Todo lo carga el diablo
Capítulo 37
Capítulo treinta y siete
Tras la muerte del dictador, el régimen se desintegró a una velocidad insólita. En el vocabulario democrático de la nueva España la palabra mágica, la llave maestra que abría y cerraba todas las puertas era reconciliación, y con ella se justificaba todo, desde el perdón y el olvido hasta la impunidad. Sin embargo, el país también cambiaba muy rápido, ansioso por dejar atrás el horror, y pronto hubo las leyes, reglas y libertades propias de un Estado de derecho. ¿Cómo pudo seguir adelante con su secuestro Santiago González Uribe sin que nadie hiciera comprobaciones, identificase a Caridad Santafé y se verificara la necesidad de su estancia en el hospital de Navacerrada? Y cuando este cerró, ¿no se hizo tampoco ningún tipo de revisión? Su expediente había seguido un curso legal, algo que demuestra el hecho de que Isabel lo encontrase en unas dependencias del Ministerio de Sanidad. Seguramente el archivo se trasladó en bloque y no se estudió caso por caso, pero, aun así, ¿no era preceptivo dejar constancia de adónde iría a parar cada paciente? Y quedaban las dos preguntas centrales: si ella había muerto, ¿por qué no existía un acta de defunción? Y si estaba viva, ¿por qué no constaba en ese inventario oficial de las personas centenarias de nuestro país?
La respuesta a la última cuestión solo podía ser una: que habían cambiado su identidad; pero eso tampoco aseguraba que fuera necesariamente una de las cincuenta y cinco ancianas nacidas en 1913 que constaban en la lista que manejábamos, ni Apolonia Robledo Serna, que residía en Valladolid, ni Concepció Batlle Ferrer o María Tomasa Crespo García, que estaban en Sabadell y Villaralbo, Zamora; ni siquiera una de las más de quince mil personas centenarias que en aquel momento había en el país, de las que el ochenta por ciento eran mujeres, porque su marido y sus secuaces también podrían haber falseado su edad y que ahora, según su documentación, tuviese noventa y ocho o noventa y nueve años, por ejemplo. El resultado de esas dudas era que íbamos de un lado a otro pero sin salir del laberinto, como quien cruza el puente del Bósforo, en Turquía, que te lleva de Asia a Europa pero en cualquiera de los dos extremos sigues en Estambul. No teníamos más remedio que empezar por la opción más lógica y centrarnos en aquella lista de mujeres de ciento seis años. ¿Podría ser Caridad una de las que vivían en una residencia geriátrica? Seguramente, porque la mejor forma de esconder a alguien es entre otros que se le parezcan y dejarlo a la vista para que nadie lo vea.
Quizá lo más desasosegante era pensar que a todas esas incógnitas no habíamos podido responder ni nosotros ni los cazadores de fortunas profesionales que alertaron a Diego Raúl González de la herencia que Thomas Sexton le había dejado a su madre. Esa gente contaba a su favor con más de cien años de experiencia y tenía medios para buscar por todo el mundo patrimonios sin cobrar, plantillas en las que había detectives, historiadores, genealogistas y, naturalmente, abogados. Bastaba con leer en la prensa algunos de los casos que habían resuelto para darse cuenta de su eficacia, de la que podían dar fe miles de personas que un día recibieron la llamada que les comunicaba que eran propietarios de una mansión en la costa francesa que perteneció a un familiar huido a Orán y después a Argentina, dado por muerto y enterrado en una cuneta tras la Guerra Civil, y que se hizo de oro con un restaurante de comida típica del País Vasco que montó en el centro de Buenos Aires; o del dinero que obtuvo una pariente con la que no tenía relación pero de la que eran los únicos beneficiarios, gracias a un billete de lotería agraciado con un premio de varios millones de pesetas. Esas búsquedas habían tenido un final feliz, tras un minucioso rastreo que a veces se desplegaba por varios continentes. Sin embargo, a Caridad Santafé no la habían conseguido localizar ni siquiera ellos y a nosotros la esperanza de lograrlo estaba a punto de abandonarnos y perderse en la noche como un ladrón que se descuelga por la ventana de la casa en la que acaba de robar.
