Todo lo carga el diablo
Capítulo 26
Capítulo veintiséis
Hay golpes que hacen que algo se rompa en nuestro interior y casos en los que esa misma brecha ofrece una escapatoria. Y eso es lo que ocurrió con Caridad Santafé, que primero se sintió estremecida por lo que le había dicho Rosario Benítez en el bar Eugenio y después liberada, como los presos de una cárcel cuyas paredes derriba un terremoto. Descubrir que todo lo que pasó lo había tramado Santiago para obligarla a entregarse a él y que para salirse con la suya no dudó en hacer que detuvieran y encarcelaran a su padre, la llenó de ira y deseos de venganza; y reencontrar en ese preciso instante a Thomas Sexton le dio la oportunidad de llevarla a cabo.
Efectivamente, el ahora profesor de la Universidad de Maryland se había presentado voluntario al programa de educación a distancia para alumnos norteamericanos de la base de Rota, en parte porque recordaba su juventud en España con una gran melancolía y en parte con la esperanza de ponerse en contacto con ella. Nunca había podido sacársela de la cabeza, ni tampoco entender qué había sucedido, cómo era posible que le hubiese olvidado de aquella forma, mientras estaba en el frente, sin darle explicación alguna y además para casarse con un hombre que le disgustaba y al que temía. Es verdad que en su momento le permitió agasajarla e incluso hizo aquella fatídica visita a sus laboratorios, pero también que le envió una tarjeta disuasoria en la que le anunciaba su compromiso con él, y eso lo sabía porque hizo que la leyese, antes de hacérsela llegar a Santiago. Sin embargo, era igualmente cierto que no había recibido contestación a la carta que le escribió desde Valencia, justo antes de ser evacuado hacia su país; ni tampoco a otras mandadas desde Nueva York. Y, una vez en Baltimore, había recibido primero la humillante invitación a su boda y después una fotografía de estudio en la que el matrimonio posaba orgullosamente con su hijo Diego Raúl, firmada por sus dos progenitores. Todo aquello quería darle a entender, sin duda, que estaba felizmente casada y que se mantuviese lejos, que ni soñara acercarse a ella. Pero a pesar de las evidencias, siempre pensó que había algo raro en todo el asunto, un halo inverosímil y piezas que no encajaban. ¿Por qué insistía, por ejemplo, en castigarle, si él había sido el abandonado? ¿Cómo era posible que aquella criatura dulce y respetuosa, a quien había querido por su bondad y a la que pensaba conocer bien, se hubiera transformado de la noche a la mañana en un ser tan cambiante, ingrato y, sobre todo, tan cruel?
—¿Por qué, Thomas —dijo Caridad, en el bar Eugenio, nada más deshacer el abrazo que los unía—, por qué te fuiste así? ¿Qué te hice? ¿Había otra mujer, quizá una novia miliciana?
—¿Qué estás diciendo? —la cara de incredulidad con la que recibió la andanada de esas tres frases parecía auténtica— Tú fuiste quien me dejó. Para mí no existía nadie más que tú; cuando estuve en las trincheras hubo un momento en que solo luchaba por sobrevivir si pensaba en ti, en nosotros, en escapar de aquel infierno e ir a buscarte y que pudiéramos marcharnos juntos como habíamos soñado. Pero no respondiste a ninguna de mis cartas. Y te casaste con ese fascista… Discúlpame, no tengo derecho a hablar así de tu esposo.
—¿Cartas? Recibí una en la que me hablabas —aquí bajó la voz— de la batalla del Ebro. No hubo más, yo las esperaba, día tras día, pero nunca llegaron. Sufrí hasta casi perder el juicio, me torturaba sin cesar, completamente segura de que habías muerto o, en el mejor de los casos, estarías malherido en un hospital de campaña o en alguno al que te hubiesen evacuado, quién sabe de qué ciudad, y te imaginaba lleno de vendas, inconsciente o tal vez en coma, con las piernas amputadas. Después supe que te habías marchado a Estados Unidos.
—Tenían que haberte llegado. Las dirigí a la Residencia de Señoritas. Te pedía que te reunieses conmigo en Nueva York, te contaba que mi madre costeaba el pasaje.
Por la mente de Caridad Santafé pasó en una ráfaga la vida que podía haber tenido en Nueva York o en Baltimore con Thomas Sexton, su existencia en el país optimista y democrático del jazz, los rascacielos y los aviones supersónicos. Qué feliz hubiera sido en una nación que recibía en sus puertos como a una heroína a la nadadora Trudy Ederle, en lugar de quedarse en la que tenía confinada en su casa y sobreviviendo a duras penas a la gran Margot Moles.
