Todo lo carga el diablo

Benjamín Prado · Capítulo 10 de 40

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Todo lo carga el diablo

Capítulo 10

Capítulo diez

 

Pensándolo bien, yo nunca antes había sido feliz, ni tenía la más remota idea de lo que era eso hasta que una mañana desperté junto a Isabel Escandón. Entre todas las cosas que nos pasan, las mejores son las que nos resulta increíble que nos estén pasando a nosotros. Y a mí aquella me lo parecía.

Llevábamos dos días viviendo juntos en mi casa y no habíamos parado de besarnos, de repetir que nos queríamos y de andar de aquí para allá de la mano. Pero nada más: cuando antes les dije que habíamos amanecido en mi cama, se me olvidó añadir que los dos estábamos vestidos. Ella no se sentía preparada aún para dar el siguiente paso y yo no tenía ningún derecho a exigírselo. Sería un mentiroso si no reconociera que me acordaba una y otra vez de la escena del Montevideo y de cómo al poner mi mano en su pecho me sentí igual que un árbol de navidad recién encendido. Pero una cosa no quitaba la otra, eso siempre lo he tenido claro: respeta lo que deseas, porque es la única forma de merecértelo.

—Necesito tiempo, mi amor, y también que me entiendas, que no te enfades ni te impacientes —me dijo. Y yo, por toda respuesta, me quité el reloj y se lo puse en la mano. Me encanta hacer esas cosas que solo se hacen en las novelas.

Algo le sucedía, pero no me dijo qué, si estaba relacionado con su época de secretaria de Martín Duque o había ocurrido, fuese lo que fuese, cuando estuvo en la cárcel. Tampoco pensé que tuviera nada que ver con nosotros dos, con los acontecimientos que habíamos vivido en el pasado: ahora estábamos juntos y ni ella ni yo íbamos a perder el tiempo en llorar sobre la leche derramada, como hubiese dicho mi madre.

Tendría paciencia: entendí que si las cosas iban demasiado rápido, nos dejarían atrás. Y puestos a esperarla, siempre era mejor hacerlo teniéndola al lado. Si tiraba de ella, se alejaría. «No te me acerques, hombre. Tú estás hecho / de carne y de deseo… / El aliento que sale de tu boca / abrasa y cuando besas, / me dejas en los labios una mancha», dice en uno de sus poemas su contemporánea, y rival suya y de Margot Moles en el lanzamiento de jabalina, Ana María Martínez Sagi. Pero ella era lesbiana, estaba perdidamente enamorada de la escritora Elisabeth Mulder y le escribió algunos poemas muy hermosos. ¿Lo sería también Isabel?

Lo cierto es que no sabía gran cosa de ella en general y absolutamente nada en ese territorio. En su momento, había sospechado que tuviese algo que ver con su jefe, Martín Duque, pero jamás me habló de eso, ni se refirió a cualquier otra relación antigua o nueva. «Mujer-esfinge, / misteriosa, enigmática, compleja, / abismo de inquietud, sima profunda» dice también Martínez Sagi.

Por supuesto, le había contado en qué trabajaba, aparte del instituto, en aquellos momentos, tal y como me pidió que hiciese, aunque dudé si hablarle de las raíces gaditanas de Caridad Santafé, porque no quería agitar dentro de ella ningún fantasma y el caso es que Rota era justo el lugar donde había comenzado la carrera empresarial de Martín Duque, cuando se hizo cargo de la inmobiliaria que había abierto allí su familia, y también su carrera delictiva. Yo había viajado a ese pueblo delicioso, enviado por ella, para recoger algunos testimonios, visitar la urbanización donde tuvieron su residencia de verano e investigar la forma en que creó e hizo florecer la empresa Cementos de la Bahía. Pero lo que descubrí acabó con ellos dos en la cárcel. Así que era un asunto embarazoso, pero había decidido no tener secretos para ella, apartar de nosotros las medias verdades, las ocultaciones y los sobrentendidos.

—De manera que, ya ves, en mí todos los caminos llevan a Rota… — bromeé, pero sin poder evitar bajar la mirada. En el periódico que tenía entre las manos, una noticia hablaba del asteroide Psyche 16, un objeto espacial que gira en la órbita de Marte y Júpiter, cargado de metales pesados, hierro, níquel, cobre y especialmente oro, cuyo valor se estimaba en setecientos quintillones de dólares, un dinero que convertiría en multimillonarios a todos los habitantes de la Tierra. Había empezado la batalla por dominar un nuevo mercado, el de la minería cósmica.