El tercer factor de aquella regla de tres no resuelta era el Estado, que también se lucra con cada uno de esos hallazgos, puesto que gracias al impuesto de sucesiones percibe una parte del capital llovido del cielo sobre un contribuyente, hasta el punto de haber establecido una recompensa del diez por ciento del total que se recaude para premiar a quienes descubren el legado oculto y dan aviso a Hacienda. Así que había mucha gente interesada en ponerle uno de los dos puntos posibles, el final o el seguido, a la historia de Caridad Santafé, y recibir su parte de la suculenta donación que haría viajar los dólares del eminente científico norteamericano desde Estados Unidos a España. Lo mismo que a la hora de resolver un crimen la diferencia entre el buen y el mal policía es que uno busca al culpable y el otro a quién culpar, en este caso unos querían hacer negocio y otros queríamos hacer justicia, pero con el mismo resultado: ninguno.
Sin embargo, lo que no se intenta es más difícil que lo imposible, y por eso seguimos adelante con nuestra tarea, hicimos llamadas y gestiones, enviamos mensajes y nos acercamos a entrevistar a quienes nos quedaban más cerca, en la Comunidad de Madrid. Hablamos con María Rodríguez, en Pozuelo de Alarcón; Julia García, en San Sebastián de los Reyes; Irene Paz Cadalso, en Alpedrete, e Isabel García Navalpotro, en la capital. También estuvimos con Librada Rubio, en Segovia; Régula de la Rubia Bustos, en Almuradiel, Ciudad Real, e Isabel Vicente, en Mozárbez, Salamanca. No sacamos nada en limpio, aparte de visitar el huerto de San Juan de la Cruz, pasear a la sombra del acueducto romano y hacernos fotografías en el Patio de Escuelas, donde la estatua de Fray Luis de León le dijo con mi boca a mi futura mujer: «Tu amor casi de un vuelo me ha encumbrado / adonde no llegó ni el pensamiento». No se podía decir mejor, porque estar a su lado era como entrar en la tienda de lámparas de un zoco árabe y sentirse en un mundo de luz, embrujos y misterio.
También recorrimos en un coche alquilado Galicia, donde hay más mujeres de ciento seis años que en ningún otro lugar del país, tal vez por ser esa «tierra encantada» donde a la «hora en que cantan os galos, / hora en que xemen os ventos», las meigas bailan con el diablo, hacen ondear sus melenas blancas y miran el bosque con «ojos de lobos hambrientos», según Rosalía de Castro. Primero fuimos a La Coruña, visitamos a Julia García García y a los familiares de Florinda González Fuentes, que había nacido allí pero vivía en Argentina, y después recorrimos la provincia para conocer a Pura Ramos Rodríguez en Irixoa; María Barreiro Vilar en Melide; Consolación Paz Precedo en Santiago de Sigras; Josefa Portela Pereiro en Oleiros y Manuela Suárez Riveiro en Cerceda; a continuación nos trasladamos a Orense para ver a Asunción Rodríguez en Trasmiras y a Eligia Carrera Colmenero, en Xinzo de Limia; y para terminar nos acercamos a Pontevedra, donde Josefa Andreu Ojeda nos contó que se acordaba mejor de «cosas sucedidas en los cuarenta» que de lo que acababa de hacer, y donde quise conocer y fotografiar el bloque de pisos en el que abrió su primera consulta de oftalmóloga Aurora Villa, en 1947, aquel en que puso un rótulo que ocultaba su género tras una inicial andrógina, segura de que «nadie habría subido a revisarse la vista sabiendo de antemano que la doctora era una mujer». Ella sí que sabía de lo que hablaba, por supuesto, porque habría leído lo que decían de ella los periódicos de los años treinta, describiéndola como «una joven que patina, nada, salta, corre y lanza el disco, le gusta la Medicina, el cine de vanguardia y es defensora del divorcio»; o haciendo bromas machistas que sin duda habrían divertido a Onésimo Cruz, su padre y los otros guardaespaldas de Santiago González Uribe: «Se afirma que la señorita Aurora Villa ha batido el récord femenino de lanzamiento de martillo, algo que le servirá de mucho en la vida de casada para que los platos vayan más lejos en caso de necesidad».
