Todo lo carga el diablo
Capítulo 28
Capítulo veintiocho
—Y ahí es donde se pierde su pista.
—Tal cual. Nadie la volvió a ver, ni viva ni muerta. Y esto último es interesante, porque, como bien sabes, ni siquiera hemos encontrado su partida de defunción, algo que resulta muy extraño.
—Es inexplicable y muy sospechoso.
—Y cuando, en lugar de acudir a un registro oficial, hemos ido a uno oficioso —repasé, con el propósito de poner en orden nuestras ideas—, sucede otro tanto de lo mismo, porque tenemos localizadas y fotografiadas, por ejemplo, las esquelas de Margot Moles y Ernestina Maenza, pero la suya jamás fue publicada, en ningún diario.
—Y si consultas enciclopedias, anuarios o crónicas deportivas —continuó Isabel Escandón, tomando el relevo—, descubres que de ellas dos también constan, antes que nada y como es preceptivo, las fechas de su nacimiento y su muerte, pero que en su caso la segunda no figura.
—«Se la ha tragado la tierra / para guardarla de mí», dice Calderón de la Barca.
—¿Crees que la mataron e hicieron desaparecer el cuerpo? Sin duda, a esa gente y en aquella época sanguinaria tampoco le sería muy difícil lograrlo. Total, solo hubiera sido un crimen más que añadir a otros muchos que habían cometido ellos y los suyos antes, durante y después de la Guerra Civil, y que pudo quedar igual de impune.
—Es una posibilidad, desde luego.
—¿Y su hijo no quiere saber dónde está?
—Claro que sí, por eso me ha contratado. Él cree, sin duda, que está enterrada en algún lugar de Estados Unidos.
—Pero tú no, ¿verdad? Ni eso ni que acabaran con ella nada más producirse el episodio de Rota; que la tirasen al mar con un ancla de barco al cuello, como a San Clemente, o la arrojaran a una fosa hecha en un paraje remoto, quizá en cualquiera de los cementerios furtivos que ya conocían los Leones de Rota por haber cavado decenas de tumbas en ellos veinte años antes.
—No, no pienso que ocurriera de esa manera.
—Lo sé, porque has escrito que a Santiago la muerte de su esposa le parecía muy poco castigo para quien le había sido infiel y, en su opinión, le había traicionado.
—A ver, enfoquémoslo desde otra perspectiva: Thomas Sexton sobrevivió, eso es un hecho. Se fue a su país y allí se convertiría en una eminencia; hay varios monográficos dedicados a sus descubrimientos; su nombre se cita en libros divulgativos, ensayos, tesis… Y si lo buscas en la red, verás que aparece, literalmente, en miles de artículos científicos.
—Lo sé —dijo Isabel Escandón—, he visto fotografías suyas dando conferencias por medio mundo, de Londres a Berlín y de Roma a Tokio, aunque jamás en España, que no volvería a pisar, y recibiendo homenajes académicos en las universidades de Harvard, Yale, Princeton, Columbia y Stanford. En sus diez últimos años ya era una celebridad, sus teorías crearon escuela y fueron debatidas en congresos internacionales, celebrados en Boston, en su Nueva York o en Chicago. Su nombre sonó insistentemente como candidato al Premio Nobel. Y existe en Baltimore, Maryland, una prestigiosa beca Thomas Sexton Lowell para estudiantes de Ingeniería Química, Analítica y Medioambiental.
—Así que puede decirse que lo tuvo siempre todo, menos lo que más quería.
—Sí que lo tuvo, dos veces, y ambas se lo quitaron los mismos.
—La pregunta es: ¿por qué no hizo nada? ¿Por qué no puso una denuncia, fue a la policía o, no sé, trató de involucrar a su embajada en la búsqueda de Caridad Santafé, algo que hubiera pesado en el ánimo de las autoridades, en aquellos tiempos en los que la consigna del régimen era tener entre algodones a los norteamericanos? Si lo piensas dos veces, no tiene ninguna lógica.
—¿Te refieres a que se rinda, se vaya y, simplemente, la olvide?
