Todo lo carga el diablo
Capítulo 30
Capítulo treinta
Algunas horas pasan más que otras. Y a veces ni tan siquiera eso, sino que dan la impresión de congelarse, de planear con una lentitud de aves carroñeras sobre estos seres dejados de la mano de Dios. Los observo una vez más, sentados a las mesas del comedor, las miradas como espejos rotos. Parecen figuras secundarias de un grupo escultórico o un cuadro, esos personajes anónimos que claman al cielo, sostienen banderas y se arrodillan junto a la cruz del mártir o el caballo del héroe y que no están ahí por sí mismos, ni porque le importen absolutamente a nadie, sino para representar la fe, el miedo o la sumisión. ¿Qué hago en este lugar, por qué se ha permitido que me traigan aquí? ¿Adónde ha ido a parar mi vida? A veces me recuerdo, pasa por mi mente una ráfaga de la mujer que fui y que ahora me parece una extraña, alguien imposible. Me sorprendo al ver caer algunas lágrimas en la crema entre amarilla y verde que nos sirven cada noche. Un día lloré de felicidad sobre nuestro Libro de Familia, ¿acaso no te acuerdas? Pude haber tenido un mal presentimiento entonces, al contemplar cómo nuestras firmas hechas de tinta azul se disolvían y regresaban a lo no escrito. O también pude escuchar a las mujeres más experimentadas, las que me advertían que todos los hombres son el mismo, un ser opresivo, depredador. Pero no fue así, porque la felicidad es arrogante y es una forma de ceguera. Creí que nos bañábamos, pero era un naufragio.
Me gustaría huir por estos pasillos, con su geometría de cárcel blanca y su frialdad de quirófano, a la cabeza de un pelotón de rebeldes, enarbolando la bandera de la desesperación. Podría buscar a un médico aquí dentro, o un abogado fuera, pero sería inútil. Sé que nadie me iba a escuchar. A los locos se les niega la palabra, no se les presta oídos porque se da por hecho que lo que dicen no va a significar nada, que pertenece al territorio de la incoherencia, del delirio. ¡Pero tú sabes que yo no lo estoy! ¡Por favor, me he equivocado, pero debes perdonarme! ¡Te lo suplico!
Aquí no hay doctores, intentan aparentar que lo son, con sus batas y sus estetoscopios, pero en realidad son carceleros, verdugos y jueces que se saltan la ley de Dios y la de los hombres, que nos condenan a esta muerte en vida con sus diagnósticos falsos: «Esquizofrenia, carácter irascible, manía persecutoria, temperamento depresivo, lascivia, fondo paranoide…». ¡Tú sabes que nada de eso es verdad!
Santiago, no puedes hacerme esto, tenerme en esta cárcel donde me maltratan y me ofenden: ¡a mí, a la madre de tu hijo! ¿O te has creído algo de ese lenguaje clínico que no es más que un subterfugio pensado para legitimar lo intolerable? O quizá sea una simple broma, seguro que les divierte llamar «hidroterapia» a las duchas de agua fría con que nos torturan si somos díscolos; o «sala de meditación» a la celda de aislamiento donde encierran a los reincidentes. No son quienes dicen, ni neurólogos, ni psiquiatras, ni ninguna otra cosa: son el mal con forma humana. Lo supe desde el primer instante, el día del ingreso, al observar sus sonrisas de cínicos venideros, de traidores por anticipado, su forma de expresarse y dictar sus sentencias como si no tuvieran nada que ver con lo que estaban diciendo ni con lo que te hacían. ¡Sácame de aquí, por Dios! Me trajiste engañada, diciéndome que venía a una clínica, a curarme los golpes que me diste… ¡No te los reprocho, hiciste lo justo, me merecía cada bofetada, cada latigazo! Pero ahora debes tener clemencia, por nuestro hijo, por nosotros. Soy tu esposa y estoy en un psiquiátrico, sin ninguna razón para ello. En un hospital se está ingresado; en un manicomio, recluido.
