Todo lo carga el diablo
Capítulo 15
Capítulo quince
La década de los treinta había sido gloriosa para Margot Moles, que se mantuvo a la cabeza de las deportistas españolas, con Aurora Villa como única rival capaz de hacerle sombra, y logró un notable reconocimiento internacional que la llevaría a ser la única mujer de nuestro país invitada a los Juegos Universitarios de Turín, en los que desfiló con sus compañeros ante más de setenta mil espectadores, en primera línea y frente a las autoridades de la Italia fascista de Mussolini, aunque ni ella ni el resto de la delegación consintieron en hacer el saludo romano como las de Alemania, Hungría, Finlandia y, sorprendentemente, Francia. Otro viaje memorable fue el que hizo a Portugal, donde consiguió batir, en un mitin celebrado en Lisboa, su récord nacional de lanzamiento de disco con una marca que no se iba a superar en nuestro país hasta mediados de los años sesenta.
Además, era la capitana del equipo de hockey femenino Athletic de Madrid y dominaba las pistas de esquí como líder indiscutible del Club Alpino Peñalara. Su mito se agrandaba y los homenajes se sucedían con un rosario de banquetes y recepciones; se publicaban docenas de artículos sobre ella y su foto estaba cada dos por tres en los principales diarios y revistas ilustradas, en algunas ocasiones no ya para hablar de sus hazañas, sino de su vida privada, algo que solo pasa con las celebridades: en un reportaje aparecido en As, por ejemplo, hacía algunas confesiones sobre su matrimonio y se dejaba fotografiar en el desempeño de algunas tareas domésticas o alimentando a las gallinas en el jardín de su casa; y en Campeón salieron unas imágenes en las que se la veía en su domicilio, con su marido y sus padres, de tiendas con Lucinda y paseando por el centro de Madrid con Ernestina Maenza y Caridad Santafé.
En lo profesional tampoco podía tener queja, pues había sido contratada como profesora de Educación Física en el Instituto-Escuela, en sustitución de Lucinda, cuando su hermana estuvo de viaje docente por Estados Unidos. Y por si eso no bastara, también se había matriculado en la facultad de Derecho, a la que asistía por las tardes, siempre que le era posible, pilotando su famosa motocicleta.
Su figura, que irradiaba alegría, fuerza y optimismo, era emblemática de la mujer liberal de aquellos días, que defendía sus derechos con convicción, reclamaba las mismas oportunidades que tuvieran los hombres y, por lo general, comulgaba con los preceptos republicanos. Y no era una excepción: su compañera Aurora Villa, por ejemplo, aunque más adelante se integraría en la nueva sociedad totalitaria y sería tolerada, más o menos a regañadientes, por sus jerarcas, entonces defendía igual que ella «la implantación de algo tan sensato como el divorcio» y se declaraba seguidora «hasta el tuétano» del presidente Manuel Azaña, «que ha sabido interpretar el deseo del pueblo español de hacer desaparecer un régimen absurdo y represor». Su hermana Lucinda, cuando regresase de su experiencia lectiva en el Wellestey College, en Massachusetts, nunca dejaría de predicar el feminismo o de asistir a mil y un actos reivindicativos con su amiga Luisa Carnés.
Todas ellas estaban implicadas, en mayor o menor grado, en la fundación del Club Femenino de Deportes de Madrid y varias avalaron la Olimpiada Popular que iba a celebrarse en Barcelona, en aquel mismo año de 1936, para boicotear los Juegos de Berlín y a Hitler, que los pensaba utilizar como altavoz propagandístico de su régimen sanguinario. Entre las firmantes del manifiesto que se lanzó para anunciar la puesta en marcha de esa iniciativa, se encontraba Caridad Santafé. Pero ni esos ni otros proyectos saldrían adelante, los golpistas lo iban a impedir a balazos para demostrar que la historia se repite porque a veces ganan unos y a veces otros, pero siempre pierden los mismos.