¿Dónde estaba Caridad Santafé, si es que de verdad «seguía entre nosotros», como hubiera dicho mi madre? Y en ese caso, ¿cómo se encontraría? Pensé que los estragos del encierro en el manicomio de Navacerrada y los que hubieran venido después le tendrían que haber dejado forzosamente huella. ¿Sabría quién era? En sus diarios o apuntes quedaba muy clara la intención de preservar sus recuerdos, tal vez porque dedujo que si conservaba la memoria no perdería el juicio, y muchas de las cosas que sabíamos de su matrimonio o de su relación con Margot Moles, Ernestina Maenza o Aurora Villa, esas compañeras de aventuras que parecían vagar por algún espacio ultraterreno como seres a la deriva, insepultos, retenidos en un purgatorio donde esperaban a que la biografía de su amiga también se completase para bien o para mal, las sacamos de esos cuadernos que debían de proporcionarle en el propio psiquiátrico, escritos con una tiza negra o un lápiz de carpintero de mina blanda, lo que fuera que les diesen para evitar que se dañaran con ello. Me pregunté si habría seguido escribiéndolos, tras salir del Santo Ángel de la Guarda. Hubiera apostado que sí y que lo haría por las mismas razones que María Teresa León, una de las escritoras republicanas a las que había ido a escuchar al Lyceum Club, por consejo de su profesora de Letras, María Goyri, y que dice al final de su Memoria de la melancolía: «Tengo miedo de que me pregunten: ¿Qué es la vida? Y tenerles que contestar: No lo sé». Para no olvidarse de la suya o que otros la desfiguraran, escribió ese libro.
El testimonio de Onésimo Cruz tenía el valor de haber confirmado lo que ya sabíamos y haberle incorporado algunos pormenores relevantes, pero tanto Isabel como yo estábamos seguros de que ocultaba algo. Era un individuo vulgar pero astuto, igual que todos los buscavidas, y tan desconfiado como solo puede serlo quien tiene algo que ocultar, porque una cosa es ser precavido o suspicaz y otra muy distinta ponerse en guardia de la manera en que él parecía hacerlo cuando salía a relucir Caridad Santafé, lo mismo que una cosa es ser miedoso y otra dormir con un cuchillo bajo la almohada.
—No se engañe, profesor —me había dicho, queriendo parecer sarcástico —, usted es de los que ve una cencellada y cree que los árboles tienen plumas; pero no es más que la niebla que se ha helado. ¿Me comprende? No busque lo que no hay. No se parezca a esos saltimbanquis que vienen por aquí al río Alberche, pasa un pájaro carpintero y creen que han avistado un águila.
—Nosotros solo buscamos respuestas. Usted no pierde nada con dárnoslas y gana dinero si lo hace.
—Yo les he dicho todo lo que sé y no me han entregado más que la mitad de la recompensa —dijo, recortando un poco el espacio que nos separaba, en un movimiento ofensivo. Cuando tomaba esa actitud sus ojos se achinaban, su boca era un trazo recto y en su frente se marcaban unas arrugas que te hacían pensar en los surcos torcidos de un campo labrado por un agricultor borracho.
—Su aportación es valiosa. Sin embargo no resuelve el asunto.
—Pues miren, entonces es lo que decía don Santiago: si no tiene solución es que no es un problema.
Pero sí lo era y no solo uno, porque Diego Raúl González ya me había advertido que no toleraría que en esta novela, si es que al final me autorizaba a escribirla, se mencionase el asunto de la poliomielitis; ni que se recordara la existencia del Antimicrobio Tricolor, algo que emparejaría su firma comercial con la dictadura; ni que se diese «una visión maliciosa o sarcástica» de otros productos de su marca, como el Calmante Plural, que aún seguía comercializándose.
—Entenderá que no le iba a contratar para que difunda cualquier tipo de información que nos perjudique a mí, a la empresa o a ambos —dijo—. Una mala publicidad siempre proyecta una sombra de duda sobre una marca y predispone contra ella a los consumidores. Lo que ahora se llama neuromárketing negativo, que sea lo que sea es algo que ahora no estoy en condiciones de permitirme.