Aquí no eres nada o eres alguien sin dimensión humana, un ser de otro mundo, vigilado por unos profesionales que se llaman «alienistas». Tendrías que ver mi cuarto, ya que hasta ahora jamás has venido a visitarme, seguro que así te conmueve mi suplicio. Las paredes son de un azul en fuga, inconsistente; la lámpara, un foco de una sola bombilla, pegado al techo, inalcanzable sin una escalera; el único mobiliario de que dispongo lo forman la cama y un aparador que por la noche cruje lo mismo que un barco en un muelle. No hay cortinas, lámparas, marcos con fotografías, un teléfono… No están permitidos los cables, los objetos de cristal, nada con lo que pudiera hacerme daño a mí misma o causárselo a otros. Y en eso tienen razón, porque a menudo pienso en acabar de una vez, en tomar el atajo del suicidio. «Amor, Dolor, Fracaso y Muerte, / yo nunca os temí. / No tengo miedo de la suerte, / tengo miedo de mí», dice uno de los poemas que no te gustaba que leyera y que fue uno de los argumentos que usaste para encerrarme en este infierno, me lo dijo el sacerdote que formaba parte del comité que juzgó mi «salud mental y espiritual», recitando con ira más y más afilada según el inquisidor crecía dentro del religioso, lo que se consideró un ataque al sacramento del matrimonio, «ni sumisión ni mansedumbre, / no soporto lo inicuo de mi yugo, / soy río, soy volcán, soy muchedumbre, / ni tolero cadenas ni verdugo»; o lo que llevó a su presidente a culparme de «atesorar una naturaleza violenta», de «constituir una amenaza latente» para quienes me rodean y de «poseer sentimientos criminales» que «deben ser erradicados a la mayor urgencia». Luego citó otros versos: «Mi corazón, congestionado, estalla… / y una roja visión me va exaltando… / ¡Si he de morir, Señor, que sea matando, / como muere el soldado en la batalla!». Que el libro al que pertenecen esos versos escandalizase a la opinión pública en su momento y que al final hubiera sido retirado de la circulación, según se rumoreaba, por orden del cónyuge de la autora, que lo encontró ofensivo e inmoral, tampoco me ayudó mucho. ¡Te puedes creer semejante mascarada! ¿Este es el país que tú querías y por el que tanto luchaste?
Todo esto es una farsa y me pregunto si a ti también te habrán engañado. Después de haber sido evaluada por aquel tribunal, todo fue muy rápido, se sucedieron el «periodo de observación y prueba», el parte facultativo que me consideraba «emocionalmente desequilibrada», el certificado del juez de instrucción y el expediente de incapacidad.
Perdóname la mala letra, te escribo con una tiza de cera negra, tampoco nos dejan utilizar plumas estilográficas, bolígrafos o lapiceros, nada que se pueda usar eventualmente como arma; pero nos animan a escribir «con fines terapéuticos» y bajo la estricta supervisión de los responsables del sanatorio. ¡Ten piedad, te lo suplico! Por lo que más quieras, por nuestro Diego Raúl… Ven a buscarme, ¡sácame de aquí! Haré lo que me pidas, aceptaré cualquier penitencia que tú me impongas, pero pon fin a este calvario. ¿No te dan vergüenza a ti mismo los cargos en mi contra? «Conducta desviada, lascivia, toxicomanía…». Y me han amenazado, me dicen que los informes facultativos dictaminan que «ni los fármacos convencionales administrados hasta la fecha, entre ellos neurolépticos como el haloperidol y antipsicóticos como la clorpromazina; ni los tratamientos de insulinoterapia y electrochoque», a los que he sido sometida brutalmente, «muestran en modo alguno resultados satisfactorios, abriendo de esta forma la opción de proceder a una leucotomía». ¿Pero tú sabes lo que es eso? ¿Lo vas a permitir? ¡Me convertiré en un alma en pena, en un cuerpo vacío! Sabes que yo aprendí a quererte, que no empezamos bien, resbalamos en la línea de salida, pero luego todo cambió, ¿no te acuerdas? Sé que te he decepcionado, estaba dolida contigo, pero ¡te pido perdón de rodillas! Seré tu criada, firmaré lo que me pongas delante, me harás lo que quieras, siempre que lo desees… ¡Por favor, por favor, por favor!
