos tiempos, en un país dividido por el régimen en ángeles y demonios, patriotas y desafectos, donde todo el mundo se afanaba en presentarse como héroe o mártir en aquella sociedad que aspiraba a la épica, en unos casos para disimular su vulgaridad y su sinrazón y en otros para esconder su miedo o tratar de redimirse. Así que el prestigio lo daban dos cosas: haber matado o haber estado a punto de morir. Muchos exageraban o mentían y el resto los delataba o era una tumba, según el caso. La gente se vuelve muy silenciosa cuando tiene mucho que callar.

Entre los asistentes a la celebración, por parte de la novia, se encontraban Ernestina Maenza y Enrique Herreros, Aurora Villa, que estaba a punto de acabar su carrera de Medicina —Caridad nunca terminó la suya de Química —, la bibliotecaria Enriqueta Martín y Clara Stauffer, pero no Margot Moles, cuya presencia vetó Santiago, con el argumento de que no podían sentarla a una mesa en la que tal vez hubiese alguna viuda cuyo esposo hubieran asesinado Manuel Pina «o cualquier otro de esos rufianes del Batallón Alpino». Ella la echaría mucho de menos, igual que a su hermana Lucinda y a varias profesoras suyas que se habían exiliado, entre ellas María de Maeztu y María Goyri, o a Carmen Gómez Escolar, que al concluir la guerra se retiró a Lorca, Murcia, donde fundó unos laboratorios farmacéuticos y vivió hasta su defunción, a los ciento dos años.

A Santiago le gustaba presumir del historial olímpico de su hermosa mujer y contar, siempre que podía, de qué forma peregrinó tras ella «de estadio en estadio, hasta ganármela, porque yo no me visto y salgo de casa si no es para volver con el oro al cuello», de la misma manera que a partir entonces alardearía de que lo había dejado todo por él y para dedicarse a su familia. Así que hubo algunos otros deportistas en la lista de comensales, entre ellos dos campeones de España de esquí de fondo que habían estado en Garmisch-Partenkirchen, Tomás Velasco y Enrique Millán Alarcón, a quien conocían los dos contrayentes, ella de la experiencia compartida en aquellos Juegos de Invierno y por la relación de ambos con el Club Peñalara, y él porque era un buen cliente suyo, dado que tenía una botica en el barrio de Chamberí donde el Calmante Plural y otros productos de la marca González y Uribe se vendían en grandes cantidades.

Y como no podía ser menos, no faltaron muchos de los grandes apellidos del ámbito empresarial, cuyas conversaciones del momento se centraban en encontrar qué venderle a una población arruinada después de tres años de lucha y escasez; ni algunos nombres propios de la Falange y la Sección Femenina, entre los que se contaba Mercedes Sanz-Bachiller, viuda de Onésimo Redondo y creadora del Auxilio Social, a quien habían reservado un lugar de honor, a la derecha de doña Triana y don Arturo, en la mesa presidencial, engalanada con claveles rojos y amarillos. En su parlamento, a los postres, Santiago quiso homenajearles a ella y a su compañero de armas, y dio una versión adulterada de la muerte del líder nacionalsindicalista, según la cual no se metió por su propio pie en la boca del lobo, sino que combatió heroicamente al mando de su escuadra, contra un enemigo que les doblaba en número de efectivos, al que causó bajas considerables y por el que fue abatido tras agotar su munición, «no sin antes lanzar a las alturas, como se lanza una paloma, y con su último aliento, un desgarrador arriba España, que en los majestuosos salones del hotel Ritz fue coreado por los presentes con entusiasmo», tal y como se contaba al día siguiente en los ecos de sociedad de los periódicos.

Todos ellos quedaron impresionados tanto por la belleza frágil que irradiaba Caridad Santafé, cuidadosamente envuelta en su traje de novia de seda, tules y gasas blancas, como por las lágrimas que caían de sus ojos mientras iba hacia el altar, que fueron atribuidas a la emoción porque la otra alternativa, la de la tristeza, era inconcebible en una muchacha que mediante aquel enlace se unía a una de las mayores fortunas del país. Muchas la contemplarían con envidia, seguras de que no se podía tener más suerte, y ninguna de ellas habría leído, o si lo hizo no compartiría sus puntos de vista, a la propia María de Maeztu, que tantas veces alertó del peligro de renunciar a una formación que pudiera ayudar a la población femenina a conseguir un trabajo y valerse por sí misma, porque si no era así solo le quedaban dos opciones, «casarse o someterse a una explotación miserable» para conseguir «una independencia que es la peor de las esclavitudes», de modo que «puestas a elegir entre la sumisión al patrón o al marido, las mujeres prefieren la última». No sabemos si Caridad Santafé, dadas las circunstancias, hubiera estado de acuerdo con esa afirmación.

—¿Qué método? Yo no veo ningún método ni estrategia en su conducta —respondió Diego Raúl González, sorprendido por la actitud de Isabel, a quien consideraba una de los suyos, una de esas sirenas que nadan entre los tiburones del mar del dinero, y que, sin embargo, de pronto le parecía otra persona, alguien que, por algún motivo que a él se le escapaba, hubiera cambiado no ya de bando o de opinión, sino de mentalidad.

—¿No cree que el hecho de que la mandara seguir y tuviese en su mesa aquella documentación sobre su padre y Thomas Sexton, y hasta algún golpe de efecto como el de sacar la caja de pasteles de La Duquesita, demuestran claramente que actuaba según un patrón establecido de antemano? —le respondió.

—Se lo repito, lo único que veo es a una persona generosa, que le perdonó a mi madre el desaire de haberlo despreciado y la hizo su esposa.