—Bueno, recurrir a un novelista y ofrecerle un buen argumento siempre es peligroso —traté de bromear.
—Claro, claro, todo conlleva su riesgo —respondió—, hasta en el agua del grifo hay trihalometanos susceptibles de provocar un cáncer: cloroformo, bromoformo, dibromoclorometano… Bebes un vaso y te puede matar. Pero la diferencia es que con ellos no he firmado un contrato y con usted sí. Y fui muy claro desde el primer momento, cuando le encargué, literalmente, que descubriera qué fue de mi madre y después lo olvidara.
—El caso es que hemos encontrado más cosas de las que buscábamos y eso nos ha permitido llegar más lejos.
—Sin duda —respondió, fingiendo incorporar ese punto de vista al suyo como quien le hace sitio en la mesa, con desgana y por simple cortesía, a un comensal inesperado—, pero forman parte de un pasado que no voy a permitir que me perjudique. Son otros tiempos y somos distintos, formamos lo que en Italia llaman la generación del después, la que vino tras Mussolini, el fascismo y la Segunda Guerra Mundial. Aquí también ocurrieron episodios terribles, pero la cuenta está saldada, hicimos una transición política y en lugar de pagar los platos rotos de nuestros padres, compramos una vajilla nueva. Fue una decisión inteligente y, por lo tanto, rectificarla sería una estupidez.
—Pero usted sabe que hay mucha gente que pide reparación y justicia.
—Puede que el olvido sea peor que la memoria, pero es mejor que el rencor.
No digo que no le comprendiese, pero si mi obligación con él era completar el encargo que me hizo cuando firmamos nuestro acuerdo, y seguir las huellas de su madre, también es cierto que había adquirido otras dos: la primera, rehabilitar el nombre de Caridad Santafé y volverlo a escribir en las páginas de las que fue tachado, junto con los de Margot Moles y Ernestina Maenza, algo en lo que estábamos de acuerdo; la segunda, impedir que su calvario hubiera sido en balde y que su verdugo quedara impune, una reparación a la que no estaba dispuesto su hijo, porque cualquier escándalo o descrédito que manchara sus apellidos salpicaría a su farmacéutica y, además, en un momento muy delicado para sus intereses. Lo sentí, pero nada ni nadie iban a impedirme contar la verdad, luchar porque no la doblegaran tipos como Santiago González Uribe y Onésimo Cruz, esa gente que no conoce el arrepentimiento, que se siente indomable solo porque su odio no tiene fin, es tan continuo que tras acabar con una persona le desean la muerte a su cadáver y luchan contra su memoria igual que lo hicieron contra ella. Unos financian golpes de Estado para proteger unos intereses a los que llaman ideales; otros les siguen para tener algún sitio al que ir y cuando las pistolas dejan de disparar sienten nostalgia del horror, porque su brutalidad les hace valiosos en las guerras e insignificantes en tiempos de paz. La justicia consiste, por encima de todo, en que esos desalmados no se salgan con la suya.
—Aquí el problema es el de siempre: que quieren ganar los perdedores… a los ochenta años de haberse acabado la batalla por Dios y por España, nuestra cruzada… —nos dijo aquel individuo, la tarde de nuestro encuentro en Pelayos de la Presa, a la hora en que el alcohol ya le hacía tomarse confianzas y empezaba a desvariar—. Ahora las cosas son así… Este es un mundo de cobardes, con tanta democracia, tanta igualdad… Hasta en las guerras todo es retaguardia, se liquida al otro desde un despacho, con misiles teledirigidos, a kilómetros de distancia, no como antes que tenías que hacerlo con tus propias manos, ir allí, disparar a quemarropa, meterte en sus trincheras, pasarlos a cuchillo… Era una guerra de hombres y ahora es una guerra entre máquinas.
—Le agradeceríamos que no divague. Estamos aquí para que nos hable de Caridad Santafé —dijo uno de nosotros, para detenerlo, pero lo cierto es que tratar de interrumpirle causó el efecto contrario, como cuando soplas en un fuego y, en lugar de sofocarlo, lo avivas.