—Oye —dijo, a la vez que me hacía levantar la cabeza poniéndome un dedo en barbilla—, no te preocupes. Gracias por hacerlo, pero no es necesario. En lo que a mí respecta, es la primera vez en mi vida que oigo hablar de ese sitio y de cualquier otro. Ya te lo dije: borrón y cuenta nueva. Es más, te propongo algo: ¿qué te parece si nos vamos a pasar el fin de semana a la playa?

Fue dicho y hecho, lo organizó todo en una hora y esa misma noche, a las diez y media y con un tiempo primaveral, aterrizamos en el aeropuerto de Jerez de la Frontera. La Luna brillaba en el cielo y desde allí embrujaba las salinas, las olas y los versos de los poetas. Los astrónomos dicen que oculta bajo su superficie unos tentadores yacimientos de platino.

 

El 14 de abril de 1931, mientras Caridad Santafé iba con gran parte del claustro y las internas de la Residencia de Señoritas a manifestarse a la Puerta del Sol, en su Rota natal la proclamación de la Segunda República sorprendió a los escritores María Teresa León y Rafael Alberti disfrutando de unos días de vacaciones. El autor de Sobre los ángeles y Marinero en tierra cuenta en sus memorias, La arboleda perdida, que oyeron la música estridente de La Marsellesa, que salía de algún balcón, tocada por un gramófono, y al ir a enterarse de lo que pasaba, vieron la bandera tricolor ondear en el ayuntamiento.

Pero la verdad es que allí las cosas no eran tan sencillas. Al convocarse las elecciones, los caciques locales, entre los que se encontraban los grandes propietarios agrícolas, pusieron en marcha una campaña de acoso a sus jornaleros y un sistema para amañar la votación, que entre otras artimañas eliminó del censo, sin ningún motivo, a una gran cantidad de personas de izquierdas: el resultado fue que todos los concejales que salieron, increíblemente, eran monárquicos. El fraude, sin embargo, era tan palpable que no les sirvió para mantenerse en el poder, puesto que se impugnó el resultado y la corporación fue disuelta. Los conservadores, al final y tras ofrecer una fuerte resistencia, se vieron obligados a entregar la alcaldía a la comisión gestora que había nombrado el Gobierno Civil de Cádiz. Inmediatamente, se convocaron otros comicios para el 31 de mayo y se tomaron las medidas necesarias para que esta vez sí que fueran democráticos. No lo serían del todo, porque se impidió participar a las mujeres, que no podrían acudir a las urnas hasta 1933. Ganaron los republicanos, pero contra nadie, porque la derecha se negó a participar en el proceso, optando por la insumisión en la sombra, una trinchera desde la que se dedicaron a entorpecer de modo sistemático las reformas laborales que se dictaban desde el Congreso y el Senado. Hubo continuas protestas por ese motivo, y a algunos propietarios se les impusieron multas por no respetar la ley. La rabia crecía, las afrentas se acumulaban y los dos bandos estaban cada vez más distantes y más cerca del conflicto.

Lo primero que hizo el nuevo consistorio fue intentar sanear las cuentas, porque las arcas públicas habían sido esquilmadas y las encontraron vacías; buscar el modo de equipar el hospital, que estaba en muy malas condiciones, y constituir una Junta Local de Enseñanza que arreglase las instalaciones de los centros educativos, que eran una calamidad, estaban desvencijadas y eran insalubres, o les buscara otra ubicación, abriendo lo que la gente llamaba «escuelas de abril». Sin duda, era el único modo de luchar contra la tasa de analfabetismo de la población, que sobrepasaba el cincuenta por ciento. También se eliminaron cuotas, impuestos y tasas abusivas y se trató de regular el precio del pan, que no se correspondía en absoluto con el del trigo, una diferencia que servía, exclusivamente, para enriquecer a unos pocos y que el resto pasara hambre. Los campesinos, llamados mayetos, subsistían a duras penas, recolectando los productos que luego entregaban a los terratenientes y recibiendo en pago una mínima parte del género y una paga esquelética. Otros prestaban sus servicios en las bodegas de la zona y en alguna modesta fábrica de conservas. Los demás eran marineros, se dedicaban a faenar en la bahía o a la captura del atún en almadraba. Cuando esta última labor empezó a producir beneficios, surgieron los actos de sabotaje, culminados con un incendio que acabó con el almacén donde se guardaban las artes de pesca. Y a los labradores se les dejó en el paro, al negarse los dueños de varias fincas a sembrar en ellas los cultivos de temporada. En algunos casos, las autoridades les obligarían a hacerlo. En otros, no, y las sucesivas huelgas que llevaran a cabo los obreros tensaron aún más la situación. Algunos militantes anarquistas fueron detenidos y encarcelados.

