Todo lo que nunca fuimos

Alice Kellen · Capítulo 111 de 116

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Todo lo que nunca fuimos

107. Axel

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AXEL

Leah dudó, pero un segundo después echó a correr hacia mí y me abrazó, aferrándose a mi cuerpo, matándome un poco por dentro. Cerré los ojos y respiré hondo, pero fue un error, porque solo conseguí que su olor me envolviese. Hice el esfuerzo de mi vida cuando la sujeté por los hombros y la aparté con suavidad.

—¿Qué pasa? ¿Por qué no contestas al teléfono?

Me froté el mentón. Joder, no sabía qué decir, no sabía cómo manejar aquello y lo único que podía hacer era evitar mirarla, concentrarme en cualquier otro punto de la terraza, porque la idea de que aquel fuese nuestro último recuerdo juntos me resultó triste y feo, como ensuciar todo lo demás.

—Axel, ¿por qué no me miras?

«¡Porque no puedo!», quise gritar, pero sabía que no podría huir; lo había intentado, eso sí, como con las cosas que eran demasiado, como si una parte de mí se dedicase a desoír todos esos consejos que sí podía dar a los demás. Por fin levanté la vista. Y estaba tan preciosa… Enfadada, pero llena de emociones que parecían desbordarse en sus ojos; temblando, pero parada delante de mí sin dar un paso atrás. Valiente.

—Lo siento —susurré.

—No, no, no…

Bajé la mirada. Ella posó las manos en mi mandíbula y la levantó. Si en algún trance de mi vida se me rompió el corazón, definitivamente fue en ese, en el instante en el que Leah deslizó la punta de los dedos por los moratones que tenía en el pómulo derecho y por la herida del labio. Cerré los ojos. Y volví a cagarla. Dejé que se pusiese de puntillas y que su boca cubriese la mía en un beso trémulo y lleno de miedo. Gruñí cuando se apretó contra mí. Sus caderas pegadas a las mías. Sus brazos rodeándome el cuello. Su lengua con sabor a fresa y todo lo que había simbolizado en mi vida: romper la rutina, abrirme a otra persona, el color intenso y vibrante, las noches bajo las estrellas y los momentos que habíamos vivido en aquella casa y que ya serían solo nuestros para siempre…

—Leah, espera —la aparté despacio.

Joder. No quería hacerle daño. No quería…

—Deja de mirarme así. Deja de mirarme como si esto fuese una despedida. ¿Acaso no me quieres? Me dijiste…, dijiste que todos vivimos en un submarino amarillo… —Se le quebró la voz y yo me mordí el labio conteniéndome.

—Claro que te quiero, pero no puede ser.

—No hablas en serio. —Se llevó una mano a la boca y la vi borrar el beso que acabábamos de darnos, llevándoselo entre los dedos.

Me acerqué a ella; cada centímetro que separaba su cuerpo del mío me parecía una jodida tortura, y cuando pensé en lo lejos que íbamos a estar a partir de entonces, deseé abrazarla hasta que me pidiese que la soltase.

Lo habría hecho en otra vida, en otro momento…

—Escúchame, Leah. Yo no quiero ser la persona que te separe de tu hermano, porque te conozco y sé que terminarás arrepintiéndote de algo así.

—Eso no ocurrirá. Lo solucionaré con él, solo necesito tiempo, Axel.

Seguí, porque tenía que hacerlo; seguir y seguir.

—Y eres joven, vas a ir a la universidad y deberías disfrutar de esa época sin ataduras, sin mí, sin toda esta jodida situación. —Me estaba ahogando al ver cómo sus ojos se humedecían—. Crece y vive, como yo lo hice en su momento. Conoce a chicos, diviértete y sé feliz, cariño. Yo no puedo darte todo eso.

—¿Estás insinuando que salga con otras personas? —Me sostuvo la mirada, temblando y llorando, con una mueca de incredulidad.

Y yo…, bueno, yo quise morirme, porque la sola idea de pensar en otros labios acariciando los suyos, en otras manos tocándola…

—Axel, dime que no lo dices en serio. Dime que ha sido un error y empezaremos desde cero. Vamos, mírame, por favor.

Di un paso atrás cuando intentó tocarme.

—Es lo que quería decir, Leah. Es justo eso.

Se llevó una mano al pecho. Tenía las mejillas llenas de lágrimas y esa vez yo no podía limpiárselas. Me había acostumbrado tanto durante aquellos meses a sostenerla en su dolor, a ayudarla a canalizarlo, a afrontarlo, a calmarlo…, y ahora era yo quien lo creaba.

—¿Por qué estás haciendo todo esto?

—Porque te quiero, aunque no lo entiendas.

—¡Pues no me quieras así! —gritó enfadada.

Nos miramos en silencio unos segundos.

—Yo seguiré estando aquí —susurré.

Ella se rio entre lágrimas y se limpió las mejillas.

—Si rompes esto ahora, sabes que no volveré jamás.

—Lo siento —repetí, y aparté la mirada.

Así eran las cosas. Así era como debía ser. Llevaba días dándole vueltas, como contemplar un mismo dibujo desde mil ángulos distintos para entender cada línea y cada borrón. Y había llegado a la conclusión de que lo teníamos todo en contra, de que había sido bonito, idílico, pero también irreal. Ella se había amoldado a mí. A mis rutinas, a mi vida, a mi casa, a mi forma de entender el mundo…, y egoístamente yo quería seguir así porque me hacía feliz, pero había algo que no encajaba, como esa pieza que sabes que has metido a presión entre otras dos y, aunque dudas durante un tiempo, terminas por darte cuenta de que no iba ahí, de que no era su lugar.