Los dos estaban llorando, sus ojos eran como banderas mojadas. Pero él la observaba, al mismo tiempo, con serenidad, con entereza. Era una versión curtida de sí mismo, su carácter se había templado y su modo de hablar era menos inestable y más elocuente, como quien pasa de no saber nada de la vida a saber demasiado. También se le notaba que había perdido la costumbre de hablar español, y la falta de práctica exageraba su acento.
Caridad le contó que había «vuelto a casa» por la muerte de su padre y que la tarde anterior lo habían enterrado en un panteón que aún guardaba una tumba vacía para su hermano Fernando, caído en la guerra del Rif, cuyos huesos nunca pudo recuperar ni jamás dejó de intentar conseguir su padre, que había viajado tres veces a Nador tratando de lograr que se buscase la fosa de su hijo cavada al pie del puente sobre el río Kert, pero sin conseguir que las autoridades de Marruecos dieran permiso para llevar a cabo la exhumación. Thomas le dijo cuánto lo sentía y que recordaba perfectamente lo muchísimo que siempre quiso ella a don Arturo y doña Triana y lo agradecida que les estaba por el esfuerzo que hicieron al mandarla a estudiar a Madrid.
—Pero es que a él lo detuvieron y Santiago… los falangistas… Tengo tantas cosas que contarte… Pero aquí no podemos hablar —dijo Caridad, mirando a su alrededor—. Ahora sé que nos engañaron a los dos.
—Esta tarde, después del almuerzo, vendré otra vez al pueblo a dar un paseo, y seguro que tomaré un café en la venta La Costilla.
Cuando se despidieron, dándose formalmente la mano, pareció que una corriente eléctrica pasara de una a otro. Puedes separar a dos personas, pero no lo que las une, porque eso estará esperándolos, igual que un perro fiel que duerme sobre la lápida de su dueño perdido.
El hombre que vigilaba a Caridad Santafé por orden de Santiago González Uribe había pertenecido a los Leones de Rota, y por lo tanto contaba en su historial con una sucesión de crímenes entre los que se incluían verdaderas matanzas llevadas a cabo en la provincia de Cádiz: se sabe que su centuria tomó parte muy activa en el asesinato de más de trescientas personas en Jerez de la Frontera; más de cien en Trebujena y otras tantas en El Puerto de Santa María; ochenta y nueve en Sanlúcar de Barrameda; sesenta y siete en Benamahoma, Grazalema; cuarenta en la propia Rota; veinticinco en Chipiona… A las mujeres republicanas jóvenes las violaban antes de matarlas, a menudo obligando a mirar a sus padres cómo lo hacían por turnos y luego cómo las sacrificaban. Al líder que mandaba aquella jauría se le premió con una graduación militar, fue condecorado y propuesto para recibir la Cruz Laureada de San Fernando por su intervención en la conquista de Estepona, donde se cuenta que, después de recibir tres balazos, aún tuvo el coraje de fusilar a varios prisioneros antes de ponerse en manos de los cirujanos. Al final no le dieron esa medalla, porque hasta a los sediciosos les pareció indigno aquel ser que, aparte de todo lo demás, se enriquecía con los saqueos que él y sus hombres llevaban a cabo allá por donde pasaban y con las extorsiones que hacían a numerosos industriales, a quienes exigían grandes sumas de dinero a cambio de no pasarlos por las armas a ellos y a sus familias, como sospechosos de auxilio a la rebelión. Sin embargo, cuando fue abatido en el frente de Córdoba, la Delegación de Propaganda y Prensa de la Falange de Sevilla le hizo un homenaje donde, con la retórica característica del fascismo local, se le presentaba como «la encarnación auténtica del nacionalsindicalista; fiel expresión del concepto de hombre que deseó siempre nuestro fundador José Antonio Primo de Rivera; caballero de esta santa Cruzada con la que cabalgaste sin descanso, y en jornadas agotadoras, sobre la ilusión ardiente de tu noble corazón».
Al día siguiente de haber visto a Caridad y Thomas en el bar Eugenio y de haber telefoneado a Santiago a su hotel de Peoria, Illinois, aquel perro de presa que había puesto a seguir los pasos de su esposa caminaba por el centro de Rota con sus andares de pistolero y una mirada de desafío que les buscaba los ojos a todos aquellos con los que se cruzaba, por el placer de sentirse temido, cosa fácil dados sus antecedentes. Se sentía bien esa mañana, pletórico y de nuevo útil, como en los tiempos de sus brutales gestas en la retaguardia, que para él habían sido los más excitantes de su vida. En esos años se había sentido alguien, el héroe de una epopeya; después se tuvo que conformar con dedicarse al contrabando de plomo y cobre o al estraperlo de toda clase de productos —entre ellos alimentos y medicinas adulterados— y, cuando se juntaba con sus viejos camaradas de la Falange, a sentir nostalgia de aquella época y decepción por el giro que había dado el régimen y que, de hecho, convirtió a los camisas azules en elementos folclóricos de la dictadura, seres decorativos que brillaban en los desfiles y eran ensalzados ampulosamente en los discursos, pero que estaban alejados del poder real.