—Y entonces —dijo Isabel Escandón—, la pobre Caridad Santafé puso su firma en esa carta, la metió en un sobre sin cerrar, como mandaba el reglamento, y se lo entregó a una de las religiosas que trabajaban en la institución. A partir de ahí, esta se la daría al jefe del archivo y él, tras fecharla, sellarla y añadirle el número de historial clínico de la interesada, la guardaría en una caja, con todas las demás. Nunca iba a salir de ahí. Nunca llegaría a ninguna parte.
Así que eso era lo que había ocurrido: Santiago González Uribe recluyó a su mujer en una casa de dementes, tal y como se las llamaba en aquella época. Tendría que haber considerado esa posibilidad, no solo porque era algo frecuente en la posguerra, como yo sabía muy bien por una investigación anterior —la que necesité para documentar mi novela Mala gente que camina —, en la que aprendí que los hospitales psiquiátricos se utilizaban para cometer atrocidades como, por ejemplo, la de someter a los homosexuales a sesiones de electrochoque.
Pero desde el siglo XIX, como sabrá cualquiera que haya leído La desheredada de Benito Pérez Galdós, esos lugares que eran, como él dice, «juntamente hospital y presidio» se usaban también como centros de internamiento arbitrario, cárceles privadas al servicio, entre otras muchas cosas, de maridos que encerraban a la mujer que les había sido infiel o de la que simplemente se habían cansado; o de gente sin escrúpulos que se libraba por ese medio de un familiar con quien tenía alguna disputa o del que quería heredar antes de tiempo. Bastaba con hacer una generosa donación a la junta directiva del establecimiento, para que la víctima fuera llevada allí engañada o con una camisa de fuerza, se la narcotizara y se la guardara a buen recaudo, en una especie de limbo sin salida del que solo podían liberarla los mismos que la habían entregado. Y todo eso, lógicamente, fue a más con la caída del país en las redes de la dictadura, que es un sistema en el que hay ley, pero no justicia.
Isabel había dado con esa pista mientras saltaba de una cosa a otra y gracias a un libro en el que se reproducían cartas nunca franqueadas de los pacientes de un sanatorio mental de Leganés, en Madrid —el mismo en el que sitúa parte de la acción de su libro Galdós—, que en muchas de ellas denunciaban estar allí sin sufrir ninguna patología que lo justificara. No todos dirían la verdad, pero sí algunos, y tanto los primeros como los segundos estaban desesperados. Las súplicas de Caridad Santafé, con sus contradicciones y sus piruetas emocionales, son una buena muestra de que cualquier persona en su sano juicio haría lo que fuera con tal de escapar de uno de aquellos inframundos.
Pero además es que, con su experiencia de torturador, González Uribe había sido sofisticado en su venganza, al confinar a su esposa en el Hospital del Santo Ángel de la Guarda, en Navacerrada, es decir, en el sitio donde más le iba a doler estar recluida, porque desde las ventanas enrejadas de su cuarto vería caer la nieve y salir el sol sobre su añorada sierra de Guadarrama y su cautiverio le parecería aún peor al compararlo con la felicidad que sintió durante su juventud en aquellas montañas.
El edificio donde se encontraba había sido construido en 1941 por el Patronato Nacional Antituberculoso, dependiente del Ministerio de Sanidad, junto con otros centros repartidos por toda España, siempre en emplazamientos aislados, para hacer frente a las pandemias que asolaban el país y detener el contagio, entre otras, de la poliomielitis, que era la razón por la que Santiago conocía perfectamente aquel sanatorio, que al principio trató a víctimas de la tisis o la lepra y con el tiempo funcionaría exclusivamente como psiquiátrico. Algunas pruebas necesarias para elaborar su vacuna se habían realizado con internos del centro.