—Claro, porque, en mi opinión, ese modo de actuar resulta inverosímil, salvo que se tratara de un sinvergüenza, y me parece que ni tú, ni yo, ni nadie pueda creer en serio que lo fuese.
—En lo que a mí se refiere, desde luego, estoy segura de que era un idealista, no un arribista. Pondría la mano en el fuego por él y no me quemaría.
—Entonces, ¿por qué iba a comportarse de una manera tan cobarde o tan egoísta? Reencuentra al amor de tu vida, al que lleva quince años echando de menos; por fin están juntos, él es libre y ella tiene, aunque sea con dificultades y sabiendo que deberá pagar su precio, la oportunidad de liberarse de sus ataduras y marcharse a un país donde, además, ya está su hijo; así que planean una fuga que, de hecho, por primera vez tienen al alcance de la mano, cuando, de pronto, los matones enviados por Santiago González Uribe los sorprenden en la cama, en aquella pensión de Rota, se la llevan a ella a punta de pistola ¿y resulta que él se lava las manos, hace su equipaje, regresa a Estados Unidos, donde continúa tranquilamente con su vida, y no mueve un dedo para salvarla?
—Ya veo por dónde vas: lo que crees es que si actuó así fue porque dentro de lo malo no era lo peor. Que lo amenazaron con asesinarla y hacer desaparecer el cuerpo, si abría la boca.
—Es la única explicación posible.
—Pero entonces, si no estaba muerta, ¿dónde estaba?
—Ese es el misterio que debemos resolver.
Efectivamente, Caridad Santafé parecía haberse desvanecido o, por no salir del campo de la física y la química, haber experimentado un proceso de sublimación y así pasar del estado sólido al líquido, como si en vez de una persona real hubiera sido una estatua de hielo. Isabel y yo la buscamos por todas partes, ella iba de aquí para allá el día entero y yo, lo que me permitía el horario escolar; consultamos hemerotecas y archivos, tanto digitales como analógicos; accedimos, cuando fue posible, a libros de registro y bases de datos de hospitales y centros penitenciarios femeninos; repasamos listas necrológicas, catastros, índices de difuntos, relaciones de pasajeros de las compañías aéreas que volaban a América y registros oficiales de las inhumaciones producidas en los cementerios de Madrid y Rota desde mediados de los años cincuenta. Pero sus apellidos no aparecían por ninguna parte. Nuestras expectativas eran cada vez más reducidas, porque seguíamos sin saber qué fue de ella y además nos estábamos quedando sin sitios donde buscarla. Y, por otra parte, llegados a ese extremo ya no podíamos contar con la ayuda de Diego Raúl González, al que no le iba a gustar el retrato de su padre que había sacado a la luz nuestra investigación, que ya estaba claro que tendría como destino esta novela y no la biografía a la carta que él me encargó. O no solo eso. Ya se me ocurriría alguna forma de sortear la cláusula de confidencialidad que había firmado. Tal vez, de entrada, les cambiase el nombre a algunos de los protagonistas. Pero, antes de nada, teníamos que llegar hasta el fondo de aquel enigma y completar la historia.
—Al final la encontraremos, seguro —decía Isabel, que nunca se rinde—. En alguna parte habrá una lápida con una copa de Higía, que es el símbolo de los farmacéuticos, esculpida en ella, con su cáliz y su serpiente enroscada. Esto es como localizar una cuenta opaca en un paraíso fiscal, y te aseguro que yo eso lo hice un millón de veces, por muy lejos que se hubieran llevado el dinero y muchas empresas-pantalla y sociedades interpuestas que hubiesen utilizado para lavarlo, con la certeza de que podía estar en Hong Kong o en Singapur, en las islas Vírgenes, las Bahamas o las Caimán, pero lo que no podía era no estar en ninguna parte.
—Bueno, Cela recuperó en los años sesenta un fragmento del cráneo del Cid que había recorrido media Europa; es el que se expone en la Real Academia de la Historia, en Madrid —dije, para ponerme a su altura y demostrar que, si hacía falta, yo también sabía lucirme—. Me llevó a verlo una amiga arqueóloga. Me contó que sus restos no pararon de dar vueltas durante cuatro siglos, que Napoleón los robó en los años de la guerra de la Independencia y que hay fragmentos de su esqueleto en Francia, Polonia, Rusia, Alemania, Polonia, la República Checa…
—¿Lo ves? Si un premio nobel pudo hacerlo, tú también serás capaz — bromeó.
