Todo lo carga el diablo
Capítulo 27
Capítulo veintisiete
Ernestina Maenza había telefoneado en varias ocasiones a Caridad Santafé, pero siempre le habían dicho que no se encontraba en casa. Le pareció raro que tras volver del funeral de su padre en Rota no se hubiese puesto en contacto con ella, ni siquiera para darle las gracias por la corona de flores que le había mandado. Tampoco acudió a su cita de cada jueves, cuando se encontraban en la Puerta del Sol para ir a la Chocolatería San Ginés o el Café Universal, cosa que a ella le gustaba porque era un paseo muy parecido al que hacía en su juventud desde la Residencia de Señoritas.
Cada vez más extrañada, su amiga le mandó una nota a casa de los González Uribe, dentro de una lata roja de bombones, preguntándole si se encontraba bien o le ocurría algo y necesitaba ayuda, pero tampoco obtuvo respuesta. Sin saber bien qué hacer, fue a visitar a Margot Moles, e incluso llamó a Aurora Villa, pero ninguna de las dos sabía nada de ella. Y cuando se lo comentó a Herreros, que aún era su marido oficial pese a que llevaban separados desde 1952, este no le dio gran importancia, aunque le prometió hacer algunas gestiones y llamar a Santiago, si no había más remedio. Efectivamente, el matrimonio estaba roto, pero guardaban las formas y evitaban las complicaciones que podría traerle a ella su situación en un país donde ya no existía el divorcio y se había restablecido en el Código Penal el delito de adulterio, saludado por la prensa del Movimiento, siempre compenetrada con las leyes que se publicaban en el Boletín Oficial del Estado, como «una defensa de la familia», que se había abandonado debido «a la nefanda labor de la República, aquel régimen nacido de la vileza que intentaba envilecer a los españoles» y que en ese terreno buscaba «consentir el agravio del infiel y provocar la completa indefensión en el ofendido».
Enrique Herreros no se aprovechó de esas ventajas que le ofrecía el régimen y se portó muy decentemente con Ernestina, ayudándola siempre que pudo y que ella se dejó, tal vez porque aceptase su responsabilidad en el fracaso de su matrimonio o quizá debido a que era de ideología conservadora e ideas liberales, una paradoja que compartía al cien por cien, por ejemplo, con su amigo Enrique Jardiel Poncela y en gran parte con el resto de sus colegas, aquel grupo al que se había definido como «la big-band del humor», que se reía hasta de su sombra y vivía en una fiesta interminable que jamás terminaba antes del amanecer. Pero las cenas en restaurantes como Jockey o Florida Park y las copas de Chicote o Pasapoga eran caras, de modo que el humorista trabajaba sin parar: seguía en la distribuidora Filmófono; seleccionaba los largometrajes que se exhibían en el cine Palacio de la Música; pintaba al óleo y hacía exposiciones en las que se vendían casi todos los cuadros; había descubierto a una joven aspirante a actriz, de la que se hizo amante y representante, a la que cambió el nombre de María Antonia Abad Fernández por el de Sara Montiel, antes de convertirla en una estrella internacional; dirigía películas y actuaba en otras, aunque fuese en papeles menores; y por supuesto, era uno de los dibujantes más señalados de La Codorniz, cuya redacción en el paseo de Onésimo Redondo, al ser inaugurada, contó con la asistencia «del insigne empresario farmacéutico Santiago González Uribe y su deliciosa y elegante señora», tal y como se publicó en los ecos de sociedad de los diarios. Pero lo cierto es que él no estaba allí en homenaje a su compañero de armas caído en el Alto de los Leones, ni porque fuese lector de ese tipo de revistas que, más bien, le parecían irrespetuosas, sino porque le atraía codearse con aquellos intelectuales falangistas de la otra generación del 27, gente como Mihura, que era uno de los dramaturgos predilectos de la alta sociedad, Edgar Neville o Agustín de Foxá, que al fin y al cabo eran aristócratas, el primero conde de Berlanga de Duero y el segundo marqués de Armendáriz y conde de Foxá. Él también soñaba con que su apellido se convirtiera en un título nobiliario y con el día en que él y Caridad fueran presentados a su llegada a las recepciones como los duques de González Uribe.
Por eso, cuando recibió una invitación del cineasta para asistir a un cóctel en su mansión de la Ciudad Universitaria, que era famosa por contar con algunos lujos inusuales en la época, como el de tener piscina y un coche Aston Martin en el garaje, además de mayordomo y un piano de cola traído en barco desde los Estados Unidos, no dudó en aceptar. A fin de cuentas, necesitaba distraerse, llevaba semanas encerrado, sin dejarse ver por nadie, tras dar orden a sus secretarias de cancelar todas las citas que hubiese en su agenda y suspender dos viajes que tenía programados a Londres y a Barcelona. Se había enclaustrado en sus habitaciones y allí dejaba pasar las horas moviéndose como una fiera enjaulada y rumiando su odio, su decepción y su vergüenza. A veces llevaba su pistola Star en la mano y la movía como una batuta, igual que si fuese el director de una orquesta de esqueletos.