La familia Moles en pleno estaba ese verano, una vez más, en Asturias, en el campamento escolar del Instituto-Escuela, ajena al drama inminente que se avecinaba. En cuanto les llegó la mala noticia del alzamiento del 18 de julio, regresaron precipitadamente a Madrid, llenos de incertidumbre, angustia y lealtad al Gobierno legítimo. A través de un país que ya no era el del viaje de ida, tomado ahora por coches atestados de banderas y gente armada, y con el tableteo intermitente de los disparos como siniestra música de fondo, ellos y sus alumnas consiguieron llegar sanos y salvos a casa. Pero esa sería la última vez que la suerte iba a estar de su lado.
Para Enrique Herreros y Ernestina Maenza, la insurrección también fue una sorpresa, hasta el punto de que, mientras los soldados dejaban sus cuarteles para tomar las calles, una y otro estaban disfrutando tranquilamente de unos días de reposo, él en Cabrales, Asturias, escalando el Naranjo de Bulnes, y ella en el albergue de la Fuenfría, en la sierra de Guadarrama, donde se refugiaba cada vez más a menudo «para recuperarse de las últimas secuelas de su lesión en Garmisch-Partenkirchen», según decían ambos a quienes les preguntasen, aunque esa explicación sonaba a disculpa: el matrimonio cada vez pasaba más tiempo separado. Habían aprendido a tolerarse, nada más, y se habían convertido en una de esas parejas que de tanto limar sus diferencias se vuelven romas. Ya ni siquiera tenían lo que les sacó del atolladero en el pasado, una de esas relaciones fatales en que sus dos víctimas se odian por no poder dejar de quererse, porque mientras hubo pasión saltaron por encima de las diferencias insalvables que los separaban, incluso sobre las primeras traiciones, pero al extinguirse ya no hubo salida: el amor puede nacer en cualquier parte y siempre muere en la cama.
Sin embargo, de momento aún eran una familia, y cuando el 17 de julio llegaron a los Picos de Europa las noticias de que la sedición ya era más que inminente, Enrique se subió a su automóvil Adler y condujo toda la noche hasta llegar al refugio de montaña donde estaban su mujer y su hijo, para regresar con ellos a Madrid, donde llegaron al amanecer del día siguiente. Desde los mismos balcones del piso de sus padres en la calle San Bernardo, a los que se asomaron para ver la proclamación de la República cinco años antes, ahora veían camiones llenos de milicianos, y cuando él logró ponerse en contacto con sus compañeros de Unión Radio, le dieron informaciones terribles: el ejército de África ya cruzaba a la península, con tropas moras de apoyo, y mucho más cerca, en el Cuartel de la Montaña, al final del paseo de Rosales, se libraba una batalla campal entre las fuerzas del orden, civiles armados y los rebeldes que pretendían establecer en aquel punto un foco de resistencia.
Los acontecimientos se sucedían, a menudo negándose unos a otros, y las informaciones eran contradictorias, pero siempre terribles: fusilamientos, violaciones, juicios sumarísimos, torturas, cadáveres abandonados en cunetas o al pie de las tapias de los cementerios… Cuando se atrevió a salir al exterior y a pasar por la emisora y las oficinas de Filmófono, le hicieron saber que varios sindicalistas habían ido a incautarse del edificio. Poco después supo que todos los coches del garaje en el que estacionaba el suyo habían sido requisados para llevárselos al Alto de los Leones y usarlos como vehículos de transporte.