Se detuvo en la taberna Gloria, que es donde iba por las mañanas a desayunar; por las tardes prefería el Estrella o el Don Quijote y por las noches el club Rosaleda, donde pronto sería el rey durante una buena temporada, por obra y gracia del dinero que iba a pagarle Santiago González Uribe. Pidió que le sirviesen lo de costumbre, un café solo y un aguardiente que le enardeció con su llamarada líquida. También hojeó sin prisa un ejemplar de Marca, el periódico deportivo fundado en San Sebastián en 1938 donde había llegado a colaborar Ernestina Maenza, y comentó los resultados de su equipo con los camareros. Después volvió a salir y fumó un cigarrillo al sol, observando con un descaro que él creía propio de un galán de cine a las jóvenes que pasaban por allí y que, en algunos casos, al verlo se cambiaban de acera.
Al llegar a la altura del bar Estrella, se reunió con tres amigos que lo esperaban y volvió a tomar otra copa de alcohol y una cerveza. Se gastaron algunas bromas de circunstancias, para matar el tiempo, y hablaron de lo que todo el mundo: la base, los norteamericanos, la reciente llegada de un portaaviones y de varios submarinos, los rumores de que muy pronto llegaría a Rota el presidente de los Estados Unidos en persona. Si la razón de su viaje era reclutar voluntarios para luchar contra la Unión Soviética y el comunismo que se extendía por media Europa, tal y como se aseguraba en algunos mentideros políticos, él y otros dos de los presentes volverían a alistarse, porque ambos habían combatido ya en Rusia como soldados de la División Azul, y de hecho uno de ellos había conocido allí, en la ciudad de Nóvgorod, a su futura esposa, que era una de las mujeres de la Sección Femenina que se habían alistado como enfermeras del Cuerpo de Damas Auxiliares de Sanidad Militar. «Y esta vez, con la Casa Blanca y sus bombas atómicas de nuestra parte, ¡llegaremos hasta Moscú y reduciremos a cenizas el Kremlin!», corearon, a modo de brindis. Se referían al cambio de planes en su primera expedición, que tenía como objetivo el asalto a la capital desde los acuartelamientos de Smolensk, pero que finalmente los llevó a participar en el sitio de Leningrado. Quién sabe si allí coincidirían en algún momento con César García Agosti, el gran amigo de Margot Moles, que tras regresar a España sano y salvo en 1943 fue nombrado jefe de Deportes de la Obra Sindical de Educación y Descanso, pero abandonó el puesto a los dos años. A la mayor parte de sus compañeros de aventura les fue peor, en cualquier caso: más de cinco mil murieron en las estepas y cuando en 1954, tras la muerte se Stalin, se liberó a los que habían caído prisioneros y se los embarcó hacia España en un buque de la Cruz Roja, se les recibió apoteósicamente y fueron recompensados con un puesto de conserje en un ministerio o con una portería en algún inmueble habitado por militares. Algunos, que habían sido dados por muertos, se encontraron a su mujer casada con otro.
Pidieron una última ronda, chocaron sus vasos con la violencia justa para que no estallasen, los apuraron de un solo trago y a continuación reemprendieron su camino. Iban alegres, caminando a grandes zancadas y con esa seguridad que sienten las turbas cuando avanzan en grupo, vestidos con su uniforme de la Falange, que ya solo se ponían en algunas concentraciones o actos públicos, por ejemplo el Día de la Raza y el de la Victoria, o cuando algún ministro visitaba Cádiz, y acompasando su marcha con una sincronización marcial. Ataviados con esa indumentaria que daba la impresión de estimular por sí misma alguna zona aletargada de su naturaleza, y notándose mirados con una mezcla de curiosidad y temor por la gente con la que se cruzaban en las calles de Rota, llegaron a la puerta de la venta La Costilla, donde les esperaba un quinto camarada que, nada más verlos, les hizo un gesto: están arriba, en una de las habitaciones. Y los cinco, echando mano de sus pistolas, empezaron a subir con pasos sigilosos la escalera.