Iría a esa fiesta, desde luego que sí, porque ya era hora de volver a la vida y porque hacerlo marcaría un punto de inflexión, un nuevo inicio. Tal vez debiera pedirle que lo acompañase a alguna de las jóvenes que coqueteaban con él en la empresa o, mejor aún, a cualquiera de las que trataba durante sus viajes, bellas y jóvenes extranjeras a las que seducía aquel tipo racial, latino, guapo y por añadidura millonario, de modales anticuados y un poco chulescos, al que más de una vez, cuando venían a España por asuntos de negocios, le habían dejado caer como por descuido el número de la habitación del hotel Palace o el Ritz en que se alojaban. Desde luego, la tarjeta que le habían mandado estaba dirigida a «don Santiago González Uribe y señora», pero cuando le preguntasen por ella repetiría la disculpa que había puesto hasta ese momento: que su mujer sufría una gran depresión provocada por el fallecimiento de su padre y necesitaba reposo y cuidados médicos «en una clínica especializada» que, naturalmente, nadie se atrevía indagar cuál era o dónde estaba, aunque él daba a entender que en el extranjero. Y ahí acababa todo, porque su mirada rapaz, sus ojos llameantes y la tensión que parecía emanar de él igual que sí estuviese cargado de electricidad, lo mismo que el halo de violencia que lo envolvía, resultaban disuasorios y su actitud de pronto hostil, amenazante, lograba que se le entendiera muy bien lo que no decía: no se te ocurra insistir, métete en tus asuntos, a ti nadie te ha dado vela en este entierro.
Fue al armario de su alcoba, para elegir el traje que se pondría en la fiesta, y no pudo evitar la tentación de abrir también las puertas de la izquierda, tras las que colgaban los vestidos de su mujer. Recordaba el modo en que caían por su cuerpo a la manera de una catarata azul marino, violeta o amarilla, cuando se desnudaba para él, al regresar de alguna cena. Les apuntó con su arma y luego empezó a arrancarlos de sus perchas: al día siguiente, los mandaría quemar. Así, tirados en el suelo de cualquier manera, le traían a la memoria algunas imágenes de la Guerra Civil. En ese momento, llamaron a la puerta y el ama de llaves le avisó de que tenía una llamada. Fue a atenderla a su despacho.
—Ya está, el avión se ha ido y el yanqui va dentro, yo mismo lo vi embarcar —dijo el hombre que había sido parte de los Leones de Rota.
—Muy bien —respondió Santiago, escuetamente, y colgó el teléfono mutilando un «a tus órdenes, camarada» del que quedaron desgajadas las últimas letras igual que si fuesen los vagones de cola de un tren que descarrilase para caer al vacío.
Cómo le hubiera gustado ocuparse él mismo del americano, torturarlo hasta que le suplicase que lo matara y luego meterle cuatro balas a aquel maldito comunista que había vuelto desde el pasado para quitarle lo que era suyo, para profanar su sagrado matrimonio. No pudo, porque no le dejaron, habló en confianza con algunos gerifaltes del régimen a los que tenía comprados y se lo prohibieron terminantemente: lo último que podía permitirse España en aquellos momentos era un conflicto diplomático con los Estados Unidos; sus ciudadanos eran intocables, y más aún en el caso de alguien que formaba parte del personal de una de las bases militares cuya apertura había servido «para legitimar al caudillo ante la comunidad internacional». Se juró que, tarde o temprano, acabaría con él, lo haría en su propio país, durante uno de sus viajes, o le encargaría a un asesino a sueldo el trabajo. De una forma u otra, le iba a quitar la vida a aquel usurpador. A Caridad no, a ella iba a conservarla y ese sería su mayor castigo.
El día en que todo acabó, Caridad Santafé había decidido marcharse con Thomas Sexton. No pasearon por la playa junto a las ruinas de la almadraba, ni se contaron prácticamente nada, eso vino después. Abrazados junto al océano, solo le preguntó si estaba casado, si alguien le esperaba en Nueva York, en Washington o en cualquier otro lugar.
—Soy yo el que te está esperando allí —dijo, y sus hermosos ojos se nublaron, parecieron cubrirse de una tela blanca, similar a la de la leche hervida al enfriarse—. He tenido dos mujeres, me obligué a quererlas para tratar de olvidarte y ellas me dejaron porque no lo conseguía…
—Pues entonces llévame contigo —respondió, completamente decidida a dejarlo todo atrás para huir del monstruo que la tenía secuestrada; que la había mentido y chantajeado; que destrozó la salud y la reputación de un ser bueno e inocente como su padre; que sabía adorar pero no sabía querer y que la violaba cada noche, porque ahora, por fin, lo veía claro. Había llegado la hora de su venganza y el único modo de llevarla a cabo y escapar de él era hacerlo también del país en el que los usurpadores de su clase habían instaurado una tiranía pública y privada, un reino medieval doméstico en el que cada alcoba de matrimonio era una celda y en cada casa había una mujer encadenada.