La derecha clerical pasó al ataque, llevando a cabo provocaciones que tenían una gran capacidad simbólica, como sacar por la fuerza en procesión a la Virgen del Rosario, algo que la normativa prohibía, y hacerlo en pie de guerra, armados con palos, lanzando proclamas monárquicas y emprendiéndola a golpes contra todo enemigo ideológico con el que se cruzasen. No hubo consecuencias, porque el juez encargado del caso era un significado conservador. Poco a poco, el ambiente se enrarecía. Los patronos, agrupados junto a otras fuerzas vivas del pueblo en torno al partido tradicionalista, la CEDA, se reunían para conspirar en la farmacia, que estaba en una calle a la que se le había cambiado el nombre, quitando el de Alfonso XII para poner el de Fermín Galán. Su indignación crecía y las ganas de venganza también. Los partidarios de desalojar a sus enemigos sin contemplaciones y de tomar el poder por las armas se sintieron respaldados cuando el dramaturgo y poeta José María Pemán les llevó al fundador del grupo terrorista Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, para que les diese un discurso incendiario, en línea con su argumento favorito, la dialéctica de los puños y las pistolas. Les salió bien la jugada, porque las legislativas de 1933 las ganaron por un gran margen, ante un rival dividido y con un índice de abstención enorme, cercana a la mitad del electorado. Los sucesos revolucionarios de Asturias, en octubre de 1934, y la defenestración del poder municipal en toda España por parte del Gobierno del radical Alejandro Lerroux, terminaron de entregar la vara de mando en bandeja a las fuerzas reaccionarias, que de inmediato acometieron en la localidad una represión muy violenta contra sindicalistas y liberales, acusados de tramar una conjura para subvertir el orden constitucional. Las detenciones arbitrarias y las torturas en los calabozos de la policía se volvieron tan habituales como la impunidad de quienes les daban carta de naturaleza y las ejecutaban.

El padre de Caridad Santafé no era un hombre especialmente significado, no tenía ningún carnet de partido, desde luego, pero tampoco una mentalidad involucionista. Por ejemplo, no se contaba entre los que asistían a las reuniones insidiosas de los patronos en la botica, como sí hacían el médico, el cura y algunos de los tenderos más boyantes de la localidad. Él intentaba, siempre que le era posible, quedarse al margen de las disputas, pero también poseía un código ético, una pauta de conducta que mantuvo cuando algunos de los juramentados le dejaron caer que en la actual situación no convenía en modo alguno fiar el género a la clientela. «No puede ser que algunos los mandemos al paro, los dejemos con una mano delante y otra detrás, para que escarmienten y cuando se los coma el hambre se den a razones, y luego otros les saquéis las castañas del fuego, prestándoles comida». Pero él lo siguió haciendo, no tenía corazón para negarle unas legumbres o un poco de leche a una madre que tenía cuatro bocas que alimentar o unas hortalizas y un par de latas a un vecino honrado al que conocía de toda la vida.

En las cartas que le mandó a su hija a partir de 1935 se mostraba muy preocupado por «la temperatura que están adquiriendo las cosas» y le advertía que bajo ningún concepto se le ocurriese ir a Rota, donde «las aguas bajan turbias», el clima era «de enfrentamiento total» y los partidarios de cada facción detestaban «con auténtica saña» a los de la otra. «Aquí todo son camarillas», le contaba, «y si no estás con ellos estás contra ellos». Después se refería al mitin de Falange Española: «Además, desde que vino a echar leña al fuego el hijo de Primo de Rivera, a muchos se les ha metido en la sangre un odio de clase sórdido, concienzudo…». El final era también muy poco tranquilizador: «Como nosotros no pertenecemos a ningún clan, pues estamos en tierra de nadie, igual no corremos peligro o sí y por partida doble…».