Leah se paró delante de mí antes de que pudiese encenderme otro cigarro. Mirarla… dolía. Necesitaba que se marchase ya, antes de que terminase cometiendo una locura o volviese a centrarme solo en mi propio ombligo.

—¿Qué es lo que hemos sido todos estos meses, Axel?

—Muchas cosas. El problema no es ese, el problema es todo lo que nunca fuimos. No nos cruzamos un día cualquiera en un bar, no te miré y me gustaste y me acerqué para pedirte tu número de teléfono. No hemos tenido una cita. No me he despedido de ti dándote un beso delante de la puerta de tu casa. Ni siquiera hemos podido ir caminando por la calle cogidos de la mano sin pensar en nada más. No hemos podido tener todo eso.

—Pero a mí nunca me importó.

Me encendí el cigarro. Debería haber pensado en cómo era Leah, en que ella no renunciaría sin aferrarse a lo que sentía, porque vivía por y alrededor de cualquier emoción que la sacudiese. Cerré los ojos cuando volví a sentir sus brazos rodeándome por detrás, abrazándome. Joder, ¿por qué?, ¿por qué? No soportaba más esa situación. Me volví y ella me soltó.

Aún lloraba. Aún intentaba encajarlo. Pensé que sería como rematar algo que ya estaba hecho.

—¿Qué coño quieres? ¿Un polvo de despedida?

Parpadeó. Tenía las pestañas brillantes por las lágrimas.

—No hagas esto así, Axel. Te juro que no te lo perdonaré.

—Créeme, estoy intentando ser delicado, pero me lo estás poniendo muy difícil.

—Oliver tenía razón. —Sollozó y, por fin, jodidamente por fin, dio un par de pasos hacia atrás alejándose de mí—. Eres incapaz de luchar por las cosas que quieres.

La miré y apreté la mandíbula.

—Entonces quizá no las quiera tanto.

Pude ver el instante exacto en el que su corazón se hizo añicos delante de mis ojos, pero no hice nada para evitarlo. Me quedé allí, imperturbable, deseando que pasase pronto, olvidar el momento en el que los ojos de Leah chocaron por última vez con los míos. Y vi odio. Y dolor. Y decepción.

Pero aguanté. Aguanté hasta que ella me dio la espalda y bajó los escalones del porche a paso rápido. La contemplé marcharse por el camino como tantas otras veces, solo que esa era diferente, porque no habría más, no aparecería a la mañana siguiente pedaleando en su bicicleta naranja, no habría más amaneceres juntos ni más noches de palabras y besos y música.

Hay puntos finales que se sienten en la piel…

Me quedé unos minutos más sin moverme, todavía anclado en ese instante que ya se había esfumado y formaba parte del pasado. Después entré y bebí un trago de la primera botella que encontré. Luego la estampé contra la pila, cogí otra y seguí el olor del mar hasta llegar a la playa. Me tumbé en la arena y bebí y recordé y me repetí a mí mismo que aquel iba a ser probablemente el mayor error de mi vida.

No sé qué hora era cuando volví a casa. Pero sí sé que el corazón me latía frenético contra las costillas y que tuve que encenderme un cigarro detrás de otro para mantener las manos ocupadas y los dedos quietos.

Porque el impulso estaba ahí… gritándome, susurrándome. Cogí la escalera de mano y fui a mi habitación. Subí los peldaños y lo miré todo. Miré mis fracasos amontonados encima de ese armario, llenos de polvo y telarañas. Y

cuando me di cuenta de que era incapaz de enfrentarlos, volví a bajar y me quedé allí, solo y quieto en medio de ese dormitorio que había sido nuestro.

Me senté en el suelo deslizando la espalda por la pared y alcé la mirada hacia el cuadro que estaba sobre la cama. Las notas de una canción que hablaba de submarinos amarillos se arremolinaron en mi cabeza y me acompañaron durante toda la noche, hasta que amaneció, hasta que entendí que la había perdido para siempre y que esos trazos de color y piel y tardes haciendo el amor eran lo único que me quedaba de ella.

Me levanté cuando sonó el timbre de la puerta. Ya era por la mañana y creo que seguía estando un poco borracho, porque fui a trompicones hasta el salón. Abrí. Justin estaba ahí, con un café en la mano y una porción de tarta de queso en la otra.

—Yo… solo quería saber cómo estabas.

—Ya veo.

—¿Eso significa que estás bien?

Creo que fue la primera vez que contesté con sinceridad a una pregunta tan sencilla como esa. Estaba demasiado acostumbrado a responder un «sí» rápido y me costó encontrar las palabras y dejarlas salir.

—No, no estoy bien.

—Demonios, Axel, ven aquí.

Me abrazó. Yo dejé que lo hiciese. Y lo sentí, sentí que tenía un apoyo, a un amigo, a mi hermano mayor. Había tenido que estar metido en el fango hasta arriba para darme cuenta de algo que estaba delante de mí todos los días. Recordé lo que le conté a Leah cuando subimos al cabo Byron, sobre aquel grafiti que no me paré a mirar hasta meses después. Esa sensación de estar perdiéndome un capítulo de mi propia vida me sacudió de nuevo.

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