Los ruidos de los tiros se oían claramente por toda la ciudad, y poco después acertarían en el blanco, cuando se supo que el socio de Enrique en la agencia de publicidad, Carlos Escrivá, una tarde había sido insultado y zarandeado por un grupo de anarquistas de la CNT en la glorieta de Bilbao, por el simple motivo de verlo de traje y corbata, y poco después, en noviembre, cuando fue a preguntar por su hermano a una checa donde supo que estaba bajo arresto, él también fue detenido y ambos paseados. Los dos cuerpos aparecieron en el arcén de la carretera de Valencia. La tristeza del humorista fue demoledora y su miedo también: en febrero había votado a la derecha, igual que su esposa, y muchos amigos de diferentes mentalidades lo sabían, porque lo comentó tranquilamente con ellos. Una mañana, al amanecer, los golpes destemplados de una patrulla sonaron en su puerta y fue conducido «para prestar declaración» a una comisaría de la calle de Fomento, donde lo peor no fue el interrogatorio al que fue sometido, sino enterarse de que la denuncia contra él la habían puesto algunos de sus compañeros del Club Peñalara, que en su mayoría eran republicanos convencidos y en muchos casos se habían alistado en el Batallón Alpino. Fue un golpe terrible, del que aseguraba no haberse repuesto jamás, y que tuvo una amarga confirmación cuando a él y a Ernestina les notificaron su fulminante expulsión de aquella sociedad de escaladores que habían ayudado a fundar. Nunca lo hubieran podido suponer, pero así es como nos ocurren las cosas, a nuestras espaldas: todo lo que crece lo hace en silencio, y el odio también. Esa espina se le quedó clavada, a una profundidad que hacía inconcebible su carácter divertido y siempre bromista. La procesión iba por dentro, habría dicho mi madre, y es verdad, la alegría también puede ser una máscara que consigue que los otros solo vean el resplandor, no cómo nos quemamos.
Sobrecogidos por el modo en que la muerte parecía ir cercándolos, Enrique, Ernestina y su hijo tuvieron la idea de refugiarse en la embajada de Perú, en la calle del Príncipe de Vergara, donde fueron admitidos gracias a la intervención de un amigo diplomático. Pero la inmunidad de la legación no fue respetada y un grupo armado la tomó por la fuerza. Herreros fue acusado de simpatizar con los fascistas y conducido sucesivamente a un calabozo del paseo de la Castellana, luego a un convento en la ronda de Atocha, más tarde a la iglesia de San Antón y de ahí a la Cárcel Modelo de Valencia. A su hijo lo metieron en un autobús, mientras sujetaban a Ernestina, según él mismo escribiría mucho después con la intención de «llevarlo a algún puerto del norte y embarcarlo para la Unión Soviética», pero a sus diez años logró tirarse en marcha, escapar de sus captores e ir a refugiarse a casa de sus abuelos. Allí lo fue a buscar su madre, y con él corrió a otra embajada, la de Gran Bretaña, donde se identificó como atleta olímpica y pidió por lo más sagrado que los sacasen de Madrid. Logró su objetivo: los trasladaron en autocar a la misma Valencia en la que su marido estaba preso, desde ahí fueron en un barco mercante a Marsella y a continuación a Irún en tren. En busca de una escapatoria y desafiando el peligro que representaban las calles infestadas de francotiradores y los controles instalados en las carreteras, Ernestina fue a Bilbao al saber que allí estaban algunos de los colegas de Herreros en Filmófono, para suplicarles que le entregaran cada mes la paga de su marido y así poder vivir con ese dinero, porque de lo contrario debería recurrir a la caridad. Una vez asegurado su sustento, regresó a San Sebastián, donde también estaban otros amigos como el humorista Tono y Miguel Mihura, que había llegado tras huir por carretera de Madrid y pasar por Albacete, Valencia y Toulouse. Maenza y su hijo pudieron instalarse cerca de la playa, donde permanecerían hasta el final de la guerra y donde ella conseguiría algunos ingresos extraordinarios haciendo crónicas de esquí para la revista deportiva Marca, que se había empezado a publicar en 1938. La alternativa se la dio uno de sus redactores, César García Agosti, mentor y compañero durante unos años de Aurora Villa, nadador, atleta, esquiador, jinete, montañero del Club Peñalara y amigo cada vez más cercano.