Ella pensó que era muy aprensivo, según su costumbre, un fatalista en toda regla, y que desde Cádiz, tan al sur de todo, no se daba cuenta de lo bien que lo hacía la República, lo satisfecha que estaba la gente y la velocidad con que avanzaba el país. «Tienes razón», le escribiría en su próxima respuesta, «no tengo que bajar yo a casa, ¡debéis subir a Madrid vosotros! Así verás lo bien que van las cosas, el optimismo que hay en el ambiente y lo impensable que resulta creer que algo o algunos puedan hacer que volvamos atrás. ¡Esto ya no hay quien lo pare!». Y en la posdata, añadía: «A lo mejor, incluso, dentro de poco hasta os doy una sorpresa muy agradable. ¡No te asustes, que te conozco! Ni penséis nada raro, mamá o tú, ¿de acuerdo? Es un asunto meramente profesional, solo eso. ¿Estás intrigado? ¿A que sí? Pues así te dejo… ¡Os adoro!».

Se refería, claro está, a la oferta de Santiago González Uribe, que seguía valorando y que, de hecho, la había partido en dos: una que consideraba indigno aceptar nada de alguien que le producía una desconfianza absoluta y otra que no veía ningún problema en visitar sus laboratorios, acompañada de una amiga o una profesora de la Residencia de Señoritas, tal vez la propia Enriqueta Martín, la jefa de la biblioteca, que era quien se lo había presentado. La joven titubeaba, no se ponía de acuerdo consigo misma; era igual que tener dos pulsos, uno en cada muñeca, de dos personas diferentes, y la segunda de ellas, se recreó por anticipado en el orgullo que sentirían sus padres si les contaba que iba a ser una de las químicas que participase ni más ni menos que en la elaboración del famoso Calmante Plural de González y Uribe, una de las tabletas, por entonces, más consumidas en España. Las cajas de ese remedio para casi todo se vendían por miles; no había revista, periódico o emisora de radio en la que no se anunciasen; los médicos se lo recetaban a siete de cada diez pacientes que acudían a su consulta y, en resumen, su presencia en la sociedad española de aquel tiempo era tan continua, tan abrumadora, que realmente costaba mucho imaginar un botiquín doméstico en el que faltase. Sus efectos benéficos y reconstituyentes estaban tan fuera de duda que incluso había quienes lo tomaban de forma preventiva, con el café del desayuno, para sentirse mejor a lo largo de la jornada.

Mientras Caridad hacía elucubraciones, su pretendiente también aguardaba con ilusión aquel encuentro. Tenía que admitir que no se había encaprichado de ella, tal y como pensó al verla por primera vez en el campo del Unión Sporting, sino mucho más que eso: le atraía de un modo perturbador, contumaz, que le empujaba una y otra vez a presenciar sus entrenamientos, sus partidos; y tras el encuentro forzado en la Residencia de Estudiantes, cuando pudo al fin intercambiar unas frases con ella y hasta oler su colonia, que él hubiese cambiado por un buen perfume pero que en su piel le pareció una fragancia embriagadora, se había jurado que sería suya. No le parecía adecuado que las mujeres practicasen ciertos deportes que las abocaban a exhibirse de un modo en su opinión indecoroso, y estaba claro que su esposa no lo haría; pero, de momento, debía reconocer que verla a ella en la cancha, jugando al baloncesto o con la jabalina en las manos, le provocaba una fascinación irresistible, un deseo candente. Y a fuerza de ser sincero, tampoco consideraba muy femenino ser tan lista, tener conocimientos que igualasen los del hombre y que de alguna forma, al hacer gala de ellos, lo ridiculizaran. «Tener clase es ser presumida, no presuntuosa», era uno de los principios categóricos de su madre, que para él era un sistema de medida, un faro de la elegancia.

En su casa, en el vestidor de su alcoba, frente a un armario ropero con las puertas abiertas de par en par, Santiago González Uribe escrutaba sus trajes, intentando decidir el más adecuado para su cita con Caridad Santafé. Estaban cortados a medida y los había de todos los colores y estampados, a rayas, lisos, de pata de gallo, hechos en tonos azules, grises, marrones y uno negro para las ocasiones en que se requería el luto. A la derecha, colgaba también el imponente uniforme azul de la Falange, con el yugo y las flechas rojas bordados en la guerrera.