Thomas le dijo que no se preocupase de nada, que lo dejara todo en sus manos; le explicó que estaba en condiciones de hacerse cargo de su viaje. Le iba muy bien económicamente, era catedrático y jefe del grupo de investigación de su universidad. Trabajaba en algunos proyectos que contaban con una inversión millonaria de capital privado por parte de varias industrias científicas, que financiaban sus estudios de laboratorio en el campo de la reología, la parte de la física que controla los movimientos de los fluidos. Lo que le había llevado a Rota, de hecho, eran sus hallazgos relacionados con la formación de cristales de parafina, las variables químico-dinámicas del petróleo y su comportamiento durante su transporte a través de un oleoducto, como el que se construía en aquellos momentos.
Su hijo Diego Raúl no representaba ningún problema, ya era un adolescente y, de hecho, estaba en Estados Unidos, en Cambridge, Massachusetts, acabando un grado superior en la Universidad de Harvard. Nadie le iba a prohibir ver a su madre si lo deseaba y, de hecho, estarían más cerca que ahora, cuando solo se encontraban en las vacaciones de navidad y verano. Algún día le contaría lo que había hecho su padre.
Y a doña Triana le ofrecería acompañarla, casi segura de que no iba a aceptar irse del todo y dejar su vida, sus recuerdos y la tumba de don Arturo abandonada, pero sí tal vez por temporadas. Siempre había soñado conocer mundo, como ella decía, y adoraba a su nieto. Cuando se volviese a Rota la echaría de menos, igual que lo hacía desde Madrid, pero no creía que Santiago le hiciese nada, habían cambiado las circunstancias y además eran otros tiempos, él y sus matones ya no le eran necesarios al régimen, que intentaba modernizarse, al menos de cara a la galería, para evitar la quiebra, y se había puesto en manos de tecnócratas que predicaban el aperturismo, daban forma a sus planes de estabilización e insistían en la necesidad de mejorar las relaciones con las potencias occidentales y, en consecuencia, de abrirse al exterior.
Y además ella sabía algunas cosas que a él no le convenía que se difundieran y recientemente había oído conversaciones telefónicas y espiado, más por aburrimiento que por otra cosa, alguna reunión entre su marido y un par de altos cargos de la Dirección General de Sanidad acerca de la preparación de unas vacunas de los laboratorios González y Uribe hechas para combatir una enfermedad llamada poliomielitis. Estaban muy nerviosos y les escuchó palabras y expresiones sueltas que en algunos casos parecían encerrar un sentido oscuro: «inyectables Salk», «suspensión trivalente Sabin», «hay que evitar que el Gobierno las distribuya», «médula espinal», «si tenemos el monopolio, las vamos a cobrar a precio de oro». Y la más lúgubre: «Si los ricos no quieren tener niños con malformaciones, nos pagarán lo que se les pida…».
Pensaba todo eso en un estado casi de euforia, sintiéndose como quien acaba de romper las cuerdas con las que lo tenían amarrado; hacía planes, maquinaba estrategias defensivas y entre una cosa y otra se convencía de que la felicidad estaba por fin a su alcance, quizá porque hacer el amor con el amor de su vida la llevó a «creer que un cielo en un infierno cabe», como dice Lope de Vega.
Sí, definitivamente Caridad Santafé iba a volar del nido y se marcharía con Thomas Sexton a América. Eso era lo que ella pensaba, lo que Santiago dijo siempre que había ocurrido y lo que Diego Raúl aún creía que era la verdad. Pero no, por desgracia para ella, no fue eso lo que pasó. La realidad fue tachada y reescrita y su hijo nunca supo quién y cómo era su madre, ni cuánto lo quiso. El ser humano es el más fuerte de los animales porque es el único que sabe mentir. Y es el más débil porque ningún otro resulta tan fácil de engañar.
El día en que todo acabó, el sol brillaba sobre el océano Atlántico con una luz sedosa, hecha específicamente para ellos dos, y las gaviotas planeaban sobre las playas de Rota con un vaivén que ponía música en los ojos. El viento transformaba las dunas en relojes de arena y el oxígeno estaba cargado con un perfume de rosas blancas, porque los enamorados son capaces de oler la alegría igual que algunos animales huelen el miedo. Todos los caminos eran de bajada y todas las puertas eran de salida. Todas las flores hacían pensar en una verbena y ninguna en un funeral.
Pero aquel paraíso saltó por los aires cuando la puerta del cuarto en el que se abrazaban desnudos fue derribada y entraron en él los antiguos Leones de Rota. Sus gritos estaban llenos de cristales rotos. Las pistolas Astra y Star brillaban en sus manos. Y no había más que mirarlos para saber que si alguna vez lloraban, llorarían veneno.