—Que sí, que sí, que ustedes están aquí porque a no sé quién se le ha ocurrido que don Santiago le hizo no sé qué a su señora. Miren, sean quienes sean los chupatintas que les han llenado la cabeza de pájaros, para empezar, no saben lo que dicen y, para seguir, lo dicen sobre alguien a quien no le llegan ni a la suela de los zapatos, ¿me explico? Fue un patriota y era un triunfador, un número uno. Eso no se lo van a perdonar nunca ni los comunistas, ni los mediocres. Aquí el éxito te pasa siempre factura, y si defiendes a tu país o cumples con tu deber, que Dios te pille confesado.
Levantó su vaso para brindar conmigo, porque creyó que sonreía a causa de sus palabras. En realidad, lo hice porque me acordé de una anécdota que siempre contaba Enrique Herreros de su amigo Miguel Mihura, quien cuando una de sus comedias triunfaba en la noche del estreno, la tarde siguiente aparecía por el Café Gijón simulando una leve cojera, para hacerse perdonar los aplausos y contrarrestar la envidia con un poco de lástima.
A su manera, es decir, de un modo sutil y sin entrar en detalles, Diego Raúl González nos había venido a contar que prescindió de Onésimo Cruz por tres motivos: el primero, que había alcanzado la edad de jubilación, aunque eso también le ocurría, por ejemplo, a una cocinera que llevaba en la casa cincuenta años, y a ella la conservaba; el segundo, que cobraría un retiro modesto pero suficiente al sumarle la cantidad que le dejó asignada su padre en el testamento y dado que no tenía hipotecas, gracias a la casa que le regaló; y para acabar, porque «la sintonía» entre ellos no era buena, «debido a una cuestión de temperamento, pero quizá también a los celos».
—Aparte de que podía ser un peligro, dado que conocería algunos secretos de González y Uribe —deslicé, a modo de señuelo, intentando que aquella insinuación hiciera las veces de uno de esos letreros que avisan en las estaciones de tren de Italia de la presencia de carteristas y que colocan los propios ladrones para que, al leerlos, los viajeros se toquen instintivamente el bolsillo donde guardan la billetera y así les señalen de dónde se la tienen que robar. Pero no picó, como era previsible: uno solo puede llegar a ser un pez gordo si ha aprendido a no morder el anzuelo.
—No se preocupe por eso, señor Urbano: como usted bien sabe, incluyo cláusulas de confidencialidad muy disuasorias en mis contratos. Pero en lugar de gastar su tiempo y el mío en pedirme lo que no voy a darles, úsenlo en darme a mí lo que necesito.
—Lo haremos, pero ya sabe lo que dice el refrán: no se ganó Zamora en una hora. Le aseguro que estamos probando todos los caminos y eso ayuda a acotar, poco a poco, el terreno.
—Sí, sí, claro, y Thomas Edison decía que no puede considerarse un fracaso encontrar diez mil maneras de que algo no funcione. Pero ustedes no van a inventar la luz eléctrica, solo tienen que encontrar de una santa vez a mi madre. No reparen en gastos ni en medios, pero háganlo y pronto. Si no me ofrecen resultados satisfactorios en un par de semanas, me veré obligado a recurrir a una agencia de detectives o a esos malditos cazadores de herencias.