—Preferiría escribir La colmena o La familia de Pascual Duarte a ir por ahí desenterrando huesos, la verdad. En fin, extraviar ataúdes es una vieja tradición española, tampoco sabemos dónde acabaron Quevedo, Lope de Vega y Calderón de la Barca o si realmente son Cervantes y su esposa quienes están bajo el pavimento de la plaza de Ramales.
—¿Y si está viva? —dijo, con uno de sus habituales giros, hecho de cuatro palabras que cambiaban de golpe la temperatura de la conversación igual que cambia la del cuerpo al saltar desde un trampolín al agua fría.
—¿Caridad Santafé? Ya lo he pensado y no sería imposible, nació en 1913, así que ahora tendría ciento seis años. Pero no parece tampoco muy verosímil. Aunque Santiago la hubiese tenido encerrada y llena de cadenas en una torre, como al personaje de una novela gótica, ¿qué pasó al morir él, de eso hace ya veinte años?
—Por cierto, también vas a tener que preguntarle a su hijo por el asunto de la poliomielitis, y tampoco va a gustarle.
—No sé, no creo que le vaya a descubrir nada que no sepa, ¿no crees?
—Bueno, hay personas que después de tres décadas de matrimonio descubren que llevan tanto juntos que ya no se conocerán nunca.
—Sí, sí, qué horror —dije, celebrando su ocurrencia—. De cualquier forma, como heredero y propietario de su empresa, ya debe de saber que allí ni todo ni todos eran trigo limpio. Y el asunto de las vacunas tuvo que llegar a sus oídos.
—No sé qué decirte, recuerda que Santiago era aquel que se callaba igual en las salas de torturas que en las de reuniones, para que los detenidos confesaran y los hombres de negocios doblasen sus ofertas, así que debía de ser un individuo astuto, cauteloso y muy taimado, de esos que cuando te cruzas con ellos en una escalera se detienen, para que no sepas si la suben o la bajan.
—Pues entonces habrá que abrirle los ojos. Mi madre solía decir que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos —respondí, y ese refrán provocó en ella una sonrisa caleidoscópica. Le gustaban las expresiones populares, decía que le recordaban a su familia y que eran «como volver al mundo después de haber sido abducida por los marcianos». No hacía falta ser ufólogo ni creer en platillos volantes para saber que decía la verdad: tanto los despachos de los rascacielos por los que ella se movía como sus habitantes tienen algo de extraterrestres. Me sujetó la cara con las dos manos, me besó y aquello también era como tirarse al mar o a una piscina desde las alturas y durante unos segundos abarcar todas las especies, ser una sucesión de mamífero, ave y pez que camina, vuela, nada y al regresar a la superficie ya no es exactamente el mismo, al menos hasta que el agua se seca.
—¿Sabes? Lo que resulta de verdad imposible es no quererte —dijo, y a continuación volvió a dar un nuevo salto mortal—. ¡Te propongo que nos repartamos las tareas! Tú escribes lo que pasó con Santiago González Uribe y yo sigo a Caridad Santafé. No puede haberse volatilizado.
—No estés tan segura, en esos tiempos hubo miles de crímenes sin esclarecer o que ni siquiera llegaron a perseguirse y mucho menos a ser juzgados. Y ahora mismo, sin ir más lejos, desde que se empezaron a contabilizar en el año 2010, en España hay más de trece mil desapariciones sin resolver.
—Pues esta no va a ser otra de ellas —sentenció—. Ya te lo avisé: soy una chica con una voluntad de hierro.
—Ya sé que nunca te rindes. Y tú sabes que yo tampoco —respondí, acariciándole con dos dedos la cara. Su rostro se ensombreció un instante, al captar la indirecta, pero luego se volvió a iluminar.
—Además —dijo, radiante—, se me ha ocurrido un nuevo lugar donde ir a buscarla.
Y el caso es que, después de tantas falsas alarmas, y pistas que no conducían a ninguna parte, resultó que ese era el lugar correcto.