—No lo despreció en absoluto, tiene que entenderlo, es solo que no estaba enamorada de él, ni tenía que corresponderle por obligación —contestó Isabel, y yo me tuve que acordar sin más remedio de la pastora Marcela, el personaje del Quijote que se presenta ante quienes la critican por no haber correspondido al amor del poeta Grisóstomo y la acusan durante su funeral de empujarlo al suicidio: «Yo nací libre, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza? No me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito».

—Peor me lo pone, entonces —dijo González Santafé—, porque eso significa que no se casó con él sino con su apellido, o sea, únicamente por su dinero y su posición.

—La obligó a hacerlo.

—¿Por qué? Era un joven inteligente, guapo y rico, un soltero de oro que debía de tener una pretendiente en cada casa de Madrid. ¿Qué interés podía tener en la hija de un tendero con antecedentes?

—Hay personas que son seres humanos —dijo Isabel, como quien lanza un golpe al hígado—, gente que tiene deseos más fuertes que ella, que no se para a pensar si lo que quiere le conviene.

—Un idealista, en resumidas cuentas. Un romántico. Sí, eso es lo que yo también creo.

—No niego que fuera lo primero, a su modo; pero lo segundo es imposible: un romántico te conquista, no te intimida.

—Le dio a elegir, nada más, y eso después de que ella aceptara sus regalos y sus galanteos y tonteara con la idea de ser su mujer y convertirse en una dama.

—Ya era una dama, buena estudiante, buena deportista y buena persona. Y no se merecía sufrir de la manera en que lo hizo.

—Las buenas personas no engañan y abandonan a su familia.

—¿Me permitiría un consejo? No la convierta en la mala de la película; si quiere conocerla, saber quién fue de verdad, primero le tiene que quitar la máscara que le ha puesto. No la alcanzará mientras escapa de ella.

—Es una buena recomendación, la deberían seguir ustedes y quitarle a él ese disfraz de falangista con el que le han vestido.

—Lo fue.

—Defendió aquello en lo que creía.

—Y eso significaba respaldar un golpe de Estado y una dictadura.

—Haría lo que fuese y cometería errores en unos tiempos en los que nadie era un santo. Pero les aseguro que de puertas para adentro fue un padre ejemplar y un buen marido, que se lo dio todo a alguien que, en cuanto pudo y encontró con quién y cómo, lo traicionó. Alguien a quien tengan por seguro que él adoraba y que, por su parte, nunca nos quiso a ninguno de los dos.

—No la quería, la ambicionaba. Por eso, lo que le hizo no fue una propuesta de matrimonio, sino un chantaje.

—Yerran ustedes el tiro, de nuevo. Mi padre siempre intentó mantener a flote aquella pareja. Entre otras cosas, porque era un hombre orgulloso y nunca hubiera admitido su error al elegirla.

—Con todo el cariño, Diego, ni a las mujeres se las elige como si fueran objetos en un escaparate, ni el orgullo es una «cosa», sino un defecto moral.

Él sonrió, se notaba a la legua que le caía simpática y que en el pasado habría contraído con ella alguna deuda que le obligaba a ser permisivo, a tener manga ancha.

—Mire, Isabel, el orgullo puede ser bueno o malo, pero la humildad es siempre falsa. Y no es uno de los siete pecados capitales, como la pereza. Si mi familia levantó un imperio fue porque tuvo la ambición de hacerlo y la seguridad de que lo podía hacer, y sobre todo porque trabajó de sol a sol para conseguirlo. Pero ustedes no han venido aquí a hablar de filosofía ni de religión.

—Es cierto —intervine yo, por primera vez—, estamos aquí para contarle su verdadera historia.

—Para eso lo contraté.

—Entienda que puede haber cosas que no le guste descubrir.

—Si es por eso, no se preocupe, no tengo la piel fina, si hubiese sido así no habría sobrevivido en este mundo en el que me muevo —dijo, pero me pareció notar, por primera vez, un destello de inquietud en sus ojos.

—Es posible que deba alterar la imagen que tenía hasta ahora de sus padres.

—No se puede alterar lo que ya ha pasado. Y yo sé perfectamente lo que ocurrió, porque resulta que estaba allí: su divina Caridad Santafé dejó en la estacada a su hijo y a un esposo que nunca hubiera roto el vínculo que los unía y que, de acuerdo con su fe y su sentido del honor, era sagrado.

—Hay gente que solo busca su media naranja para tener alguien a quien exprimir —dijo Isabel.

La miró con aire condescendiente, igual que quien se arma de paciencia para explicarle algo a quien no parece muy capaz de entenderlo.

—Señorita Escandón, me agrada su inteligencia, su eficacia y su modo de ser, hasta el punto de que aquí y ahora le ofrezco formar parte de nuestro equipo; si está en el mercado, aquí tiene un puesto de responsabilidad esperándola. Pero, ya que hablábamos de defectos y virtudes, hay una que valoro por encima de cualquier otra, en mis colaboradores.

—¿La lealtad?

—Que no me hagan perder el tiempo —dijo, dando unos golpes en su reloj de pulsera—. Así que les pido que vayan al grano, que es lo que no han hecho desde que entraron por esa puerta. Si se andaban con pies de plomo con el fin de no ofenderme o alterar la visión que tengo de mis progenitores, no se preocupen: nada de lo que ustedes puedan decirme cambiará el hecho de que ella se fue y él siguió aquí, al pie del cañón, encargándose de mí y trabajando para que jamás me faltase de nada.

—No —dijo Isabel—, tiene usted razón, eso no cambiará, pero todo lo demás sí.

Y entonces fue cuando le contamos el resto de la historia.