Aunque cada vez fuéramos menos optimistas, seguíamos poniéndonos en contacto con los familiares de las mujeres que podrían ser Caridad Santafé y haciéndoles visitas relámpago. Pero ninguna lo era, ni Serapia Ugalde Uriz, que estaba en una residencia de Mutilva, Navarra, se sentía «en plenitud de sus facultades», caminaba sin bastón, leía la prensa a diario, tenía buen apetito, recordaba con nostalgia cuando vivía en París «sirviendo en la casa de unos condes, que estaba frente a la Torre Eiffel», y su secreto para no haber apenas pisado un hospital era «haber trabajado mucho y no haberme casado, porque era fea y no me quería ninguno»; ni Rafaela Sanz Vargas, que era de Jaray del Campo, Soria, y pasaba sus días en un geriátrico de Zamudio, Vizcaya, y a quien le gustaba jugar a las cartas, «más que nada, al tute», y contar que su marido era pastor de cabras y porquero, hasta que emigraron al País Vasco «con una mano delante y otra detrás», y pudieron colocarse en las porterías de dos casas de vecinos, una del barrio de San Antón, en Bilbao, y la otra en Algorta, Guecho… Los objetos inanimados parecen cobrar vida y movimiento al proyectarse sobre ellos la sombra de alguien que pasa o algo que se agita. Aquel no era el caso, las aventuras y desventuras de esas mujeres valían la pena por sí mismas, cualquiera de ellas habría servido de base para una buena novela, pero no para esta. Ni la suya, ni las de Mercé Vives Llisó, que estaba en Corberá de Llobregat, Barcelona; Teresa Fernández Casado, en Zotes del Páramo, León; Antonia Hernández, en Santa Brígida, Las Palmas de Gran Canaria, que decía que había llegado a los ciento seis años casi sin darse cuenta, «en un soplo». Su padre murió en la guerra, «luchando con los nacionales, igual que mi novio, que era fotógrafo, solo que él sí volvió» para casarse con ella y llevársela a trabajar a Cabo Juby, «entre el Sáhara y Marruecos». Ella había sido empleada de Correos y Telégrafos, había visto morir a su hermana en un accidente de coche que tuvieron juntas, y también a su hija, lo que le hizo sentir «un dolor como no hay otro en el mundo». Y tan inextinguible que nos hizo llorar, mientras le besábamos las manos preciosas, que eran como un mapa, con sus cordilleras, sus desiertos y sus ríos azules. Cuando nos despedimos, nos dijo: «Lo único que se necesita para ser feliz es no estar comparándose con el vecino, hacer el bien a cambio de nada y ser conformista con lo que te venga». Y luego añadió, mirándome con unos ojos traviesos e inocentes, mientras señalaba a Isabel Escandón: «Imagínate tú si encima te manda el cielo un ángel como este».
Habían sido experiencias muy hermosas, que formarían para siempre parte de nosotros, pero que a la vez nos dejaban un perfume de derrota, porque tras cada una de aquellas excursiones seguíamos a la misma distancia de Caridad Santafé. Mirábamos aquella lista igual que quien escruta una multitud tratando de identificar una cara, pero sin conseguirlo. Pasaba el tiempo igual que un río vengativo y se llevaba las fechas, nombres y sitios inútiles como el agua se lleva las huellas dactilares de los clientes en los vasos de un bar. Aún no habíamos pronunciado la palabra frustración, pero ya no faltaba mucho, lo notaba al oír suspirar a Isabel mientras tachaba respetuosamente con su bolígrafo de tinta color rosa mexicano, igual que el de sus uñas, a María Azpilicueta García, Artajona, Navarra; Antonia Fort, Vilanova i la Geltrú, Barcelona; Soledad Alen Fuentes, San Sebastián; María Dolores Aradilla Aguirre, Xirivella, Valencia; Ana Sáez Martínez, Adra, Almería; María González Regaña, Villalba de los Barros, Badajoz; María del Castillo Guerrero Alcón, Lebrija, Sevilla, y Andrea Martínez Laguna, Torrecilla en Cameros, La Rioja. Por cierto, que los hijos de algunas de ellas, al enterarse de que hacía biografías a la carta, mostraron interés en encargarme una, para celebrar su siguiente aniversario; y en todos los casos pensé que ninguna me habría dado tantos quebraderos de cabeza como la de la madre de Diego Raúl González.
Cuando escribes un libro, a veces la acción principal se ralentiza o se interrumpe, te metes en callejones sin salida o, directamente, te equivocas de camino. Y la mejor forma de no quedarte parado es hacer otras cosas, dedicar el tiempo a alguna trama o personaje secundarios que requieran una investigación complementaria. Eso hice yo, mientras Isabel acababa las últimas gestiones relacionadas con la lista de las mujeres coetáneas de Caridad que había en aquel momento en España, y me puse a ello en unos instantes en los que ya dudaba que pudiera cumplir con el encargo que me hizo su hijo y acabar esta novela, ambas cosas por faltarles un final que lo explicara todo. Parecía claro que el siguiente movimiento, el de rastrear la pista de todas las centenarias de España, sería aún más duro, porque eran miles, e igual de estéril. Y no hay nada más desalentador que saber que no solo te queda tu última bala, sino que además es de fogueo.