Mientras tanto, Enrique fue juzgado y puesto en libertad, porque tras escuchar sus explicaciones lo consideraron inofensivo o quizá, como él preferiría creer, lo dieron por loco. Arriesgándose de un modo temerario a ser detenido por segunda vez, fue a Madrid, se despidió de su padre, que morirá muy pronto, luego a Barcelona, donde sobrevivió trabajando de chófer, y de ahí, en una barca de pesca que no naufragó de milagro, a la costa francesa. En Port-Vendres, tomó un ferrocarril que lo llevase hasta la frontera, y nada más cruzarla se reencontró con los suyos. En el estado de exaltación que los envolvía tras haber superado los momentos más duros de su existencia, Ernestina y Enrique disfrutaron de sus últimos episodios de amor y complicidad.
El dibujante no tardó en encontrar un puesto remunerado en la publicación satírica La ametralladora, que editaba la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda para entretenimiento de los soldados, aunque muy pronto la leería casi todo el mundo, como demuestra el hecho de que llegara a sacar de la imprenta más de cien mil ejemplares de cada número. Estaba dirigida por el dramaturgo Miguel Mihura, se considera el germen de La codorniz y entre sus colaboradores más notables se encontraban viejos amigos como Tono y Edgar Neville. La intención de sus responsables era dar una visión más amable del drama que se vivía, y si por un lado eso podía resultar frívolo, por el otro ayudaba a relajar un poco la tensión. En una de las caricaturas situadas en la zona roja, un quintacolumnista va a casa de su novia y le dice a su futuro suegro: «Buenos días, venía a pedir el puño de su hija». En otros medios, los chistes eran despiadados, como en La voz de España, donde encontramos, por ejemplo, una viñeta en la que un falangista le pregunta a un moro: «¿Vosotros coméis cerdo?», y el soldado de Regulares le contesta: «No, pero los matamos, hoy ya llevo cinco de las Brigadas Internacionales».
En el otro bando, las cosas no serían tan divertidas y al acabar la contienda tampoco hubo piedad para el humor. Al director y al dibujante estrella de La traca, editada en Valencia desde 1884 y que llegó a vender más de medio millón de ejemplares, les harían un consejo de guerra, en junio de 1940, en el que fueron condenados a la pena capital. Se llamaban Vicent Miguel Carceller y Carlos Gómez Carrera y los fusilaron contra las tapias del cementerio de Paterna por haber publicado algunas viñetas en las que aparecía caricaturizado y travestido el jefe de los golpistas. La sentencia, dictada por un tribunal militar, los acusó de «dedicarse de la manera más baja, soez y grosera a insultar a las más altas personalidades representativas de la España Nacional» y a menoscabar «la dignidad de la Iglesia y los principios informantes del Glorioso Movimiento Salvador de Nuestra Patria, aprovechando la popularidad adquirida en años anteriores, en beneficio de la subversión marxista»; por todo lo cual se los condenaba a muerte «como autores del calificado delito de adhesión a la rebelión militar». También se allanaron sus estudios de pintura y se destruyó su obra.
Tras la persecución, la cárcel, la huida, el sufrimiento, la incertidumbre, el pánico…, la familia Herreros Maenza pudo subsistir, dentro de lo posible y dadas las circunstancias, con tranquilidad y cierto desahogo en San Sebastián, una ciudad que engalanaba los balcones neoclásicos de la plaza de Gipúzcoa con banderas nazis de la cruz gamada y en la que se congregaron tantos artistas, toreros y literatos nacionalsindicalistas escapados de la capital, que el escritor Agustín de Foxá la describió como «Madrid al borde del mar».
El 1 de abril de 1939, al acabar la guerra con el triunfo de los sediciosos, Enrique y Ernestina volvieron a casa para reanudar sus vidas, aunque fuera cada uno por su parte. Avanzaban moviéndose entre ruinas y cercados por los fantasmas de las y los amigos desaparecidos. A otros, en cualquier caso, les fue mucho, muchísimo peor.