Cuando Isabel tuvo la intuición de explorar ese territorio, ya casi no nos quedaba más remedio que dar a Caridad Santafé por desaparecida. Ya sabíamos que no se fue a Estados Unidos y eso hacía aún más raro que no existieran su acta de defunción ni dato alguno sobre su entierro en España, donde la habíamos buscado tumba a tumba. El Hospital del Santo Ángel de la Guarda cerró en 1995; desde entonces permanece abandonado y es objeto de toda clase de leyendas que hablan de rituales satánicos, psicofonías y voces del más allá que graban en sus aparatos los buscadores de fenómenos paranormales; mujeres vestidas de blanco que corren por los pabellones en ruinas «buscando su propia persona», como escribe Galdós en su novela, y espíritus que se dejan oír de noche: niñas que lloran, seres que aúllan… La pregunta es: si en esa fecha Caridad seguía viva y continuaba allí, ¿donde la llevaron después?
La carta que han leído al comienzo de este capítulo es uno de los documentos que estaban guardados en el archivo del sanatorio de Navacerrada, que tras su clausura y después de un par de traslados provisionales fue a parar a unas dependencias remotas del Ministerio de Sanidad. En la caja que localizó Isabel había dos carpetas con informes clínicos, en los que se desaconsejaba una y otra vez darle el alta a la paciente, más correspondencia que, obviamente, jamás llegó a su destino y dos cuadernos con apuntes que formaban una especie de diario. Todo ello nos dio a conocer algunas de las cosas que ya se han contado en esta novela por anticipado, para favorecer la secuencia lógica del relato. Por cierto, que, en otra maniobra de despiste, ese material se le atribuía, tanto en los libros de registro como en el anaquel donde dormía el sueño de los justos, a «Merello, C. S»., sin duda para hacer aún más complicada su localización al desbaratar el orden alfabético de su nombre.
Pensé que, con ese sentido de la anticipación que caracteriza a los genios, Galdós definió en La desheredada lo que iba a sentir Caridad Santafé alrededor de noventa años más tarde, al verse en esas calderas de Pedro Botero que no le correspondían: «Cualquiera que despertara súbitamente a la razón y se encontrase […] entre aquella turba lastimosa de seres que solo tienen de humano la figura […] volvería seguramente a caer en la demencia. […] ¡Allí es donde el sano siente que su mente se hiela y que su espíritu se anonada […] observando cómo los locos refinan su locura con el mutuo ejemplo, perfeccionan sus manías, se adiestran en el arte horroroso de hacer lo contrario de lo que el buen sentido nos ordena!».
—Llegados a este punto —le dije a Isabel—, tal vez sea el momento de poner a Diego Raúl González al corriente de nuestros descubrimientos.
—Aún no —me contestó—. O al menos, no del todo. Nos queda ir a Nueva York y a Baltimore en busca de Thomas Sexton. Seguro que allí encontramos algunas respuestas. Conozco a gente de mi antigua vida que nos va a ayudar.
—¿Tú crees? Ya sabemos al noventa por cien que ella nunca fue allí.
—Por lo tanto, nos quedan por aclarar dos cosas: el otro diez y la razón de que a González Uribe le haya entrado tanta prisa, de repente, por conocer entera la historia de su madre. No podemos sepultarla sin haberla encontrado, hacer como esas familias de los soldados a los que se da por muertos en una guerra y para despedirse de ellos, celebran un funeral y entierran un ataúd vacío.
—Así que me sugieres que le ocultemos información a mi cliente — ironicé.
—No te preocupes por eso, él tampoco te lo ha contado todo. Hay que descubrir lo que se calla y por qué motivo; pero tratándose de alguien así, y sabes que yo, más por desgracia que por suerte, conozco bien a los de su clase, me apuesto cualquier cosa a que la palabra dinero formará parte de la respuesta.
Esta mujer es un hacha, porque resulta que volvía a tener razón.