Así que para avanzar y, sobre todo, para mentirme a mí mismo, quise saber algo más de Onésimo Cruz, con la idea de añadirle un par de datos ambientales que lo caracterizaran como un espécimen representativo del nacionalsindicalismo, una especie de alegoría que simbolizaba la sinrazón de la banda terrorista a la que había pertenecido. Entré en diferentes páginas de internet vinculadas a FET y de las JONS. Había tiendas virtuales en las que comprar desde insignias y uniformes originales, con su camisa azul y su boina roja, hasta botellas y tazas con el retrato de José Antonio Primo de Rivera, libros de adoctrinamiento, carteles fascistas, anillos con el yugo y las flechas, banderas rojas y negras e incluso fundas para el teléfono móvil con los símbolos de la organización.
Y también había diferentes perfiles biográficos e historias referidas a sus jefes paramilitares, a los que se presentaba como forjadores de una epopeya y líderes clarividentes, pero también se daba noticia de las obras y milagros de sus militantes, cuyas peripecias siempre querían tener un rasgo aleccionador y cuyas vidas se presentaban como las de unos héroes o mártires que habían dado todo por su patria y también, en muchos casos, habían tenido que pagar un alto precio por defenderla. Tecleé el nombre del antiguo guardaespaldas de Santiago González Uribe. No había más que un par de referencias triviales, referidas al nombre que le habían puesto en homenaje al caudillo caído en el Alto de los Leones; pero de quien sí se hablaba con frecuencia era de su padre, que había estado allí esa mañana de 1936, participó en el tiroteo y fue quien antes que nadie intentó socorrer a Redondo, al darse a la fuga los anarquistas de la CNT que habían acribillado a tiros el automóvil en el que viajaba. Todo eso le daba rango de ídolo entre sus correligionarios, que lo querían hacer pasar por un gigante, como en esas fotos en las que alguien juega con la perspectiva para fingir que sostiene en las manos la luna o que sujeta la torre inclinada de Pisa.
En otra página encontré un comentario antiguo de alguien que alababa su «carácter indomable de español cabal» y señalaba que «aparte de su bravura y temple durante la Guerra Civil», había seguido demostrando «su hombría, su valor y su patriotismo en tiempos en que ya eran pocos los que tenían el coraje de plantarle cara a esta mal llamada democracia que solo quiere reescribir la historia y escupir sobre las tumbas de quienes salvaron nuestro país del comunismo». Los halagos continuaban, exaltando «su bizarría y sus agallas», propias de alguien «a quien nunca asustaron las hordas rojas y tampoco le iban a dar miedo los terroristas que asesinaban con bombas-lapa y tiros en la nuca a los mandos de nuestro ejército y a los números de la Guardia Civil». Evidentemente, recordé que en el automóvil con el que se había estrellado mientras regresaba de San Sebastián a Madrid se encontró propaganda del grupo ultraderechista Acción Nacional Española y volví a tener la certeza de que él y los otros secuaces de Santiago González Uribe militaban en los grupos paramilitares que asesinaron durante la Transición a varios miembros de ETA, en Francia y el País Vasco, y a jóvenes estudiantes de izquierdas, como Arturo Ruiz o Yolanda González, en Madrid.
Estaba a punto de cerrar el ordenador, asqueado por lo que leía, cuando me fijé en el comentario de otro internauta que participaba en aquel foro, que se refería a «la tragedia personal» que había sufrido aquel «valladar de nuestros principios morales» cuando, durante un viaje familiar de recreo, «su esposa cayó accidentalmente por la borda del barco en el que viajaban los dos, cerca del estrecho de Gibraltar, sin que se llegasen a recuperar sus restos mortales para poderles dar cristiana sepultura». Qué coincidencia, me dije, es lo mismo que le ocurrió a doña Triana Merello.
Y luego, los árboles me dejaron ver el bosque y me hice la gran pregunta: si la madre de Onésimo Cruz había fallecido hacía cuarenta años, ¿quién era la mujer a la que cuidaba en su casa de Pelayos de la Presa?